Poema Adolescencia de Juan Sánchez Peláez



En el fondo de mis sueños
Siempre te encuentro cuando amanece.

Qué ensanchamiento en el exilio, por el vagabundaje de
claras fuentes azules;
Por el soplo de la tierra.

Costumbre angélica.
Evadida hacia otra queja, vuela con los pájaros, sueña con
las nubes;
Levanta raíces inquietas en el agua.

En el fondo de mis sueños
La aurora fugitiva. Sólo la sombra
Concluye mi única estrella, mi último día.

De «Elena y los elementos» 1951



Poema Yo No Soy Hombre Ni Mujer … de Juan Sánchez Peláez



A Malena

Yo no soy hombre ni mujer
yo sólo tengo resplandor propio
cuando no pierdo el curso de río
cuando no pierdo su verdadero sol
y puedo alejarme libre, girar, bogar,
navegar dentro de lo absoluto y el
mar blanco

entonces sí soy
el hombre rojo lleno de sangre

y sí soy la mujer: una flor límpida, un
lirio grande

y también soy el alma

y clarean los valles hondos
en nuestro mudo abrazo eterno,
amor frío

-y qué más
qué más por ahora
piragua azul
piragüita.



Poema Un Caballo Redondo… de Juan Sánchez Peláez



Un caballo redondo entra a
mi casa luego de dar muchas vueltas
en la pradera

un caballo pardote y borracho con
muchas manchas en la sombra
y con qué vozarrón, Dios mío.

Yo le dije: no vas a lamer mi mano,
estrella errante de las ánimas.

Y esto bastó. No lo vi más. Él
se había ido. Porque al
caballo no se le pueden nombrar
las ánimas ni siquiera lo que dura
un breve, vertiginoso relámpago.



Poema Oyendo El Pálpito… de Juan Sánchez Peláez



Oyendo el pálpito de nuestra
oscura sangre
humana

los pájaros se nos acercan
vuelan
y
van a los nidos altos

tienen un collar de nostalgia
o bien
un ramo de magnolias

tienen nuestro corazón
sin corazón

nuestos mismos ojos en el aire

y
viajan sobre la improvisada música



Poema Al Arrancarme La Raíz A La Nada… de Juan Sánchez Peláez



Al arrancarme la raís a la nada
Mi madre vió, ¿qué?, no me acuerdo.
Yo salía del frío, de lo incomunicable.

Una mañana descubrí mi sexo, mis costados quemantes,
mis ráfagas de imposible primavera.

A la sombra del árbol
de mi gran nostalgia ya comenzarían a devorarme,
ya comenzarían.

Sabedlo tú, Ondina ondulante del mar y alga efímera
de la tierra
Un hombre alto fue al cementerio
Espantó a un perro que ladraba
Su camisa de fuerza lo estrangulaba
Cayó estrangulado

Y yo he revelado su destino a todos mis amigos
A los que conozco sin saludar, a los que saludo
sin conocer.

Yo di muerte al estrangulado
A pesar de sus signos de indeleble fatiga.

Yo frisaba cinco años de vida
¿e engendró una cigarra en el verano?
Era un día maldito.
Mi madre no logró reconocerme.



Poema Canción de Juan Rodríguez Del Padrón



Vive leda si podrás,
y no penes atendiendo,
que según peno partiendo,
ya no espero que jamás
te veré ni me verás.

¡Oh dolorosa partida!
¡Oh triste amador que pido
licencia, que me despido
de tu vista y de mi vida!
El trabajo perderás
en haver de mí más cura:
según que mi gran tristura
ya no espero que jamás
te veré ni me verás.



Poema Compensación de Juan Rejano



Niebla fija, arboleda
de fundidos ramajes,
vegetal nebulosa
que en su vientre guardara
la jubilada imagen
de todo el universo.
Así tu forma vana,
tu firme incertidumbre,
medusa de mil sierpes
flotando en las orillas
donde la nada empieza.

Nos robas, nos ocultas,
te llevas lo soñado,
la sangre y su ceniza
quemada entre delirios,
el esfuerzo, el milagro.
Te llevas y devoras
los soles que se apagan
detrás de cada frente
y luego les das vida
de nuevo en tu regazo,
secreta vida inútil
que a nadie pertenece,
tal si se derramara
sobre un mundo de arena
la estremecida savia
de cada ser creado.

Como una ciudad triste,
como una derribada
ciudad que perdurase
en lo más hondo y yerto
de un mar siempre enlutado,
tu negra fortaleza
se esparce, presentida
en cada sien, por valles
de soledad perpetua.

Por ti dejan de oírse
los himnos matinales
que a plenitud convocan,
y ciegan tus pupilas
los encendidos mármoles
donde el deseo rige;
se arrastran los inviernos,
la espiga se calcina
y los racimos trémulos
en que el amor palpita
se secan como ubres
que la aridez maldice.

Pero por ti podemos
también unir las horas
que bajan al abismo
y suben a lo inmenso.
Por ti, de cada llanto
brota una rosa niña
y del laurel deshecho
un fulgor de esperanzas.

Por ti puede esta llama
que en las entrañas llevo,
crecer o fatigarse,
morir por un momento
para nacer más alta,
sin agotar el ritmo
en que vacila y cree.

?Ven, acércate, llega…
No, no, huye …
Te amo
y te odio, lo mismo
que tú alientas y escondes
el pensamiento mío,
sus ceñidas creaciones
que al fin sólo son tuyas.



Poema Canción Segunda de Juan Rejano



Van cuatro jinetes
por la lejanía.

Largas capas negras,
negras sombras íntimas.

(Si yo me alejara,
¿tú me olvidarías?)

Se oscurece el campo
bajo la llovizna.

Altas sierras negras,
negras las encinas.

(Si estuviera ausente,
¿tú me olvidarías?)

Tañe la campana
de una vieja ermita.

Campanadas negras,
negra despedida.

(Si yo me muriera,
¿tú me olvidarías?)

… Los cuatro jinetes
por el campo oscuro
bajo la llovizna.



Poema Agonía de Juan Rejano



La noche del olvido
me está esperando, abierta,
quiere acoger mi sombra
como una inmensa tumba.
Su aliento me aproxima
no sé qué enervadora
fragancia y siento el roce
de su aterida forma
cual si el borde de un ala
monstruosa, invisible
pasara desgarrando
la piel de mis sentidos.

No sé cómo evadirme.
No sé si abrir los brazos
y aprisionar en ellos
el mundo fugitivo,
lo que ahora late y crece
corriendo hacia las sombras,
aquello que me brinda
el hálito más tierno
antes de abrirse al polvo.

¿Dejaré que esta presa
deslumbrante se pierda
cual río que agoniza
en las fauces de un túnel?
¿Tendré yo que entregarme,
desnudo como un niño,
a esa corriente impávida
que no deja su orilla?

¡Ay, si esta inalterable
soledad que me ciñe
pudiera ahondar su seno,
ser como negra sima
sin fin donde mi cuerpo
no se saciara nunca!
Entonces, qué relámpago
perpetuo en la memoria,
qué cárcel venturosa
de seres consagrados
para lo eterno mío.
Nada hallaría su término.
Cada imagen sería
como una rosa en sueños
sin crepúsculos fijos.
Cada instante tendría
todo el fluir del tiempo,
tal si un espejo innúmero
multiplicase el mundo.

Pero, mientras se agita
la rebelde arboleda
donde estoy delirando,
la noche del olvido
me espera, me reclama
y yo busco asideros,
desesperado náufrago,
en el torrente humano
que pasa y no me advierte.



Poema Vértigo de Juan Ramón Mansilla



Él dijo: sé práctica, nivela la euforia
y la flaqueza, mesura el vértigo
de las cumbres y las simas.
Él, que nunca entendió por qué Sísifo
no se zafó de la piedra.
Que gustaba de largos horizontes
y del clima calmo del invierno.
Imágenes del sosiego y la eternidad.

Lo dijo. Y un instante después
habría de venirse abajo, sobre un suelo
movedizo, bajo una luz más ciega.

Contuso, vacilante, exhausto,
con una mano aferra las raíces.
Con la otra enciende su mechero.
Y cuanto más le vence el vértigo,
más sujeta la esperanza. ¿Será vana?

Nunca se sabe.



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