Poema Cancionero De Príncipe De Vergara de Ricardo E Molinari



1

Dormir. ¡Todos duermen solos,
madre! Penas trae el día,
pero ¡ay! ninguna,
ninguna como la mía.

2

No tengo cielo prestado
ni ojos que vuelvan a mí
por un descanso de flores,
sin dormir.

3

Amigo, qué mal me sienta
el aire solo,
el aire solo, perdido,
de Extremadura. Aire solo.
Piedra muda.

4

Qué bien te pega la sombra
sobre el cabello. La sombra
obscura. Oh, el verde pino
que mira el cielo. El pino,
señora hermosa, en la orilla
del mar portugués. Orilla
de prado, de flor lejana.

5

Nunca más la he de ver.
Aguas llevará el río.
¡Aguas lleva el río Tajo!
Pero mi sed no la consuela el río.

6

Déjame dormir esta noche
sobre tu mano. Dormir,
si pudiera. La adelfa
crece de noche,
como la pena.

7

Envidia le tengo al viento
porque baila entre las hojas,
envidia de prisionero
que se ahoga.
Mándame un brazo de viento
con una siempreviva entre los dedos.

8

Mi dolor tiene los ojos
castigados. Si pudiera
hablarte. Sí, si pudiera
hablar contigo río alto,
paloma fría! Qué triste
anda el aire! Dime, triste
pensamiento, qué sueño
muere a tu lado, perdido.
¡Paloma fría, río alto!
Luna de piedra entre lirios.



Poema Uno Mismo de Ricardo Dávila Díaz Flores



Caen las hojas, caen las piedras…
salgo a caminar para perderte
quiero que te vayas
pero vas conmigo,
cambias de acera cuando yo lo hago
me alcanzas, no te veo
me rebasas;
te persigo
caen las hojas, caen las piedras,
caminas para que me pierda
pero voy contigo
cambio de acera cuando tú lo haces
te alcanzo, te rebaso
sigo caminando para que te pierdas.



Poema Un Lejano Doblar O Repicar De Una Campana de Ricardo Dávila Díaz Flores



Nacimos entre polvo y cenizas.
Aprendimos a llorar el mismo día.
No sé tu nombre, nunca te he visto;
sin embargo me miras,
me miras desde el fondo de mi corazón en
que guardas tus semillas.
Sabes mi nombre,
desde los balcones de mi alma lo gritas.
Andas por mi pensamiento,
habitas mis entrañas,
andas a tientas, buscas mi voz,
hasta que quedas en las hojas, latiendo.
Tu voz acude como nube lenta todas las
noches;
me creces por dentro como un árbol de luz
y riegas hojas de fuego sobre mis manos,
¡otoño de lumbre, eterno!

¿Nacimos el mismo día?
Sumerjo mi frente en ríos de preguntas,
emerge repleta de lunas y estrellas, pero no
encuentro respuesta;
resbalo por mis lagrimas hasta el vientre de
mi madre y no sé nada;
resbalo para recordarte a mi lado en ese día
en que morí al mundo y no veo nada.
No sé si existías en aquel momento,
o si me buscaste hasta después:
En los jardines, en las montañas,
en el techo de mi casa cuando miraba al cielo
en las tardes y noches;
cuando las niñas llevaban ojos de horizonte y
en todas me perdía,
y de todas me enamoraba.

Entraste lenta por mi mente, casi inmóvil
como el aire.
Hiciste una fogata en mi alma,
te convertiste en leño para mantenerla
encendida,
fuiste viento que sopló hasta convertirme en
fuego entero.

Siempre juntos, desde el final hasta el
principio;
desde la tierra seca hasta el húmedo cielo;
en todos los amores y en todos los corajes.

Me enseñaste que no hay tiempo,
sólo lágrimas y risas;
sólo el tañer de una campana que dobla o
repica al final de la jornada.

Al principio, tímida, tierna,
no hablabas. Ahora,
tu voz de soledad inquieta cautiva mi alma a
todas horas;
tu voz, tu voz de soledad… sola, despoblada, desierta;
tu voz de aguijón, de espuma,
de historia dormida, memoria arrinconada, testamento abandonado.

Te conocí antes de saber que los jardines se
compran,
que los amigos se contratan,
que el amor desaparece en la mañana.
Por eso no me separo de ti,
¡qué haría sin ti! Brazo invisible, corazón
donado, doble de mi alma, sueño gemelo,
destino mío, ¡a mi estás destinada!

Todo lo has elaborado tú,
todo lo has levantado tú.

Polvo y cenizas, no somos carne;
sólo polvo y cenizas abismadas
intentando retornar al fuego,
que no saben donde ir, pero conocen, reconocen el camino.
¿Adónde vamos? No lo sabemos, no
importa. Ah, nunca habremos de llegar,
quedaremos tendidos en la mitad de una idea;
yo muerto, tú llena de vida
sobreviviendo mi existencia finita;
Yo me iré. Tú permaneces.

Me explicaste que el tiempo no existe, ni el
amor eterno;
sólo sol y luna,
sólo una campana que al final de la vida
repicará victoria o doblará a muerte.

Todos se van cuando la noche acaba;
todos han de marcharse, menos tú,
que con la piel de mi destino estás
encariñada.

Ah, lo sabes todo, ah, lo tienes todo.
Maestra, amiga, imagen, esposa que acaricia
mi ansia cada noche,
¿Dónde están tus manos?
¿Dónde tus besos?
¿Dónde tus alas?
Me pierdo;
no sé si eres mi destino o yo el tuyo;
me pierdo.
Sólo sé que cuando deba regresar,
he de llevar conmigo el polvo y las
cenizas,
pero tu habrás de escuchar,
ya hecha cuerpo,
ya hecha alma,
un lejano doblar,
o repicar,
de una campana.



Poema Te Pareces Al Silencio de Ricardo Dávila Díaz Flores



Hay algo en ti que se parece al silencio,
a pesar de tantas cosas que me dices.
Hay algo en ti, y no es belleza.
Hay algo.

Me gusta estar solo para estar contigo.
Logras que escuche la luz, mire al sonido.
Me gusta verte para platicar
aunque afuera los árboles lo sepan todo.

Pero no te amo,
si te amara
tendría que robar por ti, matar por ti,
quitarle a la noche su brillo.
Yo deseo regresar lo robado,
resucitar lo muerto,
dejar a la noche en paz cuando estoy contigo.

Me gusta cuando me sorprendes por la espalda,
cuando ríes y me arrojas el cielo.
Cuando tus ojos, navajas de ternura, me cortan
los talones.

Me gusta que te enojes y me exijas un poema.
No soy poeta -te digo-
soy plagiario de la noche
ladrón de las palabras que llevas escondidas.
Entonces en mi alma te recuestas y me haces
cerrar los ojos.

Yo sé,
podría llevar una guitarra a tu balcón,
invadir de flores tu mirada,
gritarte y recordarte lo que ya sabes.
Pero ya ves,
no soy de esa madera.
Mas bien deseo mirarte,
mirarte y no cansarme nunca,
porque hay algo en ti que se parece el silencio.



Poema Siempre Estamos Solos de Ricardo Dávila Díaz Flores



«Yo quiero llorar a veces furiosamente
por no sé qué, por algo,
porque no es posible poseerte, poseer nada,
dejar de estar solo.»
Jaime Sabines.

El amor es perdernos;
estar solos,
solos sin nosotros mismos;
es robarnos al otro
y protegernos la espalda para que no nos
hagan lo mismo.

El amor es ser huésped en otro,
servir de refugio a otro,
es invasión de privacía;
por eso la culpa, la vergüenza,
el regocijo propio.

El amor es callar,
es la palabra que grita el mudo en el oído del
sordo,
el paisaje que miran los ciegos,
es la sombra que alumbra las sombras,
la piedra empujando al viento,
la fogata encendida en la corriente del río.

El amor es el sentido, no el sexto, ni el
séptimo, es el sentido;
el único, el más confuso, el más vivo.

El amor teje alas que se estrellan en los
techos y se van,
se van volando rotas.

Es nada, el amor es nada, ni siquiera
eso. Es nada.

El amor no completa, quita;
por eso la búsqueda insaciable,
la que no encuentra,
por eso la necesidad, los celos, la rabia.
El amor es estarse acabando el uno al otro como se acaba el mar,
por eso los besos contra la pared,
por eso el llanto sin sal, sin agua,
ese llanto seco que golpea en la garganta.

El amor es buscarnos donde nos
abandonamos: en el otro. Por eso
huimos, corremos,
nos vamos como ciegos en medio de un
desierto de gritos.
El amor es soledad. Ante todo es soledad,
porque estamos sin nosotros mismos;
es soledad poblada por voces ajenas,
por secretos que no nos pertenecen.

¡Recoger ternura hasta que se nos
doblan las manos, eso es el amor!
¡No existe el amor,
por eso creemos en él!

No hay nada detrás del amor,
por eso es inútil cavar con caricias en su
cuerpo.
No hay nada,
sólo queda la mecedora del recuerdo y el
olvido,
los ojos abiertos de la viudez,
un insomnio,
un alma tuerta,
un corazón cojo,
y la búsqueda final por nuestra soledad,
la otra, la que perdimos,
la que ofrecimos por amor al otro,
la que regalamos,
hasta que vuelve acompañada de ese llanto
caudaloso,
de agua, de sal, de hielo, de cascada libre;
ese llanto que se hace en los que están
acompañados de sí mismos,
sin amor, sin el otro,
¡solos!



Poema Pasos Y Horas de Ricardo Dávila Díaz Flores



La calle está sola y yo voy solo
y aunque mis pies están cubiertos, sus pasos suenan solos, descalzos:
ecos de mis huellas, latidos de mi corazón que caen y se libran de mi cuerpo.

Mis pasos van,
y yo voy
montado en ellos,
dejándolos atrás, en el ayer,
en el ahora,
en este eterno caminar del tiempo sin tiempo: laberinto sin entrada.

En esta calle sola,
¿dónde está la gente,
las ventanas abiertas de música,
el jardín de pasos en el que jugaban mis pasos?

Reconozco las grietas,
las palabra del aire, las esquinas;
Yo soñé con esta calle,
yo soñé con este día,

Antes de pensar sé lo que voy a pensar
me miro las manos y reconozco el mapa que hay en ellas
… sé hacia donde voy y no quiero…

Mis pasos suenan como el segundero de un reloj.



Poema Nuevo Horario de Ricardo Dávila Díaz Flores



A la madrugada en punto, antes de que despiertes, escribiré cuatro libros de poesía.
Al quince a las sol, besaré tu boca, tu cuello y ejerceré mis versos en tu cuerpo.
De ahí hasta las mediodía, nos esconderemos del tiempo.
A las viento y tarde, bailaremos en el cielo, plantaremos un árbol, visitaremos al abuelo.
A las sol y media, declararemos victoria frente a la televisión y el dinero.
A las sombra de la tarde, nos fugaremos entre risas y juegos.
Entre las sol y el ocaso, tomaremos nuestras manos, conversaremos con los perros, fumaremos un cigarro y preguntaremos cosas.
A la luna exacta, bajo un cielo tupido de besos callados, mis manos, espejos de tu cuerpo, recogerán la lluvia que resbala por las mejillas del aire, tus mejillas; hablarán de caricias hasta que sea la madrugada en punto y retorne yo a mis versos.
Así rodarán los días a partir de mañana. Te lo digo desde ahora, para que mandes al carajo los relojes.



Poema No Busques Atrás De Mí de Ricardo Dávila Díaz Flores



No busques atrás de mis hombros,
no hay nada, sólo yo,
el que te habla.
No busques,
soy el mismo que siempre ha sido,
el que soy.
El que te mira a los ojos es el verdadero yo.
No busques,
aquí estoy.
No hay navajas escondidas en mis dedos,
no hay veneno en mi voz.
Confía,
no hay sombras detrás de mi;
mírame a los ojos,
soy yo,
el de siempre, el mismo,
el que te mira a los ojos,
mintiéndote.



Poema El Mismo Nombre de Ricardo Dávila Díaz Flores



Tanto tiempo buscándola y ella estaba aquí,
en mis ojos cerrados,
en la noche sola;
aquí,
detrás de lo visible,
en la edad antigua de la niebla.
La amé ese día por toda la eternidad.
Yo llevaba un ramo de palabras cuando caminé hacia ella.
-No las pondré en agua -me dijo-, ni he de secarlas para el recuerdo. Se morirán cuando las toque el aire.

Nos vestimos con fuego
y levantamos nuestros cuerpos con el viento.
– Te haré un vestido de tierra -le dije-,
con la humedad del mar lo zurciré y con la piel de cielo.
– Aquí no existen las palabras ?insistió-.
– ¿Y en dónde sí?-le pregunté-.
– Allá, en la mentira.
La amé ese día, todo el día,
en la niebla, en la nada.

Quise hablar,
en verdad deseaba curar mi voz en su alma.

– Silencio- me dijo-, en mis ojos están todas las cartas de amor que se han escrito sobre la tierra.

La amé ese día,
y era mía como la vida misma,
pero me atreví a preguntarle su nombre.
-¿Eres mío, y no sabes que mi nombre es el tuyo?
¡Despiértate! No me volverás a ver.



Poema Duda de Ricardo Dávila Díaz Flores



¿Cuantos insomnios me hacen falta para
derrumbar el muro de la duda?
¿Cuántas sombras? ¿Cuántas luchas?
Hoy tengo que saber -antes que despiertes-
si la mañana es la que alumbra,
o si eres tú la que alumbra la mañana.



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