Poema Balada Del Despierto de Ricardo Dávila Díaz Flores



Tengo sueño pero nunca duermo.
Te miro.
Duermes a mi lado.
Ronroneas bajito y haces ruidos de ángel.
De pronto despiertas,
tus brazos se abren en un largo bostezo.
Mis manos pasan por tu cuello y tú preguntas.
No hablo, sigo leyendo tu cuello.
Te miro sin cansarme.
Tomas mi mano y desenredas tu silencio con la orilla
de mis dedos.

Comienza a hablar tu respiración,
tú lenguaje de gestos y suspiros.
Te mueves como si te acariciara un aire lento.
Te recuestas otra vez y me hundes en tus labios, lentamente.
Te acaricio el rostro como si en él latiera el corazón del mundo,
mientras tus ojos, lentos, guardan la luz dentro de tu alma.
?No te duermas?, me dices
con una voz que viene desde lejos;
y yo te lo prometo,
te prometo que no voy a dormirme,
y aún cuando caes dormida,
te lo sigo prometiendo.



Poema Balada Del Amor Pasado de Ricardo Dávila Díaz Flores



Eras como el agua:
No te detenías ante la piedra
y rodeabas jardines y vientos
para llegar a la rama o al canto.

Igual que las niñas
jugabas al filo de las ventanas,
peligrosa,
desnuda,
estrella que brinca descalza.

Tu alma era tu red
y caíste en ella tantas veces que aprendiste mi nombre.
?He vuelto a caer?, me decías.

Eras el pie que tropezaba con la misma huella
y te buscabas en mi piel cada noche
(¿En qué parte de mis latidos entraba tu risa,
en qué lugar de mi voz erraba tu nombre,
a qué hora decidías venir que mis brazos se abrían antes de verte?)

Besabas como buscando salidas,
como un ciego que salta de una avioneta y espera.
Después me mirabas con la mirada cerrada
y sólo tú sabes lo que mirabas por dentro.

Caías directa a mi tierra
buscando raíces como la lluvia:
llovías entre niebla, caricias y rayos
y te ibas azul, transparente y lejana.

Soñabas lo que soñó la poesía
y te dio miedo que se cumplieran las palabras entre tus piernas.
Dijiste que nunca te di nada.
Es verdad,
yo sólo te rodeé con tus brazos,
te rodeé con tu alma,
para que no te pasara nada
mientras te dabas.

Eras ritmo, mujer, música.
Yo sólo abrí la puerta,
acerqué la silla
y me senté a escucharte.



Poema Balada De La Casa Ii de Ricardo Dávila Díaz Flores



Estábamos tan bien ahí…
el árbol, el agua y nosotros tres.
Comíamos juntos toda la semana,
nos reíamos repartiendo disparates en la mesa.

A ellas las vi desde niño…
jugábamos a brincar en las camas y a escuchar detrás de las paredes.
El árbol hacía magias que nosotros descubríamos:
?Ya vimos la moneda, cayó detrás de la cama?.
Y el árbol se caía sobre sus ramas
mientras el agua dejaba su mirada en el paisaje.

Un día salí para mirar el cielo,
y cuando volví ya habían cambiado.
Pasaban horas frente al espejo,
hablando de cosas que yo no entendía.

Después llegaron dos hombres
que venían a conquistarlas.
Ellas llevaban el rostro diferente,
y aquellos jóvenes mostraban rostro de hombres afeitados.
Después las raíces dispersaron su semilla,
y otros fueron agregándose a la casa.
Hubo que volver a ser niño,
porque llegaban a la mesa
nuevas voces de infancia.
Así la casa tuvo un nuevo brillo,
y otra vez hubo risillas que brincaban en las camas.

Pero el tiempo, siempre el tiempo…
pasó la vida…
tuvimos que hacer un silencio prolongado,
para entender que no todo es para siempre…
quedamos solos,
abandonados de algo,
alejados de nuestro centro.
El árbol se quedó sin agua,
«muriendo de pie», como dicen.

La casa lleva meses callada.
Pero el árbol, lleno de silencios y memorias,
dice que a veces,
sólo a veces,
nos mira en ella,
escuchando detrás de las paredes.



Poema Balada A Una Morena de Ricardo Dávila Díaz Flores



Morena como tus ojos y tu cabellera.
Tus ojos como tu piel y como tus ojos.
Tus manos pequeñas y finas como tus manos.
Tu cuello se parece a tu cuello.
Tu cuello en el que quiero dejar, por siempre,
el collar de mi tiempo a destiempo, a tu tiempo;
a tu tiempo que vas trazando con tus piernas,
a tu ritmo, a tu tono.
A tu ritmo que sólo puede parecerse a tu ritmo.

Como tu cadera pequeña tu cintura;
tu cintura que quiero levantar para beber tu vida;
tu vida simple y delgada como tus brazos,
como el perfil de tus uñas,
como las líneas de tus pestañas y las de tu mano.

Morena.
Morena como tus ojos y tu cabellera
y tu cabellera alegre como tu voz que canta,
que vuela como tus manos y como tu mirada.
Tu mirada que mira como mira tu alma;
tu alma discreta y escondida como tu cuerpo.

Tu rostro igual a la luz de tu rostro,
a la luz que gira y rueda como tu risa.
Tu risa idéntica a tu risa,
a tu alegre cabellera y a tu prisa.

Tu frente alta como tu espalda.
Tus hombros abismados como tu barbilla;
tu barbilla graciosa y noble como tus pestañas,
tus pestañas parecidas al recuerdo de cuando eras niña.

Y tus labios, ah, tus labios,
y el perfume que persigue a tu perfume,
y la sombra que persigue a tu presencia.

Eres un recuerdo tuyo;
un recuerdo parecido a tu ausencia.
Me recuerdas a ti cuando te miro,
sola, simple,
infinita en tu propia belleza.



Poema Amaneceres De Noche de Ricardo Dávila Díaz Flores



Tu cuerpo dormido me lo dice todo,
como el mar de aquella tarde que no volví a ver.

Y yo te miro como si te mirara un muerto,
como si hoy fuera la noche. La única noche.
Yo no quiero que me descubra el sol aquí,
como siempre,
a la orilla de tu piel,
cansado, tembloroso, colgando de la última nota de tu voz,
cayendo de la última nota de tu voz.
No quiero que sea mañana;
no quiero que sea otro día y otro y otro,
avanzando, rodando,
buscando el camino de uñas
que dejamos atrás
para intentar volver a nuestra piel.
No hay regreso, aurora, todo empuja hacia adelante,
y todo lo que somos pertenece a la duda.
No quiero que amanezca.
No quiero saber si hay algo después de ti;
no quiero saber si detrás de tu cuerpo hay otra vida:
no es cierto, no la hay.
No quiero que amanezca.
Esto es lo mismo que la paz.
Hace un rato,
cuando nuestros ojos eran brazos
y nuestros brazos se hundían hasta las raíces,
me pedías que hablara.
Yo sostenía tu cuello para que supieras.
¿No te basta este silencio de mil voces,
esta palabra envuelta en piel de niño,
este látigo de aire?
Ay, aurora,
si supieras,
si pudiera yo decir esa palabra,
esa nota que me trago, que te doy y que tú cantas;
si pudiera decir tu voz, tu perfume, tu mirada
¿Cuánto dura tu piel en mis manos?
Mis manos: he aquí los espejos de tu cuerpo.
Pero estás dormida.
No quiero despertarte.
Dormida eres lo mismo que un árbol,
más grande, más alta;
caen de tu cuerpo estrellas, hojas de lluvia.
Eres como una gran ventana hacia la luz,
hacia el milagro,
hacia la vida.
Dormida eres como la huella de ti misma
y estás así, silenciosa, como las huellas.

Mientras la noche avanza,
te cristalizas más
y estoy seguro que de pronto,
por los rincones de tu piel,
te brotará la luna.



Poema Mi Soledad de Ricardo Castrorrivas



Mi soledad es una virgen desnuda.
En la niña de sus ojos se refleja
mi nudez de ermitaño.

Mi soledad me sirve café y tabaco
de húmicas promesas.
Me eleva en aromadas volutas
y me acaricia con cualquier pretexto.

Oficia un santo silencio cuando empiezo a cantar
y cuando callo Ella canta enamorada.

Mi soledad es una piel de oso en cualquier invierno.



Poema Las Pupusas de Ricardo Castrorrivas



¿De qué las quiere?

¡Ardientes,
perfumadas con loroco!
¡Con queso,
chicharrón y con frijoles!
¡Las mías,
tan calientes como ausoles!
¡Por las revueltas,
yo me vuelvo loco!

Así te celebramos tus virtudes,
pupusa popular.
Pan vehemente,
horneado con aplausos,
que candente
a las manos del pueblo
fiel acudes.

¡Que vivan tus entrañas de mixturas!
¡Dios salve tu abolengo,
tus aromas,
escudo nacional de sabrosuras!

¡Hoy te consagro en todos los diplomas,
benefactora de hambres y amarguras,
y te bendio
en todos los idiomas!



Poema Las Conchas Negras de Ricardo Castrorrivas



Concha negra sensual.
Cuando profano
el misterio
de tu cajita negra,
mi apetito de sátiro se alegra,
fáunicamente,
con tu sexo indiano.

En cópula ritual de amor pagano,
tu cuerpo de ostra india,
pelinegra,
suavemente
en mi boca desintegra
su temblor virginal y cortesano.

Impúdica te das,
como bacante,
-imitándole a Eva su venero-
en ofrenda de amor
incomparable.

Y mientras te devoro copulante,
el pobre pescador
en el estero,
se muere de miseria,
miserable.



Poema La Taza De Café de Ricardo Castrorrivas



Es la musa que anima a los poetas
que van al cafetín
de tarde en tarde.
Mientras hablan de versos y cometas,
la cafeína
en sus cerebros arde.

Allí Mendoza, Suárez,
Castrorrivas,
-fumadores, humosos, tabacales-
concentrando sus fuerzas volitivas
construyen mil cajitas musicales.

Y Dago, el escultor.
Los ensayistas.
También los aprendices de poeta.
Uno que otro pintor.
Los periodistas.

Todos beben café.
¡Su vitamina!
Sin pensar que al beber esa agua prieta,
¡beben amarga sangre campesina!



Poema La Flor De Izote de Ricardo Castrorrivas



El izote, a que llaman bayoneta,
¿Qué anuncia o qué defiende
Con su explosión de espadas?
Francisco Gavidia

Catedral de marfil petalecido,
campanularia emerges entre espadas…
Triunfo de la blancura, tus nevadas
corolas que el rocío ha bendecido…

Territorio de albura protegido
por verdes bayonetas sublevadas,
que con fiel vocación de ser espadas,
¡defienden tu ascensión a blanco nido!

Consagración de un blanco en alto grado
de limpidez…¡racimo casi alado!
¡O casi un aletear de albas palomas!

Y como creces libre, -entre las lomas-
cuando desapareces del cercado…
¡con tus hostial el pueblo ha comulgado!



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