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Poema Sonetos Corporales de Carmen Gonzalez Huguet



Tallo fecundo, de botón florido
con cálida corola coronado,
clavel triunfante, fuiste levantado
por empuje de sangre, recio, erguido.

Buscas, ciego, región donde, en olvido,
se abandone tu mar aprisionado
por estrecho canal, y encabritado,
salte en espuma, libre, enardecido.

Tu anhelo insatisfecho se repite
en rada sola, en plácida bahía
que espera que ese mar se precipite

en su claro recinto de agonía.
Pues a sed prolongada no sustenta
agua que no comprenda lo que sienta.

II

Vaciado de ti, solo, enardecido
por tu ausencia tan larga y dolorosa;
convertido en gimiente y suave rosa
y en solitario lar, inútil nido,

el vientre se ha trocado en carcomido
panal sin miel, ni abeja rumorosa
y solitario, en su esperar reposa
yermo, sombrío, confinado a olvido.

Huésped espera casa tan amable,
y quemante pasión; vida apacible
merece un habitante perdurable.

En mi carne de muro perecible
espera un sueño a que te sea dable
convertirlo en propósito tangible.



Poema Vértigo de Carmen Gonzalez Huguet



«…Del girasol no importa la figura,
sino el amor inmenso que lo mueve…»

Serafín Quiteño

1.

Viene como la noche
con su telón poblado de agujeros;
como la lluvia,
con su rumor de multitud;
como la palabra
que sube hasta la voz.

Como un mundo,
una especie,
un trozo de realidad
que la realidad no conoce,
pero que estará
ávida a devorar.

Viene llegando
como el ahogo del sollozo,
la inminencia del golpe,
la ineludible y dolorosa
certeza del beso.

Viene así, inevitable,
como el dolor de la separación,
y duele ya,
como le duele al agua
saber su entraña dividida
por el filo de un cuerpo
clavado en su vientre.

Viene solo, impasible,
como el verde de las iguanas
y el rescoldo del fuego,
como el gratuito
esplendor de las rosas
y el temor que se esconde en los espejos.

Viene azul, amanece
como la noche al borde de la espuma,
como la sangre que solloza en las heridas,
como el silencio agonizando en las guitarras.

Viene,
uno y distinto,
desamparadamente solo.
Viene y viene.

2.

Cabalgando en espumas ignoradas,
madurando en racimos subterráneos,
doctrinando canciones nunca oídas
en ojos confinados al silencio.
Henchida fruta, soledad poblada,
dulce recodo de distancia ardida,
llama lamiendo el tallo del deseo,
rosa estallando en pétalo invisible,
boca…

3.

Lejos quiero morir de este relámpago,
de la amabilidad quieta del fuego.

Lejos de la bondad de las manzanas,
de la dulzura azul de los silencios,
de la inminente luz de la sonrisa.

Lejos, lejos.
Quiero beber distancia. Entre nosotros
todo un mundo de aire impenetrable.
Quiero la paz cobarde
de agonizar sin pausa en la distancia,
lejos de la batalla de los labios.

Lejos quiero morir.
Nadie alimente
este hambre de sentir. Si ahora tengo
que continuar muriendo entre las sombras,
si la luz es mi vida,
quiero horadar la noche más cerrada.

Otros guarden el sol. Con avaricia
déjense poseer por su belleza
y la odiosa alegría inconsecuente
de los amaneceres.

Oscura,
oscura y sola,
lejana, silenciosa.
Desde hoy,
regalo esta avidez por las palabras.

4.

Yo, que no lo esperaba,
me tropiezo
de pronto con sus ojos.

Con su alegría fuerte, sin motivos,
con su voz sin pretextos,
con su ternura plácida y callada.

Yo, la agobiada
por igual por los gritos y los ecos,
la cansada de todas las palabras,
hoy bebo con deleite este silencio.

Tengo miedo
de todo el bien que me hace.
Da miedo sumergirse sin resabios
en el agua tranquila de unos ojos.
Miedo de ser tan sólo
su silencio.

Anónima presencia,
voz dormida,
solitaria y absorta
contemplación del fuego.

Verlo es aquilatar toda la hondura
que nos llama sin voz desde el abismo.

Verlo a los ojos. Contemplar su hoguera
es reaprender la inmensidad del miedo.

Tiemblo tan sólo
de imaginar la enorme quemadura
que dejarán los besos.

Vértigo de la llama:
No quiero sucumbir a la inminencia
de esta ternura cruel, inevitable.

5.

Muerdo la suave carne de su nombre
y defiendo en los labios la palabra.

Obstinados, los dientes se rehusan
a que el miedo congele cada sílaba.

En mi lengua hay un pozo que guarece
al universo anónimo del fuego.

Todos los que se cruzan
conmigo en las esquinas desconocen
la extensión abrasada de la sed,
el territorio ajeno
que palpita debajo de mi piel,
como una subrepticia e inclemente
invasión de la ausencia.

6.

Hay un largo camino que construir
desde el tú hasta el nosotros.

Un abismo poblado
de pequeñas y grandes soledades
y un funámbulo absorto
que lo cruza a pesar de los naufragios.

En tu mirada
hay una cuerda floja esperanzada.

7.

Cuántos caminos recorridos juntos,
cuántos silencios intercambiados
por palabras superfluas,
cuánta luz en sus ojos
para incendiar las noches que me quedan.

No he hecho nada
que me merezca el premio de esas manos
posadas en mi pecho.

8.

Una tormenta prepara sus oleajes.
La boca endulza su veneno. La mirada
ensaya los fulgores del relámpago.

Todo conspira
contra la geometría de la lógica.

El mar inicia los destrozos del incendio
en el bosque más hondo y defendido.

Ha venido.

Lo veo.

En su mirada
la lluvia inicia su telón de fondo.

9.

Todavía lo siento
clavado en mi raíz.

Aún quieto y palpitante. Vivo.
Todavía me siento
parte de la extensión de sus besos.

Todavía la piel me protesta
cuando el frío dibuja
la ausencia de sus manos
y los ojos se pierden
sin el norte de su mirada
lúcida y clara.

Todavía con sed,
la boca busca inútilmente
la embriaguez de sus besos.

10.

Su voz circula, invisible,
por la savia de todas mis palabras.

Su voz anónima, escondida
raíz temblando en el dulzor del fruto.

Nadie advierte su olor en mi fragancia,
nadie su luz en el color de mis mejillas.

Pero yo voy, satélite dichoso,
iluminada toda por sus manos,
engalanada a ciegas por su voz.



Poema Sin Embargo, El Amor (del I Al Xiv) de Carmen Gonzalez Huguet



Tu cuerpo de sí mismo se desata
Y cae y se dispersa tu blancura
Y vuelves a ser agua y tierra oscura.

Octavio Paz

Wabinureba
Mi wo ukigusa no
Ne wo taete
Sasou mizu areba
Inamu to zo omou

(Estoy tan sola
Mi cuerpo es una hierba que flota
cortada de raíz.
Si el agua me sedujera
La seguiría, lo sé)

Dama Ono no Komachi
Antología Kokinshu
(850 DC)

I

Ebria de sed de luz y de poesía,
De fuego, de pasión y de belleza,
De la secreta e íntima pavesa
En que te quemas, vuelto llama fría,

Vago buscando en vano tu osadía,
Persigo inútilmente tu tibieza
Y toco apenas esta piel, corteza
De tu ser, del país de la agonía.

Eres íntimo canto, la ternura
Del fuego y su virtud amenazante,
La voz de sombra ardiendo, la amargura

Que hiere sin cesar al tierno amante
Encandilado por tu audaz figura,
Inmóvil en la luz, pero danzante.

II

Préstame, amor, las alas de tu vuelo;
Dame la caracola de tu oído
Donde, cautivo, un mar embravecido
Golpea las murallas de su anhelo;

Regálame la curva de tu cielo,
El tacto de la luz enternecido
Acariciando el iris sorprendido
Y del olvido derritiendo el hielo.

Dame tu voz sedienta, enamorada,
Tu llama audaz entre la nieve fría,
Tu luz en sombra siempre encandilada

Y ven a arder en la ceniza mía,
Que da fuego a tu hoguera ya apagada,
Y movimiento a la quietud que cría.

III

Desnudo el cuerpo, al fin alma desnuda,
Desnudo el labio, la caricia, el beso,
Desnudos la palabra, el fuego ileso
Y la pasión que vida y muerte anuda.

Desnudas las espinas de la duda,
La sangre con su gozo y con su peso,
Mi anhelo entre tus manos salvo y preso,
La angustia con su herida más sañuda.

Inerme, la ternura vulnerada;
En soledad, perfecta compañía;
El ala en vuelo nunca derribada:

Todo eso eres, llama y nieve fría,
Ala que el viento tiene cautivada
Y en la cima del vértigo se alía.

IV

Arcángel de la luz enamorada,
De la sombra y su beso de ceniza,
Del oculto panal donde eterniza
El beso tu ternura y tu mirada.

Demonio de la sombra acribillada
Por la luz que ojo y labio al par hechiza
Y cuyo tacto leve profetiza
Belleza no cautiva: adivinada.

Rompe el límite, el borde, la frontera
Que de tu piel me aleja, navegante,
Dame a besar tu faz más verdadera.

Libérame del tiempo torturante,
Sálvame de la piel perecedera,
Deteniendo, no al vuelo, sí al instante.

V

Cínico, dulce, frío, apasionado,
Despierto, hiriente, protector, dormido,
Tímido, quieto, móvil, atrevido,
Locuaz, altivo, humilde, ensimismado,

Cierto, falaz, ardiente, despechado,
Ingrato, amante, dócil, engreído,
Infiel, veraz, violento, desvalido,
Amante, triste, alegre, desolado,

Paraíso fugaz, constante infierno,
En vano busco tu fulgor temblante,
Tu beso breve y tu dolor eterno,

Y en mi pecho estarás, amor quemante,
Hecho puñal de filo amable y tierno,
Luz que no se derrama, ya diamante.

VI

Tu canto puso un beso en el oído
Y con tal gesto me otorgó la espina
Y la gloria del fuego que declina,
Pero en la carne queda suspendido.

Tu vuelo fue a la vez ala y sonido,
Cuerda vibrando sola, cristalina
Sombra besando el valle y la colina
Y buscando el recodo sorprendido.

Y desde entonces voy, crucificada
Por la verdad, herida en la alegría,
Tejiendo en tu silencio mi morada.

En esa solitaria compañía,
Soy el eje, la luz enamorada,
Fija en la rotación del mediodía.

VII

Recórreme, penétrame, concíbeme,
Floréceme, subviérteme, sedúceme,
Padéceme, divídeme, condúceme,
Desátame, despiértame, prohíbeme,

Inflámame, congélame, recíbeme,
Ayúdame, confiésame, tradúceme,
Confúndeme, repruébame, prodúceme,
Confíname, libérame, percíbeme,

Hazme a tu imagen: fluida arquitectura,
Brotando de la sombra al mediodía,
Línea invisible, tránsito y figura

Fugaz, inmóvil, nieve y llama fría,
Eco, silencio, ruido, luz oscura:
Sol que no se consume ni se enfría.

VIII

¿Besa a la luz el ojo cuando mira?
¿El agua adora al pedernal que moja?
¿Acaricia el abismo a quien se arroja
y el viento a cada flor que en él expira?

¿Ama el fuego a la entraña de la pira
y el huracán la tierra que despoja?
¿Al otoño bendice cada hoja
y a la música el eco que lo inspira?

Los extremos, al centro conformados,
Su ser confunden en el fiel flotante
Y en ese beso mueren abrazados.

Agonizo en tu labio de diamante,
Como mis besos tercos y olvidados,
De cenizas y llama equidistante.

IX

Te recorro y penetro, te concibo,
Te florezco y subvierto, te seduzco,
Te padezco y divido, te conduzco,
Te desato y despierto, te prohibo.

Te inflamo, te congelo, te recibo,
Te ayudo, te confieso, te traduzco,
Te confundo y repruebo, te produzco,
Te confino y libero, te percibo.

Te hago a mi imagen: firme e inseguro.
Fluyes entre mis manos inflamado:
Línea audaz que diseña un ser futuro.

Y en el ala que al vuelo ha aventurado,
Brilla con el fulgor de un sol oscuro
Tu salto hecho segundo congelado.

X

De aquel vocablo ardiente la ceniza
Llega hasta mis pupilas y las besa.
Hoguera ayer, hoy vuelto ya pavesa,
Aún su incendio quema y eterniza.

Y cada vez que vuelvo a él me hechiza
La magia que el sonido fiel confiesa.
De la palabra al par liberta y presa,
El mar de los sentidos la ola riza.

Eterna y frágil voz que desafía
Los azares y causas del olvido,
Con tu música amarras el oído.

Tu ser entero a esa verdad se fía
Y en ella presa tu virtud desata,
Que ni apresura el tiempo ni lo mata.

XI

Lejano estás y estás aquí presente
Tanto, que con el aire te respiro.
Te bebo con los ojos si te miro,
Te besa mi silencio entre la gente.

Estás en cada paso diligente,
En mis manos, mis labios, mi suspiro,
Si quieta estoy o en torno de ti giro,
Si me quedo, o me marcho indiferente.

Estás en mí, carámbano en el fuego,
Grito oscuro al silencio confinado,
Luz que cae sin fin en ojo ciego.

Y soy de ti satélite ignorado:
Sordo a toda la música que entrego,
Preso en su movimiento ensimismado.

XII

Pero vuelves, y entonces amaneces
En mi pecho con fuego renacido;
Y desmientes al hielo y al olvido,
De amor constante tan mudables jueces.

Voy en ti como el agua entre los peces,
Plena de tu silencio en mi sonido:
Como el vuelo del ave en cada nido,
Como el sol en el fruto y en las mieses.

Voy en tu sangre, lloro en tu costado,
Reto al desdén y a la distancia ingrata
Que me alejan tu labio enamorado.

Mas sé que no hay olvido. No se mata
Ese despierto sueño en que, salvado
Tu cuerpo de sí mismo se desata.

XIII

A ciegas voy, pero tu luz me guía,
Abandonada a ti y a tu espejismo;
Voy fascinada por el cruel abismo
De la dicha que al vértigo me fía.

Terrestre y quieta, canta y desafía
Tu audacia mi acendrado pesimismo:
El río escapa siempre de sí mismo,
Pero al cabo regresa en lluvia fría.

Playa perenne, igual e inmutable,
Las olas van y vienen y en tu hondura
Solas quieren morir, mar implacable.

Sin derrotar la mansa línea pura,
Ataca tu vaivén infatigable
Y cae y se dispersa tu blancura.

XIV

Cae y se alza tu perpetuo vuelo,
Canta y se calla tu palabra herida,
Mengua y se crece tu caricia henchida,
Brilla y se apaga tu fulgor de hielo.

Muere y florece tu constante cielo,
Flota y se hunde tu batalla erguida,
Vence y se rinde tu canción dolida,
Surge y declina tu tenaz desvelo.

Triunfas gallardo, pero estás vencido.
Rendida, te derrota mi ternura;
Sediento, me empalagas el oído.

De mi vientre proviene tu estatura
Y a él regresas, polvo redimido,
Y vuelves a ser agua y tierra oscura.



Poema Puta de Carmen Gonzalez Huguet



Rosario dixit

No es el reptil
que tienta con su boca ávida
desde el viejo manzano
del bien y el mal.

Ni Lilith,
ni una de tantas
nefandas encarnaciones del pecado.

Ni vedette proletaria,
ni siquiera
la devaluada y tropical
sacerdotisa de Venus
con que desean confundirla
sus dizque adoradores.

Una mujer al uso,
que se toma, se llena,
se quiebra y se repone
como una pieza más en la vajilla cotidiana
de los hombres;
para que la otra,
la, supuestamente, de lujo
jamás se descascare,
se desdore, ni pierda
el precioso y suntuario
estatus que le da la posesión.

Pero, al cabo,
detrás de la falacia,
ambas se sienten
igual que cualquiera de las dos vajillas:
larga y desdeñosamente
usadas
por un cuerpo que jamás comprenderá
a la piel que lo envuelve.

La misma piel que sabe
que hay un sordo desprecio
aun en el fondo del más hondo deseo
y que hay un resto de humillación
en cada entrega.



Poema Palabra De Diosa (del I Al Xii) de Carmen Gonzalez Huguet



I

Mi delicada flor se abre.
Tu luz penetra:
Gozo.

II

Soy la aguja,
Tú el hilo:
Borda.

III

Este es mi cuerpo.
Este
El río de mi sangre.
Te envuelvo en él, sumerges
Tu propio río oculto.

Naces de nuevo,
Sales hacia el mundo.

En mí
Crece la dicha.

IV

Todo sale de mí.
Doy a luz a este mundo
Y cada día mi vientre
Pare de nuevo al Universo.

En mí la vida tiene
Cauce y manantial.

Todo hasta mí regresa.
Todo vuelve
Al descanso final entre mis huesos.

Y sin embargo,
Desafío a la muerte cada día.

El mundo entero cabe en mi vagina.

Todo penetra mi ser, todo fecunda
Mi cuerpo.

Yo soy la tierra,
La materia, la luz,
Soy la energía.

Estoy en cada uno de tus nervios,
Debajo de tu lengua
Y en tus dedos.

En todo lo que fluye de tus manos.

Soy la piel y el polvo de tus pasos.
Tu mirada.

No te podrás librar de mí:
Yo soy tu sombra.
La otra que te mira en el espejo.
Tu próxima enemiga.

Tu amante más oscura.
Soy tu hija, tu madre, los latidos
De la sangre meciéndote la vida.

Soy plenitud, vacío.
Silencio, voz y eco.

Soy el significado que te llena,
Palabra.

Sonido que te eleva
Y consagra.

Soy tuya, soy ajena, soy de nadie:
Tu propia imagen soy,
Tu propia esencia.

Mírame bien,
Reconóceme:
Soy tu mismo.

V

De ti vengo:
Gota en el mar.

Tu semilla llevaba
Implícitas
Mi raíz y mi flor.

De mí vienes:
Soy mar en el que nadas,
Pez indómito.

Hoy que al fin
Navegas por mis venas
Soy fruta henchida,
Manantial, cauce, estero
Donde la vida fluye
Su viaje interminable.

Ven,
Naufraga conmigo
Una,
Y otra,
Y otra vez,
Hasta anegar al mundo

VI

Los vocablos se encuentran
Y se besan:
Nace el sentido,
La poesía sonríe.

Tus labios y los míos
Se encuentran,
Dialogan:
La dicha llaga
Cuerpo y alma.

Esta palabra alada, ahora,
¿te besa?

VII

Cada vez que camino,
Mis caderas mecen
la cuna del mundo.

VIII

Nueve lunas
tejiéndote en mi vientre.

Y tú toda la vida
Queriendo regresar.

IX

Esta palabra soy: Contiene
todo mi ser.

Plena y colmada
rebosante de mí,
me derrama en tu boca.

Cuando dices mi nombre
Te beso en cada sílaba, tus labios
Besan mi carne, me recorren,
Penetran en mi oído, me poseen.

Toda soy
Una extensión quemada por tu voz.

X

Tu imagen
Tu reflejo
Tu sombra:

El reverso de ti: moneda,
Palabra.

La tierra que va
Debajo de tus pasos.

El aire que respiras
Y te besa
Por dentro y por fuera.

El agua que te moja,
Te rodea,
Penetras,
Te bebe.

Si yo muero,
Tú mueres.

Si tú mueres,
Yo muero.

¿Cómo pretendes sobrevivir
cada vez que me matas?

Sin mí, no hay vida.

Y si a pesar de todo sobrevives,
Pobre de ti.

Huérfano definitivo.
Palabra sin sentido.
Eco sin voz.
Ausencia sin olvido.
Silencio sin sonido.
Órbita ciega.
Fuego sin luz.
Noche sin término.
Tiempo inexorable
Exilio sin otro objeto que la muerte.

Sin mí, no hay salvación.

XI

El deseo tiene garfios de hierro,
Dedos de mar
Raíces.

Con ellos se aferra a la carne
Como el árbol al borde del abismo.

En él la vida afirma
Su inquebrantable voluntad

De no cesar.

Sigue lloviendo, entonces,
Incontenible
Como el huracán más olvidado
Como la tormenta más ciega
Que habita
En el fondo de la gota de rocío.

Sigue lloviendo, amor,
Sin pausa,
Hasta que entienda el mundo.

XII

Redondo es este anillo.

Redonda mi cintura
Rebosante de vida.

Redonda la órbita que tejo en el camino.

Redondo
El Universo que te contiene
Y pueblas.

Ven, planeta.
Por una vez, conviértete en satélite dichoso.

Ven, por fin:
Gira conmigo
Hasta la dicha.



Poema Oscuro de Carmen Gonzalez Huguet



«La noche viene de la noche.
Todo lo ciega en sus pupilas…»

José Roberto Cea

I

Oscuro como el fuego, oscuro, oscuro:
Derramada en la noche tu hermosura,
como una larga llamarada oscura,
como un vuelo de cuervo, hostil y duro.

Sombrío, triste, anónimo, inseguro.
Tu beso, una pavesa de amargura.
Tu tacto, placentera quemadura,
río nocturno, insomne, largo, impuro.

No hay más que ángulo cruel, constante olvido,
rosa amarga, obstinada y defendida
distancia y más distancia, mar herido,

perdido entre tu espuma dividida.
Y yo, que aún no conozco otros agravios
peores que los besos de tus labios.

II

No hay otro sol, no hay otra luz fecunda.
No hay caricia, ni beso, ni mirada,
ni perfume, ni dicha saboreada,
ni plenitud de vida furibunda

como esta luz que a veces nos inunda
el alma con su herida enamorada,
y nos entrega música callada
y con oscuras luces nos circunda.

No hay misterio más alto y cotidiano
que seguir habitando este destino,
confundida en tu aliento y en tu mano;

pero a solas andando mi camino:
No aprisiona la mar ninguna ola,
y la brisa es más libre porque es sola.

III

Tierno recinto nuestro, defendido,
donde dulce abandono se apodera
de la ternura abierta, sin frontera,
y nos vuelve momento estremecido.

Eterniza al segundo y, al sonido,
vuélvelo voz, certeza a la quimera,
árbol a la semilla, primavera
perenne a nuestro invierno más temido.

Déjame ser voluble y permanente,
agua vestida de quemante fuego,
desierto de cosecha floreciente,

llanto feliz, clamor lúcido y ciego
para que pueda así sufrir sonriente
por igual con tu amor y tu despego.



Poema Oficio De Mujer de Carmen Gonzalez Huguet



«Tú miras. Desde lejos
ves el dulce universo que diriges.
Y mis labios perplejos
con tanta vida afliges,
y entre todo temblor, mi pecho eliges»

Sara de Ibáñez

I

Este amor que construyo en tu alabanza
y que habita en tu casa de rumores
no nada en oropeles, ni esplendores,
mas resiste lo adverso y la mudanza.

Profecía de ayer, fiel esperanza
de un futuro que siembres y enamores,
va pintando contigo de colores
un horizonte de durable alianza.

Déjame estar en ti como la brisa
mueve la entraña plácida del aire,
desatando su transparente risa.

Quiero ser parte del feliz donaire
con que exigimos juntos a la vida
que nos restañe la ilusión herida.

II

En tu ser me desato, me ilumino,
me vuelvo transparente, puro gozo.
En ti, mi desnudez en que destrozo
prisión de siglos vuélvese camino.

En ti, de modo nuevo me imagino:
Sin lastres, sin rubores, sin embozo.
Tan sólo esta alegría, este alborozo
de revestir mi piel de aroma y trino.

Regálame la túnica durable
de tu caricia dulce repetida
y tu palabra cálida y amable,

que si voy de ternura revestida
no temeré dolor inexorable
que aceche mi esperanza defendida.

III

Del territorio amargo del quebranto
y la sal prolongada en cada ausencia;
de la sed desolada y de su urgencia,
vine al país de tu gozoso canto.

Y en él he despertado al viejo encanto
que renueva su magia y su insistencia
en el simple saber de tu existencia
que me compensa del dolor y el llanto.

Si para abandonarme a la ternura
del breve paraíso de tu mano
el tormento sufrí de la amargura

fue para derrotar al inhumano
sino que me negara la dulzura
de vivirte conmigo cotidiano.

IV

Desde tus manos cada nueva aurora
me amanece en el pecho hecha caricia
y abrazo diariamente la delicia
de tu ser que en mi entraña se demora.

¡Quién pudiera vivir hora tras hora
atada a la pasión y a su sevicia
y ser llama del fuego que desquicia
la razón que sus penas enamora!

Porque en ti se resume mi contento,
mi luz, mi paz, la mano que sostiene
mi hambre de ti y su puntual sustento.

No hay en ti sombra. Si la noche viene
encontrará fundida con tu aliento
mi boca que en tu beso se entretiene.



Poema Memorial De Agravios de Carmen Gonzalez Huguet



Para Yadira Calvo

Porque el blanco odia al negro
Porque el amo teme al esclavo
Porque el ladino necesita al indio
Porque somos distintas
Porque no débiles
Porque lúcidas
Porque el deseo
Porque somos malas y bellas como Satán
Porque irracionales
Porque corruptoras
Porque objeto de deseo
Porque quebrantamos todas y cada una de las leyes humanas y divinas
Sólo con existir
Porque somos el otro, es decir, la otra
Porque el diablo nos tiene por aliadas
Porque Judith se atrevió a cortarles la cabeza
Y a castrarlos simbólica y físicamente
Porque Dalila ídem
Porque Pandora y Eva
Se les salieron del huacal
Porque la Medusa
Porque las Sirenas

Porque las Parcas
Porque las Furias
Porque Circe y su piara
Porque la Papisa Juana
Porque las brujas
Porque las putas

Porque somos las madres
Y tenemos el amenazante y terrible
poder de dar la vida entre las piernas
por todo eso
cuánto, en realidad,
nos odian y nos temen.



Poema Memento Mori de Carmen Gonzalez Huguet



«…y no halle cosa en que poner los ojos
que no fuera recuerdo de la muerte»
Quevedo

I

Es la sombra que viene,
La garra preparada
Para el golpe certero,
La mirada en alerta
Que busca, sigue, acecha.

Nada se escapa al ojo
Implacable y absorto.
Nada al cruel arrebato.

Cuando la furia cae
Rasgando piel y carne,
Y la vida se escapa,
Y la sangre se amansa,
Y se instala la muerte;
Entonces comprendemos
Que el mayor enemigo,
El más voraz y aleve,
Nos hiere siempre el último
Desde adentro del pecho.

II

Ya no te creo, ciudad, el paraíso,
El eterno jardín donde la dicha enciende
Sus fuegos de San Telmo.

Tampoco te concibo como la cuna de las ilusiones,
O el rincón iluminado
Por las luces secretas del deseo.

Caída la venda de los espejismos,
Eres tan sólo ese paisaje sórdido
Donde rufianes y tahúres
Se tasan mutuamente,
Mientras los mismos tiburones
Se mastican sin pausa
Con sus dientes de oro.

La araña teje su tela, indiferente,
Mientras tanto.
Tarde o temprano,
Cualquiera ha de caer.



Poema Matlalpapalotl (morpho Hyacinthus) de Carmen Gonzalez Huguet



Un beso del espacio huyendo herido,
un beso del relámpago sujeto,
un colibrí diluído, un cielo inquieto,
un incendio de mar estremecido.

Párpado del celaje detenido
en el margen del tiempo y del secreto,
ensueño de turquesa, humo concreto
en eterno momento desasido.

Ala del aire, labio de la brisa,
color del día, joya rauda y leve,
que a cruzar el vacío, audaz, se atreve,

besas la tarde que tu adios irisa
y en el azul que tu caricia mueve,
la belleza se esparce y se agoniza.



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