poemas vida obra luciano castanon




Poema Maximino de Luciano Castañón



Estáis ahí:
tú, Maximino, tocas el laúd,
tu vieja madre, ex-artista
canta con voz cascada
?estrangulada e íntima?.
La Traga y otras dos vacas marinas,
bajo el parlante mirar de La Muda,
atienden el bar.
¿El bar?
Ángulo de habitación
con marineros de mirada erecta,
hombres de profesión indefinida
y un niño en andador
que come sesos y son las tres de la mañana.

Maximino,
como todas las noches,
una voz de abeja y misteriosa
te cita por teléfono
?en el muelle?;
no vayas,
tu madre dice
que quien te llama es un m.



Poema Marinero De Maupassant de Luciano Castañón



Ahora sí que eres Bola de Sebo, sí.
Diez años que te conozco,
y sin poseerte tres.
«Ya no me acuesto con hombres;
soy la dueña de la casa.»
Bola de Sebo
en la redondez espesa de tus brazos,
en tu vientre sin línea y muelle,
en tu torso macizo e inabarcable ;
mas casi no Bola de Sebo
en tus manuables pechos duros,
en tus muslos de V suave.
«Pero contigo es diferente;
tú me caíste bien.»
Y ojos boca manos cuerpo
vuélcanse sin imágenes.
La premonitoria lluvia de palabras
huye, se hunde lejísimos
porque aquí
manda el sentir sobre la voz.
Ahora sí que eres Bola de Sebo, sí.

Maupassant, te presento a:
Bola de Sebo bis.



Poema La Rula de Luciano Castañón



Brilláis como el oro, residuales peces.
Metálico es vuestro torso verde
o amarillo. ¿En qué tono inaprensible
y vuestro mi pupila ahora se pierde?

Color de peces raudos bajo el agua;
(en el estanque peces de colores);
fantasmal color de peces en la lonja
allí donde mis ojos son deudores.

Te subastan, humilde calamar,
Y a ti también, sardina parabólica:
de ojo bicolor, contorno azulado
y ya sin tu velocidad diabólica.

Besugo, bruñido besugo, cara
de simple, dile con enfado a la mujer
que no te arrastre ni tu lomo clave,
asciende vengativo tu boca de beso
y muerde a la mujer donde más pueda doler.

Eres ancha, ancha raya;
cartílago rosa, raya;
aeroplano plano, raya;
masa viscosa,
pero graciosa
en la resbaladiza losa, raya.

?Pero qué feo, pero qué feísimo
es el pez que ahora veo.
?Si me insultas diré que son más feos
tu padre y tu madre, y no lo creo.

Congrio ?tiemble la voz?, es
tu boca de rana y labios de risa
estuche pluridentado y temido
por el pescador.
Ya sin vida, qué
bueno eres en tu circunferencia de nido.

Una palidez de enfermo
trasuda el lenguado liso.
Bonito azul, ¿sabes que tu contorno
tan exacto y convergente
lo envidia el geómetra más preciso?

Juntos estáis, ¿por qué, rape y merluza?
Mal compagina la gris elegancia
junto a la cabezota triangular
?de caperuza?.

Sable, ¿qué enigma esbozas en el suelo?
¿Qué murmura tu ondulación pringosa?
Rígidamente quedas impávido cuando
te dejan tendido sobre la losa.

El suelo de la Rula parece una pecera hueca.
En él ojos equidistantes
oblicuados por la muerte.
En brevísimas cimas, apiñados:
cachalotes locos, arácnidos de mar,
bondadosas tolinas, congrios ávidos,
peces de Cristo, pulpos del demonio
amedrentando un sueño de tentáculos.
Ya no sois peces, oh peces. Sin vuestra
libertad ácuea sólo sois seres ahogados.
Por la baba resbaladizo el suelo.
La alcantarilla rasgada bebe que bebe
el limo residual de peces muertos.

Vientre desnudo,
sangrienta agalla,
aleta y cola
mienten la playa.



Poema La Pesca de Luciano Castañón



Desenfrenada boca de mujeres.
Cabeza de tortuga; promontorio
acunando la pena y el jolgorio
al compás de miserias o de haberes.

Sonríes en verano cuando quieres
demostrar el colmado aunque ilusorio
rebullir de peces, premonitorio
mensaje de ausencia de placeres.

En invierno tu barca en tierra queda;
enmudece el rapaz, no te despierta
al alba. La galerna es la moneda

que percibes. Escuchas la reyerta
de marejada y olas. Siempre rueda
la ilusión: «Mañana…», si no está muerta.



Poema La Barquera de Luciano Castañón



Dicen: La Barquera,
y ya se sabe,
es la solana del ocio;
marineros a la espera,
conjeturas, casi nada,
calafates que entretienen
a jubilados caducos
con la boina comiendo su mirada
porque el neto sol de Junio
resbala más allá.
La Barquera: barcas sobre las losas,
agua próxima y menestrales de la ciudad.
Allí están ?cotidiano reloj, mañana y tarde?
los curtidos hombres elementales
gramaticando frases ya subversivas
ya claudicantes.
Vana esperanza;
las reivindicaciones
en La Barquera
sólo son inertes diálogos
que diariamente huyen
?en retahíla de vésperos?
tan anodinamente
como el sol primaveral.
En La Barquera
pintan las barcas;
el color verde
es de Esperanza.
?¿Qué esperáis, hombres
de La Barquera?
?Que el mar nos dé
lo que no da la tierra.



Poema Huele A Salitre de Luciano Castañón



«Huele a salitre».
Estas ellas y estos ellos también son personas,
pero con sumisión, sexo, harapos
y edad indefinible.
Escasas de dinero
y con más indigencia que descanso,
trasladan los peces muertos
?caja o cesto o balde de la cabeza en lo cimero?
desde la Rula a las bodegas
que pueblan las estrechas
?y muy redondamente deshuesadas?
calles del barrio.

«Huele a salitre».

Esas sí que son personas,
tienen su despectivo apodo: focas.
Focas de rostro burilado
por el menesteroso oficio,
rostro que raramente ríe
la tristeza de su enfado.
Ríen no obstante sus bolsos
al son y peso metálico
de las piececillas
que justifican sus viajes grávidos.
?Toma y daca?,
en la bodega es el cambio.
Cuando las focas regresan
?de vacío e ilusionadas?
las chapas rózanse con peso cálido.

«Huele a salitre»:
es la saya, el pantalón,
la palma de la mano,
el zueco y la alpargata;
es el brillo de la escama
y el hilillo salitroso
que por la cara resbala.
Su oficio: ?vaivén de focas?
¿quién se lo compra?



Poema Fiesta de Luciano Castañón



Virgen de la Soledad,
fiestas en el barrio alto.

Vociferante y taimada
engatusa la música mecánica;
y el oropel:
rizados papeles de colores
de la bodega al balcón,
del corredor al dintel.

La pobreza se esconde avergonzada.

Las sumidas arrugas de la anciana
?sin ducha ni agua caliente?
vibran atónitas su risa
por la felicidad
que gratuitamente le suponen
los forasteros en danza.

La vieja: Un esposo
o un hijo en la taberna
y mañana al mar,
al albur del mar.

Evidente y muy dura
la recatada miseria
?cohibida?
tras el visillo vela.
La vieja.
¿Caliente? Nada de agua.

Oscila la marea humana.
Ya se sabe:
día de mucho, víspera de nada.



Poema Félix Con Guitarra de Luciano Castañón



En el bar, la rancia morenez de les gitanos
?mendigos de propinas por su toque y por su cante?
quedó pasmada al ver los fragilísimos dedos
del filiforme Félix mimoseando en la guitarra.

Bares son en los que el pescador no pesca: simples
radas marginales que enajenan al marino,
caldo de cultivo para el ciudadano harto,
desfogue del administrativo emancipado,
de la hija de papá y del forastero ávido,
de protésicos?viajantes?locos?y?mecánicos,
de todo aquel, en fin, ansioso de desbordar
los límites hirientes de sus callosas manos,
su rígida espalda curva ?en la cerviz un clavo?
o el molde circunstancial de su conciencia ahormada.
Entonces las entrañas maduran gritos, canciones
que las oes boquiabiertas hacen solidarias
en un vuelco incierto de galáxicas miradas.

Cuando el silencio cundió ?un parto del cansancio?
como si fueran los zorros pasos de una araña,
Félix capturó la sumisión de los gitanos
porque sus dedos sapientísimos no tocaban,
sino que dúctilmente acariciaban, besaban,
amorosaban ?eso? las cuerdas de la guitarra.



Poema Desde El Muelle de Luciano Castañón



Aquí
el noray y la maroma
simulando inútil horca
?él es hierro, ella soga?
Luego el bote al albedrío
del agua por la luz rota;
breves lomas de carbón
y pluralidad de boyas.

Cerca
remendadoras de redes
que sutiles trampas tejen;
culonas popas de barcos
solemnemente bautizados ;
costillares de la grúa
quietos sobre una falúa.

Más allá,
borrosos por la bruma densa
los urbanos almacenes, tejados:
ásperos tinglados fabriles
y enhiestas chimeneas
?de una brota improvisado
chorro de humo que aletea?

El moribundo día
deja caer el telón de sus párpados
en la móvil luz del agua.

Desdibújanse
nubes compactas que rasgan
postrimeras rojas vetas.

Sólo el vuelo en adiós de la gaviota
?recelosa e insolidaria?
inquieta el apesadumbrado atardecer
La giba de Cimadevilla calla.



Poema Cielo De Los Marinos de Luciano Castañón



Está su cielo azul en la taberna.
Vino tinto se llama su Dios
?desbrozador de telarañas?
porque es barato
y alivia no sólo las gargantas.
Un reguero de palabras
discurre sinovial
en términos marineros que se desalan.

En prosa y proa siempre el mar y lo marino:
?mentirosos peces, ahítas nasas,
redes rotas por la plétora
y remo que no cía,
del este traidor la vela preñada,
el naufragio del 93, olas
y la fantasmagoría del heridor pez espada…?

Pleamar sin equinoccio en la taberna.
Traspuesta en rutinarios diálogos
?violentos o remisos?
sube y baja la coloquial marea.
Con un cuchillo sin filo apenas
se dividiría el humano vaho
que flota ?que devala?
sobre las testas marineras.

Para que aviven el seso y despierten
pienso que necesitan
alguien que los oriente.



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