Poema Nocturno de Jaime Torres Bodet



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Poema Nocturno de Jaime Torres Bodet

1
Cierra, punto final, única estrella
del firmamento claro todavía,
la estrofa de silencio de este día
en que tu voz, por tácita, descuella.

Desde el alba lo azul te prometía,
última gota en ignición tan bella
que sólo ardiendo -como el lacre- sella
y sólo sella al tiempo que se enfría.

Ser el adiós que un cielo sin querella
igual que tú mi espíritu quería
y que, como tu luz, la Poesía

cristalizara en mí, diáfana estrella,
más transparente cuanto más sombría
fuese la oscuridad en torno de ella.

2
Principia, pues, aquí, tu obra futura,
Noche, y con lengua libre de falacia
explícame la edad, el sol, la acacia,
el río, el viento, el musgo, la escultura…

De los colores adjetivos cura
esta instantánea flor, póstuma gracia
de un idioma que fue -con pertinacia-
retórica guirnalda a la hermosura.

Brújula sin piedad, tiniebla pura,
orienta, Noche, mis sentidos hacia
las torres de tu intrépida estructura

y deja que, en racimos de luz dura,
se apague esta inquietud que nada sacia
sino el error de ser tiempo figura.

3
Tiempo y figura fuí, mientras la esquiva
curiosidad de ser distinto en cada
minuto de la frívola jornada
arrojaba mi anhelo a la deriva.

Tiempo y figura: cólera pasiva,
impaciencia de luz en llamarada,
alma a todos los cauces derramada
y, aunque a ninguno fiel, siempre cautiva.

Pero de pronto, ¡ay!, conciencia armada,
coraza de amazona pensativa,
toco de nuevo, en bronce, tu alborada,

¡y descubro por fin que la hora ansiada
estaba en mí, pretérita y furtiva,
y, al oírla sonar, siento mi nada!

4
Hecho de nada soy, por nada aliento;
nada es mi ser y nada mi sentido
y, muerto, no seré más qúe al oído
un roce de hojas muertas en el viento…

A nada me negué. De nada exento
-pasión, fiebre o virtud- he persistido
y de esa misma nada envejecido
sombra de sombras es mi pensamiento.

Pero si nada di, nada he pedido
y, si de nada soy, a nada intento;
espectador no más de lo que he sido.

Como inventé el nacer, la muerte invento
y, sin otro epitafio que el olvido,
a la nada me erijo en monumento.





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