poemas vida obra alberto blanco




Poema Los Azulejos de Alberto Blanco



Los espejos no cantan como antaño
y el espacio no es más que una lágrima
corriendo desde los ojos hasta el sueño
cuando nos dan una mala noticia?

Como cuando se embarca la tristeza
en una discusión sin más razón de ser
que una súbita parvada de reflejos
a un cambio en la dirección del viento
llorando por una porción de realidad.

No fue el humo lo que nos hizo daño,
ni fue el licor, ni la melancolía?
Fueron las palabras que dijimos
rodeadas por todos aquellos azulejos
que cantaban un blues en la neblina.



Poema La Música En La Edad De Hierro de Alberto Blanco



a Gabriel Macotela

Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos,
ni siquiera el viento que enciende las velas
y mueve lentamente los molinos.

No es el viento que desplaza las nubes
en el calendario del verano
ni el viento de la aurora
naciendo en las aves.

Hermanos, hermanas
ésta no es la canción del otoño
ni la canción de los amantes
naciendo el amor a la luz de la luna.

Éste no es el ritmo de los cristales de nieve
ni la danza alterna del día y la noche,
ni el pausado ritmo de tu respiración
y es mi respiración… escucha:
Es la voz de las ciudades enfermas sin remedio

?las láminas, los dados, las varillas?.
El ubicuo motor y el desconcierto
de una época que se disipa.

Es el sonsonete trillado que en el Apocalipsis
encuentra un eco de la transformación:
El reino de la velocidad
y los signos cruzados del tiempo.
Es el estrépito insensato de la industria
?las fábricas mil veces explotadas?.
Rastros de herrumbre y gases insidiosos.
Las fábricas, no tú ni yo.

Fragor, fricción y bruma entre la maquinaria
?horrísono chirriar en esta edad vacía,
en este barril sin fondo?. Es el idioma
internacional de la usura.

La nueva lengua universal:
El esperanto de la infamia
?los alambres, los picos, las cadenas?.
La edad de hierro no reconoce otra voz.

Pero no puede prolongarse eternamente la caída
porque el ruido tiene límites… escucha:
Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos…



Poema La Alondra de Alberto Blanco



La alondra construye con su canto
topacios inalterados por el vuelo:
paisajes remotos en lo inmediato?

El sol en los viñedos de las colinas
y las últimas sombras en la tierra
bajo el cielo plateado más que azul.

Cristales nacidos de los 4 vientos:
memorias de viajeros que no aceptan
límites a su libertad de movimiento.

El dulce trino en el fervor asciende
dejando abierta una estela luminosa
que recupera lo que parecía olvidado:
lo mejor de nuestro destino personal.

La pasión del vuelo es la clave,
la canción es el espacio
pero el que canta
es el tiempo.



Poema Enseñanzas De Atlihuayán de Alberto Blanco



Sentados bajo los árboles dejamos correr el vino.
En las copas se mecen los cuervos
y en el estanque las ranas ensayan su partitura.
El eucalipto más viejo lleva una melodía
moviendo apenas la fronda: el silencio
es sin duda el arte más difícil.

Mientras la luz permanece y los años son ligeros
el mundo sólo muestra las hojas más brillantes.
Así, todos creemos que el tiempo no transcurre
por ser la hierba tan fresca.

Pero la noche llega
y luego se vuelve lluvia
bajo el peso de sus frutos.

Dolidos
emprendemos el regreso
y las ranas que cantan
los aires del verano
nos recuerdan tristemente
que no existe un lugar para volve



Poema El Ruiseñor de Alberto Blanco



Ella soñó
hace mucho tiempo
este mismo sueño musical.
Ahora lo traigo a la memoria.

El camino estaba bordeado de estrellas,
los lirios pesaban en plena noche
y ella me sugería la silueta
de un ciprés estremecido.

Del túnel vimos salir a la luna
seguida de otras máquinas brillantes.
Su cuerpo plateado recordaba a las diosas
de la pantalla de la dulce tibieza de aquel verano.

El sigilo de las ruedas se mezclaba con el parpadeo
nocturno de los grillos, el viento enmascarado
y el ruiseñor dramatizado en la maleza.

Conozco muy bien este sueño:
las pausas forman parte de la canción
y un leve temblor recorre nuestros caminos.

Aún podemos escuchar allá, a lo lejos,
la celebración del canto
y risas, danzas?



Poema El Pinzón Real de Alberto Blanco



Un salmo cadencioso peina el bosque
De raya en medio: la luz solar
sobre las hojas y el abrigo
de la sombra en un costado.

Hay un eco ancestral en la salmodia
de los pinzones reales: el otoño
tiene sus plumas propias y el color
de los corazones que se despiden.

Caen las hojas y se eleva el canto
del pinzón como un adiós a la belleza
de la estación cordial: como una fiesta
de Pan entre las ramas oscuras de los pinos.



Poema El Mundo Flotante Del Grillo de Alberto Blanco



Con los ojos bien abiertos al enigma
vemos que las formas no son nuestras

No es nuestro el espacio ni el tiempo
ni son nuestros los frutos que se encienden
en las ramas curvadas o enhiestas

No es nuestra la transparencia del deseo
ni las alas del grillo ni su canto
ni siquiera el vuelo de las hojas secas

Si acaso hay algo nuestro ¡Es un misterio!
La pasión del canto con el azoro a cuestas



Poema El Jilguero de Alberto Blanco



El natural cansancio del jilguero
rinde sus frutos en el crepúsculo:
se posa en un alero o en una rama
y entra temblando levemente al sueño.

Su cuerpo es tan sutil y delicado
como la carne de los dioses pueriles
o bien como las notas más sedosas
que la viola es capaz de sostener?

Mas cuando el viento gira furioso
en las yemas agudas de los manzanos
el jilguero desaparece y es su canto
un cielo raso parecido al universo.



Poema El Fin De Las Etiquetas de Alberto Blanco



La mosca se levanta de la mesa
y domina los cuartos desde el techo,
atraviesa puntualmente el pasillo
que comunica al mar con el espejo.

Penetrante en la luz es su zumbido
una burbuja más dentro del agua…
navegando descubre entre los botes
el borde iluminado del mantel.

El fondo es sucio, lo que mira claro:
esta vida que flota vacilante
con aire de papel, blanco de luz,
nada recuerda ya de las palabras.



Poema El Cuervo de Alberto Blanco



Sé que es diciembre en alguna parte
y que saltan los astros
en las copas blandas
de los abetos recién nevados.

Sé que hay una especie de cuervo
que llega a encender su propia mecha
y extiende lentas alas de humo
a lo largo del cielo.

Una tenue luz -mientras tanto-
atraviesa las cortinas
y dora el lomo cansado de mis libros.

Se alcanzan a distinguir entre las letras
los cristales de un invernadero.

El corazón calienta este paisaje
que se escucha entre ráfagas de viento?
el clima frío y cerezas encendidas
en la mirada atenta del cuervo.

Fluye la música de las alturas
entre los copos de nieve.

El día y la noche
en la quietud sin tiempo
colman esta aspiración inmensa
de ser el sol y la luna en un mismo pecho.



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