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Poema Por Amor de Jaime Augusto Shelley



He aprendido de ti
Que no basta el gesto ni la acción
Que el amor no basta
Ni la inteligencia
O el susurro exacto
Aun más
Que la ternura
En ciertos casos sale sobrando
He aprendido
Que el cuerpo
La carne
El sexo
No tiene mucho que ver
Con hacer el amor
Y seguir vibrante
Aprendido
Que unirse
Contigo
Es volver a ordenar una lucha
Conmigo
Que ha de llegar a ti
En la punta de los poros los labios y los dedos
Al beber y al cantar
Al ver un árbol que crece y una amapola que muere
En el ciclo normal
Ese que de alguna manera por humanos hemos perdido.



Poema Patria Traicionada de Jaime Augusto Shelley



Hilo tan delgado casi siempre se rompe.

Suelo tan ligero cualquier sobresalto devora.

Costra seca que sin desear anda desnuda.

Ombligo roto y vuelto a pegar.

Agua que nunca se detuvo.

Entrañable amor que es pesadumbre:

Miedo si se está despierto.

Fiebre en primavera, cuando empiezan a caer las hojas.

Contraloquesea, a mandobles y suspiros,
entre siemprevivas y secas bocanadas,
estertor entequilado cuando sale el sol
y una densa nube cubre el cielo de relámpagos viejos.
Nunca niños tanto, con rictus de dolor,
habrían visto
pisando tierra propia, ajena.

Aire que adelgaza, se hace humo.

Sueño que regresa a su viscera.

Luz y nada. Ojo para mucha muerte.
Palpito que aflora comiendo gusanos vesperales.
Casa propia, hogar de nadie.



Poema Patria Amaneciendo de Jaime Augusto Shelley



De la semana escoge
algo
venido de lunes
con vaciedad atropellada.

Di que esa mañana
saliste a la calle buscando decir,
dejar de lado,
estallar con todos,
cargado de eso que fue y nunca acaba.

Martes lumínico,
crecido dentro,
vida de otros, ahora tuya.

Al salir,
imagina que no es martes,
ni México,
sino despertar
frente a escaparates,
descalzo, con las uñas rotas,
porque sí.

Miércoles que te toma un instante largo,
húmedo en la boca,
con luna que quiere ser clara
cuando lo demás es oscuro.

Jueves ya de amanecida
que empieza a vivir
su día de muertos
con un cuchillo.

Qué viernes nada,
qué viernes solo,
justo en el momento en que algo inicia:
multitud amanece indescriptible;
no de sí, no de nadie,
repetición frenética que alcanza paroxismo.
Silencio de luz incandesciendo,
vulva ensangrentada
que el corro no deja distinguir
porque hay baile
hoy sábado, de quién no.

Hablan a gritos necesidades con sofoco,
volantería de visceras
saltan la madeja crepuscular.

Múltiple domingo de semana acariciada
con ese sólo fin,
con ese sólo fin.

Quieren del yo
solamente y nada más,
sensación.
Quieren abandono.
Decir sí al no.
Volver de lejos.
Quieren espejo.
Distancia de espejo:
que hablen los muertos.

Que se masturbe magistralmente el pasado,
que el lunes advenga
como si no, igual al viernes.

Justo instante que comienza
con un chillido,
que parte de tu desprender el yo;
amanece y anochece.
Ruidoso silencio milenario.

Así es México.
Y nadie podrá decir nunca
cuándo ni cómo;
no podrá decir: mío.
Como un enjambre adhiere,
haz de viento y carcajada,
soplo que ondula el lago,
brillo imaginado,
centella cegadora;
todo para imaginar: Aztlán.
Nada existe sobre sus aguas.

Porque sus aguas no existen.

Quien cierre el puño
aprehenderá sólo cenizas.

Un sonido distante que embarcado llama.

Quien crea volveráse incrédulo
y quien material haráse humo,
invocación de dioses.

Nada de lo que es, será.
Otros reinarán y serán decapitados.

Pero no vencerán.
No vencerán,
porque nada es posible, aquí.

Cuanto es borroso es claro.
Cuanto es umbrío resplandece.

Quinientos años aprendiendo a morir.
Hay que empezar a vivir, matando.

Despierta esa mañana,
sin cólera,
pensando que hoy
no es día de muertos
sino de vivos múltiples,
eminentemente dispuestos a la vida.

Voz del día, sin semana o mes.
Tiempo hecho para vencer el sueño,
su peso mortal de viejo calendario.

Octubre ya no es octubre.

Noviembre ya no es el mes de los muertos.

Pronto, diciembre sólo será
un cambio de estación.

Porque habrá llegado la primavera.



Poema Nostalgia Del Puerto de Jaime Augusto Shelley



Agotado por la furia,
estaba en mí cantar alegría,
traer al papel un paseo
después de los mariscos con cerveza
y el café de la Parroquia,
aspirar los olores del puerto
cuando cae el sol,
entre las risas y los gritos de los niños
en el malecón;
pero vinieron las lluvias, el norte.

Y nos fuimos a México.
Lo sucio del valle
mordió el aroma
y se perdió el deseo.



Poema Mariposa Azul Emprende Vuelo de Jaime Augusto Shelley



Esa mañana de luz encrucijada
lo vivido del polen,
el ansia en convulsión
y un abrazo que parece ser el último,
dejaban cristalinas
casi transparentes veladuras
en el desasosiego del lecho
tendido entre las flores.

No se mide un instante
ni dura en precisión
más o más.
No existe, tampoco, una boca
que aprehenda a otra boca
más allá de su anhelar;
un ala es un espacio
que deja
de ser
para transformarse en grito, espasmo
o vuelta: sustancia del origen.

Yo no dije que te amaba
porque el tiempo habría triturado mis huesos
aun antes de que esta página cayera en abandono.
No te dije nada.
Juntos, la luz brotaba celular y desmedida
y tú emprendiste seriamente el vuelo,
sin llorar.



Poema Los Pájaros de Jaime Augusto Shelley



Chillaron los pájaros
desorbitando su silencio de altas copas
Descendieron cóndores y cuervos de aceradas plumas
Cientos de voces desencajadas por la ráfaga
tomaron la forma de los árboles y callaron
recuperaron su silencio

Sobreviene el día



Poema La Silla de Jaime Augusto Shelley



Si tengo que mirar un día
la silla como la miro ahora
y tengo que callar a los poetas
para decir tan sólo
es negra
(Y una callejuela de árboles suntuosos
se detiene sombra y sopla en los follajes)
si tengo que mirar de día
la silla y estrecharla
y sostenerla
(como a una ola hueca
que se sabe que se abre y que se cierra)
si me voy a sentar
o me voy a parar
alejándome de la silla negra
(la madera es blanca
rechinante apenas por el uso)
si me voy a quedar quieto
balanceándome en la silla fija
(por una vez no confesar
estoy pensando creciendo madurado)
Por una vez decir que estoy contento
en paz con las palabras
que soy como la silla álamo y cultivo
que estoy en tierra
sólidamente agitado y enraizado
como un abeto decir como la silla
en su acabado negro
Ven ya no rechino
(y rechinar de nuevo)

Si me voy a quedar aquí
o en otra parte
y voy a contemplar la silla
digo qué me cuesta callar a los poetas
y decir tan sólo es negra!



Poema Jornadas de Jaime Augusto Shelley



Es el tiempo inaplazable,
nuestro tiempo,
avejentado mirador hombro atrás
que mira tras de sí.
Sin palabras, sin sucesos.
Dejando atrás paradójicamente la mirada.

Rugosa piel interminable
humedecida entre jornadas.
Es el sol
y es el agua.
Hay desplomes salobres de la vista
y avidez.
Hay ansias aruñadas.
Y arena mordaz entre los dientes.
Pueblos in si tu sucumbidos,
y sondas transparentes de viento helado.

Renovadamente,
emprendemos las jornadas
y no es la fe la que nos mueve.
No es el goce de riquezas,
ni el cabo nombrado tras de sí;
hay un sur que nos conmueve,
una estación que nos atrae,
nos hace hijos,
para siempre, del camino.

Sur que es Norte
por su cortedad risueña muy al fondo.
Norte que es Este,
advenimiento
cotidiano y singular como un respiro.

Poniente
entre parpadeos
y lento titubear
a lanzazos contra el cielo,
espeso leño que nunca dejaría de arder.

Hay inevitables estaciones
y puntos del adiós
y formas de nombrar
a cada día el primero
como una forma de decir de cada muerte,
la más profunda.
Y no abandono mis frutos,
no me muevo de mis panes
en cualquier rincón bienoliente
al paso entre caminos de tierra.

Tomo de mi agua,
tomo la harina de mi pan
y amaso el fuego;
recojo su calor, pero hay ventanas.
Invento los espacios
por los que han de entrar todos,
los muertos y los vivos.
Y la mirada mejor
siempre al sur,
que es norte
y es este
y es poniente.



Poema Himno A La Impaciencia de Jaime Augusto Shelley



Te andan siguiendo, poeta, las fechas
memorables de tu patria.
Te andan siguiendo
la miseria enamorada de tu pueblo,
tu libertad a culatazos,
el aire granadero de tus calles.
Te andan buscando, poeta,
te anda buscando la desgracia



Poema Hierro Nocturno de Jaime Augusto Shelley



1

Mucho antes de que estas montañas
ratas grises en la solapa aguda del sol
antes que cárceles de cieno y luz
fueran para mi espíritu domesticado
por los azotes inmisericordes del Belcebú embrutecido
en mi secreta epidermis
el gran reloj del mar meciendo sus aguas sin escoria
y las terrazas azules infinitamente contiguas
en la proximidad distante
choque de dos olas y el rompimiento de la nuez
aún entre los peces

Y el ruido del parto y la sedición de los montes
hacinándose en los rescoldos de la brisa

Señor al fin del elemento
yo vengo de esa brasa de liqúenes pensantes
de sombra a hormiga a hombre
el hijo nuevamente padre
Prometeo entre los hielos
cavando a uñazos los cuévanos de su oscura madre



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