poemas vida obra y

Poema Yo Soy El Hombre Silencioso de Romeo Murga



Yo soy el hombre silencioso,
silencioso para cantar.
No sé del grito, del sollozo
ni del ronco rumor del mar.

Mi voz ungida en suavidades,
que canta lo triste y lo mío,
irá a través de las edades
como el rumor de un claro río.

No quiero que mi voz herida,
ni que mi canción dolorida,
por sobre los humanos yerros.
dolor derroche;
tal el ladrido de los perros
en la noche.

Mi dolor es hondo y eterno,
pero en mi canto se hace leve,
frente a la alegría encendida;
es un albo copo de nieve
para las llamas de la vida.

Mi voz no ha de amargar la fiesta
de los que se embriagan en esta
vida mortal;
de mi corazón al abrigo,
yo me quedo solo conmigo
y con mi mal.

No turbaré el albo reposo
ni el alborozo jubiloso
de los que se entregan a amar
En mí no hay grito ni sollozo
Yo soy el hombre silencioso
para cantar.



Poema Y Estas Ansias… de Rogelio Guedea



¿y estas ansias que levantan a oscuras mi esqueleto
y hacen cielos como alas o maderas que no paran
de crujir? ¿y estas ansias llovidas por ajenas lluvias?
¿y este dolor despertado en el meritito amanecer? ¿qué
son a estas horas? ¿qué anuncian estos mares o veredas
que nacieron para llegar a ti? ¿son hambres como
arroyos salidos del caudal? ¿son incendios? ¿vidas
que pagué viviendo? ¿pagaré no verte años? ¿días
como siglos con estas ansias? ¿son ansias o temores
o qué son? ¿por qué ciegan y agrietan mi alegría? ¿por
qué cavaron norias en mi soledad? ¿y por qué tormentas
o sequías se extienden al nombrarte. país?



Poema Yo, Que Sólo Creo… de Regina José Galindo



Yo, que sólo creo en las aureolas de mis pezones
y conservo blanco sólo las paredes de casa
y las líneas que meto en mi nariz

odio que me llamen ángel.

Yo, que lo único que quiero es fuego.



Poema Yo Tengo Para Ti Mi Buen Amigo… de Raúl Gómez Jattin



Yo tengo para ti mi buen amigo
un corazón de mango del Sinú
oloroso
genuino
amable y tierno
(Mi resto es una llaga
una tierra de nadie
una pedrada
un abrir y cerrar de ojos
en noche ajena
unas manos que asesinan fantasmas)
Y un consejo
no te encuentres conmigo



Poema Y Pensar Que Pudimos… de Ramon Lopez Velarde



Y pensar que extraviamos
la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como perenne rosa…

Y pensar que pudimos
enlazar nuestras manos
y apurar en un beso
la comunión de fértiles veranos…

Y pensar que pudimos
en una onda secreta
de embriaguez, deslizarnos,
valsando un vals sin fin, por el planeta…

Y pensar que pudimos,
al rendir la jornada,
desde la sosegada
sombra de tu portal y en una suave
conjunción de existencias,
ver las cintilaciones del Zodíaco
sobre la sombra de nuestras conciencias…



Poema Ya Puedo Morirme Si Me Dejo de Pureza Canelo



Palabras, oficio que no lo es.
Hojas que caen al suelo
y no me da tiempo a detenerlas.
Figuraciones mías, y amor, otra vez,
al compás, verso grande,
para la vida. El mío me quiere.

Anillo puesto a mi dedo
en un año cualquiera; sin nombre,
sin novio, sin recorte de lágrima;
vence, me vence el rostro,
la inquietud de mi ceguera es así,
y el monedero en el bolso, mi verso.
Amor en mi casa lo hay,
lo suplo con hablar, con anotar las deudas oscuras
en una noche; sola, solísima, yo me acompaño.

Y miro hacia atrás, y miro.
Qué olvido tan grande tengo a todas horas
que no me hace morir ni de repente;
grande hasta mi cuello el tiempo
y mi cintura pequeña.
Pido una separación definitiva
con el mundo;
para más vida,
para tronchar la higuera
que ya no se contempla sólo; se mira,
se ríe, tiene dos frutos salientes, mujer, yo,
amor flojo o fuerte en la nuca del corazón.
He avanzado por la tierra,
ya puedo ver el mar, toda la ternura de dos;
ya tengo el verso,
ya puedo morirme.
Ahora mismo, como un compás
que algo me valdrá en su cero.

De «Lugar común» 1971



Poema Ya Me Tiene Mi Dios de Pilar Paz Pasamar



Ya me tiene mi Dios. Me ha señalado
el pecho y la razón con su caricia,
y ya siento el empuje que se inicia
en forma inmaterial. Me he levantado

sedienta de confines y, logrado
mi afán, he de buscarme la sonrisa
y al despertar, entre la nueva brisa,
veré mi corazón enajenado.

Porque ya voy a Ti, con esta entrega,
déjame despedirme de la rosa
y saludar la luz en su carrera.

Antes de comenzar mi dulce vuelo,
el árbol prestará toda su sombra
a la fiebre encendida de mi anhelo.



Poema Yi de Pilar González España



Los ángulos de los labios

Hay muchas luces iluminando la ciudad
Son las Resistencias

Nuestros ojos mirando brillantes Jas cosas
también son las Resistencias

La Resistencia es una herida que nunca cicatriza

La Resistencia no conoce los muros
ni los puños que se incrustan en los ojos

Resistencia:
palabra que impide el cerrar de las mandíbulas



Poema Yo, Que Fundé Todos Mis Deseos de Pere Gimferrer



Yo, que fundé todos mis deseos
bajo especies de eternidad,
veo alargarse al sol mi sombra en julio
sobre el paseo de cristal y plata
mientras en una bocanada ardiente
la muerte ocupa un puesto bajo los parasoles.
Mimbre, bebidas de colores vivos, luces oxigenadas, que chorrean despacio,
bañando en un oscuro esplendor las espaldas, acariciando
con fulgor de hierro blanco
unos hombros desnudos, unos ojos eléctricos, la dorada caída
de una mano en el aire sigiloso,
el resplandor de una cabellera desplomándose entre música suave y luces indirectas,
todas las sombras de mi juventud, en una usual figuración poética.
A veces, en las tardes de tormenta, una araña rojiza se posa en los cristales
y por sus ojos miran fijamente los bosques embrujados.
¡Salas de adentro, mágicas
para los silenciosos guardianes de ébano, felinos y nocturnos como senegaleses,
cuyos pasos no suenan casi en mi corazón!
No despertar de noche el sueño plateado de los mirlos.
Así son estas horas de juventud, pálidas como ondinas o heroínas de ópera,
tan frágiles que mueren no con vivir, no: sólo con soñar.
En su vaina de oscuro terciopelo duerme el príncipe.
Abandonados rizos en la mano se enlazan. Las pestañas caídas
hondamente han velado los ojos
como una gota de charol y amianto. La tibieza escondida de los muslos
desliza su suspiro de halcón agonizante.
El pecho alienta como un arpa deshojada en invierno;
bajo el jersey azul se para suave el corazón.
Ojos que amo, dulces hoces de hierro y fuego,
rosas de incandescente carnación delicada, fulgores de magnesio
que sorprendéis mi sombra en los bares nocturnos o saliendo del cine,
¡salvad mi corazón en agonía bajo la luz pesada y densa de los focos!
Como una fina lámina de acero cae la noche.
Es la hora en que el aire desordena las sillas, agita los cubiertos,
tintinea en los vasos, quiebra alguno, besa, vuelve, suspira y de pronto
destroza a un hombre contra la pared, en un sordo chasquido resonante.
Bésame entre la niebla, mi amor. Se ha puesto fría
la noche en unas horas. Es un claro de luna borroso y húmedo
como en una antigua película de amor y espionaje.
Déjame guardar una estrella de mar entre las manos.
Qué piel tan delicada rasgarás con tus dientes. Muerte, qué labios,
qué respiración, qué pecho dulce y mórbido ahogas.

«La muerte en Beverly Hills» 1968



Poema Yo Mismo En El Espejo de Pelayo Fueyo



Desconocidos entre desconocidos,
Un extraño me espía en los espejos.
J. L. García Martín

I

Todas las sensaciones de este cuerpo
por un tiempo y espacio,
y el modo de encauzar tantas visiones
sin perder estos ojos,
me convierten en símbolo de mí
?de mi esencia mostrada?
en carne temblorosa de una estatua
que me voy descubriendo, poco a poco,
en mi propio retrato progresivo
dibujado de pronto en el espejo.

II

El mismo que recibe su mirada
con la caricatura
de un cómplice abandono.
El que inventa
las arrugas futuras en un rostro
que creyó transcurrido en negativo.

Te tocas,
y te encuentras primero con el frío,
con la piel del cristal.

Tú estás adentro,
al fondo de esa imagen: impaciente
por saberte presente en el deseo,
a pesar del azar de la memoria.

III

El espejo de mano,
del indolente vidrio del tocador,
arranca
los perfiles de aquel que sólo busca
sorprender a su antigua vanidad.
Así yo lo traiciono,
porque mis propios ojos
no pueden reprocharse, frente a frente,
lo inútil de seguir con ese juego,
como el adivinar los contrafuertes
que sostienen mi forma obsesionada.
Sin embargo,
mi intimidad tendrá el doble reflejo
de lo superficial y lo profundo,
de lo comprometido y lo distante,
a expensas del espejo;
y este mismo
compensará mi olvido de aquel rito
infantil, añadiendo
su mano al tocador de mis perfiles,
arrancando su propia vanidad
del espejo que ahora lo refleja,
cuando yo ya me olvide de mi forma,
cuando sea disculpa de su causa
por mis viejos motivos,
y terminen por verse, cara a cara,
los espejos que yo solo reflejo.

IV

El humo de las voces del salón
fue adquiriendo mis rasgos, con mi fuga.
Yo lo olí desde lejos,
como el que sabe que posee el fuego,
la dirección del viento, y su desnudo.
Masticaban mi máscara de cera,
mi postura estudiada, y aun los cuerpos
espontáneos que había criticado.
Sin embargo, era un precio
muy barato el que tuve que abonar
por contemplar mi rostro sin palabras,
asumir ese espectro,
y, con su misma falsa ingenuidad,
corregir el discurso, y ese humo.
que ya eran sus rostros en presencia.



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