poemas vida obra boris pasternak




Poema Fin de Boris Pasternak



¿Fue todo realidad? ¿Es hora de paseos?
Es mejor dormir eternamente, dormir, dormir,
y no ver sueño alguno.

Otra vez la calle. Otra vez la cortina de tul.
Otra vez, cada noche, la estepa, el almiar, los lamentos,
ahora, y en adelante.

Las hojas en septiembre, con asma en cada átomo,
ven en sueños silencios y sombras. De pronto despierta el verbel
la carrera de un perro.

Espera que se tiendan. De pronto aparece un gigante,
y otro. Unos pasos. «Aquí hay un tornillo».
Un silbido y una voz: «¡Espera!»

¡Si él, literalmente, hundía, desmoronaba el camino
con nuestro paso! El hasta el suelo
torturaba contigo.

Otoño. Baja un abalorio de amarillo azulado.
¡Ay, como tú, podredumbre, he de morir!
¡Qué cansado de vivir estoy!

¡Oh! A destiempo la noche nos inciensa con las maniobras
de las locomotoras; cuado llueve cada hoja se quiere
marchar a la estepa, como aquéllas.

!Las ventanas me hacen escenas. ¡Pero es en vano!
La puerta salta de los goznes cuando el hielo
le besa los codos.

Preséntame a alguno de los ahítos,
como ellos, por la cosecha de los campos del sur,
solares y herrumbre.

¡Pero con la dentera, el pasmo, los terrones
en la garganta, con la tristeza de tantas palabras
te cansas de tener amistad!

Versión de César Astor



Poema A Un Amigo de Boris Pasternak



¿Acaso yo no sé que hundida en las tinieblas,
jamás a la luz llegaría, la ignorancia,
y que soy un monstruo, y que la dicha de cien mil
no me toca más que la falsa felicidad de cien?

¿Y acaso yo no me ligo al quinquenio,
no me caigo y levanto con él?
Pero, ¿qué voy a hacer con mi caja torácica,
y con lo que es más rutinario que toda rutina?

No está bien que en los días del gran consejo,
en el que las plazas se han dado a la pasión suprema,
se deje la vacante del poeta:
ésta es peligrosa, si no está vacía.

1931

Versión de César Astor



Poema La Suplente de Boris Pasternak



Vivo con tu retrato,
el que ríe a carcajadas,
ese en que los tendones de las muñecas
crujen,
el que rompe los dedos
sin quererlos soltar,
el que uno mira y mira
y se siente muy triste.

El que del crujir de los tronos
y la marcha de Rákochi,
los cristalillos del salón,
el cristal y los invitados,
corre ardiente por el piano
y salta
por nudillos, rosetones, rosas
y huesos

para, el peinado aflojando,
alocado, travieso,
los prendedores del cabello
en el gorrito,
valsar a placer en rededor,
entre bromas,
mordisqueando el chal, cual tortura,
respirando apenas.

Para, apretando la corteza
con la mano,
de mandarina fríos gajos
engullir con premura,
por volver a la sala con arañas,
tras los cortinajes,
al olor de aquel vals,
que otra vez resonaba atrayente.

Así se sentaría el torbellino
a fin de, como apuesta,
impulso de vapores en camino,
y agujas, y tinieblas,
cual musulmán faquir,
en un instante,
llevarse sin pestañear .

Y declarar que no es ningún corcel,
ni un susurro travieso de los montes,
pero, que esas rosas que lleva al costado
la arrastran a galope tendido.

No es él, no es el susurro de los montes,
no es él, no es el sonido de herraduras,
sino tan sólo, solamente,
la que está ceñida por el pañuelo.

Y no es otra cosa que el tul y el destino,
el alma, el gorrito y los pies,
que corren al compás del torbellino,
llevándola en sus sueños susurrantes.

A ellos, a ellos:
¡y en burla cruel,
yo me río a placer,
con ganas locas,
para envidia de esos secos danzarines,
me río hasta saltárseme las lágrimas!

Versión de César Astor



Poema La Ruptura de Boris Pasternak



I
¡Oh, ángel mentiroso, enseguida, enseguida
tendrías que haberlo dicho todo,
y yo te habría dado de beber pura tristeza!
Pero así, no me atrevo; así, ¡ojo por ojo!
¡Oh, aflicción, que infectó la mentira al principio!
¡Oh, dolor, oh, dolor en la travesura!
Oh, ángel mentiroso! ¡No, no es mortal sufrimiento
el del corazón, del corazón que padece un ezcema!
Mas, ¿Por qué tú al despedirte
a mi alma regalas corporal dolencia?
¿Por qué sin objeto me besas cual gota de lluvia,
y, riéndote, me matas, como el tiempo,
por todos, y ante todos?

2
¡Oh, vergüenza! ¡Tú eres una carga para mí!
¡Oh, conciencia! ¡Cuántas ilusiones,
aun perseverantes,
quedaron en ésta ruptura temprana!
¡Si yo, una persona, fuese un conjunto huero
de sienes, y labios, y ojos, manos, hombros y mejillas,
por el silbido de las estrofas, por su grito, por el signo,
por la fuerza del dolor, por la juventud de ella,
cedería a todos ellos, los llevaría al ataque
y te asaltaría a ti, vergüenza inmensa mía!

3
Apartaré de ti mis pensamientos todos
no de visita ni bebiendo vino, sino en el cielo.
En casa de los amos, al lado, al sonar el timbre,
abrirán la puerta a alguien alguna vez.

Irrumpiré en su casa, en la agitaci6n de diciembre.
La puerta tan sólo y… heme allí. Un corredor.
«¿Viene Usted de allá? ¿Qué dicen allí?
¿Qué se oye? ¿Qué chismes corren por la ciudad?

¿Se equivoca todavía la tristeza?
Y luego susurra: «Parecía igualita».
Preparándose desde unos cuarenta pies,
volará la exclamación: «¿Pero es usted?»

¿Tendrán piedad de mí las plazas?
¡Ay, si ustedes supieran qué tristeza se siente
cuando cien veces en el curso del día
le caza la calle camino de las reuniones! »

4
Prueba tú de impedírmelo. Ven,
trata de apagar
este acceso de tristeza, que hoy resuena como el mercurio
en el vacío, de Torricelli.
Prohíbeme tú volverme loco. Oh, ven,
atenta a mi estado!
¡No me dejes hablar más de ti! No te avergüences, no,
estamos solos.
¡Oh, apágalo, pues! ¡Oh, apágalo! ¡Con más fuego!

5
¡Tú trenza esta lluvia de codos helados cual olas,
y de manos de raso, cual lirios,
que su propia impotencia trocó en dominantes!
¡Despierta, júbilo ¡A la calle! Cógelos,
porque en este alegre juego has de oír
el rumor de los bosques, saturados del eco de cazas
allá en Calidonia,
do Acteón, sin juicio, persiguiera cual gamo
A Atalanta,
donde amaban azules sin fondo silbando
en equinas orejas,
se besaban las persecuciones con fieros ladridos
y caricias se hacían con toques de cuerno y crujidos de rama,
pezuñas y garras.
-¡Oh, a la calle! ¡A la calle! ¡Como aquellos!

6
¿Estás desilusionada? ¿Pensabas acaso que en el mundo
nos íbamos a separar tras el réquiem del cisne?
¿Acaso medías con pupilas dilatadas, cubiertas de lágrimas,
su invencibilidad, contando ya con el dolor?

En la misa caerían de las bóvedas pinturas murales,
conmovidas por la música del gran Sebastián.
Pero, a partir de esta noche, mi odio ve en todo
la prolijidad, y me duele no tener una fusta.

A oscuras, recobrándose al punto,
sin pensarlo un instante,
decidió con presteza que todo podía arreglarlo.
Que tiempo había. Que el suicidio no le hacía falta alguna.
Que incluso eso es también un paso de tortuga.

7
Amiga mía, mi dulce amiga. ¡Oh, exactamente igual
que la noche del vuelo desde Bergen al polo,
la cálida plumilla es arrancada por la nieve que cae
de los pies de los somormujos!
¡Te lo juro, oh, dulce amiga, te lo juro,
que yo no me esfuerzo al decirte:
olvídame, duerme, mi amiga!

Cuando, como el cadáver del noruego,
borrado hasta las chimeneas,*
contemplando inviernos que no mueven
los mástiles cubiertos de escarcha,
yo vago en resplandores de tus ojos bromistas,
tú duerme, consuélate,
la sangre no llegará al río, amiga mía,
cálmate, no llores.

Cuando, igual completamente que el Norte,
uera de los últimos poblados,
a escondidas de los árticos e incansables hielos,
como cúpula de media noche, que enjuaga los ojos ciegos
de las focas,
te digo: no te los frotes, duerme, olvida,
todo es un absurdo.

*Se refiere al explorador noruego Amundsen. (Nota del traductor.)

8
Mi mesa no es bastante ancha para apoyarse en su borde
con todo el pecho y meter el codo
pasado el límite de la tristeza, más allá del istmo
de un perdón excavado a través de tantas verstas.

(Allí es ahora de noche.) Tras tu nuca asfixiante.
(Y se han acostado a dormir.) Bajo el reino de tus hombros.
(Y apagan la luz.) Yo los devolvería por la mañana.
Rozaría el porche con su rama soñolienta.

¡No con copos! ¡Con las manos hazlo! ¡Llegarán!
¡Oh! ¡Diez dedos de tortura, con el surco
con estrellas de la Epifanía,
como signos del retraso de los trenes
que marchaban hacia el Norte
en medio de la tormenta de nieve!

9
El piano de cola, tembloroso,
relame la espuma que cubre sus labios.
Este delirio te abate, te hace flaquear.
Dirás: -¡Querido! -No -gritaré yo-,
¡no!
¿Al son de la música? -Pero, ¿se puede acaso

estar más cerca que en la semioscuridad,
lanzando los acordes, cual diario,
por completos a la chimenea, verdad?
¡Oh, comprensión asombrosa, asiente,
asiente y asómbrate! : estás libre.

Yo no te retengo. Vete, haz bien.
Vete con otros. Werther ya está escrito,
y en nuestros días hasta el aire huele a muerto:
abrir la ventana, es abrirse las venas.

1918

Versión de César Astor



Poema La Primavera de Boris Pasternak



Primavera. Vengo de la calle
donde el álamo esta maravillado,
donde se asusta la lejanía,
donde la casa tiene miedo a caer,
donde el aire es azul
como el envoltorio de la ropa blanca
del que ha sido dado de alta del hospital.

Donde la noche está vacía
como el relato interrumpido
que una estrella dejó sin terminar,
para perplejidad
de miles de ojos ruidosos,
sin fondo y carentes de expresión.

1918

Versión de César Astor



Poema La Poesía de Boris Pasternak



Poesía, te voy a jurar
y termino, estoy ronco:
tú no eres el habla melosa,
tú eres el estío en tercera clase,
tú eres arrabal, y no estribillo.

Tú eres asfixiante como mayo, Yámskaya,*
un reducto nocturno de Shevardino,*
en el que lanzan gemidos las nubes,
marchándose luego por lados distintos.

Y, doblándose en la espiral de las vías
-no el estribillo, sino el arrabal-,
se arrastran de las estaciones a sus casas,
no cantando, sino estupefactos.

Los restos de la lluvia manchan los racimos
y largo rato, hasta la aurora,
desgranan acrósticos en todos los techos,
lanzando burbujas con rima sonora.

¡Poesía, si debajo del grifo tienes
una perogrullada, vacía, cual cubo de zinc,
que siga, no obstante, fluyendo tu chorro!
¡Puesto tienes debajo el cuaderno: fluye, pues!

1922

* Yámskaya: nombre de varias calles de Moscú.
*Shevardino: reducto del campo de batalla de Borodinó. (Nota del traductor.)

Versión de César Astor



Poema Invierno de Boris Pasternak



Oprimo la mejilla contra el embudo
del invierno, enroscado cual caracol.
«¡A sus sitios! ¡Quien no quiera,
que se aparte!»
Murmullos, ruidos, el trueno de una barahúnda.

«Es decir, ¿en «El mar está revuelto»?
¿En un relato,
que se enrosca cual cordón compresor,
donde se ponen en cola sin prepararse?
Es decir, ¿en la vida? Es decir,
en el relato
de cuán inesperado es el fin? ¿Sobre la risa,
el jolgorio, la confusión y las prisas?
Es decir, ¿que es verdad que se agita la mar
y se aquieta sin preguntarle al fondo?»

¿Eso esto el zumbido de las conchas?
¿Es el cotilleo de cuatro mosquitas muertas?
¿Arma estruendo la tapa de fuego
cual si hubiera reñido con su sombra?

Se elevan los suspiros de la boca,
en torno miran, y al punto… a llorar.
Y corren carretas con negro ronquido,
y en nube muy blanca galopa un audaz.

1913, 1928

Versión de César Astor



Poema Hay Que Vivir Sin Imposturas de Boris Pasternak



Hay que vivir sin imposturas
Vivir de modo que con el tiempo
Nos lleguemos a ganar el amor del espacio,
y oigamos la voz del futuro.

Hay que dejar blancos
En el destino y no en el papel
y en los márgenes anotar
Pasajes y capítulos de la vida entera.

Debemos sumirnos en el anónimo
Y ocultar en él nuestros pasos
Tal como se oculta el paisaje
Tras una niebla espesa.

Otros siguiendo tus huellas, frescas
Recorrerán tu camino palmo a palmo,
Pero tú mismo no debes distinguir
La derrota de la victoria
No debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.

Tú debes estar vivo.
Solamente vivir
Hasta el final.

Versión de Gabriel Barra



Poema Fragmentos Del Poema de Boris Pasternak



(dos fragmentos)

I
Yo he amado también, y el aliento
del insomnio, temprano, temprano,
desde el parque bajaba al barranco,
y en tinieblas,
salía en volandas hacia un archipiélago
de calveros cubiertos de niebla felpuda,
de menta, de ajenjo y codornices.
Y allí acrecentaba su peso el amor,
me embriagaba cual ala que toca el disparo,
caía en el aire, temblaba de fiebre,
y como el rocío cubría los campos.

Allí me encontraba la aurora. Hasta las dos
brillaban riquezas del cielo infinito.
Los gallos, entonces, temían las sombras.
Trataban de ocultar sus temores,
mas de sus gargantas salían bombas de fogueo,
y el espanto les daba una voz de falsete.
Se apagaban las constelaciones. Como hecho de encargo,
por el claro asomaba un pastor
con cara de apagaluces de saltones ojos.

Yo he amado también. Y ella, por ahora,
quizás viva aún. Pasará algún tiempo,
y algo grande, cual otoño, un día
(tal vez no mañana, más tarde,
cuando sea)
se encenderá sobre la vida como un resplandor,
apiadándose de la espesura. De la luz de los charcos,
que se mueren de sed como ranas. Del temblor leporino
de los prados, cuya oreja recubre la estera
de hojarasca del año anterior. Del ruido,
que semeja un falso oleaje de vida pasada.
Yo he amado también, y lo sé: lo mismo que campos mojados
vemos siempre al comienzo del año,
cada pecho mantiene en su fondo
un febril amor a mundos nuevos.

Yo he amado también, y ella aún vive.
y lo mismo, patinando en tempranos comienzos,
permanecen los tiempos,
y se esfuman detrás del instante.
Esta linde es hoy, como antes, muy fina.
Como antes,
el pasado remoto parece reciente.
Como antes,
apartado de los testimonios,
enloquece el ayer, simulando ignorar
que no es ya nuestra casa de hogaño.
¿Es esto Posible? ¿Es decir, que, en efecto,
el amor no es durable, sino que se aleja
durante toda la vida
cual tributo de asombro al instane?

1916, 1928

2
Dormía. Aquella noche velaba mi espíritu.
Sonó un golpe. La luz se encendió.
La ventana anunciaba tormenta.
La abrí como estaba, a medio vestir .

Así es como nieva. Así murmuran los copos.
Así balbucean las bocas de signos.
Allí está el original;
aquí, la palidez de la copia.
Allí está todo en sangre;
aquí no hay sangre alguna.

Allí, iluminado, cual difunto,
por débil luz del ventanal,
limpia el aféizar con las lilas
-el frío croquis de un glaciar .

En noche ginebrina el Sur entreteje,
como en trenza de mujer meridional,
brillos de algarrobas y de albaricoques,
orquestas y barcas, y risas de olas.

Y, cual revolviendo castañas,
echa en braseros con el cogedor
bebidas de hombres,
y de las mujeres,
jarabe con luz y calor.

De cada luz llega una plática.
Y arriba, ahogándose, el olmo
el lienzo hace temblar de la marquesa
y pinta con sus ramas en la gasa.

Tú mira, ¡qué fiebre en los Alpes!
¡Qué fiel a la patria es cada paso!
¡Oh, sé bella, por favor!
¡Oh, por favor, en cada caso!

Con tu belleza matadora,
cien veces bella, más y más,
tú siempre, siempre, a todas horas,
de frialdad fundida estás.

Pues, atropina y belladona
tomando, triste, alguna vez,
igual que tú, miraré frío,
e igual que tú, «sufre» diré.

1916

Versión de César Astor



Poema Festines de Boris Pasternak



Bebo la amargura de los nardos,
la amargura de cielos otoñales,
y en ellos el chorro ardiente de tus traiciones.
Bebo la amargura de las tardes, las noches,
y las multitudes,
la estrofa llorosa de inmensa amargura.

La sensatez de engendros de talleres no sufrimos.
Hostiles somos hoy al pan seguro.
Inquieta el viento aquel de los coperos brindis,
que, muy posiblemente, jamás se cumplirán.

Heredamiento y muerte son comensales nuestros.
Y en la serena aurora, los picos de los árboles llamean.
En la galletera, cual ratón, rebusca un anapesto,
y Cenicienta cambia con premura de vestido.

Suelos barridos, en el mantel… ni una migaja.
El verso es sereno cual beso infantil.
Y corre Cenicienta, en su coche si hay suerte,
y cuando no hay ni blanca, con sus piernas también.

1913, 1928

Versión de César Astor



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