poemas vida obra l

Poema Las Quince Del Meridiano de Juan Carlos Lemus



soy un álgebra confusa
un sabio tirado en la esquina
bebiendo su química de
quemadura
soy el espectro, alado
que hiere las hojas con una punta

(es
el AVISPÓN
AZUL
que ama las margaritas
como loco
y suspira en su triste embudo
invocando
a musas y duendes para el verano)



Poema La Era Del Moscardón (tragué…) de Juan Carlos Lemus



Tragué un rayo de mundo y la primera injuria
brotó del borde de mis labios
desde que salí del orificio para oler la luz

hoy sale de mi boca una mosca y silba

no soporto estos adornos cuando mis tobillos
están aprisionados por grilletes
y mis manos amarradas por el jade
por el oro

parezco el talismán de alguna loca



Poema La Era Del Moscardón (me Urge…) de Juan Carlos Lemus



me urge conocer la ruta de los que no llegaron
y se perdieron
debo asaltarlos
ellos tienen
la brújula



Poema La Era Del Moscardón (el Origen…) de Juan Carlos Lemus



el origen de este verso
que camina en cuatro patas
brinca como glúteo manoseado bajo el agua
intempestivamente
ha nacido
con el corazón bajo la espalda
boca de madera
y un extraño gusto por beber en charcos



Poema La Era Del Moscardón (desnudo…) de Juan Carlos Lemus



desnudo
cruzada la pierna
contemplo cómo las tristes violetas
que brotan heladas del techo
son ese vivo reflejo
de lo que mañana
será mi cuerpo podrido
lila
uva seca
de donde mis gusanos
sacarán buen vino



Poema La Ausencia de Juan Boscan



Quien dice que la ausencia causa olvido
merece ser de todos olvidado.
El verdadero y firme enamorado
está, cuando está ausente, más perdido.

Aviva la memoria su sentido;
la soledad levanta su cuidado;
hallarse de su bien tan apartado
hace su desear más encendido.

No sanan las heridas en él dadas,
aunque cese el mirar que las causó,
si quedan en el alma confirmadas.

Que si uno está con muchas cuchilladas,
porque huya de quien lo acuchilló,
no por eso serán mejor curadas.



Poema La Guarida De Amor de Juan Bautista Arriaza



Amor, como se vio desnudo y ciego,
pasando entre las gentes mil sonrojos,
pensó en buscar unos hermosos ojos
donde vivir oculto y con sosiego.

¡Ay Silvia!, y vio los tuyos, vio aquel fuego
que rinde a tu beldad tantos despojos,
y hallando satisfechos sus antojos,
en ellos parte a refugiarse luego.

¡Qué extraño es ver ya tantos corazones
rendir, bien mío, los soberbios cuellos,
y el yugo recibir que tú les pones,

si a más de que esos ojos son tan bellos,
está todo el Amor con traiciones,
haciéndonos la guerra dentro de ellos!



Poema La Vi Deidad, Y Me Postré A Adorarla… de Juan Bautista Arriaza



La vi deidad, y me postré a adorarla,
y por volver el ídolo benigno,
la prosa olvido, y me dedico a hablarla
en el leguaje de los dioses digno.
De entonces fue mi signo
pintar en mis canciones
sus dulces perfecciones;
¡y cuánto, oh cielos, su beldad me ilumina!
que es a su lado mi elocuencia parca.
Un hilo de agua que en el campo brilla,
y el ancho mar que casi el mundo abarca?



Poema La Tristeza de Juan Arolas



Bella si risueña estás,
y si triste eres hennosa,
si pálida y pesarosa
mucho más.

Como aquel que te crió
y que en tus lindos ojuelos
puso el azul de los cielos,
te amo yo.

Y si el suelo en que nací,
de miseria y de dolor,
me merece algún amor,
es por ti.

Todo aquel carmín se fue
que formaba tu decoro;
estás triste y más te adoro
por mi fe.

Pues no es menos celestial
con las nubes del desmayo
el crepúsculo del mayo
matinal.

Ni pierde el sol su esplendor
si se entibia en el ocaso,
ni la luna si da escaso
su fulgor.

Cual en mis sueños te vi
me enamoras, dulce amiga;
¿quieres que mi Voz lo diga?
Pues así:

En mórbida languidez
cuando extravío de amor
ha marchitado el color
de tu tez;

en un Párpado feliz
la lágrima transparente
que ha nacido de la fuente
del desliz;

el seno que se contenta
con un descuido muy leve,
y si deja ver su nieve,
no la ostenta.

Silenciosa así te miro
y en tierna enajenación
me rinde el corazón
un suspiro.(…)



Poema La Hermosa Halewa de Juan Arolas



El prudente Almanzor, emir glorioso,
el cordobés imperio dirigía,
Hixén su rey en el harem dichoso
los blandos sueños del placer dormía.
Cisnes de oro purísimo labrados,
sobre conchas de pórfido en las fuentes,
en medio de jardines regalados,
derramaban las linfas transparentes.
Los limpios baños de marmóreas pilas,
do el agua pura mil esencias toma,
cercaban lirios y agrupadas lilas
de tintas bellas y profuso aroma.
Damascos y alcatifas tunecinas,
del palacio adornaban los salones,
perlas en colgaduras purpurinas,
perlas en recamados almohadones.
Olores del Arabia respiraban
lechos de blanda pluma en los retretes,
y las fuentes de plata reflejaban
del alcázar los altos minaretes.
Del regio templo celebrada diosa,
Halewa fue en su plácida fortuna
ídolo del monarca por hermosa,
tierna como una lágrima en la cuna.
Feliz si de un esclavo que sabía
enamorar con trova cariñosa,
más amor no aprendiera que armonía
al son del arpa dulce y sonorosa.
Iba el docto mancebo modulando
los ayes del amor en vario tono,
la bella favorita suspirando
hizo el primer desprecio al regio trono.
Un día… nunca el sol sur rayo activo
lanzó con más ardor, ni más hermoso
fue el pensil y la sombra del olivo
para gozar del celestial reposo.
Sediento del halago y del cariño,
buscaba Hixén los suspirados lazos,
y cual sus juegos inocente niño,
apetecía el rey tiernos abrazos.
¡Infeliz! ¡ ah l repara aquella rosa
que el roedor insecto ha deshojado,
no muevas, no, la planta vagorosa:
la tumba del dolor está a tu lado.
Vio en la gruta que al fin de los andenes
se cubre con la hiedra trepadora,
dormir con frescas rosas en las sienes
la inconstante beldad que el pecho adora.
Vio dormido al esclavo… frescas flores
coronaban su sien… su labio impuro
en sueño murmuraba sus amores,
y el desliz de otro labio más perjuro.
El arpa sobre el césped olvidada
con el viento sus fibras conmovía,
y de su docto dueño enamorada
parece que lloraba su agonía.
Ruge el león y silba la serpiente
por ofendido amor, la mujer llora,
y el hombre con la sangre delincuente
lava el torpe baldón que le desdora.
Suspira Hixén; su corazón desgarra
una furia infernal; su mano lleva
al puño de la corva cimitarra,
y abre los ojos la infeliz Halewa.
Los abre para ver el golpe airado
contra el siervo que amaba su belleza,
el lívido cadáver a su lado,
y fuera de los hombros la cabeza.
Sangre vio en su vestido y en su velo,
que en sangre se tiñó la gruta y senda
al rodar la cabeza por el suelo
en temblor frío y convulsión horrenda.
A lóbrega mazmorra es arrastrada
por seis esclavos negros… ¡ah!… su lloro
de aljófar puro y tímida mirada
no puede doblegar a esquivo moro.
La nueva luz de nebuloso día
vio en la punta de un palo, en los jardines,
la cabeza del siervo, horrenda y fría,
y con gotas de sangre los jazmines.



« Página anterior | Página siguiente »


Políticas de Privacidad