poemas vida obra y

Poema Yo Te Puedo Poblar, Soledad Mía… de Pedro Garfias



Yo te puedo poblar, soledad mía,
igual que puedo hacer rocas y árboles
de estas oscuras gentes que me cercan.
¿Cómo, si no, llevar sobre los hombros
la ausencia? El ágil viento me conoce
y ayuda en mi trabajo: cada día
cuelgo del monte nuestro cielo limpio,
planto en el lago nuestra rubia era
y el ancho río de corriente pródiga
vacío lentamente…
Allí donde los pinos y los álamos,
donde la encina sólida y el roble
el claro olivo de verdor de plata.

Y sobre el culto césped
el triunfo de la espiga.
El sol muy en lo alto, fatigando
el aire con sus alas,
en el cenit su vuelo detenido.

Cómo su gracia y limpidez los ojos
me abrasan con su luz… No lo soñara
la torpe mano que me arrebatara
mi blanca Andalucía.



Poema Yo Sé Que Ya Mi Voz Se Va Perdiendo… de Pedro Garfias



A Pedro Camacho

Yo sé que ya mi voz se va perdiendo,
yo sé que ya mis ojos vuelan poco,
sé que de tanto ya sentirme loco
loco me estoy volviendo.

Sé que mi amor sé fue sin haber sido,
que mi vida se va porque así quiere,
y que mi anhelo de vivir se muere
en pasmo convertido.

Sé que esto ya no cuenta y que no es cuento
ni el velo ni el desvelo de la noche.
Apenas siento deslizarse el río.

Al corazón pongo el oído atento.
Como Rubén siento pasar un coche
y pasa por mi carne un largo frío.



Poema Yo Amaba De Mis Ojos… de Patricia Medina



Yo amaba de mis ojos
ese vínculo de aguas
que cambiaban el rumbo:
del fango a los cristales.

Algo andaba de prisa
en mi mirada:
aquel doble presagio
de los niños nombrándose
en las cosas
por los cuartos baldíos
y su pericia
en los ríos temblorosos
de la carne.

Mis ojos de estación
siempre de paso
en viajes del altar hasta la ciénaga
los amaba
como se aman las ebulliciones.

Pero he quedado ciega.



Poema Yo Ya No Sé de Oscar Ferreiro



Yo ya no sé
qué se puede decir y estoy hablando
que se puede alentar y estoy pensando
en no sé qué figuras desvaídas,
en no sé qué quimeras obsoletas
de galopes cayendo hacia la nada.

Y me pongo a cantar pero el sollozo
el sollozo que anuda tu garganta
ese oscuro sollozo que del fondo
sube entre lutos y geranios tristes
para anegarme como a ti en el llanto.

Yo ya no sé
mas quisiera ensayar en diez mil tubos
esa estúpida pugna de hacia dónde ?
el último clamor de los envites
y huracanar las bambalinas agrias
de este circo del llanto y destrozado.

Tal vez sean las últimas amarras
las flatosas trompetas de un juicio?
Tócame pues muy loca levemente
dame vino locura y qué que importa
y me pondré a vivir e iré muriendo.



Poema Yo Esperaba de Omar García Ramírez



Yo esperaba de niño
frente a la ventana de la tarde
un cometa de flamante estela
azotando la cara del sol.
Yo esperaba
un caballito blanco
con cola dorada, sobre el que cabalgaría hasta el fin de la tierra.
Años después…
Yo esperaba una muchacha callada
que en silencio leyera a Gustavo Adolfo Bécquer en un balcón rodeado de golondrinas.
Yo esperaba un estado socialista,
en donde el amor fuese la primera fuente de la felicidad.
Yo esperaba saltar con Neil Armstrong en la cara almidonada de la luna.
Pasaron los años…
Cayó mi cometa
estalló contra un planeta abandonado,
me estrellaron una tarta de azufre en la cara en medio de la vía. Mi caballo blanco murió de brucelosis.
El estado socialista ideal que visité, era una prisión tropical con un pequeño sátrapa, que caminaba en zancos durante los desfiles patrios,
repartiendo caramelos de esperanza revolucionaria.
Ya no espero,
ya no rumio,
ya no vuelo,
ya no sueño,
ya no planeo,
tan solo trato de aterrizar;
ya no alunizo, solo caigo sin parapente, caída libre dentro del abismo.
Cometa-Prometeo,
denso espectro de metal y fuego.

Entonces en aquella ciudad…
Esperaba casi magullado, (amaestrado por el dolor quizá…) dentro del túnel,
el ultimo metro a la felicidad.
Era como llegar de la jornada
del vagabundeo urbano
a la calidez de la cama caliente
la mesa servida,
copa de vino y cigarro andaluz.
Yo esperaba,
que la cosa no se prolongase mucho tiempo, en medio del paro,
que el problema se arreglase, que se pudiese al menos vivir,
y salir del atascón.
?Nadie puede pedir peras al olmo,?
(es decir yo hacía lo que se podía y en medio de la ciudad aprendí a moverme, como se debe mover un ladrón en la metrópoli; es decir como pez en el agua, como barracuda cerca al banco plateado, como tiburón blanco después del naufragio).
Podría decir…
Que en algún momento
no faltaba nada,
Malena y yo lo teníamos todo
La nevera estaba llena y mis manos eran ágiles y se deslizaban con alegría pasmosa dentro de los gabanes y pantalones de los turistas, en pos de sus carteras pletóricas de dólares.
y eso es mucho para una persona que no pago el servicio militar,
que nunca fue de burócrata,
Que no fue de rodillas a la iglesia, ( la verdad es que mis padres no me habían bautizado.)
Que nunca voto, ni marco papeleta alguna,
porque a ellos les interesa que uno lea su basura, su mierda, sus engaños; que uno vote y se meta de cabeza en esas cosas.
Lo único que pedía era cariño y fidelidad,
fidelidad a la hora de los hechos,
fidelidad a la hora de la verdad.
…Pero también eso falló, la doncella que leía a Bécquer, comenzó a leer las revistas corazón.
(Aconsejo,… nunca dejéis que vuestras mujeres lean las revistas de corazón, si no queréis ver el vuestro, estrujado como un papel arrugado y viejo tirado en la basura.)
La que bailaba como una sirena dentro de la piscina privada de nuestra felicidad de maleantes existencialistas.
De poetas de la acción…
Se fue… Se esfumó, se evaporo, se transmutó, se fue como un maniquí de plástico, con el pelo teñido y la sonrisa de vinilo rojo, con minifalda de cuero negra y el último botín…

Ya no espero…
Solo merodeo dentro de los túneles
Buscando la víctima propiciatoria.
Esperando sin perder el cigarro de los labios, el ultimo tren de la felicidad.
Puedo esperar hasta el alba,
el bus
de los guardianes del centeno,
los meticulosos trabajadores de la factoría de avispas,
a los vendedores de shop-suey,
y los ladrones y cabareteras de la Gran Vía.
Viendo pasar a los talladores de cristales negros, a los maleantes de la Yakuza, a los marineros normandos, a los gitanos húngaros; a las mulatas de Abisinia, de Costa de Marfil, de Guinea y del Congo; los chulos de Madrid, las Drag-Quin de Barcelona; todos y todas caminando alegres en medio de los juegos pirotécnicos hacia la torre de Babel.
Viendo los besos de chiclets de los cibernéticos amantes
que caen con gesto robotizado sobre una calle
de soledad metálica.
A veces voy a buscar a las trajinadas mujeres del puerto con aliento de maderas portuarias
y aceite de cangrejos bermejos
entre las piernas.
Ya no es tiempo de la cuestión.
Ya no es tiempo de la pregunta o de la duda.
Era solo la pieza fundamental a la que yo le daba vueltas y más vueltas, ya ve usted,
que venía buscándole respuesta, que venía siguiéndole los pasos,
pisándole los talones y se escapó…
Elemental, trascendental,
accidental, occidental.
Ya se fue la perra asiria
La babilónica meretriz
La puta de Bangla Desh.
La zorra de Estambul.
La hetaira de Roma
La perra de Sodoma, la putilla de Sevilla
ya puedo llegar con el ataque de frío en la madrugada,
después de mi trabajo de sombras chinescas en los extramuros del entorno.
Al licor de los primeros minutos del alba,
a la muerte lenta
con beso de resaca en la mañana.
Ya se puede llegar tranquilo.
Nadie espera por mí, y yo no espero a nadie.
El reloj negro,
de tic-tac seco y metálico,…
¡lo estrellé
contra la pared de la miseria!



Poema Yolleo de Oliverio Girondo



Eh vos
tatacombo
soy yo
dí
no me oyes
tataconco
soy yo sin vos
sin voz
aquí yollando
con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla
entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos
lo sé
lo sé y tanto
desde el yo mero mínimo al verme yo harto en todo
junto a mis ya muertos y revivos yoes siempre siempre yollando y yoyollando siempre
por qué
si sos
por qué dí
eh vos
no me oyes
tatatodo
por qué tanto yollar
responde
y hasta cuándo



Poema Y Me Encongí De Hombros de Olga Nolla



Hoy a las dos y treinta de la tarde
el patio de atrás de mi jardín en ruinas
era el paraíso que menciona La Biblia.
No tuve duda dello
al sentir las caricias de la brisa y del sol
sobre mis brazos y espalda.
Los pájaros cantaban en lo alto de los árboles
y las flores lucían sus colores
pavoneándose.
Al acercármeles las lagartijas no huían.
Me miraban más bien estupefactas,
casi desafiantes.
No titubeé en probar la manzana madura
que el Diablo me ofrecía.
Lo vi llegar vestido de cantante de rap:
pantalones a la rodilla y tenis,
gorra con visera hacia atrás.
No tuve miedo.
Era tan dulce su sonrisa y era
tan simpática.
Otras veces lo he odiado.
Le he tirado piedras.
Lo he ensopado con la manguera
y lo he perseguido con la escoba.
Pero hoy un día jueves del mes de mayo
mi patio era un sueño que se imponía al mundo
y los copos de luz cubrían las hojas;
los muros derruídos
quedaban traspasados por sus rayos
infinitamente frágiles.

Miré al diablo y no quise
agredirlo de nuevo.
Acepté la manzana, que era roja
igual que nos la ilustran los pintores
del Renacimiento europeo.
La probé y era suave
y tuve pena
del Diablo y su destino.
Todo lo que él quería que yo hiciera
me parecía aburrido.
Nada podía comparárse a la luz y a la brisa
entretejidas sobre mi piel,
hoy a las dos y treinta de la tarde
en mi jardín cerrado entre muros antiguos.
Lo miré tristemente y me encogí de hombros
y él se fue maldiciendo calle abajo
con el rabo metido entre las patas.



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