Poema Panamá Defendida (iv) de José Franco

Lunes, julio 10th, 2006



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Poema Panamá Defendida (iv) de José Franco

IV

Te comparo, de nuevo
Patria mía,
con un joven indígena,
con un joven maíz,
fruto de tierra y sol,
de lejanas canciones
Y de vientos.
Para tu sed de siglos
la tierra fue tu origen;
América, tu casa,
el tiempo, tu navío
al mañana
partiendo irremediable.

El tiempo es Dios Universal,
mi Patria.
Humanamente busco
otra fuente más pura.
Lo encuentro
en la terneza (le la piel,
en el agua,
en el aire del futuro,
como un águila
de alas extendidas
vigilando a los hombres
cual polluelos.
El tiempo
es el olvido de la muerte.
La muerte una morada
de escombros y palabras.
En la montaña, el viento
es un panal silvestre,
un trino popular,
un riachuelo de alhajas.
un techo
por donde andan
los crepúsculos.
Libre como el relámpago
es el viento.

Mas, ¿Hay acaso flor
abierta más hermosa
que la sutil mansión
de la paloma?

¿En dónde está la Patria?
me preguntan
mil manos campesinas,
jornaleras .
Está aquí
-les respondo-
junto al tiempo,
junto a los cafetales
y a las plantas
más hondas de los ríos;
frente a las comunales
agonías
de la noche
donde en llamas
madura el corazón.

Está aquí
-les repito-
cual los garfios
de antiguo guayacán
asido al fondo
de la tierra,
cual indígena joya,
insondable,
que lavan los ríos
subterráneos.
Está aquí como un grito,
como un cristal
perpetuo de relámpagos,
como un filo especial
de roca y sangre.
Está en las humedades
de los bajos,
en la soloma intacta,
en los profundos pies
del monte y los caminos.

La vieron
los fluviales girasoles
en la fosforescencia
de los troncos
anónimos, perdidos,
del buen cereal
y la madera pútrida .
Porque el día vendrá
en que por las planicies,
por las altas vertientes
erizadas,
por los difusos símbolos
del pasto y los jardines,
vendrán los combatientes
hijos de Urraca,
los aldeanos
taciturnos,
no a reconquistar sitios,
ni ciudades,
sino a exigir terruño,
paz y Patria final.

Son los hombres fecundos,
los humildes,
los que nunca
fueron Dioses
y fueron
tristes
y fueron contemporáneos
esclavos de los hombres.
Por eso cada aurora,
cada tarde
en que el monte
se llena de protesta,
y derrumban
los cercados
y cortan alambradas
los labriegos,
y prenden las montañas,
y encienden
mil lámparas de gritos, y
hay salomas intensas
como llantos
y machetes
rondando las campiñas,
se abre una trocha más,
se abre la puerta hermosa
de la espera.





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