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Poema El Niño Y La Luna de Mariano Brull



La luna y el niño juegan
un juego que nadie ve;
se ven sin mirarse, hablan
lengua de pura mudez.

¿Qué se dicen, qué se callan,
quién cuenta una, dos y tres,
y quién, tres, y dos, y uno
y vuelve a empezar después?

¿Quién se quedó en el espejo,
luna, para todo ver?
Está el niño alegre y solo:
la luna tiende a sus pies

nieve de la madrugada,
azul del amancer;
en las dos caras del mundo
?la que oye y la que ve?
se parte en dos el silencio,
la luz se vuelve al revés,
y sin manos, van las manos
a buscar quién sabe qué,
y en el minuto de nadie
pasa lo que nunca fue…

El niño está solo y juega
un juego que nadie ve.



Poema En La Mesa De Tres Patas de Mariana Bernárdez



En la mesa de tres patas
enfilaban los «tintos»
La muerte giraba
con ojos de lechuza
y yo bailaba al compás de palmas
que rasgaban el espacio

Esa vida no era la nuestra

Sumergidos en papeles
o en números contables
se nos iban los meses
vagones cruzando las calles
de una ciudad en llamas

Cerraba los ojos
porque la vida corría más rápida
que el líquido que envenenaba tu sangre

Eras tantos que nunca conocí

Al llegar la noche
la navaja ácida
atravesaba la vigilia
y el horror del pulso
el crujido de las paredes
me envejecían hasta el sopor de las sábanas

En el torrente
hablar con ese polvo
que se hacina en la boca
y paraliza el silbo
Sólo el latido en relámpago
tratando de salirse del tiempo

Qué larga diástole
Qué lento suspiro

Dentro del compás
«punta / tacón» «braceo en alto»
el cuerpo se arquea
para perderse en el trasvase
de la tierra al aire

Tu mirada detiene mis pies
la madera de los crótalos me astilla

Tu mirada aún me bebe
ajenjo que nubla tu sueño.



Poema El Mundo Nuestro… de Mariana Bernárdez



El mundo nuestro
se fue acumulando
en la ceniza
Presencia del humo
Memoria del cuerpo

Los gritos de los borrachos
y el mal avenido trío
se espantaban con el cacareo
del traspatio
ambiente sórdido para olvidar
los arañazos de las palabras

Las fichas sobre la mesa
inermes ante mis ojos
al mirar los tuyos abotagarse
de tanto silencio

Cuántas veces recorrí los caminos
apretados de tierra
para sacarte dormido
con sueños de caballo en relincho

Luego llorabas viejo
porque se te ablandaba el tiempo
y el corazón no se te encogía

Y dejó de existir
la secuencia de las semanas
El mes era levantar un pie
detrás de otro
para ver la costa de mar revuelto
o echar la vista
en trampa de dado
hacia la sierra
y morderme el vientre
creyendo que en algún momento
el vendaval me arrancaría
de ese camino y de esas piedras

Cuando encontraba la limpidez de tus manos
la tarde se mecía
Si me confiaba
hallaba un tanto de luz proveniente del mezcal

No sabía quién era más cobarde
si yo
por no beberme la vida de un trago
o tú
que la bebías minuto a segundo

Tal vez lo que me ató
fue el rumor del tiempo
el oleaje antiguo de sal
el estruendo

No lo sé

Miro mis manos
y da lo mismo
en el fondo del vaso
está mi rostro

No necesitas ningún otro lugar.



Poema El Conde D. de María Victoria Atencia



Cada noche te espero desde antes de acostarme,
y cuando sobrevienes, agregada presencia
a mi quehacer, pareja de topacios que rompe
contra la piedra azul serena de los míos,
dócilmente interrumpo mi sueño y, pues prefieres
las sombras, me levanto y cierro las cortinas.
Ya puedes reclinar tu cabeza en mi hombro
y aposentar tus dientes con su sed en mi aorta,
boá de Transilvania que me cercase el cuello.
El mosto de la muerte con su empacho te alienta.
Me voy quedando fría en tanto que amanece
y sorbes acremente mi paz a borbotones.

De «Los sueños» 1976



Poema El Año Que Viene de María Victoria Atencia



Para Sharon Keefe Ugalde

Hacer girar el corazón contra su aguja,
contra el tiempo y su sangre, contra la memoria,
desploma mi pared. ¿Seré un rechazo
de piedra más, herida en el escombro?
No crujas, por cansada, alma mía enzarzada en mi pared,
en mi rodar del tiempo. Está Jerusalén a tientas de la mano,
y ya piso su umbral.



Poema Epitafio Para Una Muchacha de María Victoria Atencia



Porque te fue negado el tiempo de la dicha
tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente
-tal se entierra a un vencido al final del combate-,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,
que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido floral de primavera.



Poema En La Morada De La Luz Escribo… de María Sanz



En la morada de la luz escribo,
con una transparencia contenida
que me hace hueco, que me desenvuelve
de tanta noche cruel y su amenaza.
Voy de camino, siempre voy, a solas
por las estancias donde iba antes
de saber que ya no tengo regreso.
En la morada de la luz, del cálido
perfume que conforta mis poemas,
escribo hacia delante, como vivo.



Poema El Muro de María Sanz



Cada día renace tu esperanza,
tras unos golpes secos contra toda
su inútil e invisible consistencia.
Cada noche lo ves más elevado,
desafiando tu vida, y te maldices
porque eres incapaz de destruirlo.
Mientras el tiempo pasa, van cayendo
las hojas y la nieve, no sus piedras.
Cada día golpeas en el aire
tras sentir que eres tú quien se derrumba.



Poema El Hombre Que Resiste de María Sanz



El hombre que resiste
es menos infeliz, acusa poco
la llegada del mal a sus dominios,
ignorando si hay viento
de levante o poniente,
o si en sus tentaciones
ha crecido la hierba.
Cuántas veces el cuerpo está llagado
hasta el punto de ansiar la sepultura.
Pero nada termina
por derrotar al hombre
que ha visto su victoria ya de lejos,
aunque apenas le queden
fuerzas para arrancarla al enemigo.
Cuántas veces la débil naturaleza sirve
de escudo atemperado
contra alguna supuesta rebeldía.
Pero aquél que resiste llega a vivir del todo,
enraizado en la oculta verdad que le define.



Poema El Espejo Del Alma de María Negroni



Como el alma que canta por sí misma
en su limpia casa de cristal

Hermann Broch

Tuve que viajar a Nevada para verte. Una gran planicie rodeaba la casa
donde me esperabas con una túnica blanca, más alta que de costumbre.
Presentí que la casa existía en la memoria, cosa que confirmaste atrave-
sando con tu brazo el hielo que suplantaba ahora a las paredes. Acos-
tumbrada a esconderme en las palabras, quise darte una carta. Esa carta
hablaba de las diferencias del río: lo que fue, lo que es, lo que será. Pero
vos eras el río y la imagen del río, visto desde la altura (quiero decir,
la furia misma). Me miraste, morada de ternura, bajo el color inconstante
de la niebla. Terminé por tratar de pinchar la carta a tu plumaje pero te
negaste, afable, como quien aprecia el esfuerzo de simular lo imposible.
El pico tembló ligeramente. Me dejaste a merced de la felicidad, contem-
plándote, ahora que eras un enorme pájaro blanco.



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