Poema El Tocar de Orfila Bardesio



La Cabellera quema el filo
entre la piel y el cielo
con sus llamas:
las encinas no alumbran su follaje
en las florestas lejanas,
los leopardos no encantan
entre verdes cortinas,
las piedras no recuerdan historias
en milenarias intimidades,
el sol no estalla espigas en una tierra azul.

En la mano desnuda
es donde todo sucede.



Poema El Río de Orfila Bardesio



A Jorge Luis Borges

Ignora qué leopardos o qué olivos
colaboran en su número de llamas.
En qué oscuras entrañas
se levantaron sus orígenes del musgo.
En qué fecha de álamo se movieron los labios
de su continuo nacimiento.
?Su nacimiento no ha cesado nunca?.
Es extraña a sus manos y a sus huesos,
extraña a las columnas de sus piernas.
?Entre ellas, reina amistad de compañeros,
su respetuoso amor las vuelve
cada vez más desconocidas?.
Extraña es la viajera que entró en su rostro lejano.
Conducida por guías al más seguro sitio
se ha perdido en un arpa de hojas.
Si los carruajes llevan sus ojos a la visión
o sólo el peso de desiertos,
bruscamente aumentados.
Desnuda, ni la delgada línea de un cabello
la separa de remotas estrellas.
?Su geografía gasta fronteras con golondrinas?.
Su vigilia es quemar alrededores.
Su trabajo es salir, es correr.
Su profesión es la de un río
que no quiere consuelo.
No hay tesoro que pueda detenerla.



Poema El Poeta de Orfila Bardesio



Lejos de ocios y telares
un espejo ardiente
recibe caras que no ha pedido.
Con vuelo, no corona las cosas:
dentro del agua que lo recuerda
besa a todos los seres
en el caracol marino
correspondiente a su turno



Poema El Guerrero de Orfila Bardesio



Los violines levantan a sus ojos delicadas columnas.
?La orquesta construye siempre de nuevo el mundo?.
Los bailarines victoriosos en un salto vibrante
se vuelven más que hombres, fuego.
Los cuadros abren puertas con ritmo.
?Los retratos desembarcan personas?.
Las viñas se pierden en los cristales.
Los viajes dejan los países
y vienen a buscarlo, como hermanos.
Los castillos le ofrecen alfombras
donde callan secretos milenarios.
Las naves lo alejan de sí mismo.
El oro lo separa de su muerte.
Lo alcanzan mantos de una gran tormenta.
?Sin que sus llamas mueran
en las palpitaciones verdes
se interna en estos bosques encantados?.
Como el antílope por los olores reconoce
las alegrías que le pertenecen en la hierba,
encuentra reflejados los ecos de la luz
en donde cantan sus tobillos.
Porque su rebaño de rostros
llegando siempre al día
dibuja solamente los mapas de la ausencia.
Porque
vive en un fugo incesante y extraño
que lo sostiene lejos de la muerte.
Porque,
en un viento que los muros no quiebran
su frente corre sin descanso,
su boca se consume de sed junto al agua,
y sus manos, guerra con trajes,
con ademanes, con sonrisa,
tocan abismos que las respuestas no calman.
Porque
bajo la Música, la Danza, los cuadros, los vinos,
los palacios, los viajes, las monedas,
arde sin nieve,
su cara inconsolable
no vencida por las ofrendas de la tierra.



Poema El Equilibrio de Orfila Bardesio



Cada vez que el silencio
desciende su escalera de pausas
hacia raíces oscuras,
las palabras coronan
gloriosamente los tallos.



Poema El Caballo de Orfila Bardesio



Un caballo de mármol ardiente
con panales de espuma y con miedos de hierba
en la boca, las orejas atentas oyendo
vibraciones extrañas al hombre,
sus patas como el cuello de las fuentes.
Y mariposas en la sangre,
y mariposas en el belfo,
con una prisa en el hocico.
Y su cola se abre como una campana
en el aire y sus crines lloviendo
como blancos otoños.
Un caballo que olvida la tierra.

Un caballo que tiene una hoja del mar
en el cuerpo, una hiedra sensual
que hunde su serpiente en el oído
y el caballo se va revolcando,
ovillando, extendido, cayendo rocío
del olfato llameante, oh árbol animal,
se va, se va en un himno,
en la pradera del cristal,
se va oliendo la luz, la alegría,
levantando su nave gloriosa, salvaje,
solitario, sin puente, orgulloso,
y sus huellas se quedan llamándolo.

Ya no vuelve, no vuelve,
ya pasea en un viejo jardín olvidado,
en un bosque de fuentes,
entre ciervos de lluvias saltando,
donde pide su cuerpo el espejo,
donde busca la risa sus labios.
Ya la luna le muestra raros
mapas de sueño y se queda
sin muerte en un prado.



Poema Yo Esperaba de Omar García Ramírez



Yo esperaba de niño
frente a la ventana de la tarde
un cometa de flamante estela
azotando la cara del sol.
Yo esperaba
un caballito blanco
con cola dorada, sobre el que cabalgaría hasta el fin de la tierra.
Años después…
Yo esperaba una muchacha callada
que en silencio leyera a Gustavo Adolfo Bécquer en un balcón rodeado de golondrinas.
Yo esperaba un estado socialista,
en donde el amor fuese la primera fuente de la felicidad.
Yo esperaba saltar con Neil Armstrong en la cara almidonada de la luna.
Pasaron los años…
Cayó mi cometa
estalló contra un planeta abandonado,
me estrellaron una tarta de azufre en la cara en medio de la vía. Mi caballo blanco murió de brucelosis.
El estado socialista ideal que visité, era una prisión tropical con un pequeño sátrapa, que caminaba en zancos durante los desfiles patrios,
repartiendo caramelos de esperanza revolucionaria.
Ya no espero,
ya no rumio,
ya no vuelo,
ya no sueño,
ya no planeo,
tan solo trato de aterrizar;
ya no alunizo, solo caigo sin parapente, caída libre dentro del abismo.
Cometa-Prometeo,
denso espectro de metal y fuego.

Entonces en aquella ciudad…
Esperaba casi magullado, (amaestrado por el dolor quizá…) dentro del túnel,
el ultimo metro a la felicidad.
Era como llegar de la jornada
del vagabundeo urbano
a la calidez de la cama caliente
la mesa servida,
copa de vino y cigarro andaluz.
Yo esperaba,
que la cosa no se prolongase mucho tiempo, en medio del paro,
que el problema se arreglase, que se pudiese al menos vivir,
y salir del atascón.
?Nadie puede pedir peras al olmo,?
(es decir yo hacía lo que se podía y en medio de la ciudad aprendí a moverme, como se debe mover un ladrón en la metrópoli; es decir como pez en el agua, como barracuda cerca al banco plateado, como tiburón blanco después del naufragio).
Podría decir…
Que en algún momento
no faltaba nada,
Malena y yo lo teníamos todo
La nevera estaba llena y mis manos eran ágiles y se deslizaban con alegría pasmosa dentro de los gabanes y pantalones de los turistas, en pos de sus carteras pletóricas de dólares.
y eso es mucho para una persona que no pago el servicio militar,
que nunca fue de burócrata,
Que no fue de rodillas a la iglesia, ( la verdad es que mis padres no me habían bautizado.)
Que nunca voto, ni marco papeleta alguna,
porque a ellos les interesa que uno lea su basura, su mierda, sus engaños; que uno vote y se meta de cabeza en esas cosas.
Lo único que pedía era cariño y fidelidad,
fidelidad a la hora de los hechos,
fidelidad a la hora de la verdad.
…Pero también eso falló, la doncella que leía a Bécquer, comenzó a leer las revistas corazón.
(Aconsejo,… nunca dejéis que vuestras mujeres lean las revistas de corazón, si no queréis ver el vuestro, estrujado como un papel arrugado y viejo tirado en la basura.)
La que bailaba como una sirena dentro de la piscina privada de nuestra felicidad de maleantes existencialistas.
De poetas de la acción…
Se fue… Se esfumó, se evaporo, se transmutó, se fue como un maniquí de plástico, con el pelo teñido y la sonrisa de vinilo rojo, con minifalda de cuero negra y el último botín…

Ya no espero…
Solo merodeo dentro de los túneles
Buscando la víctima propiciatoria.
Esperando sin perder el cigarro de los labios, el ultimo tren de la felicidad.
Puedo esperar hasta el alba,
el bus
de los guardianes del centeno,
los meticulosos trabajadores de la factoría de avispas,
a los vendedores de shop-suey,
y los ladrones y cabareteras de la Gran Vía.
Viendo pasar a los talladores de cristales negros, a los maleantes de la Yakuza, a los marineros normandos, a los gitanos húngaros; a las mulatas de Abisinia, de Costa de Marfil, de Guinea y del Congo; los chulos de Madrid, las Drag-Quin de Barcelona; todos y todas caminando alegres en medio de los juegos pirotécnicos hacia la torre de Babel.
Viendo los besos de chiclets de los cibernéticos amantes
que caen con gesto robotizado sobre una calle
de soledad metálica.
A veces voy a buscar a las trajinadas mujeres del puerto con aliento de maderas portuarias
y aceite de cangrejos bermejos
entre las piernas.
Ya no es tiempo de la cuestión.
Ya no es tiempo de la pregunta o de la duda.
Era solo la pieza fundamental a la que yo le daba vueltas y más vueltas, ya ve usted,
que venía buscándole respuesta, que venía siguiéndole los pasos,
pisándole los talones y se escapó…
Elemental, trascendental,
accidental, occidental.
Ya se fue la perra asiria
La babilónica meretriz
La puta de Bangla Desh.
La zorra de Estambul.
La hetaira de Roma
La perra de Sodoma, la putilla de Sevilla
ya puedo llegar con el ataque de frío en la madrugada,
después de mi trabajo de sombras chinescas en los extramuros del entorno.
Al licor de los primeros minutos del alba,
a la muerte lenta
con beso de resaca en la mañana.
Ya se puede llegar tranquilo.
Nadie espera por mí, y yo no espero a nadie.
El reloj negro,
de tic-tac seco y metálico,…
¡lo estrellé
contra la pared de la miseria!



Poema Rimbaud En Abisinia de Omar García Ramírez



(¡que reviente mi quilla, que por fin vaya a pique!)
LE BATEAU IVRE. A. R.

Después que el amor contranatura le dejase una herida negra y supurante,
y que el castillo del alba
Se derrumbase con el rayo de la tormenta;
que la torre de Notre Dame, cayera sobre su cabeza rompiéndole los sueños, tres costillas y un par de poemas.
Después de haber bebido el ponzoñoso brebaje de las flores del mal
regadas en el jardín de la noche
por Monsieur Baudelaire;
Y haber asistido a la trepanación
en la cabeza de un cadáver exquisito
que embriagado de verde ajenjo
se había ahogado en las aguas del Sena…
El muchacho de Charleville
(Carne de lujuria en la comuna)
El del coeur supplicié.
El muchacho del corazón atormentado y pisoteado por la soldadesca rebelde de la Comuna de París.
Quiso ver el sol
Y las estrellas y dormir a la plein etoile sobre las dunas del desierto.
?Yo regresaré con miembros de hierro, el rostro sombrío, la mirada furiosa, sobre mi rostro una máscara, me creerán de una raza fuerte. Tendré oro…?
Después de haber arrastrado a Verlaine su poeta protector hasta las puertas del averno y que este con gesto de amante furioso le disparase hiriéndole en la mano…
Después de haber veraneado una ?Season en le enfer? … De haber visto los rituales fabriles que cubrían de hollín los rostros de los niños ingleses; de ganarse el pan de la miseria con todo tipo de oficios portuarios y de bruma;
Y haber conversado con Lucifer, el ángel caído,
sobre su rebeldía iconoclasta.
Después de que su formula mágica no funcionara y que el atanor alquímico solo le devolviese una arenilla negra, sin brillo. Que el esperado Rebis solo fuese una pequeña fiera, (homúnculo con cara de tigre) que comenzaba a tomar alas en el centro de su alma.
Después de haber fumado un centenar de porros de hachís y embriagarse de absenta,
hasta sentir en su hígado duendes con cuchillos apuñaleándole.
Después de vomitar en las calles de París y ver la cara pálida y ulcerada de las prostitutas de la rue Campagne-Première y del hotel de Cluny.
Después de atravesar a pie los Alpes
en medio de una tormenta
para llegar a Génova,…
el señor de las semillas del viento,
el señor del barco ebrio
quiso ver el sol y quedarse ciego
como un chaman del norte de África.

Así que se fue tras el camino de los maleantes enlutados
Con su carabina al hombro.
Nunca dejó de sentir cierto éxtasis por aquellos paisajes de lava rocosa y mares de sal.
Se refugió en Harar la ciudad de barro rojo y piedras blancas. La ciudad del fuego de Abisinia.
Entonces vio que todo el mundo estaba ocupado en traficar con armas,
Luego con marfil.
¿Pensó en algún libro brillante. En alguna prosa magistral,…
En la cadencia musical de algún alejandrino
o un endecasílabo,
o simplemente
en la palabra poderosa de la muerte
que flotaba como una presencia extraña
sobre un lago negro?.
A lo mejor, solo sentía el abanicar del viento sobre su torso desnudo y flotaba como un fantasma del oasis con sus pies helados sobre el agua.
?Es el silencio del desierto, lo único que llena mi soledad. La misteriosa mujer de cara pálida teje una falda negra. ¿Será mi mortaja?. He intentado que aprenda un poco de francés. ¿Pero para qué?… Para qué quiero que Asha hable esa lengua de miserables y piojosos tenderos y burgueses de camisas blancas y sombreros de copa. Será mejor dejarla que teja en silencio mi mortaja, mientras afuera de las murallas de barro y piedra de la ciudad de Harar, las hienas cantan con risas de hielo luminoso, bajo una luna de metal ulcerado.?

Poco se sabe.
Solo leyendas,… muchos rumores,
Algunas cartas a su hermana Isabelle en Francia.
Andaba con sus ojos azules y claros,
y su mechones rubios y velados, mirando más allá de la gente, de los esclavos, de los animales.
Se acostaba con mujeres que le llevaban otros mercaderes o los traficantes de marfil, los comerciantes de café, los negociantes de almizcle..
Una de ellas tenía una pústula de negro hollín detrás de la oreja y claro esta, no se le notaba. Dicen que fue eso,…
Pero yo creo, que ya estaba envenenado desde Francia.

Se dijo, no volveré escribir…
La literatura, una noche se le presentó
como una princesa árabe de las mil y una noches…
Después amaneció ahogada, flotando con una cuchillada en el pecho, sobre un charco de lodo rojo. No hubo flores, solo espinas y cardos secos. Ofelia ultrajada por el mago rudo. El poeta del silencio.

Entonces comenzó el problema de la pierna
y los dolores; veía aparecer demonios creolés con acentos yorubas que le asaltaban en las noches.
Fue donde un brujo que le administró un poderosos narcótico, las hienas le despertaban en mitad de sus fiebres con sus cantos aterradores. Un médico del ejercito egipcio le dijo, que esa hinchazón de la rodilla derecha le estaba matando,
Por último
regresó a Francia por el puerto de Marsella
en donde le amputaron la pierna, en el hospital ?De La Inmaculada Concepción?. ?Ese embriagado duende, en tu sangre prisionero, que envenenaba tu mirada, te mordía los huesos y te paralizaba las alas…?

?He regresado de Charleville, pensaba curarme de la pierna pero veo que es inútil, ahora que no la tengo, es más pesada que un fardo de patatas. Estoy en el puerto de Marsella otra vez en el hospital de ?La Inmaculada Concepción?, al fondo el mar azul intenso y los barcos que zarpan, que se alejan. Anoche estuvo aquí, lo se; sentí su mano fría y delicada y su beso de fosa negra… Es el final.?

El jardinero de las flores de las flores del mal,
Que había comido las semillas del fuego,
y contagiado de poesía
el territorio de la bohemia lunfarda de Mont Parnase.
Que se enroló en la legión extranjera para desertar cuando le dijeron que tenía que matar nativos javaneses y de Sumatra.
Que traficó con almas negras y marfil
como demonio blanco,
para terminar entregando toda su fortuna, a las plañideras y a las viudas preñadas de un amigo traficante al que habían matado los temerarios Danakil (los hombres de la piel de arcilla) en los desiertos de Abisinia.
Se fue con una sola pierna
Dicen que fue un lobo negro de ojos rojos, el que le enseño su camino…
?Isabelle, querida hermana haré las pases con Dios, pero ya me siento condenado, será solo una formalidad más…?

Nadie perdonaría su exilio,
ni siquiera su gloria parisina
le había seducido para volver a escribir.
¡Qué desperdicio!… dijeron unos
¡Qué insensatez!… dijeron lo demás
¡Pobre hombre!… dijeron en coro las musas de los salones capitalinos.

Y él, con su amarga mordida de cat tagle
espumeando en sus mandíbulas
y su mueca de desprecio sobre el rostro broncíneo,
cerca de la hoguera con ramas secas.
Mis queridas cocottes,
mis queridos poetas parnasianos y simbolistas de corbatincitos de seda roja y zapatitos de charol…
Monsieur
Arthur Rimbaud está pasando una merecidas vacaciones
A dos mil quinientos grados centígrados…
¡Haciendo sonar, no su lira,
sino aporreando un clavicordio con teclas de obsidiana…
Y haciendo estallar su carabina belga,
en las cálidas instalaciones del averno!



Poema Nos Están Envenenando de Omar García Ramírez



(Malatesta)

Malatesta se quedó mirando el plato y dijo: ?Nos están envenenando…?
Yo le metí el diente al filete y luego a la rodaja de tomate y me supo a gloria. Bueno el hambre apretaba y no había por qué rechistar me dije.
Pero Malatesta decía: ??Mire,… tomates con DDT. Y pescado con mercurio.
Ya sabes ellos almacenan más el mercurio,…¿en dónde? En sus panzas por supuesto.
Son pescados de cuatro cabezas.
Tienen patas como hidras, pescados envenenados, densos en metales pesados, y claro luego las gaviotas, sin contar el petróleo, ya son miles las toneladas de petróleo lanzadas al mar, y por eso mueren los peces envenenados…? ?
Entonces vi al delfín negro envenenado,
ya no podría saltar
ni ejercer sus piruetas del mar con la gracia de una bailarina de ola salada. Y me dio pesar.
Volví a hincarle el diente a la lechuga,
Pensé: ¿Estará bien lavada
o tendrá gusanitos bailando una danza vermi-fuga?,
Malatesta arrojó su filete a un perro, (que hacía tiempo merodeaba con su esqueleto cubierto por una piel sarnosa y amarilla y que trataba de tomar una bocanada de aire contra la tarde cenagosa). Luego, mascó el tomate sin la cáscara, de mala gana. Le chorreó la salsa por el gaznate.
Pidió a la camarera una cebolla y un puerro, una calabaza y una zanahoria.
??Mira cómo la cebolla se protege, con miles de hojitas, de capas ?me dice- láminas delgadas, poderosas y elásticas. Transparentes como un libro de dureza vegetal…??
Por un momento creí ver la emanación de un pequeño Dios reducido a esa mónada tuberosa y vegetal, pero el aliento de ajos de mi amigo fantasma Malatesta rompió el encanto.
?Sí? le digo yo, casi terminando,
Casi atragantado, casi rompiendo el plato de plástico.
Miró de repente Malatesta el plato de plástico. Dijo:
??Veneno,… o cerámica o nada,
y eso sí, sin esmaltes plúmbeos? ?.
Por la ventana del humilde restaurante
la tarde amenazaba una tormenta.
Dos mendigos nos miraban
a través de una ventana sucia, con moscas Bogotanas.
De sobremesa
café negro,
y cigarrillo con menta.



Poema Marinero De Piedra de Omar García Ramírez



Animal de piedra me miro.
Animal de piedra me mira
desde un espejo rayado
por la luz de una mañana porteña.
Agua fría dentro de las manos
Áspera la barba, dura la sonrisa.
En el espejo de la pensión
veo al viejo animal de piedra
que acaba de bajar del insomnio
de la piel de mulata de treinta dólares
del sudor, escozor y cigarrillo muerto.

Mi piel es blanca como vientre de tiburón y la barba de algunos días parece casi nostálgica.
Mis ojos inyectados de un sueño comprometido en la caída
miran desde la plata vieja
la casaca azul raída y la camisa amarilla de
blanco hueso, y afuera ese cielo que espera como una red tendida,
sobre una presa en la ciudad sitiada.

La casera me dice que es el último día,
Como si se fuera acabar el mundo, como si el barco fuera a zarpar
Como si el marinera no tuviera negro el corazón, curtido de tanto partir sin horizonte.
Ayer estuvo una mulata de Abisinia entre mis sabanas, le di lo último que me quedaba,
y ella me regaló, lo único que podía regalarme.
Así que no le pague a la casera.

Un derrier azul, unos senos grandes y pesados
De manatí del amazonas, mamé como un torpe crío de los cañaduzales y los manglares hasta
sentir el
estertor en medio de la nada.
Es lo que recuerdo
y luego su cara sin una sonrisa
sin ganas de imitar la alegría del animal recompensado.
Me estoy haciendo viejo; ya las putas no me alaban ni me dicen que regrese,
con sus camándulas alrededor del cuello
con sus movimientos lascivos cuando se ponen sus medias blancas o rojas, y sus zapatos ordinarios, cansados de atropellar la luz amarillenta y fría de las noches, con sus culos pesados sobre el catre.

Soy un marinero de piedra y la ciudad ya me llega con su fuego,
con su sabor de tabaco y Sangre seca,
con su ruido de mañana agónica.
La ciudad es una ramera que se muestra en la mañana con lagañas y rubor descosido
y sus ojeras desconchadas de pulpo negro y pútrido.
La ciudad en la mañana, es una puta francesa pasada de tragos
y revolcada contra el catre del odio.

Soy un marinero de piedra,
mi barco es de piedra Verde
Mi cabeza de fuego marinero
Ondula, brilla y se contorsiona
Como una bailarina de Benin.
Como un zafir del kurdinstan.
Como un Buda de Budapest.
Mi casaca de mar y de tormenta
Azul, gruesa, dura y rotunda
espera la tramontana y la tormenta.

Tomo mi café negro,
es un momento de respiro, una condición de fuego agnóstico,
un nuevo despertar para salir del laberinto hacia el azul del mar
en donde danzan versátiles dragones plateados.

En el puerto los hombres esperan la salida
Hay un carguero que lleva azúcar a Liverpool, otro que lleva flores y trigo a Estambul y aquel que parte hacia el Egipto cargado de bombas y azufre.
Hace un sol que se deteriora hacia el medio día
en el meridiano de una carcajada extendida como un arco de mongol mongólico.
De shaman pasado de visiones.
De yagué plagado de shamanes.
Pago con un tiquete; marco con una ficha; sello con un trago; dejo atrás la pensión de barro y mugre,
esa grosera caja de moribundos ebrios
y zarpo
con mi corazón
de obsidiana reluciente.
Con mi navaja
toledana afilada al alba
en tinta fresca,
como si acabase de enterrarse en la
costilla de un poeta simbolista.

?El marinero de piedra va con su equipaje,
no tiene un futuro cercano, solo una estrella, solo una estrella?.

Me dicen que solo pagan 300 francos por mes,
pero la comida es buena.
Yo cojo mi tula y la tiro
por la borda.
Mi corazón parece un albatros.
Ya liviano.
Ya blanco.
Próximo a alzar el vuelo.
??Firme aquí? ?. Me dijo el capitán.
Y me regaló un poco de tabaco.



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