Poema Ejercicio Matinal de Néstor Martínez
Inhala, exhala
Inhala, exhala
Inhala, exhala
… hasta secar
en el fondo,
la pega.
Niños en la plaza.
Amor Amistad Familia Infantiles Fechas Especiales Cristianos
Inhala, exhala
Inhala, exhala
Inhala, exhala
… hasta secar
en el fondo,
la pega.
Niños en la plaza.
Estás cansado, viejo tigre.
La casta te sirvió no del todo.
Tardaste mucho en comprender la vida,
el tiempo se te quiebra en las garras
pero sigues sin darte por vencido.
Lamen las tardes tus heridas.
Más leve ya el dolor de la floresta,
a tu último trecho te recoges.
Sigue buscando en tus ayeres.
Quizá te estés ganando ahora.
hay un dragón a los pies de mi cama
esperando que un día
me levante con mal pie
entonces ñam ñam
hay un tiburón dentro de mi bañera
esperando que un día
me resbale y caiga dentro
entonces ñam ñam
hay un oso polar metido en mi nevera
esperando que un día
me beba una cerveza
entonces ñam ñam
hay un zoológico metido en mi cabeza
esperando que un día
te metas en mi cama
entonces ñam ñam
el hipódromo de unicornios
es un sitio especial y bien discreto
sólo pueden entrar en él
los aficionados a soñar despiertos
los que aún llevan un niño dentro
los que nunca hayan pisado la cola
a un gato
aquellos que cada noche le dan un beso
a su vieja
los que escriben con el corazón
los que besan a las feas
los nacidos en año bisiesto
quienes duermen con la luz encendida
los que dan sin recibir
los pieles rojas del asfalto
y los de las llanuras
aquellos que siempre dicen no
los que apuestan por lo desconocido
y sobre todo
los que aún creen en la magia
Antes de ser nombrados,
antes aún que el animal
perdiera su extensión sobre nosotros,
caías sobre mí.
 Ea, Abu Bakr, saluda mis lares en Silves y pregúntales si, como
pienso, aún se acuerdan de mí.
 Saluda al Palacio de las Barandas, de parte de un doncel que
siente perpetua nostalgia de aquel alcázar.
 Allí moraban guerreros como leones y blancas gacelas, y
¡en qué bellas selvas y en qué bellos cubiles!
¡Cuántas noches pasé divirtiéndome a su sombra con mujeres
de caderas opulentas y talle extenuado:
 blancas y morenas que hacían en mi alma el efecto de las
espadas refulgentes y las lanzas oscuras!
¡Cuántas noches pasé deliciosamente junto a un recodo del río
con una doncella cuya pulsera emulaba la curva de la corriente!
 Se pasaba el tiempo escanciándome el vino de su mirada, y
otras veces, el de su vaso, y otras, el de su boca.
 Las cuerdas de su laúd heridas por el plectro me estremecían,
como si oyese la melodía de las espadas en los tendones del cuello enemigo.
 Al quitarse el manto, descubría su talle, floreciente rama de
sauce, como se abre el capullo para mostrar la flor.
entonces
no encontré la contraseña
y revolví
y busqué
y volví a revolver
y tiré la bolsa
y maldije
y lloré
porque algo
estaba fuera de control
abandonado en el sueño
despojado y mudo
como mi bolsa
En medio a mis congojas, en mitad de mi hastío,
tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente,
vino, desde las sombras, a posarse en mi frente
y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.
¡Perdóname! La culpa del injusto desvío
fue del hombre que sueña, no del hombre que siente.
Mira: puede en su rumbo desviarse la corriente
pero la imagen sigue reflejada en el río.
Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella
lumbre de los luceros que en la noche callada
se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.
Mi olvido fue una nube que ya va de partida,
y tu amor es la estrella que un momento eclipsada
sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: ?¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…
El aire ya no es aire, sino aliento;
el agua ya no es agua, sino espejo,
porque el agua es apenas tu reflejo
y ruta de tu voz es sólo el viento.
Ya mi verso no es verso, sino acento;
ya mi andar no es andar, sino cortejo,
porque vuelvo hacia ti cuando te dejo
y es sombra de tu luz mi pensamiento.
Ya la herida es floral deshojadura
y la muerte es fluencia de ternura
que a ti me liga con perpetuos lazos:
tornóse en rosa espléndida la herida
y ya no es muerte, sino dulce vida,
la muerte que me das entre tus brazos.