Poema Narcisiana de Jorge Zalamea



Ésta era otra casa.
La de los muchos patios:
el patio de las ceremonias y los grandes;
el patio de los huéspedes bienvenidos;
el patio de los niños;
el patio de las criadas;
el patio de los lavaderos y los bebederos;
el patio de las caballerizas;
el patio de las aves de corto vuelo;
el patio de las legumbres suculentas.
Y ahora estaba solo,
solo en la casa de los muchos patios,
solo el muchacho.

Comenzó a recorrer el feudo ceremonial.

Espejos en el cuarto del piano,
Espejos en el salón de las reverencias, las hipocresías y las palabras vanas,
Espejos en el comedor artesonado,
crujiente de porcelanas y cristales,
llameante de cobres y de azogues de plata;
Espejos en la alcoba de la madre,
Espejos en la alcoba de la hermana mayor, la muy mimada…

Espejos, espejos
en laberinto de traidoras aguas.

Las aguas agrietadas de lunas venecianas,
como rostros de ancianas;
las aguas cristiazules de Alemania;
las aguas de Holanda, vermerianas;
las aguas nacaradas de Francia;
las implacables aguas de España.

¡Nadar,
nadar
en esas aguas!

Con candidez de lirio
se desnudó el muchacho:
enhiesto como un grito,
limpio como una espada,
enjuto como un eje,
blanco como una hostia
de amor sacrificada…
Se miraba,
se multiplicaba,
se sumergía,
giraba,
danzaba
una danza horizontal
en la altamar de los espejos.



Poema La Queja Del Niño Negro de Jorge Zalamea



?Las tortillas de maíz no me saben a nada, madre.
Los níqueles no me sirven de nada, madre.
El traje nuevo no me alegra nada, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.
?¡Pero si estás hecho de miel y leche, hijo!
?¿De miel negra, madre?
?¡No! De miel…
?¿De leche negra, madre?
?¡No! De leche…

?Aprendí a leer y de nada me sirve, madre.
Aprendí a escribir y de nada me sirve, madre.
Aprendí a contar y de nada me sirve, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.

?¡Pero si estás hecho de carne y hueso, hijo!
?¿De carne negra, madre?
?¡Ay!
?¿De huesos negros, madre?
?¡No! De huesos…

?Lo que tengo no me sirve de nada, madre.
Lo que doy no me sirve de nada, madre.
Lo que sueño no me sirve de nada, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.

?¡Pero si estás hecho de sangre, hijo!
?¿De sangre negra, madre?
?¡No! De sangre roja… Mira, como ésta… ¡Mírala! ¡Quieras o no, tienes que mirarla!



Poema Imprecación Del Hombre De Kenya de Jorge Zalamea



Y si me da la gana de atravesar a nado el enorme río?
Y si me da la gana de empinarme más que la girafa?
Y si me da la gana de hacerme con la piel del ocelote un escudo y con su cola
un adorno?
Y si me da la gana de ganarle en la carrera a la gacela?
Y si me da la gana de asustar al león con sólo un grito y una tea encendida?
Y si me da la gana de hacer del elefante mi amigo?
Y si me de la gana de cazar al cocodrilo con sólo un palo aguzado ?
Y si me da la gana de hincar los dientes en la fruta, en la pulpa de la niña o en el
hombro de mi enemigo?
Y si me da la gana de tallar en un trozo de ébano la cabeza de la niña?
Y si me da la gana de los sortilegios?
Y si me da la gana de palpar todo mi alto cuerpo lustroso?
Y si me da la gana de empaparlo con aceites?
Y si me da la gana de coronar mi cabeza con multicolores penachos
cimbreantes?
Y si me da la gana de llevar a la niña al lugar en que el bosque canta?
Y si me da la gana de oler sus axilas entre las altas hierbas?
Y si me da la gana de oler su sexo asaltado por las hormigas?
Y si me da la gana de escuchar su dulce queja?
Y si me da la gana de danzar con ella la nocturna danza del amor?
Y si me da la gana de que los gallos salvajes se esponjen en torno nuestro ?
Y si me da la gana de que las luciérnagas se prendan a los largos pezones
morenos de mi niña?
Y si me da la gana de que toda la tribu muestre sus dientes de coco, riendo con
mi hijo recién nacido?
Y si me da la gana de ver a centenares de niños jugando con el agua, las frutas
y el lodo en nuestra aldea?
Y si me da la gana de oír a nuestras mujeres piloneando el millo?
Y si me da la gana… ?
Y si me da la gana de trepar hasta la cima del monte Kenya para ver desde allí
mi país, todo mi país, toda mi gana?
Y si me da la gana de tenderme al sol para medir con mis hombros y
mis ríñones y mis piernas toda mi tierra, mi tierra, mi tierra nativa?

¡Ay, ay, ay!
Dónde está esa tierra, la que fue mi tierra, mi tierra propia?
Apenas le alcanza el día al sol para lamer con su lengua caliente esa
tierra, toda la tierra que rodea al que fue mi monte Kenya,
y el hombre kenyata no tiene ya de su tierra con qué hacerse una estrecha casa
de muerto!

Y si me da la gana….?
¡Gana de mi libre gana!



Poema El Grito de Jorge Zalamea



Un grito,
un grito,
un grito

más duro que el dentado
cuerno curvado
del dorado escarabajo
mimetizado entre las cañas de oro;
más invasor que el espino
en los jardines de los abuelos
intestados;
más veloz que el arpón del asesino
que vuela sobre las aguas
y se clava en ellas
mudándolas en paño de menstruas;
más hambriento que el graznar
de las gaviotas rabiosas
sobre las aguas horras de peces;
más sordo que el sollozo
de la mujer pobre
ante la alcancía vacía;
más impaciente que el orín
sobre la cuchilla homicida;
más lancinante que el gemido
del niño asaltado en su sueño
por las altas, negras fantasmas
de su propio futuro;
más fatídico que el estridor
de las llantas
repentinamente frenadas
sobre el pavimento de cemento
y sobre un cuerpo ya muerto;
más lúgubre, ¡ay!, más lúgubre
que el aullido del perro
cuando pasa la sombra
que nadie ve:
ni Hamlet, ni Horacio,
roídos por el frío.

Un grito,
un grito,
un grito

sin la esperanza de la parturienta,
sin el orgullo de los Héctores vencidos,
sin la blasfemia roja del rebelde,
sin el blanco reniego del suicida,
sin la muda protesta del mártir,
sin la ira tartamuda del recluta,
sin el estertor del pocero silicoso,
sin el terror de quien pierde la vida,
sin el vagido pánico de quien nace a la vida:
un sofocado,
intolerable,
inútil
grito

que nadie escucha, sino yo.

Como vampiro pascuano
hecho de musgo, terciopelo y sombra,
anda revoloteando entre mis sienes,
saltándome los ojos,
trepanando mi nuca,
envenenando mis venas,
haciendo astillas mis nervios…

Anda, en sus giros,
petrificados mis músculos,
poniendo azul mi vientre,
asaltando mi corazón…
y mis labios sellados.

Un grito,
un grito,
un grito:

por qué,
para qué,
para quién,
de dónde viene
ese grito que nadie escucha, sino yo?
¡La muerte sólo, acaso, me lo diga!



Poema Xochiquetzal de Jorge Valdés Díaz – Vélez



(Homenaje a Chuang Tzu)

Anoche te soñé. Llevabas una
gabardina de piel, y abajo nada.
Era otoño y estabas empapada
de lluvia; caminabas en alguna

estación de Madrid hacia ninguna
parte. Detenías tus pasos, cada
tanto, para sentir azafranada
tu piel resplandecer ante la luna

de un espejo invisible donde había
un hombre que soñaba una mujer,
y una mujer semidesnuda, hermosa,

mojada en el orvallo. Todavía
me parece mirarte sostener
la mirada de aquella mariposa.



Poema Viernes 5 De Abril, 1:45 de Jorge Valdés Díaz – Vélez



La muchacha del cuadro
mira a la visitante
del museo. Son jóvenes
las dos de frente, y bellas
mirándose a los ojos
a través de los siglos
que urdieron el encuentro.
La muchacha de afuera
sonríe al contemplarla
como a una antigua amiga,
a un tiempo eterna y breve;
da unos pasos atrás,
murmura algo en latín
y busca en el bolsillo
el bulto que advirtió
inquieto un policía
al verla entrar. De prisa,
el guardia la intercepta,
discuten, la registra
y rueda sobre el suelo
brillante una manzana.
La muchacha del cuadro
mira cómo se aleja
la muchacha que afuera
empuña oculta, firme,
una cuarenta y cinco.



Poema Pro Nobis de Jorge Valdés Díaz – Vélez



para José Emilio Pacheco

De nuevo abrió sus fauces calientes el Averno.
Vienen las pesadillas y el terror a morir
si el sueño al invadirlo se vuelve flama negra,
si al dormir se lo llevan a él, al lujurioso
lagar de los demonios. El niño enmudecido
contempla su silueta y llora. En la oscuridad
de su cama se sabe maligno si no reza
y no implora el perdón del Espíritu Santo
por los remordimientos que atiza el mismo Diablo.
Por todos sus pecados pide misericordia
y dice sus oraciones, otra vez y otra,
rogando por su alma enlodada y por la indigna
vecina de su calle que besa sus pestañas
cada vez que le mira; por su prima Rebeca
con quince años cumplidos a orillas de unos pechos
de miel y de serpiente; por su hermana, que guarda
revistas de pin-ups al fondo de su armario;
por las chicas del aula olorosas a jazmín
y a densa primavera, por todas las actrices
que torturan su espíritu la tarde de los sábados
después del catecismo. Por su culpa grandísima,
tan sólo por su culpa dice perdón mil veces,
hasta que llega el sueño narcótico y se pierde
en esos espejismos que vive en carne propia
y en nombre del Amor que hirió al jurar en vano.



Poema Polaroid de Jorge Valdés Díaz – Vélez



para Eugenio Montejo

Son siete contra el muro, de pie, y uno sentado.
Apenas si conservan los rasgos desleídos
por los años. Las caras resisten su desgaste,
aunque ya no posean los nítidos colores
que ayer las distinguieron. Entre libros y copas,
las miradas sonrientes, las manos enlazadas
celebrando la vida de plata y gelatina
se borran en el sepia de su joven promesa.
Por detrás de la foto están escritos la fecha,
los nombres y el lugar de aquel encuentro. Fuimos
a presentar el libro de uno de los amigos
que aparece en la polaroid viendo hacia el vacío.
Después se hizo la fiesta y más tarde el accidente
nos llevó al cementerio. Dijimos en voz alta
sus poemas. Los siete contra el muro, de pie,
uno leía. Todos aún lo recordamos
y casi por costumbre le voy a visitar
con girasoles. Todos hemos envejecido
menos él, ahí en la vista fija. Nos mira
desde sus 20 años, que son los de su ausencia,
con ojos infinitos de frente hacia la cámara,
llevándose un verano tras otro, aunque comience
a degradar su tono naranja sobre el duro
cartón de la fotografía.



Poema Nox de Jorge Valdés Díaz – Vélez



Algo como un rumor que se despide
tiembla sobre el jardín, lleva las hojas
por la sombra del valle, nubes rojas
y pájaros arriba. Nada impide

su vuelo hacia el crepúsculo. Y el viento
trae junto a las súbitas estrellas
un polen de bondad, desiertas huellas
del mar en rotación, el crecimiento

de la tarde. Anochece. Parte el día
sin dolor aparente ni alegría.
Cuántas veces he oído este paisaje

mudar a voluntad frente al oleaje
del alba o del ocaso. Ya está oscuro
el mundo. Están la noche y el futuro.



Poema Nochevieja de Jorge Valdés Díaz – Vélez



Miras arder lo que ha quedado
en pie del último sendero:
la luna llena de otro enero
sobre la piel de tu pasado,

un mar que olvidas y ha olvidado
en su esplendor tu verdadero
rostro, la luz que fue primero
verbo y temblor en tu costado

y que hoy dejas partir a solas,
detrás del fuego. Hacia el poniente
moja tu máscara un sol frío.

Ya en ti la noche alza sus olas
mansas. La oyes indiferente
abrir el fuego y tu vacío.



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