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Poema El Luto de Pablo Mora



El luto humano anuncia grandes cementerios bajo la Luna. O bajo los soles de arena y viento, donde los seres de este mundo asistimos a un nuevo Apocalipsis.

Sombrío señorío sobre la vida y la ilusoria paz, el exterminio de todo lo que suspira y palpita, en soledad, en multitud, por mar, aire y polvo, en cita atroz.

Ya no somos lo que somos. Ya no hablamos por nosotros mismos. Ya piensas como ellos. Tienes la libertad que ellos te permiten o te dan. En sus manos está el salvoconducto. Está la muerte, la bola negra. Tu palabra la detendrá la maquinaria de los imperios.

Ya no somos lo que somos. Somos lo que ellos quieren que seamos. Desde las orillas del mundo, nuestra palabra corre el riesgo de no ser. El gran dilema, ser.



Poema Epístola A Manuel Felipe Rugeles de Pablo Mora



I

Manuel Felipe, hermano de la harina,

permanente juglar de nuestra aldea,

testigo fiel de toda la odisea

de esta sufrida tierra campesina.

Manuel Felipe, acaso la neblina

?tu dulce amante? solamente sea

tenue sombra que apenas señorea

en este valle de tristeza andina.

Manuel Felipe, en lumbres jornalero,

apenas si se ven las mariposas,

apenas si se siente el ventisquero.

El oculto presagio de las rosas

nos recuerda tu claro derrotero

hacia la luz total de nuestras cosas.

II

La paz que tú soñaste ya no cuenta.

Los niños hacen guerra apenas nacen.

Las crónicas son todas policiales.

Ya no es nuestro el sabor de nuestra música.

El último poema para niños

ellos lo escriben con sus propios sueños:

es sólo una parábola a la guerra

con todas las metáforas en gris.

Andrés Eloy ya no anda por aquí,

el pobre Aquiles tuvo un accidente

y se nos fue. Ya casi no contamos

con poetas que quieran a los niños.

Manuel Felipe, hermano de las cumbres,

aquí nadie le canta a la neblina.

III

Manuel Felipe, ya nadie apacienta

ningún sueño detrás de los rebaños;

los viejos cántaros nos son extraños

así el crisol del horno los presienta.

La neblina quizás apenas sienta

la ausencia de los sueños aledaños

y en el rojizo almendro de tus años

tal vez ningún turpial ya ni se asienta.

Tal es el precio de la vida, hermano:

echar un barquichuelo en la quebrada,

echarlo de mañana, bien temprano,

luego irse con la tarde alucinada

y estarse con la luna de la mano

para caer en cuenta de la nada.



Poema Nada Te Detenga de Pablo Mora



ermitaño augusto

vigoroso camarada

esquiva naufragios y centellas

vuele libre tu alma centinela

Armémonos de nuevo contra la injusticia

Demos por sagrado el desorden de nuestro espíritu

por ineludible el insomnio y la noche que nos cruzan

Indispensable llegar a lo desconocido

Porque en el tiempo no fuiste un pájaro

sino un rayo en la noche de la especie

una persecución sin tregua de la vida

una raza que canta en la tormenta

relumbra vela brilla resplandece

para que el canto siempre permanezca



Poema Travesía de Pablo Mora



Amplio solar de pena y amargura,
recinto para el llanto y la alegría,
larga tonada, larga travesía.
Viejo estribillo en clave de ternura.

Duro aguijón para la suerte dura,
ardua vereda la de cada día,
ancho portón para la misma vía,
hondo estallido en tiempo de premura.

Ruta sin fondo en la lejana infancia,
donde el azul peregrinaba un día
sin darnos cuenta de su gris fragancia.

Lanza en ristre, con firme rebeldía
va nuestra vida en fúlgida arrogancia
componiendo su propia sinfonía.

De Almácigo 6 En tiempo de Paz (1993)



Poema Samain Diría de Pablo Mora



el aire es quieto y de una contenida tristeza

Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero

a cada hebra de cabello perdido desde la cubeta de un frontal

donde hay algas toronjiles que cantan divinos almácigos

en guardia

Nunca sino ahora supe que existía una puerta

otra puerta y el canto cordial de las distancias

¿ Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?

Canta lluvia en la costa sin mar!

Cae agua de revólveres lavados!

Todo aparentemente sigue igual

Varios días el viento cambia de aire

En la cárcel con sueño de esperanza

estará nuestra sombra cuestionando



Poema Regreso de Pablo Mora



Hoy entreabrí la puerta de la infancia
con la nostalgia vuelta hacia la cuna
y no encontré ni un rastro de la luna
que ayer nomás iluminó mi estancia.

Hoy me inundó la mar de la distancia
al evocar mi vegetal laguna
y en la vieja resaca una por una
fue anclando sus pisadas mi inconstancia.

Hoy me perdí en las ruinas de mi ayer
en busca de un alero, de un cimiento,
de un mango, un cafetal o mi nacer

y al verme en los umbrales de mi aliento
honda desolación cruzó mi ser:
oí que sollozaba mi lamento.

De Almácigo 2 (1980)



Poema Penumbra de Pablo Mora



De un tiempo acá las noches no son mías,
las aspas del insomnio se han varado,
porque un lúgubre viento huracanado
me dejó solamente con mis días.

De tarde en tarde van mis rebeldías
tras el antiguo puño alucinado,
donde siempre sus furias han anclado,
y en alto empuñan nuevas acedías.

Del brazo del amor que la convida ,
por calzadas de gritos en penumbra,
huérfana de la noche va mi vida

tras un amanecer que al fin alumbra
un día con la noche esclarecida
de azul mañana que la fe vislumbra.

De Almácigo 2 (1980)



Poema Palermo de Pablo Mora



De regreso del campo, del Amparo
?fresco follaje que tocaba el cielo?
antes, mucho antes de llegar a casa,
pasábamos, silentes, por Palermo.

Para mí, Palermo era pura luna
?mansa finca dormida en la floresta?.
Desde Los Alpes nunca fui a Palermo
mientras Palermo me llevó a la luna.

Perfectamente yo podría decir
que, niño, Pablo visitó la Luna,
que de Palermo viene su locura.

Si no, de aquellos duendes que una tarde
?me dijeron? saldrían de la huerta
sin que nunca en la huerta aparecieran.



Poema Nunca Más Huérfana de Pablo Mora



la vigilia que cuando un alma que en soledad vivía

quedó también en soledad herida

Nunca la soledad sonora fue más noche sosegada

que cuando aquella Esposa sintió que todos

mil gracias le fueron refiriendo de su Amado

Nunca el amor jugó mejor al escondido que cuando

aquéllos entre montes y riberas entre prados y verduras

anduvieron

Pastores huertos rosas flores prados

¿Acaso por vosotros ha pasado aquél que os decía

Decidle que adolezco peno y muero aquél

que andando enamorado se hizo perdidizo y fue ganado?

Nunca más el amor descalabrado que con

un no sé qué que quedan balbuciendo

Métele duro Juan de madrugada!

Métele firme Juan de Madrugada!



Poema Librémonos de Pablo Mora



Del poeta que escriba en menguante. Del sol que caliente la
miseria. De la antigua procesión de hojas marchitas. Del virginal
destierro sin regreso. Del zorro tiempo que cosió el silencio. De las
vergüenzas, los odios, los bisiestos años. De los millones, billones o
trillones de justos. De sus escombros, sus heces, sus herbajes. De los
hombres buenos, fraternos o pendejos. De las rojas calificaciones del
rocío. De la criptografía de los espías. Del aurinegro estiércol de los
diablos. De los fatídicos cálculos arábigos.

¡Librémonos!

De los escupitajos. De los mortecinos ecos de una infancia
hueca. De lunas distraídas, putrefactas, con psoriasis. De la antigua
costumbre de ir por las laderas del hocico de algún pan sin nombre y apellido
. De los cimientos, aleros o gargantas donde los helechos ocultan
las crecientes y clinejas. De alguna vez sin sombra. De esos ojos
que se van poniendo chinos de puro sentimiento muerto.

¡Librémonos!

De la brisa muda, confundida, agazapada. De la herida
lágrima del beso de la puerta. Del llanto aguacero del payaso de los pájaros.
De las simas infernales de la hormiga. De algún día sin noche. Del eterno aprendiz de pordiosero, de poeta. De ser tan sólo trapo viejo de
cocina esenia. De la marginalidad de la mordaza. De la ciudadanía de la maleza. De la confusión de los espíritus. De las malas tintas, trinitarias, con
pereza azulmarina. Del alegre gasto de hojllas, saludos, palabras y regresos.

¡Librémonos!

De los relojes de los largos sueños. De los gestos, los
cantos, cuernos, cuentos y coros de la tarde. De las viejas arenas del río. De
las azules piedras del mar, sus costados y quebrantos. De mirar sin miedo a maltratar al ciego. Del hórrido graznido de un auricular espía. Del
sol, la luna y las estrellas. De la luz que fue hecha. Del desorden
sacrosantamente público. De los orinocos de la angustia básica. De la andanza de los cristos encarnados, truculentos.

¡Librémonos!

Del pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de
los sinsontes. Del hueso gustero. Del mañanero pedazo de candela. De la
saneada policía embrutecida, envenenada. De la santidad de las semanas. De la conjunta mortandad de los calvarios.
De la muda orfandad de los samanes. De los apócrifos pensamientos. De su vigencia
escandalosamente moribunda. De tanto malandrín contemporáneo tan lleno de sabor latino.

¡Librémonos!

De alguna lupanaria invasión de los marines. De
posesiones, transmisiones, misiones, sumisiones. De agresiones, regresiones,
transacciones, conciliaciones o casinos. De la ginecocracia de la mujer.
De las angélicas pasionarias arenas de las flores y las algas. De quienes
juntan casa a casa, y añaden heredad hasta ocuparlo todo. De
maquinaciones, de coyundas y de yugos. Del monte sin bramido de ganado. De la economía sin fronteras. De las firmes retiradas. De las
mentiras, de las granadas, de las carcajadas.

¡Librémonos!

De los amparos, los desamparos, los roperos, los preparos y
reparos De los trabajos, los dioses y los días. De los bravos, de los buenos,
de los feos, de los malos. De los barcos juguetes de garbanzos o gabazos. De las gaviotas de cada día.
De la luz eléctrica desinfectante y puta. De quien nos siga, nos hurgue, espere y desespere. Del Eclesiastés. Del Eclesiástico. De los Excelentísimos Señores Superviajeros. De los pasajeros.. De los proverbios,
los refranes y los eros. De los cinco o cinco mil panes. De los cinco puntos cardinales de los canastos engrifados por el llanto.

¡Librémonos!

De los canarios, los gallos, los grillos, los cristianos y los
trompos tuertos. De cualquier unión patriótica. De cualquier estado hideputa
unido, supremo, checo, eslovaco, ecuménico o romano. Del nostradámico
naufragio del planeta. Del enfermo pobre. Del remedio caro. Del tramposo viejo. De la hornilla muerta.
Del acecho de la sierpe. De la estatua del silencio. Del complejo azucarero del diabético.
De las impúdicas raíces cuadradas, literarias. De las impunes rimas estridentes, procelosas, desnudas o atenuadas.
Del pus supremo de los viudos y los solos. De la ponzoña, la maleza y la cizaña.

¡Librémonos!

De las Constituciones, los Constituidos y las
Constituyentes. De las vulvas quebradas del quebranto. De los suspiros
lustrales del torrente. Del delirio augusto en torrencial plegaria. De la
sinérgica vacuidad del cosmos. Del lirio y la vagina a la intemperie. Del cante
jondo de Dionisio en galla misa. De los Smith, de sus deudas
indeseadas, inmorales, indexadas. De los Truman vagabundos de la guerra.

¡Librémonos!

De los racimos del hambre y la miseria. De los ridículos
seguros poderosos previsores. De las bárbaras sedes de los deltas del silencio
en alta mares crines de arrechera encabritada. De la ansiedad de las pedradas.
De virtudes, peines, arañas, alacranes y pañales. De la solemne soledad de los agostos.
De la tristeza, esa mierda, compañera insoportablemente legañosa, tiernamente oscura.

¡Librémonos!

De tropezar con un martes trece. Con un caballo loco o un
león insomne en fuego. De una madrugada acacia hambrienta. De la corneja
al lado adverso del destino. De alguna tristeza ultramarina. Del
aullido de la hiena. De la salvaje cabra, del chacal y del hurón. De la madre
de las rameras y de las abominaciones de la tierra.

¡Librémonos!

Del canto de gallo en aguacero. De la abismal oquedad de
la renuncia. Del carcomido silencio en increíble soledad deshabitada. De los
toreros muertos, de los huérfanos teteros. De
la zocacola, las anhedonias, los pericos. De los fantasmas de Canterville.
De los sobrevivientes. De Chernobyl. De las intelectuales escrituras patriarcales pendulares.

¡Librémonos!

Del rap de las hormigas. Del carrousel de las Eduvinas, las
Adelas y las Adelitas. De los enanitos verdes. De los traviesos gusanitos. De
los políticos paralíticos, sifilíticos. De la escasez del tiempo para el ocio,
el vicio y el fornicio. De las mezclas con efectos especiales. De los bebedizos, menjurjes, barbechos y barbascos.
De los puercos y los porchettos.

¡Librémonos!

De los contagios del alma. De los rituales. Del limbo y los
reptiles. De los cristianos, cristales y vitrales. De los juanes, los
moriscos, las trompadas, estallidos y luceros. De los venenosos invidentes. De
las tuercas, tutecas, lagartijas y cangrejos. De la tara, las lesiones, sus
corotos, tormentos y lecciones. De las guerrillas, las calabazas, los
velorios. De las ocurrencias de la muerte. De los ojos abiertos de los ciegos.

¡Librémonos!

Del medio camino de la vida. Del azufre, del agüero, del
aojo. De la desnuda mariposa salamandra. De la amapola en luna
descubierta. Del tísico pañuelo de la guerra. De consejas, sinagogas, conjuros y consejos. De argucias, fraudes, hurtos, dolos y asechanzas. De
echar dado falso, de cargarlo. De caer en el señuelo o en el lazo. Del necio, sus
celadas y sandeces. De confundirnos alguna vez de mano, de palabra, de
noche o de locura. De lluvia, de casa o de garganta. Del canalla y sus
vilezas. De la sangre colorada en desamparo permanente. De
acampar algún día en ensangrentado llanto. De tener que cargar con la rosa
agusanada sobre el opaco lomo del que nunca fuera.

¡Librémonos!

De la matadura de la memoria voraz que atiza los
relámpagos. Del desbocado potro que golpea en el pecho sus chispeantes
cascos herrados por el viento. Del vórtice abierto que engulla nuestra
esperanza desolada. De la desolladura del barro que seremos. Del errante
diluvio de los párpados insomnes. Del estridente relincho del rayo de los
pájaros.

¡Librémonos!

De tener que mear sangre en los hocicos de los gusanos o
pagar peaje con vinagre de Mahfud. De tener que presenciar el duelo de una
telaraña con la lluvia. O el de un colibrí con el sueño de una
cerbatana. De tener que oírle a la lluvia un cante jondo. O asistir al entierro de
una hormiga virgen. De tener que andar en puntillas sobre un silencio
o liberar una estrella de una luz alpina.

¡Librémonos!

De tener que regresarnos de la muerte u oírle al mar sus
coruscantes sinfonías de agua. De tener que cambiar de aldea. De que se
desteja el encaje del sol enfurecido. De que se desgaje el transido corazón del
hombre. De que se desate la noche de la guerra o se zafe el curricán del mar.

¡Librémonos!

De que nos sorprenda el aplauso de un pájaro salvaje o la
madre del caracol huyéndole a la pena. De aquél que no conozca la
tristeza. De las indómitas fieras de la guerra. De tener que ver los mil
cielos sin estrellas. De que el sueño sea el camino de la muerte. De querer
en alguna madrugada abrirse una vena o un ojo que nos dé la libertad eterna.

¡Librémonos!

De la culebra amarilla de la acera en donde guiñan nuestra
vida los goznes de los miedos menguados de unos asnos
escondidos en los postigos del tiempo, amarrados al fulgor de la garita
quejumbrosamente polvorienta de la lluvia en suerte.

¡Librémonos!

De las sombrillas del corazón. Del desierto de las bolsas.
De las zapatillas de las brujas. De las gusaneras del Palacio. Del abrazo de un
ogro purulento. De un Judas vivo o un Vallejo muerto. Del hambre,
digo, del hombre decente, parte de la Religión, ese viejo escondite,
guarida de dioses, infiernos y demonios. Del corazón, ese tercer cojón del
hombre. Del sidoso divino providente. De los cojones de la Divina
providencia.

¡Librémonos!

De De la noche insomne (1992)



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