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Poema Panamá Defendida (iv) de José Franco



IV

Te comparo, de nuevo
Patria mía,
con un joven indígena,
con un joven maíz,
fruto de tierra y sol,
de lejanas canciones
Y de vientos.
Para tu sed de siglos
la tierra fue tu origen;
América, tu casa,
el tiempo, tu navío
al mañana
partiendo irremediable.

El tiempo es Dios Universal,
mi Patria.
Humanamente busco
otra fuente más pura.
Lo encuentro
en la terneza (le la piel,
en el agua,
en el aire del futuro,
como un águila
de alas extendidas
vigilando a los hombres
cual polluelos.
El tiempo
es el olvido de la muerte.
La muerte una morada
de escombros y palabras.
En la montaña, el viento
es un panal silvestre,
un trino popular,
un riachuelo de alhajas.
un techo
por donde andan
los crepúsculos.
Libre como el relámpago
es el viento.

Mas, ¿Hay acaso flor
abierta más hermosa
que la sutil mansión
de la paloma?

¿En dónde está la Patria?
me preguntan
mil manos campesinas,
jornaleras .
Está aquí
-les respondo-
junto al tiempo,
junto a los cafetales
y a las plantas
más hondas de los ríos;
frente a las comunales
agonías
de la noche
donde en llamas
madura el corazón.

Está aquí
-les repito-
cual los garfios
de antiguo guayacán
asido al fondo
de la tierra,
cual indígena joya,
insondable,
que lavan los ríos
subterráneos.
Está aquí como un grito,
como un cristal
perpetuo de relámpagos,
como un filo especial
de roca y sangre.
Está en las humedades
de los bajos,
en la soloma intacta,
en los profundos pies
del monte y los caminos.

La vieron
los fluviales girasoles
en la fosforescencia
de los troncos
anónimos, perdidos,
del buen cereal
y la madera pútrida .
Porque el día vendrá
en que por las planicies,
por las altas vertientes
erizadas,
por los difusos símbolos
del pasto y los jardines,
vendrán los combatientes
hijos de Urraca,
los aldeanos
taciturnos,
no a reconquistar sitios,
ni ciudades,
sino a exigir terruño,
paz y Patria final.

Son los hombres fecundos,
los humildes,
los que nunca
fueron Dioses
y fueron
tristes
y fueron contemporáneos
esclavos de los hombres.
Por eso cada aurora,
cada tarde
en que el monte
se llena de protesta,
y derrumban
los cercados
y cortan alambradas
los labriegos,
y prenden las montañas,
y encienden
mil lámparas de gritos, y
hay salomas intensas
como llantos
y machetes
rondando las campiñas,
se abre una trocha más,
se abre la puerta hermosa
de la espera.



Poema Panamá Defendida (iii) de José Franco



III

En tu retorno, Patria,
con Bolívar,
Tomás Herrera
alondra fue del Istmo.
¿Por qué invoco
su nombre?
¿Por qué canto?
¿Por qué escupo
la piedra
de las genuflexiones?
¿Quién fue?
¿Qué representa?
Hoy invoco su nombre
como invoco
a Justo Arosemena.
Las fechas sostenidas
en las puntas
del venablo,
del ingenio
y las viejas sepulturas.

Hoy invoco sus nombres
porque el barro
donde crece la Patria
que un día
lo formaron los valientes,
los ilustres,
los patriotas
como el buen
Santiago de la Guardia,
necesario es amarlo
en perenne actitud,
en anhelos de vidas
y de diálogos.

La Patria es una perla,
una conducta azul,
un lecho en vano herido.

Siempre la Patria fue
destino exacto,
múltiple reflexión
y manifiesto.
Cual si de pronto
un río se desbordara
por el pulmón
de América y las horas,
como si las vigencias
de los túmulos
roturaran el cántaro
de los sueños remotos.
Cual si las policromías
del barro
y las vegetaciones coronadas
clamaran por sonrisas
y palomas,
así la libertad
era a tus playas
galope prolongado,
alusión del origen
hacia América,
abonada por dulces ataúdes,
florecidos
en las profundidades
de la tierra.

Porque reclinado
al manso animal
de su alma
el hombre nace,
besa los abrigos
crepusculares
de los pájaros;
y cae
e implora
y muerde el polvo,
atado a las raíces
del devenir principio
sustentado.

¡Oh, baúl de cadáveres,
el tiempo!
América es la Patria
de los indios,
América es la Patria,
de los negros,
América es la Patria,
de los hombres
amarillos y blancos,
porque la tierra es única
y amable.
¿Dime si no es el porvenir
que canto
cultivada
ternura en lo terrestre?

Entonces Hidalgo era
la Patria, San Martín
y las tumbas de los héroes.



Poema Panamá Defendida (ii) de José Franco



II

La Patria venía andando
como el agua,
del tiempo de los hombres.
Como de las edades
las herrumbres,
venía del silencio;
de las pesadas ubres
del sollozo.
Venía con los siglos,
con las anunciaciones
de las voces
antiguas,
los despeños
de la carne insepulta.
Andagoya. ¿Recuerdas?
Los indos te contaron
la fábula,
la crónica perdida,
los encuentros
primarios con la muerte.
Con Cristóbal
navegó la conquista,
la borrasca inicial.
los primeros
chubascos de la guerra.
Entonces fue la angustia.
de la chonta
el lenguaje por las ruinas,
el tóxico festín de los detritos.
El tiempo
cuando Ojeda amontonaba
de niños degollados
los cadáveres
y guirnaldas
diabólicas de cráneos
eran los caseríos…
Cuando Nicuesa era un
lamento echado al mar…
Y fue cuando Panquiaco
de brumosas
regiones señalando
las empinadas cimas,
así dijo a Balboa:
Allá donde terminan
las solemnes
aguas del Chucunaque,
más allá del macizo
valle donde Careta
tiene sus poderíos.
Cerca de los pantanos
insalubres de Ponca,
hay un mar generoso,
un imperio profundo.
Allí del altiplano
las soledades mueren
al golpe enardecido
de los vientos perpetuos.

Tristes, ácidos,
amargos, moribundos
por las abandonadas
sembraduras,
por donde las caídas
hojarascas
y las sangrientas noches
agítanse furiosas;
en los atardeceres
lentos, lúgubres,
cuando cohabita el puma.
y el zaino
en el invierno
luce sus harapos…
inútilmente
los caciques
convocaron cabildos,
a las sombras
reuniones de sus dioses.
Mas todo fue agonía,
pérdida
dolorosa de la tarde.





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