Poema Canción Final de Jaime Gil De Biedma
Las rosas de papel no son verdad
y queman
lo mismo que una frente pensativa
o el tacto de una lámina de hielo.
Las rosas de papel son, en verdad,
demasiado encendidas para el pecho.
Amor Amistad Familia Infantiles Fechas Especiales Cristianos
Las rosas de papel no son verdad
y queman
lo mismo que una frente pensativa
o el tacto de una lámina de hielo.
Las rosas de papel son, en verdad,
demasiado encendidas para el pecho.
Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.
Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
Es el amanecer.
Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros ?cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.
Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,
y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
desde el amanecer.
Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho el amanecer.
-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarse cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
y no por el placer.
Imitación de Charles d′Orleans
Usted, Invierno, poca cosa es:
un viejo gris, mal encarado.
¡Cuánto mejor transita por el prado
la Primavera,
que vendrá después
trayendo con amor, a su gentil costado,
abril y mayo,
mes tras mes!
Esa fuente de luz nos adereza
campos, bosques y flores,
y les añade sin cesar colores,
dócil al fiat de la Naturaleza.
Usted, en cambio, nieva, llueve,
sopla vientos helados y granizo.
Invierno, seré breve:
¡Pues el tiempo deshizo
con sus vientos, sus lluvias y su nieve,
el diablo que lo quiso se lo lleve.
Viva sospecha de carne no mirada,
voz ya, promesa
de más cautelas y solicitudes,
palabra todavía,
que figura tinieblas aledañas.
Allí se mueve, sólido,
cuerpo que no se ve pero se siente,
se sabe, se dibuja
con dormidos asedios entretanto.
Amor ayer, hoy prisionero leve,
árbol será de todos los mañanas.
En oleaje caviloso digo
los nombres de la grey, los nombres pardos
y los candentes. Digo Santiago, Pedro, Juan;
el signo de la madre plácida
entre nublados laberintos;
la fama quejumbrosa de los sacerdotes;
los apodos rebeldes que suscita la horda.
Oh denominaciones, oh ruido.
Arroyos al dolor, amor que nos rodea siempre vivo
en un alba de voces. Oh mundo compartido,
este decir nosotros, llamar a cada uno
por el carnal rumor que lo designa,
convocar a los labios la multitud esquiva.
¡Cantad, cantad en mí, diferentes hermanos!
Con la llaga de aquel y la cobarde
mansedumbre del otro, con la sábana
del moribundo, los desprecios, la sed infatigablemente
purificada, con el frenesí disperso
allí donde siembra el agobio su cuchillada sacia,
urda mi boca los peregrinajes
al despertar común; y fúndase en la salva
mi soledad abierta, soledad partícipe.
Formas de cuantos sois conmigo
dentro del coro unánime: Saúl, un carpintero
cualquiera, dedos que redimen
la sumisión del árbol. Veneran, sortílega.
María, forastera de gráciles asombros.
Generoso, tal grave capitán de navío.
Jerónimo, verdugo sin historia. Más los
otros, amargos o felices,
ágiles, depravados, inocentes, vencidos,
escoria de la cárcel o vagabundos tenues,
Santiago, Pedro, Juan. Y tú, velado amor
por quien surte mi lengua muchedumbres
y devociones; nombre feraz de cuya música
se derraman conjuros incesantes.
Resonad en la blonda cúpula del otoño.
¡Qué gran curiosidad tengo de verte
sin ropajes ambiguos, oh mi sombra!
Imagino tu piel acribillada
por la nostalgia; de rubor hnhábil
erizadas las fugas del contorno;
y me pregunto si guarecen algo más
esos repliegues vaporosos,
si corren por tus venas plenitudes,
si alojas muy adentro constelaciones nunca vistas.
No puede ser que sólo seas un charco de negrura,
digamos, una mancha de vacío.
Con avidez muy tuya me sigues dondequiera
y tu mismo silencio va derramando vida.
Feraz tiniebla, noche cautiva y aplastada,
como la noche sideral celas enigmas, huéspedes,
probables fuegos y zodíacos.
Sin bruma quiero verte, sin engaño.
Milímetro a milímetro,
quiero fisgar en tus intimidades. Acercarme
de veras a la fuente oscura
que llueve tus andanzas contra la paz de mi camino.
Adolezco de fútiles cariños
unos con otros ayuntados.
Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo
retratos azarosos y animales domésticos.
Me absorben los rumores de la calle,
Los muros blancos al amanecer,
la lluvia, los jardines públicos.
Mapas antiguos, mapas nuevos, llenan mi casa.
La música más frívola complace mis oídos.
Innumerables, leves,
como la cabellera de los astros,
giran en torno a mi destino minucias y misterios:
Red que la vida me lanza;
piélago seductor entre cuyo paisaje voy sembrándome.
Todos vamos al centro de la pira,
pero no con iguales andaduras:
unos van más aprisa porque saben
el atajo seguro y no lo dicen;
muchos describen círculos helados
antes de sospechar otro destino;
tampoco faltan los enamorados
entusiastas del sólido minuto,
que niegan la corriente por el prado
sin advertir jamás el remolino
dador de claridades ni la fuente
abisal del paisaje verdadero.
La cauda somos de cometas parcos
en descifrar su propia correría;
las migajas de lumbre que nos besan
esquivan la menor de las miradas
y se deshacen al primer asedio;
marchamos apilando noches, nieblas,
piedras opacas en la luenga ruta,
traidoras llagas en la carne viva,
señuelos y fastidio: tanto monta
decir que zozobramos en blanduras
enmascaradas por el mismo sol
impasible que luego las devora.
Anegados estamos en la nada,
huérfanos de calor al pie del fuego,
inventando cabriolas, desgarrándonos
por el dudoso gusto de matar
el tiempo que se burla de nosotros.
Con todo las parábolas no bastan
a sosegar el cuerpo ni la mente:
siguen doliendo las heridas, sigue
dando rabia la sorna del verdugo
y aungustia la raíz mortal del sueño.
¿Cómo fincar en esta lucha nuestra
la suave combustión que nos realza?
Dionisio Solomós, poeta griego
del siglo XIX, guerrillero
virtual entre los suyos y filósofo,
se murió pergeñando soluciones:
terribles heroísmos y renuncias;
y tras él o delante llueven cien
políticas diversas: el soslayo
quietista de las cosas temporales,
o la antípoda praxis del apóstol
con la mirada puesta en un futuro
que liquide vergüenzas mercenarias
y permita bullir a nuestros hijos
en medio del paisaje depurado;
la música floral que se propone
reproducir en voz plebiscitaria
la partitura directriz del cosmos;
o bien el zafarrancho voluptuoso
que lustra la pasión al consumarla.
Y sin embargo del plural camino
el hombre no mejora, tiene miedo,
lamentablae se opone a su milenio,
prefiere su vejez atormentada,
su consuelo ficticio, sus enjuagues,
desoyendo los coros que lo empujan
a cada vez mayores aventuras.
Yo soy un fatalista, no me quejo
(por mi cuenta de poco serviría),
pero a mi alrededor navegan almas
enterradas en vida malamente:
podrían intentar una salida
mientras llega la hora principal;
quitarse de malditas confusiones,
descubrir cuando menos la mitad.
Con tales cabizbajos a la vista,
sin embages, en búsqueda batiente,
me pronuncio por ellos y por todos.
De tu mirada llena las bienaventuranzas
aguardamos, rotundo sol de mayo:
Aquellos cuerpos en la calle
solos están. Huye la pena misma
de su lado. Catástrofes y fiebres
asédianlos ajenas a distancia.
Y les niega raíces la tierra qeu su sombra hiere.
No permitas que rueden abolidos
como fardos mostrencos a los pies de la vida.
Roce tu flama todo resto feraz,
y suenen sus injurias y su gozo reviente;
una brava pasión en la morada
los acompañe y abra ls ventanas mustias
a la contigua tempestad, diluvio de linajes.
Tu corazón invade limbos, sol numeroso y único;
ara piedras inánimes con furibunda primavera:
Déjalo desgranarse
sobre la carne de los débiles.
Queda mucho de las sombras primeras.
El sol, espejo y humo, erecto,
achica su ojo tutelar y se mece,
inconforme, sobre las cosas de barro.
Yalentay, ensimismado, abre los brazos:
intenso invierno es su susurro.
Y sus hijos,
y los padres de esos hijos,
que también se han marchado,
doblan cabizaltos la memoria
y nieblan.
Yalentay, muy de mañana, se echa lloviznar.