Poema El Regreso de Jorge Gaitán Durán



El regreso para morir es grande.
(Lo dijo con su aventura el rey de Itaca.)
Mas amo el sol de mi patria,
el venado rojo que corre por los cerro,
y las nobles voces de la tarde que fueron
mi familia.
Mejor morir sin que nadie
lamente glorias matinales, lejos
del verano querido donde conocí dioses.
Todo para que mi imagen pasada
sea la última fábula de la casa.



Poema De Repente La Música de Jorge Gaitán Durán



La pura luz que pasa
por la calle desierta.
Nada humano
bajo el cielo abolido.
La blancura absoluta
de la ciudad confunde
la muerte y el sigilo.

De repente la música,
la sombra de los amantes en el agua.



Poema Canícula de Jorge Gaitán Durán



El sol abrasa toda
vida. No mueve el viento
un árbol. Fuera del tiempo
está el fasto del día.
La canícula absorbe
las horas, los colores,
el silencio.

De repente óyese una gota
de agua, y otra,
y otra más, en la tarde.
Es la música.



Poema La Tierra Que Era Mía de Jorge Gaitán Durán



Únicamente por reunirse con Sofía Kühn,
amante de trece años, Novalis creyó en el otro mundo;
mas yo creo en soles, nives, árboles,
en la mariposa blanca sobre una rosa roja,
en la hierba que ondula y en el día que muere,
porque solo aquí como un don fugaz puedo abrazarte,
al fin como un dios crearme en tus pupilas,
porque te pierdo, con la tierra que era mía.



Poema El Instante de Jorge Gaitán Durán



Ardió el día como una rosa.
Y el pájaro de la luna huyó
cantando. Nos miramos desnudos.
Y el sol levantó su árbol rojo
en el valle. Junto al río,
dos cuerpos bellos, siempre
jóvenes. Nos reconocimos.
Habíamos muerto y despertábamos
del tiempo. Nos miramos de nuevo,
con reparo. Y volvió la noche
a cubrir los memoriosos.



Poema Canto Xiii de Jorge Gaitán Durán



La dulce tolvanera del silencioso otoño
va anegando tu imagen en su vaga humareda,
encendiendo en el tiempo la hoguera del olvido
para borrar la última ceniza de la ausencia.

Nadie sabrá que vivo para ti, que defiendo
contra las llamas trémulas tu desnudo recuerdo,
que lucho en el otoño de vientos desolados
y en sus ondas sombrías te reclaman mis sueños.

Nadie sabrá que fuiste mía bajo el otoño
de estrellas delirantes y crepúsculos vagos,
que llenaste mis labios con tu fuego de siempre,
que cayó mi tristeza sobre ti como un canto.

Porque nada resiste la invasión del olvido
cuando llega a mi alma su himareda de otoño.
Todo se va de mí, se fuga de mi vida,
tú también te me vas y permanezco solo.



Poema Amantes de Jorge Gaitán Durán



Somos como son los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.



Poema Amantes Ii de Jorge Gaitán Durán



Desnudos afrentamos el cuerpo
como dos ángeles equivocados,
como dos soles rojos en un bosque oscuro,
como dos vampiros al alzarse el día,
labios que buscan la joya del instante entre dos muslos,
boca que busca la boca, estatuas erguidas
que en la piedra inventan el beso
sólo para que un relámpago de sangres juntas
cruce la invencible muerte que nos llama.
De pie como perezosos árboles en el estío,
sentados como dioses ebrios
para que me abrasen en el polvo tus dos astros,
tendidos como guerreros de dos patrias que el alba separa,
en tu cuerpo soy el incendio del ser.



Poema Montsalvat (fragmentos) de Jorge Fernández Granados



Sobre un acantilado las águilas guardan Montsalvat,
la cúspide en ruinas que alojaron los muros del castillo.
Ahora sólo el viento punza la sinfonía del eco y habla
contando la leyenda a las nieves latinas de los riscos.
La luna encumbra su vórtice de emblemas sobre el alcázar
y tensa los hilos del telar donde escapaba su frío,
junto al pecho iluminado por la ofrenda de otro regreso,
rumbo a la soledad, cuya pureza prometía el encuentro.

*

No es la tumba otra nieve que la blanquísima
de los templos
donde el cruzado atormentó la esclavitud de su corona
y el dolor descifró una vez la oposición de los espejos.
Es el trovador el que sangra de las muertes la amorosa
de su ermitaño laúd junto al tribunal del forastero.
No hay canción para el amor de provenzales, ni su derrota
sobre el campo de batalla igualará el mármol de sus almas.
Gobernarán la frente, luz de tus anillos, Montsalvat.

*

¿Existieron las batallas bajo este polvo que se pierde,
donde la tierra es el filamento que respira la furia?
Veo tus pies marcados por el alba de un fuego que me advierte
la edad terrible del amor que en otros me conjuga.
Háblame de las armas que se apagaron bajo la nieve,
del número celeste de los perdidos bajo las cúpulas.
Celebra junto a mí el tamaño final de tu desastre.
Amarga en esta boca el diálogo fecundo de tu sangre.

*

Veo en tu fascinación los ojos elípticos del ópalo.
Duran en mi llaga los diamantes hechos polvo y espacio,
sentencia, vestigio, cantiga de amianto donde el escombro
de tu increada heredad es la víspera de los estragos
que estallan sobre la cal de una profecía sobre el polvo
con la inventada avidez de mi mano sin dueño, buscando
la luna que todavía no está en la boca del regreso,
aquella que pernocta en la ceniza sus mendigos hechos.

*

¿Dónde estuviste que olvide tu nombre cuando entré a las llamas?
¿Había sido tu oficio de borrar lugares, de ver
la vestidura fugitiva de la nieve en las palabras?
Por un instante recordé tus ojos y al morir te amé.
El hombro de mi alma en el umbral de la puerta te tocaba.
Criatura de tu mar, soñé la cifra que fundó mi sed.
Quizá la sangre pide luz para su sombra, pide fruto
para emprender el largo retorno a su originario mundo.

*

Llévame donde el sueño desfloró una cárcel de palabras.
Búscame en la herida fugaz de los granizos de noviembre.
Por cada estrella que murió de frío, arderá mi casa,
y por el lecho donde el guerrero halló virgen a la muerte
volveré con las huellas de mi aldea para fundar el alma.
Seremos el agua que en su viaje fue el sello de tu frente,
la nube fúnebre de lluvia formidable o el aliento
del nombre más pequeño en la asombrada boca del viajero.

*

Pero tuvo precio tu cabeza entre todos los ladrones
porque supiste andar con el dolor que ardió con su sentencia
sin ganarle más monedas a aquel poder de los traidores.
Condenaste los coros de quienes toman perdón y tregua
los vencidos de antemano por el rumor de los azotes.
Diez nunca serán uno en la final miseria de sus lenguas
que callarán su fe, que humillados verán su cobardía.
Si tuvieron precio las hazañas, también serán medidas.

*

Hay un vino que refresca a quienes abrazan el combate,
el alto sabor en el que navega la pelea del alma.
Aprender el oficio de morir nos da la vida, el arte.
Los costados de la paz son islas que nunca nos abarcan,
territorios efímeros donde pasamos al ultraje.
¿Quién no tiene tus cicatrices que le recorren la espalda
como un mapa milenario donde se recuerdan los dones,
apenas un saber que sabe cada cosa por su nombre?



Poema El Relámpago Y El Mar (iv) Dios, Agazapado… de Jorge Fernández Granados



Dios, agazapado en el accidente nómada del juego,
se disuelve mudo y huraño en su profana contingencia,
ronda los escondrijos matemáticos y asalta el rezo
como un puro duende legendario que ríe sin respuesta,
un anacoreta menor de los desvelos en el vértigo
de los químicos vocablos que balbucearon las estrellas.
Porque este inumerable Ser sin coordenadas está ileso
de toda dimensión, es una espesa ausencia de silencios.



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