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Poema Es La Mansión De Ayer… de Marilina Rebora



Es la mansión de ayer, la de la infancia mía,
con ternura hogareña y calidez de seno,
que aún levanta la frente, a punto de agonía,
entre tanto derrumbe al que nada es ajeno.

Muéstrase melancólica el ala solariega
del loco enjambre antiguo ?hoy con seres distantes?
y a la sombra de madre, amorosa, se agrega
el tono protector, los ojos vigilantes.

Los niños la vivían, encanto de morada;
aromas de su patio, tímida madreselva
con los albos jazmines en la azul enramada.
Y guardamos silencio para que el alma vuelva
a recordar imágenes de los dichosos años,
sintiéndonos ahora como intrusos o extraños.



Poema El Niño Dormido de Marilina Rebora



No levantes la voz; el niño está dormido.
Contén el paso, espera, aguarda en cauto acecho;
que no se mueva el aire, ni se oiga el menor ruido,
para que en tierna paz, te aproximes al lecho.

Mírale sonriente al almohadón asido,
el oso de su vida apretándole el pecho,
en la mano, seguro, tiene un hilo prendido
del globo de colores que oscila bajo el techo.

Alrededor su mundo ?juegos de construcciones,
trompos, libros, muñecos, autos, trenes, camiones?;
todo goza en el cuarto sueño de maravilla
salvo el tic-tac cadente del reloj de la abuela.
Déjale que descanse: mañana irá a la escuela;
cuanto más, con los labios rózale la mejilla.



Poema El Muñeco de Marilina Rebora



¡Madre!, clama en voz queda mi ferviente mensaje;
¡madre, mi madre, acude porque te necesito!
La voz, primero tierna, va haciéndose salvaje:
si al comenzar fue ruego, termina siendo grito.

Todo ansias de amor el son de mi lenguaje,
salvando las alturas en pos del infinito,
desesperante, alcanza, tras impetuoso viaje,
acento de mandato para aquel ser bendito.

Sólo que a su momento la voz se pierde en eco;
el sonido se expande con angustia de ausencia,
y recuerdo, de pronto, el ¡Mamá! del muñeco.
Yo también lo repito, como él lo repetía,
y me siento el muñeco de trágica presencia
ya que nadie responde, mi dulce madre mía.



Poema El Muñeco Roto de Marilina Rebora



En el entusiasmo del dulce embeleco,
nunca imaginara que tal vez un día,
con peluca suelta quedara el muñeco,
los ojos ausentes, la testa vacía.

Sin fondo, un abismo, semejaba el hueco
del cráneo desierto, y en esa agonía,
a pesar de todo, resonaba el eco
del tierno «Mamá», que se repetía.

La imagen, por siempre, del pequeño exánime
viva en mi memoria subsistió obstinada
?era yo tan tierna y tan pusilánime?,

pero, temerosa de algún alboroto,
le pedí a mi madre no dijera nada;
y nunca nombramos el muñeco roto.



Poema El Mensaje Perdido de Marilina Rebora



Se lo ha llevado el viento, esa mano de olvido,
el pequeño mensaje que quedara en la puerta;
se fue sobrevolando, como ebrio o perdido,
la rumorosa calle, en la tarde desierta.

Allá irá, todo alma de amor estremecido,
náufrago diminuto con dirección incierta,
agonizante espíritu, el que pudo haber sido
alegría del ser que lo aguardaba alerta.

Diría: «¡Te recuerdo!» o, tal vez, «¡Hasta nunca!»
«Te llevo por los días guardada en mi memoria».
O quizá: «Amor mío, me voy con el crepúsculo…»

Mas nada ha de saberse pues así queda trunca
toda posible hipótesis sobre la dulce historia,
que el papel se perdió, tan grande y tan minúsculo.



Poema El Cristo De Dalí de Marilina Rebora



Siempre desde abajo pudimos mirarle
y aun de nuestra altura miramos a Cristo,
mas nunca hasta ahora pudo contemplarle
alguien de lo alto, ni de allá fue visto.

Pero así el artista consiguió pintarle,
en tremendo escorzo con genio imprevisto,
mirando de arriba, y supo evocarle
de terreno ambiente al fin desprovisto.

Brazos y cabeza en un primer plano
provocan sorpresa por su recio encuadre
y el extraordinario grandor del proyecto.
El cuerpo en su fuga termina lejano,
el estar arriba nos acerca al Padre
y de arriba vemos el terrible aspecto.



Poema El Castillo de Marilina Rebora



Un castillo de arena. Lleno el foso de espuma,
subterráneos cruzándose en unión con el mar,
portal de caracoles, en la cresta una pluma
que acaso una gaviota dejara al revolar.

Moldes por centinelas en muralla alineados
circuyen tal alcázar, diseño en redondel,
y a través de los túneles, torcida por dos lados,
pronta ya para el fuego, la mecha de papel.

El hábil constructor ?que es un niño pequeño?
enciende de la tira el extremo que asoma,
a la espera que brote el humo, por instantes.
Tras lo cual dando brincos continúa la broma
y entre risas exclama: ?¡Adiós, castillo y dueño!
¡Yo me voy a las olas, a saltarlas como antes!?



Poema El Antiguo Jardín de Marilina Rebora



Quedó abrazada al muro, amante, la glicina,
y grávido de frutos de oro, el limonero;
la cola de tijera mostró una golondrina
y el gorrión revolando, de píos mensajero.

Debajo de los árboles era la hierba fina
que peinara ?amoroso, a diario? el jardinero;
la estrella federal sangraba en cada esquina
y, cual si fuera única, en su patita, el tero.

Así pasó el jardín de mis juegos de otrora
?paraíso de sueños, tierra de fantasía?
para que la nostalgia lo añore tanto ahora.
Aunque la vida mata, de a poco, acaso, es cierto
y queremos volver a la simple alegría
de un jardín, unas flores, un vergel o algún huerto.



Poema Elegías Y Soneto A Silvia de Mariano Melgar



Elegía y soneto a Silvia

¿Por que a verte volví, Silvia querida?
(Elegía I)

¿Por qué a verte volví, Silvia
querida?
¡Ay triste! ¿para qué? ¡Para trocarse
mi dolor en más triste despedida!

Quiere en mi mal mi suerte deleitarse;
me presenta más dulce el bien que pierdo:
¡Ay! ¡Bien que va tan pronto a disiparse!

¡Oh, memoria infeliz! ¡Triste recuerdo!
Te vi… ¡qué gloria! pero ¡dura pena!
Ya sufro el daño de que no hice acuerdo.

Mi amor ansioso, mi fatal cadena,10
a ti me trajo con influjo fuerte.
Dije: «Ya soy feliz, mi dicha es plena».

Pero ¡ay! de ti me arranca cruda suerte;
este es mi gran dolor, este es mi duelo;
en verte busqué vida y hallo muerte.15

Mejor hubiera sido que este cielo
no volviera a mirar y sólo el llanto
fuese en mi ausencia todo mi consuelo.

Cerca del ancho mar, ya mi quebranto
en lágrimas deshizo el triste pecho;20
ya pené, ya gemí, ya lloré tanto

¿Para qué, pues, por verme satisfecho
vine a hacer más agudos mis dolores
y a herir de nuevo el corazón deshecho?
De mi ciego deseo los ardores25
volcánicos crecieron, de manera
que víctima soy ya de sus furores.
¡Encumbradas montañas! ¿Quién me diera
la dicha de que al lado de mi dueño,
cual vosotras inmóvil, subsistiera?

¡Triste de mí! Torrentes, con mal ceño
romped todos los pasos de la tierra,
¡piadosos acabad mi ansioso empeño!

Acaba, bravo mar, tu fuerte guerra;
isla sin puerto vuelve las ciudades;
y en una sola a mí con Silvia encierra.
¡Favor tinieblas, vientos, tempestades!
pero vil globo, profanado suelo,
¿es imposible que de mí te apiades?

¡Silvia! Silvia, tú, dime ¿a quién apelo?
no puede ser cruel quien todo cría;
pongamos nuestras quejas en el cielo.

Él solo queda en tan horrible día,
único asilo nuestro en tal tormento,
él solo nos miró sin tiranía.

Si es necesario que el fatal momento
llegue… ¡Piadoso Cielo! en mi partida
benigno mitigad mi sentimiento.

Lloro… no puedo más… Silvia querida,
déjame que en torrentes de amargura
saque del pecho mío el alma herida.

El negro luto de la noche oscura
sea en mi llanto el solo compañero,
ya que no resta más a mi ternura.

Tú, Cielo Santo, que mi amor sincero
miras y mi dolor, dame esperanza
de que veré otra vez el bien que quiero.

En sola tu piedad tiene confianza
mi perseguido amor… Silvia amorosa.
El Cielo nuestras dichas afianza.

Lloro, sí, pero mi alma así llorosa,
unida a ti con plácida cadena,
en la dulce esperanza se reposa,
y ya presiente el fin de nuestra pena.

***************************************************************

¡Oh, dolor! ¿Cómo, cómo tan distante…?
(Elegía II)
¡Oh dolor! ¿Cómo, cómo tan distante
de mi querida Silvia aquí me veo?
¿Cómo he perdido todo en un instante?

Perdí en Silvia mi dicha y mi recreo;
consentí en ello ¡ciego desvarío…!
consentí contra todo mi deseo.

Y ved, aquí conozco el yerro mío,
ya cuando repararlo no es posible,
y es fuerza sufra mi dolor impio.

Así el nuevo piloto al mar terrible
se arroja sin saber lo que le espera,
y ármase luego la tormenta horrible.

En negra noche envuelta ya la esfera,
pierde el valor, el rumbo y el acierto;
y a todos lados ve la parca fiera.

Pero al fin él verá su ansiado puerto,
o acabaránse pronto sus tormentos;
bien presto ha de mirarse libre o muerto.

Y aún en medio del mar ¿qué sentimientos
puede tener cuando en luchar se emplea
contra las fuertes ondas y los vientos?

Solo yo… yo he perdido hasta la idea
de un débil esperar: no hallo consuelo
¡Ay Silvia… no es posible que te vea!

Ni morir pronto espero; ni mi anhelo
puede agitarme tanto, que ocupada
no sufra mi alma el peso de su duelo.

En una calma triste y desastrada,
fijos tengo los ojos en mi pena
sin lograr más que verla duplicada.

En derredor de mí tan sólo suena
el eco de los míseros gemidos
con que mi triste pecho el aire llena.

Sólo el dolor por todos mis sentidos
entra hasta el corazón: todo es quebranto
que el alma abate en golpes repetidos.

¡Ay Silvia! Si a lo menos tú, mi llanto
pudieras atender y mis sollozos…
¡Ah! mi acerbo dolor no fuera tanto.

Silvia, Silvia, os dijera: «Ojos hermosos,
mirad mi situación, ved mi tormento»;
y al instante, mirándome piadosos,
desvanecieran todo el mal que siento.
Acabadas por ti mis aflicciones,
a tu piedad deudor de mi contento.

Corriera ardiendo a ti: mis expresiones
fueran dulce llorar… ¡Con qué ternura
te estrechara…! ¡Ay! ¡Funestas ilusiones!

No, Silvia, no: la pena, la amargura
es todo lo que encuentra mi deseo:
cuanto alcanzo a mirar es noche oscura.

******************************************************

Bien puede el mundo entero conjurarse
Soneto a Silvia Bien puede el mundo
entero conjurarse
contra mi dulce amor y mi ternura,
y el odio infame y tiranía dura
de todo su rigor contra mí armarse;

Bien puede el tiempo rápido cebarse5
en la gracia y primor de su hermosura,
para que cual si fuese llama impura
pueda el fuego de amor en mí acabarse;

Bien puede en fin la suerte vacilante,
que eleva, abate, ensalza y atropella,
alzarme o abatirme en un instante;

Que al mundo, al tiempo y a mi varia estrella,
más fino cada vez y más constante,
les diré: «Silvia es mía y yo soy de ella.»

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Ya mi triste desventura
(Yaravi vIII) Ya mi triste desventura
no deja
Esperanza de tener
alivio;
y el buscarlo sólo sirve5
de darme
el tormento de mirar
lo perdido.

En vano huiré buscando
regiones
donde olvidar a mi dueño
querido:
con la distancia tendrá
mi pecho
sus recelos y su amor15
más fijos,

Lloraré cuando estén lejos
mis males;
y emitiré los más tristes
gemidos;
y no tendré el consuelo
de verte,
ni de que sepas mis crueles
martirios.

Decidme, querido dueño:25
¿qué causa
pudo mudar ese pecho
tan fino?
¿no te mueve a compasión
el verme
que huyendo de tus crueldades
expiro?

¿Con qué corazón oyeras
decir
que por ti murió quien firme
te quiso?
no seas, amada prenda,
no seas,
de mi desdichada vida
cuchillo.



Poema Epitafio A La Rosa de Mariano Brull



Rompo una rosa y no te encuentro.
Al viento, así, columnas deshojadas,
palacio de la rosa en ruinas.
Ahora ?rosa imposible? empiezas:
por agujas de aire entretejida
al mar de la delicia intacta,
donde todas las rosas
?antes que rosas?
belleza son sin cárcel de belleza.



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