Poema El Garabato (fragmentos) de Orlando González Esteva



¿Y qué voy a amar si no es el enigma?
Giorgio de Chirico

Los garabatos son las lianas del bosque de nosotros mismos. Aferrado a ellas, libre, retoza el primate que todavía somos.

Garabatear es rasguñar el cristal empañado por el aliento de lo inmediato indecible.

Tirabuzón de la sombra.

Viruta de la madera de que están hechas las pesadillas.

Bonsai cuya única flor blanca crece tanto que acaba por arroparlo y servirle de paisaje de fondo, de follaje, de cielo.

Mínimo avión de propulsión a chorro que, herido de muerte, da vueltas y vueltas por el cielo de la página en blanco.

Sargazo de un mar interior que alcanza la superficie y allí permanece, inmóvil, a flor de nada, como el cuerpo del joven marino que Luis Cernuda rescató de las aguas de su memoria.

Raya sin tigre
Ceño sin frente
Larva de la creación
Caricatura de la abstracción
Jitanjáfora visual
Rúbrica de la libertad

Los garabatos son vilanos caídos de las ramas más altas de nuestro árbol genealógico, el discurso en pañales de una prole remota.

No hay desplazamiento voluntario. No hay dirección específica. Las aguas, las hojas, las criaturas que van y vienen por la superficie de la Tierra, los vientos, las nubes, los cuerpos celestes, yerran sobre la ouija de un loco que se consulta a sí mismo, garrapateando frases, tatuándose insensateces, deletreándose a todo lo largo y ancho del universo.

Cable de alta tensión, caído de quién sabe dónde, arrancado por quién sabe qué temporal, el garabato se crispa, travesea, gira sobre sí mismo, arremete contra el nuevo espacio y, convencido de su superioridad, se echa sobre el papel, inmóvil, incapaz ya de fulminarnos.

El garabato es sólo otro horizonte, el linde entre dos reinos, la costa visible pero infranqueable, el límite de este viejo mundo.



Poema Décimas de Orlando González Esteva



VIII

La mulata santiaguera
se fue metiendo en la noche
montada en el carricoche
de la luna marinera.
Vio la insólita chistera
de la ciudad inocente
arder con su pretendiente
mientras ella, divertida,
retozaba sumergida
en un vaso de aguardiente.

XXV

De todo lo que me pides
te daré lo que me debes:
un cementerio de nieves
y dos o tres nomeolvides.
Si al fin y al cabo decides
esperarme en la trastienda
da por quitada la venda,
por cancelado el oficio,
yo miraré al precipicio:
llévame tú de la rienda.

XLV

Pensando en las musarañas
acabé por admitir
que la Poesía era un ir
y venir de alas extrañas.
Lo demás son telarañas
obligadas al prurito
de encerrar en un granito
la profusión de la arena.
Pero no vale la pena:
escribir es infinito.

XLVI

Poesía, vertiginosa
revelación del tintero.
Lotería, reverbero
donde la lima reposa.
Angustia de la tojosa
que planea sobre el agua,
rascabucheo en la guagua,
precaución de la rutina,
resabio de puta fina
que no se quita la enagua.



Poema A Qué Árbol Se Dirige de Orlando González Esteva



¿A qué árbol se dirige
el pájaro cuando cruza
una flecha el aire y cambia,
fiel a la cita, su ruta?
Al árbol de su país,
allá solo, en la penumbra
de una región donde antes
de ser pájaro fue música.



Poema A La Arbitrariedad De La Memoria de Orlando González Esteva



A la arbitrariedad de la memoria
cedo el discurso apenas iniciado
para que al despeñarse sin cuidado
se adjudique al azar mi trayectoria.

Hay que tergiversar, por ilusoria,
la verdad, ese gusto exacerbado
por los malentendidos que he burlado
desfaciéndole entuertos a mi historia.

Yo nací al alborear el Siglo de Oro,
soy autor de La isla del tesoro
y Madame Bovary tiene razón

cuando afirma que nunca me hizo caso.
La recuerdo, desnuda ante el ocaso,
saludando las naves de Colón.



Poema Soneto de Orlando Fresedo



Mi tristeza se inicia con los trenes.
Es la vida un adiós con estaciones.
La noche ha recogido sus vagones.
Todo se torna tren cuando tú vienes…

Me dejas con tu paso en el desvelo.
No paras aunque agite las banderas.
Llenaste con tu nube mis ojeras
y he quebrado las cruces del pañuelo…

Por eso todo es tren cuando tu vienes.
Y a causa de que nunca te detienes,
ignoro la emoción de una partida…

La vida es un adiós con estaciones.
Yo soy un guardavías de ilusiones.
Tu recuerdo, ese tren sobre mi vida…



Poema Niña Con Mirada De Alas de Orlando Fresedo



Mañana cuando emigre tu mirada
bajo un amanecer de alas viajeras,
mañana cuando auroras mensajeras
sollocen en la sombra madurada…

Entonces lloraré porque te fuiste.
Y al sentir tu presencia tan remota,
será menos naranja la chiltota
bajo aquel naranjal que tú encendiste…

Te miraré cruzar por mis dolores
como una golondrina desolada,
de párpados abiertos como flores…

Aquí, crucificado frente al cielo,
mañana cuando emigre tu mirada
acaso pensaré que estás en vuelo…



Poema La Que Pasea de Orfila Bardesio



El aire la recibe cuando anda,
el cielo la posee, los árboles la besan,
la ama el mar.
Sus pies no pertenecen a su cuerpo,
sino al camino.
Sus piernas le obedecen
como columnas a la Música.
Sus pasos desprendidos del tobillo
no caen en el silencio
como sonidos huérfanos.
Cada uno es guardado en la tierra
como campanas en la memoria.
No se aleja, se acerca.
?Alejarse es volver a besar
en el aire que espera?.
Como las olas condenadas
a gastar un lugar
el Movimiento no la deja partir.



Poema La Memoria de Orfila Bardesio



La historia no registra el pan crucificado,
el rey sin arcoiris, los niños, de colores,
quebrados por el crimen,
las batallas de encinares
contra el acero enemigo,
las hormigas vencidas por el peso.
No registra la nave
que arrastra su deriva
en aguas extensas
sin encontrar el puerto
que los mapas aseguran,
no registra las águilas perdidas
en el humo sin luz,
la catedral secreta de los pobres
sólo de llanto adornada.
Porque la historia
es la memoria del Olvido.
En el silencio de la tierra los metales
se mueven al ritmo de un corazón
de llamas no escuchadas:
cuando desprende una hoja sonora
en las semillas empiezan cipreses,
el musgo guarda sus números
con igual cuidado que la profundidad
a los abismos
?Bajo las risas,
los siglos, las burlas?.
Cuando caen sus heridas,
el mar escribe libros en el mundo.
Cuando su voz levanta llamados
a los que responden desiertos,
todos los ciervos muerden hierba.
Cuando, para nadie, corren sus lágrimas
por las soledades,
la pesantez se arrepiente en los cuerpos,
se celebra una fiesta: el aire.
Cuando ?como si nada hubiera pasado?,
sonríe a sus hermanos con luz de fruto,
resplandecen aves en el hielo.



Poema La Adolescente de Orfila Bardesio



A Concepción Silva Bélizon

Desnuda, blanca, sola, como los huesos.
Un puñado de hormigas. Unas manchas de lluvia.
Una puerta. Unas brisas nacieron de sus madres.
?Sin libros, sin trajes, sin números,
entre la selva y sus paseos.
Abrazada en secreto por los árboles.
Amanecida por el asombro.
Recordada por pinos antiguos en los muebles.
Confundida con las noches.
Frecuentada por la sal?.
Con un brazo aleja las orillas que la separan del agua,
con el otro, invita ojos detenidos por el miedo en los umbrales,
a recibir las cartas de las sed.
Sube a estrellas ardientes por una escala de oro.
Mientras las brújulas, los mapas, los dibujos
esperan conducir el eco de sus flautas,
se olvida por la luz en las abejas finas.
Con el pecho encendido por un racimo de planetas,
?de los metas, al fuego,
de la respuesta, a la pregunta,
de la piedra, a las lágrimas, vuela
en un columpio que sostiene
un pez confiando brillos a delgadas alturas?.



Poema Intimidad de Orfila Bardesio



Como en cipreses a llantos largos
no progresa la noche;
el blanco detiene un luto
de carruajes en la madrugada;
vacilan cirios como penumbras;
dudan alturas de cóndores en el olvido;
la pesantez no se arrepiente
ante luces sonoras de campanarios;
las cenizas impiden filos a los aullidos;
la lluvia desorienta las cartas
y sin embargo, el amor, de un corazón
retira sus hiedras,
una niña de oído fino,
de obediencia inclinada,
intenta demorar el amanecer en el bosque;
busca lo callado
para cubrir flores, agua de silencio,
hierba sin abejas verdes,
fuentes con rumores iguales
con que apagar ciervos y colores;
pero las cosas están respondiendo
a otras fechas, con hirviente trabajo fervoroso
como las estrellas, y no escuchan su seda.
?Sólo un grillo que esperaba,
pronuncia por un instante
en las soledades extensas
su compañía lejana
junto al corazón desconocido de sí mismo?.
Y la niña se duerme,
fatigada de andar en las alturas
horizontales de la tierra,
mientras un rebaño de latidos
cuida, como una torre,
que sus manos no salgan del sueño.



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