Poema Vivimos Como Un Consuelo… de José Acosta



Vivimos como un consuelo,
como si nos estuvieran pagando algún mal.
No sabemos qué daño nos hicieron
allá en el Paraíso, pero la luz nos dice
que vivir es un premio de alguien que sólo conoce
de eternidad.
En el fondo sabemos que aquel dolor padecido
jamás nos abandonará, que la vida es insuficiente
para curarnos aquel mal, que arrastramos
cadenas que resuenan en el más allá.
Qué profundidad nos asalta cada noche.
Lo que llamamos sueño no es más que una disculpa,
un pedirle perdón a nuestro espíritu
para que jamás devele el hueco del olvido
por donde podríamos regresar.
El temor es la señal de que aún no hemos sanado,
de que eso monstruoso de algún modo nos asedia
y nos hace rezar.



Poema Mi Abuelo Murió Cuando Yo Nací de José Acosta



Mi abuelo murió cuando yo nací, alguna pared
divide su tiempo del mío. Cuando cerró los ojos
yo los abría al mundo. Mientras él se marchaba
mirando atrás las huellas de su vida, yo llegaba
iniciando sin él la continuación del camino.
Pero hay una región donde estamos juntos, un
territorio limpio donde jugamos con la misma
edad, cómplices de sonrisas, en la nube de sol
de un corazón de mujer.
De allí él jamás partirá, de allí no me
marcharé.



Poema Madre, Si Te Dijera Que Estoy Cansado… de José Acosta



1.4 Madre, si te dijera que estoy cansado de vivir no me lo creerías. Yo no sé cómo te está yendo allá, adonde te fuiste aquel día, dejándonos a todos llorando. Aquí, lo mismo, y eso es lo triste. La casa que habitaste la está destruyendo el tiempo, y en el jardín, tus rosas se secaron para irse contigo. Ya nadie nos conoce en el barrio; la vecina murió, y el gato, y aquel señor que un día te amó y que fue en la tierra nuestro padre. No sé, madre, si llegan a ti mis oraciones y si algún día volveré a verte para contarte más sobre este mundo. Sólo espero que estés bien y que no sufras.

1.5 No temas cuando al ver tu brazo extendido junto a tu cuerpo no lo sientas ni lo reconozcas. Es que la vida se ha ido de allí, se ha alejado dedo a dedo como si apagaran las luces de sus sentidos. Entonces verás la oscuridad verdadera, la eternidad materializada en la insensible lejanía de tu mano muerta, en la fragmentada rosa de tus dedos. Querrás llamar lo que ahora roza la palma helada de tu mano, ese aceite que de otro modo lo hubieras percibido tibio y distante como la dubitativa presencia del amanecer. Querrás peregrinar en el espacio vacío donde crece la rudeza de un puño, o la caricia que rueda por la arena como un ahogado. Pero es tarde y ya todo comienza, la vida tiembla a la orilla de tu muerte, llena de lamentos infinitos, de ruidos que se gastan, de aromas que persisten más allá del susurro. Pero es tarde y ya en ti campea, perdurable, el abandono.

1.6 Fracasaremos, y hay pavor en decirlo abiertamente, porque en el fondo, aun en el último segundo de la vida, no lo creemos a ciencia cierta. Pero es inútil no admitirlo, gritarlo a viva voz: ¡fracasaremos! Hacia cualquier lugar de la dicha que vayamos, en el refugio del triunfo, donde nos coronan, detrás de los laureles, fracasaremos. Y no hay un arco azul que nos redima, una mano propicia al borde del abismo, o una simple oración llena de culpa. Incluso al final de la carrera, al romper la cinta de la meta, en la eternidad que cruza ante nosotros dejándonos pasar, fracasaremos, y esa es la verdad.



Poema Hay Tanta Paz En Regresar De La Cocina… de José Acosta



Hay tanta paz en regresar de la cocina,
volver a la cama donde la carne se pudre
para llenarla con nuestro misterio.
Atravesar el pasillo como si fuera la vida,
sentir el resplandor de todo lo que huye
y se convierte en paredes.
Apartar las cortinas y hallar lo que fue en los rincones:
las pequeñas maldades, la llovizna,
y eso informe que jamás entenderemos.
Un tumulto de pensamientos esperando su turno
a la sombra de la desesperación
cuando ya es demasiado tarde.
Y una voz ausente golpeando la luz,
penetrando en las palabras,
tratando de ser nuestra.
Hay tanta paz en el trayecto, desde el olor del café
hasta el armario, desde los pasos
que ya no parecen nuestros.



Poema Enciendo Un Fósforo de José Acosta



Enciendo un fósforo y nace mi mano.
Sobre el fondo una moneda flota o quizá
la redondez luminosa del ojo de un gato.
Hago ascender mi mirada arañando las tinieblas
y se hace libre allá, a lo lejos, en la cima
de todos los quejidos.
Es que estás a mi lado y aún no lo sabía
es que viajan en mí todos los pueblos
y ahora, precisamente, llaman a mi puerta.
Enciendo un fósforo y nace
tu cuerpo tejido con la noche.
Todo está tan cerca a veces, a un frágil dolor
de distancia
pero en verdad tememos horriblemente
saberlo.



Poema El Universo Resuena Como Llovizna… de José Acosta



El universo resuena como llovizna
sobre el agua,
imperceptible como el susurro de un árbol al crecer.
Estamos encerrados en una dimensión oscura;
la noche es la sombra de una pared lejana;
Dios vive del otro lado.
No te has preguntado ¿a quién le ladran
los perros?
¿Qué ven que tú no puedes descubrir con tu linterna?
Es al sonido de la eternidad,
al espacio que tú sólo conoces en sueños
y crees irreal.
Es a él mismo a quien el perro le ladra,
al ladrido que rebota al colisionar con la noche
y regresa irreconocible.
Es a ti a quien le ladran los perros,
a tu presencia que por tus pensamientos se desborda
llenando la Tierra de murmullos.



Poema El Relámpago de José Acosta



El relámpago nace y no tiene tiempo
de recordarse a sí mismo.
Rasga el rostro del cielo, y no llega a comprender
que es la única herida de la nada.
¡Quién pudiera escalar
su esquelética forma de raíz
para mirar por sus rendijas
el escondite de Dios!



Poema Antes De La Luz de José Acosta



Me atormenta sobremanera esta casa tan oscura
y más, el que no esté en mi destino encenderle
una lámpara.
He intentado arrojarle luciérnagas a sus espejos,
guiar el alba hasta sus ventanas,
atarla a otro horizonte fuera de la noche.

Pero todo es trunco, vano…
Rotos mis dedos buscan a tientas
algún rincón favorable para el fuego
alguna puerta posible para el día
o esa luz
de la que está hecha la tiniebla.

Temo que esta casa ya no exista
cuando se ilumine en el mundo
la existencia.



Poema A Mi Madre (jose Acosta) de José Acosta



(In memoriam)

Aquí hubo una mujer, lo huelo, lo adivino
comprendiendo este vacío donde el aire
teme integrarse a su nada y ser mujer
adquirir vientre y figura para que
yo la ame y la atormente como un hijo.
Nada quiere ocupar este hueco
este borde azul que ha dejado una mujer.
Nada se escancia, se derrama adentro
se arriesga a ser su forma, su pecho
su alegría. Sólo yo avanzo triste
por el secreto misterio de su mano
y subo a su memoria
donde ella está intacta aún como un
perfume
y la busco desde donde ella partió
a ser eterna.



Poema Primer Levantamiento Del Árbol Genealógico De Una Estatua Pascuana de Jorge Zalamea



(Variaciones sobre un antiguo mito de los indígenas de la isla de Pascua).

El agua marina se convirtió en espuma de playa;
la espuma se convirtió en hierba sobre la tierra;
la hierba se convirtió en liana sobre la roca;
la liana se convirtió en vena de la roca.

La golondrina marina se convirtió en gaviota:
negra era y se hizo toda blanca.

La gaviota blanca se convirtió en papagayo.
El papagayo arcoiris se convirtió en buitre;
el buitre se convirtió en milano de ocelado buche.

Del guano de estas transformaciones, se creó el murciélago.

El frote de la piedra engendró la chispa;
la chispa engendró la llama;
la llama engendró la lava.

Con la lava se hizo la estatua.

La estatua que tiene porosidad de espuma,
el óxido amarillo de la hierba,
el recio nervio de la liana,
la vena mineral de la roca,
el sucio blancor de la gaviota,
el escándalo del papagayo,
la taciturna voracidad del buitre,
el ojo cristalino del milano,
y la chispa,
la llama
y la lava.

Así nació la estatua
que nos mira sin vernos,
que nos acecha ignorándonos,
que nos amenaza sin temernos.

Muda,
quieta
la estatua
hecha de agua,
de pájaros,
de hierbas,
de metales…
Engendrado en silencio,
bajo el guano de los grandes murciélagos,
enigmas y misterios.



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