poemas vida obra e

Poema El Niño de Margarita Carrera



A pedazos van cayendo
los terrones angustiados
del tiempo.

Afuera: el niño.
El pantalón roto
y el verdor pestilente.

Pájaros negros
-despiadados-
siguen su vuelo.

Él está solo
sin un ángel y sin un sueño.
Impasible. Inmóvil.
Sus ojos en la lejanía
miden su hambre.

A lo lejos: esplendor
cohetes a la luna
astronautas.
Siglo veinte.

Pero él
-solo-
Con el tiempo
a sus pies
cual perro dormido.



Poema El Problema No Es Volverse Viejo de Marco Antonio Valencia Calle



El problema es tener litros de recuerdos sobre los pies hambrientos y haber transitado por intuición como si fuéramos aves. Dolernos hasta los tuétanos con la presencia de cosas amadas que jamás fueron nuestras y no poder sumergirnos en el juego de las alegrías ajenas.

Acceder a los secretos de la vida tiene su precio y sus dolores. Duelen los huesos y la vanidad, duelen las noches y las equivocaciones.

A veces aparecen las vergüenzas como sombras, pero también están las falacias y las picardías con las que gozamos, y entonces somos mejores.



Poema El Árbol De Mil Errores de Marco Antonio Valencia Calle



Dice José Asunción Silva que los poetas se dejan crecer la barba para ocultar el silencio de su amor prohibido, y tal vez claro, para ocultar el rictus de la amargura que le depara su destino.

Dice Aurora, que los poetas no pueden amar a una sola mujer porque se les cae el pelo, se les anega el alma y se vuelven sardónicos hasta roncando y pueden caer en el vicio arcano de la masturbación.

Dicen que dije, que el amor produce cáncer literario en los poetas de nuestro tiempo, pero que he escrito tanta poesía prohibida que ya no se puede ocultar mi amargo encanto por los poemas ridículos y las mujeres de otros.



Poema El Sol de Manuel Maria Flores



Y no buscaste un sol, no; le tenías
dentro del corazón, y ya el instante
de su feliz oriente presentías…

¡Ese sol era Amor! Astro fecundo
que el corazón inflama
y, con su fuego iluminando el mundo,
como un sol en el alma se derrama.
Ante él los sueños de la fe benditos,
las blancas ilusiones, la esperanza,
y del alma la virgen poesía,
todo en enjambre celestial se lanza
a hacer en torno al corazón el día.

Así también el sol del firmamento
fúlgido al asomar. La flecha de oro
de su rayo primer rasga el espacio…
En el pálido azul del éter vago,
las últimas estrellas
cintilan en sus limbos de topacio,
tiemblan, se apagan tímidas… y luego
el astro rey desde el confín profundo
sacude sobre el mundo
su cabellera espléndida de fuego.

Como bocas amantes
que se aprestan al beso voluptuosas,
entreabren palpitantes
su incensario de púrpura las rosas.
Las brisas se levantan
a despertar los pájaros dormidos
en el tibio regazo de sus nidos,
y ellos, alegres, despertando, cantan.
Y cantando despiertan
el inquieto rumor de los follajes,
y el bosque todo, saludando al día
desata la magnífica armonía
de sus himnos solemnes y salvajes.

Y todo es vida rebosando amores
y todo amores rebosando vida.
Desde el trémulo seno de las flores
cargadas de rocío;
desde el murmullo del cristal del río,
y el retumbo soberbio de los mares;
desde la excelsa cumbre de los montes
y el azul de los anchos horizontes
hasta la inmensidad del firmamento,
es todo luz, perfumes y cantares,
es todo amor, y vida y movimiento.

Tu sol, el de tu amor, por mucho tiempo
dentro de tu alma retardó su oriente;
por mucho tiempo su divino rayo
no iluminó sobre tu regia frente
las lindas flores de tu rico mayo.
Por mucho tiempo en vano la belleza
te revistió de sus preciosas galas,
y en torno de tu espléndida cabeza
impaciente el amor batió sus alas.

Por mucho tiempo así. Llegó el momento,
la ansiada aurora, el despertar fecundo:
y, tú lo sabes bien: dentro de mi alma,
ante el sol de tu amor, alzose un mundo.

El mundo de mi loca fantasía,
mi mundo de poeta,
un pedazo de cielo que se abría
en la región del alma más secreta,
un enjambre de sueños voladores
en torno de dos almas cariñosas,
y del alba a los tibios resplandores
un escondido tálamo de rosas
para el sueño nupcial de los amores.

Un cáliz desbordado de embriagueces,
de inmortales delicias,
un torrente de besos, de suspiros,
de lágrimas de amor y de caricias.
¡Ah! ¿Dónde estaba de mi lira ardiente
la orgullosa canción que supe un día?
¿Do la palabra que, bañado en fuego,
al oído feliz de la belleza,
en otro tiempo modular sabía?
¿Do las flores gentiles que el poeta
al pasar la Hermosura derramaba
con musa fácil, juvenil e inquieta?

¿En dónde está mi audacia, en otro tiempo.
en otro tiempo tan feliz y loca…?

Ante el sol del amor que vi en tus ojos,
cayó a tus pies mi adoración de hinojos
mi alma tembló y enmudeció mi boca.



Poema El Beso de Manuel Maria Flores



La luz de ocaso moribunda toca
del pinar los follajes tembladores;
suspiran en el bosque los rumores
y las tórtolas gimen en la roca.

Es el instante que el amor invoca,
ven junto a mí; te sostendré con flores,
mientras roban volando los amores
el dulce beso de tu dulce boca.

La virgen suspiró; sus labios rojos
apenas, ¡Yo te amo! murmuraron,
se entrecerraron lánguidos los ojos,

los labios a los labios se juntaron
y las frentes bañadas de sonrojos,
al peso de la dicha se doblaron.



Poema Ecos de Manuel Maria Flores



Mirad la aurora,
madre del día,
¡cómo derrama
luz, alegría!

Allá en el cielo
todo es fulgores;
¡todo en la tierra
cantos y flores!

Sobre las hojas
tiemblan las perlas,
vienen las brisas
a recogerlas.

Saltando el ave
trina en la rama,
brilla el aljófar
sobre la grama.

¿Dó va el incienso,
de los aromas?
¿Qué dice el ritmo
de las palomas?…

Y todo, luce,
canta, se agita,
vida sagrada
doquier palpita.

Alza la tierra
su amante coro,
y el sol la paga
con besos de oro.

Luego, la noche
su negra tienda
abre del mundo
sobre la senda.

Y entre la sombra
muda y tranquila
asoma el astro
su alba pupila.

¿Sois, por ventura,
blancas estrellas,
del cielo al mundo
lágrimas bellas?

¿Joyas que bordan
el regio velo?
con que a la tierra
cobija el cielo?

¿Chispas que lanza
la eterna sombra?
¿Polvo que deja
Dios en su alfombra?…

Astros y flores
quizá no viera
si amor al alma
su luz no diera.

Las vagas notas
que el arpa lanza,
¿no, son el himno
de la esperanza?

El alma encierra
luz, armonía,
es una aurora
la fantasía.

Doquier que vague
mi pensamiento,
la miel recoge
de un sentimiento.

Cual mariposa
va la ilusión
sobre las flores
de la creación.

En los ruidos
que se levantan
hay dulces ecos,
voces que cantan.

Rumor de besos
y de suspiros
flota en las alas
de los céfiros.

Como en la selva
trinan las aves,
hay en el alma
voces süaves.

Ecos solemnes
desconocidos,
por voz humana
no traducidos,

Ecos que el alma
tímida esconde,
ecos que vienen
de no sé dónde.

Quizá del verbo
del alma inmensa
que dice al hombre
que vela y piensa:

«-De toda vida
yo soy la llama:
contempla, adora,
espera y ama.»

Yo creo. Por eso
mi alma levanto.
Amo, y espero…
Por eso canto.



Poema En El Baño de Manuel Maria Flores



Alegre y sola en el recodo blando
que forma entre los árboles el río
al fresco abrigo del ramaje umbrío
se está la niña de mi amor bañando.

Traviesa con las ondas jugueteando
el busto saca del remanso frío,
y ríe y salpica el glacial rocío
el blanco seno, de rubor temblando.

Al verla tan hermosa, entre el follaje
el viento apenas susurrando gira,
salta trinando el pájaro salvaje,

el sol más poco a poco se retira;
todo calla… y Amor, entre el ramaje,
a escondidas mirándola, suspira.



Poema Ella Y Él de Manuel Magallanes Moure



ELLA:
Sus ojos suplicantes me pidieron
una tierna mirada, y por piedad
mis ojos se posaron en los suyos…
Pero él me dijo : ¡más!

Sus ojos suplicantes me pidieron
una dulce sonrisa, y por piedad
mis labios sonrieron a sus ojos…
Pero él me dijo : ¡más!

Sus manos suplicantes me pidieron
que les diera las mías, y en mi afán
de contentarlo, le entregué mis manos…
Pero él me dijo : ¡más!

Sus labios suplicantes me pidieron
que les diera mi boca, y por gustar
sus besos, le entregué mi boca trémula…
Pero él me dijo : ¡más!

Su ser, en una súplica suprema,
me pidió toda, ¡toda!, y por saciar
mi devorante sed fui toda suya
Pero él me dijo: ¡más!

ÉL:
La pedí una mirada, y al mirarme
brillaba en sus pupilas la piedad,
y sus ojos parece que decían:
¡No puedo darte más!

La pedí una sonrisa. Al sonreírme
sonreía en sus labios la piedad,
y sus ojos parece que decían:
¡No puedo darte más!

La pedí que sus manos me entregara
y al oprimir las mías con afán,
parece que en la sombra me decía:
¡No puedo darte más!

La pedí un beso, ¡un beso!, y al dejarme
sobre sus labios el amor gustar,
me decía su boca toda trémula:
¡No puedo darte más!

La pedí en una súplica suprema,
que me diera su ser…, y al estrechar
su cuerpo contra el mío, me decía:
¡No puedo darte más!



Poema El Vendimiador A Su Amada de Manuel Magallanes Moure



En los frescos lagares duerme el zumo oloroso
de las uvas maduras. Turbador, amoroso,
es el vapor que sube de los frescos lagares.

¡Y tu aliento oloroso como los azahares!

Ayer, cuando en la viña cogías los maduros
racimos, yo observaba los finos, los seguros
perfiles de tus amplias caderas y los llenos
contornos de tus breves y poderosos senos.

El sol quemaba el aire, y caía, caía
sobre mí, y en mi alma no sé qué florecía.
Algo en mí germinaba; algo ardiente, algo rudo.

¡Y tus ojos brillantes y tu cuello desnudo!

* * *

Ayer, cuando en la viña bañada en sol cogías
los racimos maduros, advertí que reías
con una risa nueva. Tus labios se esponjaban
húmedos, deliciosos… Y los míos temblaban.
En torno a ti agrupábanse todas tus compañeras.

¡Y la sencilla falda ciñendo tus caderas!

* * *

Cuando me quedé solo bajo el sol irritante
descubrieron mis ojos aquel bosque distante
de amarillentos álamos. Nunca había advertido
que existiera aquel bello bosque desconocido.

Caminando por entre las vides deshojadas,
ahuyentando a mi paso las sonoras bandadas
de los pájaros, fuime hacia aquel bosquecillo.
Como oro al sol brillaba su follaje amarillo.

Allí, en aquel boscaje, todo, todo es amable.
Allí las zarzas tejen un muro impenetrable
y se esparcen las hojas por el suelo, formando
como un alfombra de oro. ¡Si supieras qué blando
tapiz es el que forman las hojas amarillas!

Allí hay rumor de insectos y cantos de avecillas
pero nada perturba la calma deseada…

¡Y tus labios henchidos cual fruta sazonada!

* * *

Me interné todo trémulo por aquel bosquecillo
y allí oculto, allí estuve hasta que cantó el grillo
¿Por qué te esperé tanto? ¿Por qué creí que irías?

* * *

Al regreso las sendas todas eran sombrías…



Poema El Rompimiento de Manuel Magallanes Moure



En un chispazo de orgullo,
o de dignidad (y creo
que quizás fué de amor propio)
la eché en cara mi desprecio.

Ella quiso disculparse,
quiso defenderse, pero
yo no la escuché y entonces
su boca guardó silencio.

Calló su boca y hablaron
sus ojos. ¡Lo que dijeron
esos adorados ojos
en su mirar altonero!

Aún me parece mirarlos.
Me parece que aún siento
cómo rasgo mi alma el filo
de esa mirada de hielo.

Y nos separamos. Ella,
dominando en un esfuerzo
de valentía el desmayo
de su alma y de su cuerpo.

Yo con las pupilas húmedas
y con un nudo en el pecho,
sin saber adonde iría,
tambaleando como un ebrio.

Y poco a poco, a medida
que caminaba y más lejos
veía su casa muda,
más crecía mi tormento.

Era un dolor cruel, como
si me arrancaran los nervios.
Era como si mi alma
se hubiera quedado dentro

de aquella casa querida
y al alejarse mi cuerpo
tirara de ella y sus fibras
fuera una a una rompiendo!

* * *

Pasan y pasan los días
y no pasa mi tormento:
mi alma sigue allá prendida
y tira de ella mi cuerpo.

Y es una angustia constante,
y es un padecer eterno
y es un sufrir sin alivio
y es un dolor sin consuelo.

Continuamente en mis labios
está el sabor de sus besos;
continuamente me embriaga
el aroma de su cuerpo.

Para ella, al despertar,
es mi primer pensamiento:
y estoy en ella pensando
a toda hora y momento.

Cuando por la noche apago
la lámpara, en ella pienso
y en el fondo de la sombra
la ven mis ojos abiertos.

La ven mis ojos, erguido
el alto y hermoso cuerpo,
tan bella como la Virgen
María que está en los cielos.

Y hallo que mi almohada es dura
y helada, helada la siento
porque una vez mi cabeza
recliné sobre su seno.

Y cuando desfallecido
de sufrir los ojos cierro,
mi espíritu está con ella
y ella está en todos mis sueños.

* * *

Maldito orgullo y maldita
dignidad de aquel momento!
Creí que ya no la amaba
y estoy por su amor muriendo…



« Página anterior | Página siguiente »


Políticas de Privacidad