Poema La Estrella de Oscar Acosta



Sobre mi pecho abatido por los golpes
está tu estrella tibia, dolorosamente azul,
diríase un cielo toda ella.
No quiebra el agua su perfecta dulzura,
su sencillez es transparente y tiene
el uniforme brillo de la lluvia alta.
Déjame este lucero, este cuerpo celeste
sembrando sobre mi pecho lleno de golpes,
estás ya tan humilde que tu nombre
se puede decir con respeto y con pequeñas
letras de amor, dios mío.



Poema Formas Del Amor de Oscar Acosta



«Niña invicta,
te he visto ya en las onzas españolas»
Medardo Mejía

Mis manos tocan, niña mía, tu rumorosa piel,
tu dulcísima carne que tranquilos ángeles habitan,
tu cabellera suave,
tu corazón pequeño.

Oye la campana del día
apagando el luto de la noche
mira la luz que si lenciosamente nos cubre,
mira el cielo:
ese jardín sobre tu pecho;
respira el aire quieto
que el ruiseñor anuncia con su lanza,
conduce tu desamor
a un lago sepultado
y háblame con tus labios excelsos.

Llegué a sentir sobre las manos
el agua efímera,
el verano derribando sus torres,
el abismo cerrando uss ventanas,
el fruto abandonado,
el mar abriiéndose las venas,
el fuego hundido,
hasta que tú, niña mía,
perfecta virgen repetida,
me entregaste tu rostro.

Veo de cerca la copa
confusa de las aguas,
busco tu claro nombre entre las rosas,
tu dulzura en la esencia de los árboles,
tu vigilia en el beso,
tu olor en los duraznos,
tu luz en el rocío
y me doy cuenta sorprendido
que todo me lo traes, niña mía,
con tu mano sagrada.



Poema Escrito En Piedra de Oscar Acosta



Yo vi, joven señora,
su bello cuerpo
entre las piedras
como una orquídea.

No había fuego entonces
al servicio del hombre,
ni dúctiles metales
mostraban al asombro
del primitivo ser
sus formas.

Ándabamos descalzos
como niños,
desnudos como peces
en el agua
y corríamos libres
como ágiles leopardos

Era el año dos mil
o cuatro mil
antes de Jesucristo.
Las tribus combatían
con pedernales,
con piedras
y cuchillos.

Antes de ir al combate
pinto estos signos
en la pared antigua
de una cálida cueva,
junto a otros símbolos
que mis antepasados
en ocasiones similares
escribieron.

Ignoro quién recogerá
estas frases.
Es posible que entonces
no seamos, tú y yo,
ni estática ceniza
ni barro sumergido.
Desde mi monarquía
compartida, te recuerdo.
Y si volvieras a nacer
te prometo que siempre
serías, como ahora lo eres,
mi mujer y mi reina.

II
En la mesa veo frutas,
agua en los cántaros,
peces con los ojos abiertos
en las cuerdas del patio,
el maíz calentándose en los cuartos.

El cazador soy yo,
el cazador que sale
en la noche a buscar
el alimento diario,
las hojas para el lecho,
la fibra para el manto,
la flor para tu pelo,
la piel para el zapato.

Hoy te traigo una flor
selvática, una luna caída,
un perfume barato,
yo quiero que la pongas
en tu pecho blanquísimo,
en tu seno cubierto
con cuero de venado.

Eso te traigo ahora,
compañera mía, ojo
para mi llanto.

III
Para ti las fúlgidas naranjas,
la dura came de las ciruelas,
el azúcar mojado de la piña,
la suavísima daga del plátano,
la invicta blancura de la caña,
el agua limpia del cocotero,
el vello niño del durazno,
la división de la guanábana,
la aristocracia de la manzana
y la tristeza de la guayaba.

Para ti todo eso con la mano
que recoge en el monte la fruta,
la deja en la mesa de cedro
y la corta todas las mañanas.



Poema El Rostro de Oscar Acosta



De tu rostro purísimo y resplandeciente
surge una luz silenciosa
que todo lo desnuda, descubre
paraísos y mares de ceniza,
oculta sombras con su bella campana
y vuela como un pájaro.
Olvidar tu rostro es ahogar el corazón,
tratar de ignorarlo es vivir
a ciegas, dando tumbos;
no es necesario volver a decir
que tu rostro nos promete un reino
en un universo inmóvil y destruido.



Poema El Nombre De La Patria de Oscar Acosta



Mi patria es altísima.
No puedo escribir una letra sin oír
el viento que viene de su nombre.
Su forma irregular la hace más bella
porque dan deseos de formarla, de hacerla
como a un niño a quien se enseña a hablar,
a decir palabras tiernas y verdaderas,
a quien se le muestran los peligros del mundo.

Mi patria es altísima.
Por eso digo que su nombre se descompone
en millones de cosas para recordármela.
Lo he oído sonar en los caracoles incesantes.
Venía en los caballos y en los fuegos
que mis ojos han visto y admirado.
Lo traían las muchachas hermosas en la voz
y en una guitarra.

Mi patria es altísima.
No puedo imaginármela bajo el mar
o escondiéndose bajo su propia sombra.
Por eso digo que más allá del hombre,
del amor que nos dan en cucharadas,
de la presencia viva del cadáver,
está ardiendo el nombre de la patria.



Poema El Fuego de Oscar Acosta



Frotó el indio la yesca,
el pedernal, el pino
con otro pino viejo,
la madera, las hojas
de roble, la corteza
de los ceibos caídos,
el cuerpo del animal
salvaje, el carbón
mineral endurecido.

El mundo cambió entonces
otro espejo movible
que no era el del agua,
alzó su brazo rojo
en la espesa maleza,
en el ámbito crudo
de miles de años
a la sombra, iluminados
solamente por el rayo
o por el centelleo
de los lúcidos ojos
de las fieras.

Tú te callaste entonces
viendo crecer la lengua
clarísima, la llama
que levantó su lanza,
su corona de espinas
y que lamió la noche
como animal salvaje.
Ante tu limpio rostro
de indígena doncella
nacía otro milagro:
el milagro del fuego.



Poema Una Pared Invisible de Orlando González Esteva



Una pared invisible
me separa de quien fui.
Tiene que haber por ahí
una puerta. Lo imposible,

posible. La arquitectura
de la realidad viciada
abierta a una bocanada
de aire, misteriosa y pura.

No sé dónde está esa puerta,
mas sé que en cualquier momento
una ráfaga de viento
pudo dejarla entreabierta.

Acaricio la estructura
hasta dar con una hendija
y, como una lagartija,
salgo de mi sepultura.



Poema Qué Edad Cumple La Luz Esta Mañana de Orlando González Esteva



¿Qué edad cumple la luz esta mañana?)

a Teresa María Rojas

¿Qué edad cumple la luz esta mañana?
¿Por qué el ave no lleva dentro el nido?
¿Es posible que Dios haya tenido
de sí mismo una imagen tan mundana?

¿Quién compuso el silencio? ¿Qué campana
le dio forma? ¿Por qué se ha perseguido
tanto al viento, por qué se le ha prohibido
detenerse? ¿Por qué cae la manzana?

¿Es inútil que el tiempo retroceda
y se quede como una polvareda
retozando, en la nada, el infinito?

¿A quién debo temer cuando decida
encontrarle al espacio una salida
y se escuche en las Pléyades un grito?



Poema Mi Madre Tiene Una Tina… de Orlando González Esteva



Mi madre tiene una tina
donde se baña una moza.
La moza tiene una rosa
y la rosa una cortina.
No se sabe, se adivina
un cuerpo desorientado,
una ración de pecado,
un frío como de muerte,
un golpe de mala suerte
y luego el cielo estrellado.



Poema Fosa Común (fragmentos) de Orlando González Esteva



Una enorme caravana
de hormigas vino por mí
y yo, ufano, le entreabrí
mi carne, losa liviana.

Mi carne, mi soledad,
donde el hormiguero ha echado
?como Dios, por el costado?
raíces de libertad.

Lástima que la razón
me haya devorado el pecho:
hay hormigas que no han hecho
la primera comunión.

Al verlas llevar en hombros
noticias de mi persona,
la Muerte se contorsiona,
respira por mis escombros.

Al verlas ir y venir
conmigo en hombros no sé
si me reconoceré
cuando acabe de escribir.

Yo soy éste y soy aquél
que una hormiga misteriosa
esconde al doblar la losa
de una hoja de papel.

Estoy en un cuarto oscuro
donde el aire a veces riela
si pregunto por Stella
o Lezama enciende un puro.

La realidad me fatiga
como una lápida bajo
la cual no existe otro atajo
que huir de hormiga en hormiga.

Huelga que se les reclame:
muerte es civilización.
Yo tengo por Partenón
la osamenta más infame.

No me trajo una cigüeña
ni me aborta el desvarío
de un cesto arrojado al río.
Soy una larva que sueña.

El largo confinamiento,
la piel que cae a jirones,
los huesos, como bastones,
todo será alumbramiento.

El hormiguero germina
a la altura de mi ombligo
y se alimenta conmigo.
Soy un feto que alucina.

En la penumbra las cosas
parecen a medio hacer,
no ha caído Lucifer,
los planos son mariposas.

¡Ah las sombras enemigas
que proyectan en mi cuarto
la silueta de un lagarto
que, cual Dios, duerme en las vigas!

¿Quién me transporta, señores,
quién me arrastra, quién me lleva
por el iris de esta cueva
a más altos resplandores?

No me pregunte ningún
cristiano por qué me aferró
a presumir de este entierro.
Soy una fosa común.



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