Poema Retorno Póstumo de Germán Bleiberg



Con las primeras violetas viene,
tan acostumbrado al ruido del tiempo,
él, nuestro sueño inhabitable,
transitando solo,
de nube en nube,
nuestro sueño confundido con el mar,
con el sediento desierto,
después de haber besado con labios infinitos
el último horizonte de la vida.

Viene desnudo, pensativamente,
bajo el peso de una palabra
horadando su conciencia de lirio incesante,
el sueño que forja palabras verdaderas,
palabras perennes,
el sueño agobiado por una palabra
que nunca osó pronunciar,
ni siquiera frente a un espejo,
la palabra que desde niño
enturbia secamente su voz segura,
su jadeante aliento,
como una flor desfallecida
entre las fauces de un grito,
palabra que se derrumba,
entre músicas sin aposento,
entre silencios velocísimos
devorando palabras nunca dichas.

Y retorna desnudo, sueño muerto,
el ritmo de angustiosos poemas,
poemas virginales de la muerte
y los amigos que por él oraban
en el funeral radiante de sombras,
apenas recuerdan su vaporoso tránsito,
y las ortigas, sin lastimar su piel transparente,
han olvidado aquellas manos soñadoras
antaño heridas por sus aguijones.

Orlaba el laurel su frente de sueño rubio,
y ahora se avergüenza, tímido,
de las frágiles alas suscitando sus vivos vuelos,
porque la única palabra que hubiere querido decir,

no pudo decirla nunca,
-Dios sabe qué misterios anudan los sueños-,
palabra aún por inventar
definitiva como el amor o como el odio.

Porque había un viento negro,
una mañana de tétricos, nocturnos vientos,
y su palabra quedó muerta,
insepulta en los abismos insondables,
germinando en el corazón del sueño,
y hoy regresa,
él, el sueño,
para pronunciar su palabra severamente,
la misteriosa,
cuando ignora que le cercan viejos huracanes,
oh sueño inmortal,
sueño muerto del poeta.

El Señor le ha concedido su póstumo retorno,
bajo el sol que irradia sobre el parque
el fuego vivo nutriendo las estatuas,
pero él, sueño agitado desde el origen de los cielos,
siente que su palabra se anega en silencio calcinante,
y que su voz es nada,
y que su cántico es inútil,
porque no encuentra su palabra última,
y el sueño sonríe,
acariciando húmedas violetas matinales,
para soñarse a sí mismo,
lejos, cada vez más lejos
de este ruido feroz de las horas.



Poema Ser Ante Los Ojos (en El Umbral) de Gerardo Guinea Diez



El ser
y todo el yo congregado,
en la orilla del fin de siglo,
en la pupila de un niño
que jamás descifrará
el cabreo del tiempo.

El ser y todo el yo congregado.
En la orilla del tiempo,
en el margen más lejano,
en donde nace el viento
que sopla con la fuerza de Hércules.

El ser y todo el yo congregado
por Ulises que se resiste a no volver.

El ser, aprendiz de brujo,
en el mediodía de este hoy
que llaman posmodernidad
nada más para ahuyentar el fantasma de la
soledad.

El ser,
navegando hacia el muelle de los signos en fila:
tus ojeras;
inventando la nada para inaugurarse a sí
mismo, desde el canto del gallo,
desde el sueño de un pájaro
que premedita la rama y la hoja,
que anticipa con humildad
el tenue color de la mañana,
referente de horas inútiles
que agrietan las certezas,
de ésas que nos someten
a dos verdades para serninguna,
para que con júbilo de rosas
y miedo tempranero,
vivamos la experiencia de la libertad:
tributo inevitable de los desertores.

El ser
y nuestro desabrido afán;
el que nace en nuestra
renuencia a la perennidad.

El ser
y la fugacidad de nuestra obediencia,
sí, esa extraña manera de estar en el mundo
resistiendo con lo imprescindible, a pesar
de las certezas que nos anuncian un triunfo
seguro, inevitable, definitivo.

El ser
y la ebriedad de una reputación
que enaltece lo absurdo
de ciertas verdades;
aquellas que hoy nos garantizan
prosperidad eterna,
tanto como las pesadillas
de los sueños milenaristas.



Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer Vi) de Gerardo Guinea Diez



El niño está feliz,
las manos de su madre,
tibias, calientitas,
lo llevan por los rumbos
nuevos del país de los espejos,
ella se come por él todo el dolor,
toda la angustia,
toda la nostalgia que ronda
por la geografía de cristal.
Su felicidad es grande,
tanto como el espejo donde ahora se ve
hombre y ve a su madre
y ve sus manos, y ve cómo lo salvó
de la desdicha y la desmemoria.
El niño se suelta de la mano de su madre.
Corre, corre.
Vive abril como si fuera un año.
Vive agosto como si fuera un amor y no un
desengaño;
corre hasta el final del patio,
hasta el límite de los geranios
y se vuelve a ver,
y otra vez,
el hombre viéndose niño desde el otro lado,
desde la otra frontera del tiempo,
desde sí mismo,
viéndose hacia adentro,
ignorando la estafa y la mentira,
desconociendo qué sucede
en la otra cara del espejo,
esa, que es región
de alumbramientos y abortos,
esa que suena en los tejados
en los días de toque de queda,
en las láminas de los techos,
maltratadas por los cateos
masivos de la Judicial
o por las rondas del Ejército que
aplanan el suelo con su letanía circular.

El niño ?ya no tanto?
no sueña, no está despierto,
simplemente está, ahí, está.
Escucha la radio,
Morrison le profetiza una senda de tormentas
y jinetes desbocados.
El niño ?ahora niño? no sabe
por qué confunde a Churchill con
Curruchiche, y a Árbenz con un demonio que
amenaza los planes de prosperidad.

El hombre, entonces,
entiende un poco del naufragio.
Todos han desahuciado
a los fetiches
que deambulan a lo largo de los años.
En cualquier esquina,
en un balcón,
en los cumpleaños,
en las pesadillas,
en los muertos,
¡ah! ésos,
los innombrables,
los de comisiones de esclarecimiento,
los que todos, absolutamente todos,
intentan desesperadamente olvidar.

Como la película de Herzog,
cada uno lleva su barco a buen
recaudo, a la orilla más clara,
más quieta y cada uno deposita
su carga de cadáveres en esa orilla,
llena de amuletos contra
la maledicencia
y nuestra acendrada estupidez.
La que llevó al niño de
naufragio en naufragio.

El ser, sábana blanca que
arropa unos huesos ante
el abismal silencio de los días.

El ser, exhalación de crepúsculos
ante un niño que ejercita una
sumaria indagatoria de la nada.

El ser, sol tendido de mediodía
en el lazo del patio abandonado.

El ser, un hombre
con las entrañas llenas de ron,
mientras la tarde se va lentamente,
sin decir adiós,
sin aspavientos ni algarabías.

El ser, el hombre que encostala
sus recuerdos y se va con la tarde,
sin decir nada, sin claves
ni ardimientos, sólo dejando
su vaho corporal,
en el horizonte,
en la banca del parque,
en la raíz del árbol,
en la hondura de su sombra.



Poema Ser Ante Los Ojos (al Atardecer Xiii) de Gerardo Guinea Diez



El ser ha llegado, por fin,
al umbral de los días nuevos,
en su rostro se dibuja la
ebriedad de la muerte,
como la materia profunda
de las piedras;
ha reescrito a ciegas
las señas de identidad
de las heridas más profundas.

Camina y calma su sed
en los jardines desnudos
que reflejan unos ojos minerales,
tanto como el nebuloso espejo;
el de la simiente, el del surco
que dejó el otro, el del olvido
fácil, aquel que lloró ante la
posible redención.

Ahí camina, con su costal
de luz entera; por el horizonte
anegado de luna y escupitajos
de cólera y rabia, a solas
balbuceando una fábula que
de tanto repetirse se convierte
en antología fraudulenta.

Aquí el hombre,
allá el joven,
reunidos para fundar
de nuevo la casa con paz
y suficientes ventanas;
aquí el ser,
allá un incierto hoy,
reunidos para bordar
de nuevo sus enlutadas telas.
Aquí y allá,
juntos, en el mismo lugar,
inaugurando las noches sin orillas.

Se ven, callados,
el espejo los refleja
y les devuelve el aroma a incienso,
ya no huelen a sangre
sino a pino y mañanas húmedas.
Se ven, callados,
el espejo los concilia.
Dejan la nave encallada
y se enfilan con azahares
en las manos hacia su destino,
derrotaron a la eterna muerte,
a la eterna vida;
comprenden: son eso,
muerte y vida,
llama y agua.

Marcan el sendero de ida
e incineran la memoria,
pájaro que arde,
rito funerario que agoniza
y contentos abren la pista
para el regreso del ave fénix.

Caminan, caminan,
sus cuerpos ruedan
por aldeas infinitas;
alguien, con los párpados cortados,
les habla de Bosnia,
de la caída de Wall Street,
de Internet y pedófilos;
no importa porque saben que al final siempre
habrá alguien que les
ofrezca una sonrisa,
un sorbo de agua,
una hora de viejas historias
y prodigios infinitos;
alguien a quien le bastará el mundo,
así, tal cual,
aunque luzca en ruinas.

Ríen y continúan
porque saben que enterrarán
el futuro, ése por el que lloraron,
el que les otorgaron sus viejas
glorias derrotadas,
pero al final glorias;
la gloria del enojo,
la del honor y la cólera,
aquella que los alimentó
de suficiente asombro,
sí, asombro
ante el hambre,
la muerte,
los ojos tristes de los niños,
la pureza de los viejos amigos.

Ahí van, por este hoy,
el ser,
el hombre,
el niño,
el joven,
reunidos,
absortos,
deseando descifrar
los enigmas del camino:
Marilyn Manson y su trasvestismo,
la vieja estatua derrumbada de Lenin
y las atrocidades en contra
de kurdos y bosnios,
en contra del hombre contra el hombre.
Ahí van,
leyendo a Kundera y Saramago,
a Sabines y a Paz,
intoxicados de luz,
tragándose toda la luz,
la que nos da este hoy desabrido,
pálido, casi llegando a rosa,
ahí van,
oyendo a Fito Páez y Joaquín Sabina,
encostalando más de alguna canción
de Maldita Vecindad o Molotov,
para confirmar la perdurabilidad del olvido;
ahí van,
por el camino,
creyendo que el mundo es un cuadro,
revisitando a sus fantasmas
como Dalí, Picasso, Rivera, Tamayo, Toledo.

El ser y todo el yo congregado,
en la orilla final,
soñando un río,
unos hijos,
un paraíso,
un polvo justiciero;
el ser y todo el yo congregado,
en una nota de Piazzolla
en una línea de Saramago,
en un poema de Borges,
en la orfandad de un mar cabalgado,
en el último aliento de Cardoza y Aragón,
en la mano generosa que se alarga
y nos brinda un pedazo de felicidad,
ésa, como el pan y el mantel blanco,
ésa, como la de un ángel,
un niño,
una hoja,
ésa, como ellos,
viéndose en el agua,
descubriendo el agua,
siendo agua,
para limpiar con suficiente luz,
el espanto de la memoria.



Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer Vii) de Gerardo Guinea Diez



El ser y un oleaje que sube,
desde las paredes de la vieja casa,
que sube, hasta las aturdidas torres,
sitio de vigías y adormilados hombres
que imaginan la ciudad,
la de los perros callejeros,
la de los muertos,
la de las calladas avenidas,
la ciudad,
la del circo
y sus tartamudos payasos,
la que calló para sobrevivir,
la que fue muro contra el despojo;
la ciudad, la de las puertas entreabiertas
y los ojos acechantes,
aquellos que hacían guardia
para cuidar a sus hijos de la muerte;
aquélla, de nuevas avenidas
y héroes cansados,
ataúd visceral,
burla de los muchachos de la escuela;
la ciudad, laberinto de puertas
y objetos sin nombre,
sin apellido,
sin podredumbre,
perdurable.

La ciudad,
puerta de cristal,
espejo evanescente,
escaparate de trapos viejos,
hombres cansados,
mujeres jóvenes,
apetecibles,
de jóvenes que rinden
culto a las fisuras de la memoria.

La ciudad,
densa geografía del ser,
claridad adivinada que dibuja
a sus futuros hijos,
los vivos y los muertos,
los exitosos y los no tanto,
los de la lápida barata,
los que frustraron los sueños
de promisión de los héroes cansados,
ésos, los que derrotaron al sueño,
al vuelo de la mariposa,
los que interrogaron a Maximón,
los que dejaron a la noche
con pulmones de miedo,
los que rompieron la puerta de vidrio,
los que dejaron a las aldeas
como un pan herido,
hirviendo sus maldiciones.

El ser y todo el yo congregado,
en la llanura que parpadea su aurora.

El ser y toda la llanura,
boca insomne que abre
sus enormes labios
para narrar su penetrada inocencia;
el ser y el niño,
dual saliva que ejerce su oficio
en las largas, largas membranas
que humedecen amaneceres
y confines espirales.

El espejo y el niño hecho muchedumbre
para conjeturar la fisonomía de
los hombres y las mujeres.

El niño,
daga que atraviesa el verano
y descubre sus entrañas,
sus vísceras,
su olvido,
sus llamas,
sus deseos,
sus piernas,
sus pechos,
su boca,
sus labios,
sus miserias,
sus…

El ser,
el niño y la alteridad,
la de los habituales apodos,
la del pez que finge su muerte,
la de la sonrisa que transmuta en puerta,
en zona franca para postular delirios
y silenciados esplendores.

La alteridad
como repertorios recurrentes,
infinitos ahogados en la desnudez
de cuerpos, sumariamente fusilados
o tirados al mar en costales
que hoy nada más vuelven a tejer
las novias o las madres,
las del llanto quedito,
las de los dedos viejos,
las de nuestra fuerza terrenal.

El hombre
está satisfecho.
Vio al niño
y éste adivinó al hombre.
Ambos se iluminaron con lo visto.
Por fin emblematizan una verdad:
abrieron la puerta de cristal
y ésta fue una pesadilla dura,
roca de agua,
río de tiempo,
agua de barro,
lluvia al revés;
caminan,
ríen y se ven,
en silencio se descubren:
el niño y el hombre,
unidos por el espejo.
Una vez más ríen,
mueca que destruye
las decoraciones,
ya no hay preguntas,
pero tampoco respuestas,
¿qué importa?
están afuera y adentro del espejo,
son uno,
son verdad,
son mentira,
son escoria,
son lo que quieren ser
o lo que pudieron ser,
o lo que el charco de mierda los dejó ser,
¿qué importa ya?
¿qué importa?



Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer V) de Gerardo Guinea Diez



Frente a él descubre que dejó de ser niño
y el hombre, frente al niño,
entiende que se volvió espejo,
y el ser reclama al hombre y al niño toda la
calamidad: máscaras, órganos mutilados,
juguetes rotos, viejos sueños de fin de año,
en fin, el arrebato de la memoria sustraída;
la que el asustado espejo quiere
escamotearnos sin saber que el niño ?o el
hombre? salen de un charco negro
como un embrión de luz, victoriosos,
como una antigua fábula
que confirma la persistencia
de las calles, de los juegos,
del color de la luz,
a pesar de que ésta, con los años,
ha palidecido;
aunque todo se jodió para todos,
la renovación del asombro siguió su
deambular, catequista insomne,
maniantal cristalino, denso,
aunque el borracho
de la esquina de siempre
eche al aire sus acostumbradas palabras:
hijoeputas, hijoeputas
y el niño, el hombre, el ser y nosotros
lo ayudemos a comprar su aguardiente
para que en sus ojos se desborde
una cascada de gracia que purifica las calles,
los balcones,
los geranios que retozan en las cenizas del
aire, lanzados por siempre, como un engaño
a la elocuencia que esconde
la señora del delantal aparente,
la que nos acusó de comernos
los ojos de los santos de la iglesia,
esa discontinuidad de adobe y claroscuros
que aspira a domiciliar el alma de todos:
el viejo vendedor de periódicos,
el señor de la tienda, el zapatero,
el carnicero, las mujeres,
el chofer, el mecánico,
los desplazados de El Quiché,
en fin, esas derrotas invertidas
en espera del puñal y su perdón.

El ser
carcomido por los falsos perdones,
por los equívocos de una noche de juegos
entre los escombros de una casa.

¿A qué juega el niño, que abjura
de su condición de hombre?
A camuflar su adultez.
Pero, ¿a quién engaña?
tal vez, a nadie, porque intuye la inevitable
emboscada del tiempo.
Inevitable para sus viejos compinches,
para él que adivina la imposibilidad
de enarbolar sueños falsos,
¿falsos? quizá no,
aunque el hurto se le antoja inevitable,
tanto como la paliza que caerá sobre todos.

En el lapso asistirá gustoso a la puesta
en escena de un hombre
que va de la niñez a la adolescencia,
de ésta a la madurez
y estrenará de nuevo
su condición de niño.

El niño sueña,
el ser sueña a ser niño y éste,
simplemente a ser;
el niño corta una rodaja de domingo,
se la come y conoce el sabor de ese día;
rebana otro pedazo
y mientras lo engulle
regresan los sueños y las calles.
Brega inútil, oprobio que de tanto repetirse,
resulta una tómbola donde ganará
la muerte y el olvido.

Envuelve el resto del día en papel celofán.
Decide guardarlo y caminar por los sueños,
es decir, por los recuerdos.
Y el niño se transmuta en hombre
y éste en palabra
y ésta en eternidad y ésta…
Y la palabra se va juntando con otras,
minuciosa
diligencia que abre dos expedientes:
el nefando, el cual creció hacia dentro de la
ignominia;
y el otro, la palabra que sigue,
apareándose con otras,
brecha voluptuosa,
camino expedito hacia la nada
y la felicidad de todos.

El ser y el niño ?el hombre?
buscan un asidero en la promiscuidad de las
palabras
y ellas, como jóvenes bailarinas les niegan
las claves del tiempo y la memoria.
Ahí siguen, tal cual,
parados en el poste de la esquina;
ahí, insoldables,
como en un páramo fértil,
aunque todo sea una patraña
y el vientre se les haya hinchado de preguntas.

El hombre ?el niño? acarrean al ser.
¿A dónde lo llevan?
Lo acomodan con cuidado,
casi con amor y devoción.
En la carretilla llevan su edén sustraído,
su gloria efímera,
caminan y caminan,
su sosiego disimula su torpeza;
siguen, siguen.
En la bocacalle ven pasar una procesión,
siguen; paran y recogen a un borracho;
siguen, se paran; abandonan la carretilla
y se ven en silencio,
con sus bocas y sus ojos en llamas;
es la hora del fuego,
hablan las llamas con su lengua de cristal,
debajo del vértigo emergen los ídolos,
ésos, los que anudan las pasiones
y las destripan en el filo del reflejo;
entonces, toda la realidad se fragmenta en
miles de pedazos
que ambos recogen con paciencia
y suficiente vergüenza.
Cada trozo de luz ?como un charco?
refleja una hoguera que alumbra los
entendimientos
y éstos inundan con su fuego
el centro de la vida,
de la calle, del barrio.

Un humus de ser
flota alrededor del día.
No hay duda,
el niño y el hombre poseen cientos,
acaso miles de nuevos reflejos,
los de la vegetal condición de las máscaras,
los de la salvaje llave que cierra el jardín;
los que enseñan el simulacro
para ensayar el acto de poner la otra mejilla;
los de una geometría delirante,
cautiva, avallasadora;
los del canto que sostienen con
alfileres de insomnio
nuestros callados delirios.

Cada uno guarda su parte,
su porción de luz sin saber del equívoco:
son cientos, o miles,
que son uno y nada, que son uno
porque es exactamente el mismo reflejo;
uno aloja a todos y todos alojan al ser,
al niño y al hombre que se postran
ante la monarquía del engaño.

Se observan el vientre:
aún está hinchado de preguntas.
Su indigesta condición los arrima
a la orilla de la fatiga,
la que embriaga para olvidar
un hecho irrefutable:
sus manos están vacías,
marchitas,
impacientes.

Mientras ordenan sus nuevas pertenencias,
se consumen las palabras
por la boca del fuego.
Sonríen y ven a la prostituta;
ella camina como si la vida fuera un bolso
que esconde una lámpara
inservible desde siempre.

Ríen de nuevo, aproximan el mirar a sus
muslos, que sigue caminando como si
inventara el tiempo, la dicha, la calle,
la penumbra de ésta,
como si fuera a tragarse el mundo
por su boca,
como si fuera a parir una bandera,
icono de mendigos que sueñan un país;
como si fundara un aljibe
de donde todos desean
beber el elixir de la amnesia;
como si supiera que conoce
el sabor del alba,
como si conociera el rostro de la muerte,
como si supiera que ellos
?el niño, el hombre?
están ahí nada más
para pregonar la lepra del ser.

Lo sabe,
lo sabe porque se siente,
desde su sigilosa majestad,
dueña desmemoriada del desamparo,
de la hoguera que consume
día a día lo poco de luz
de los hombres y las mujeres.

La mujer ?la prostituta?
difunde a los cuatro vientos
la derrota de la achacosa memoria
y ellos ?el hombre y el niño?
regresan a las tinieblas,
con un vacío turbio en la boca del estómago,
en la boca del fuego, en la boca de las
palabras que retozan en el destello de los
cientos ?¿miles?? de espejos.

Palabras, raíces alcoholizadas,
pretexto para discursos políticamente
correctos, eclipses que sólo suceden en las
pesadillas de los que tienen
tranquila la conciencia.

El niño deja de soñar.
El mundo está en su sitio, nada cambió.
Mientras soñaba los años
siguieron siendo los mismos.
El niño conoce de memoria
1966 y los años que siguen.
El hombre posee el mismo misterio develado.
No existe futuro
y el presente es el pasado
con su cúmulo de años,
sumados, uno tras otro, uno tras otro.

El niño, que ahora es hombre,
vive en 1967 ?¿o en 1968??,
qué importa,
son los mismos personajes:
el panadero, la joven mujer casada
que le da su amor por las mañanas,
el sastre que abre temprano el negocio,
la anciana que va al mercado,
las mujeres que venden perejil, hierbabuena
y un poquito de esperanza,
un sorbito de inocencia,
Luis Turcios Lima
que practica su oficio de sombras;
¿qué año es el que transcurre? ¿1970?
¿1971? ¿Cuál? No importa en verdad,
son las mismas sombras que irrigan con su
luz, los días y el misterio de los meses.
Allí, los Beatles y Janis Joplin, acá, más
cerca, el mayo francés y nuestro arruinado
junio, Led Zepellin y las manos de Obregón,
todos retozando en el filo de la gracia
y la tragedia.
El hombre, intuyendo a Sartre
y el niño indigesto de Dumas o Tolstoi.

El hombre y el niño frente a la luz,
que les devuelve al país real.
Ambos frente a frente,
alter ego,
sueño invertido;
ambos,
intercambiándose.
El hombre viéndose niño
y el niño adivinándose hombre.
Otra vez ambos,
otra vez,
otra vez,
hasta que desaparecen
y surge de la nada el ser;
ya no es niño,
ya no es hombre,
es ser, es ser,
otra vez, ser,
hasta el cansancio,
hasta el reflejo.



Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer Iv) de Gerardo Guinea Diez



El ser
despojándose de su tintura,
de su codicia,
de su apetencia;
el ser,
devorándose a sí mismo;
el ser y el hombre ?¿el niño??
apostilla de la soledad.

El ser,
anemia que provocó la insipidez
de las horas y los días;
el niño ?¿el hombre??
anticipo del ser, pregunta al revés,
máscara para las verdades,
pretérito febril de despropósitos.

El ser, el niño y el hombre
ascienden por las viejas calles,
llenas de hombres viejos y mujeres jóvenes,
hartas de reversos y portones
que simulan el umbral;
ellas, hartas de esperar y dar,
fatigadas de tanto amar, de tanto ver,
de tanta anunciación y abandonos,
mientras el niño ?¿el hombre??
se convierte en una tea de deseos,
de ilícitos, y proclama su niñez
jugando a las escondidas,
a los policías y ladrones,
jugando a ser hombre,
jugando el hombre a ser niño
y el ser que da su anuencia
para ataviar al barrio de aparecidos,
de advertidos infiernos,
de paraísos que apenas duran una tarde,
a lo mejor una hora,
justo el tiempo necesario
para que ellas,
a pesar de su fatiga,
inicien al hombre en los menesteres de niño;
y es cuando el niño
?que ya remeda a un hombre?
se apropia de los misterios del cuerpo,
ese que después será
un espectro de nosotros mismos;
y, además, el niño ?¿la ingenuidad
perdida??
aprende en la habitación cómo zurcir las
sábanas del aire,
pero no lo dice, finge y se pertrecha
porque desea seguir siendo niño
para que ellas le sigan develando
los enigmas.

Aquellos que se van hilando
de remiendo en remiendo,
de gemido en gemido,
de beso en beso,
de pecho en pecho;
y el niño, siendo hombre,
de arreo en arreo, empieza a caminar,
justo hacia su destino: el de los espejos.



Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer Iii) de Gerardo Guinea Diez



El hombre, creyéndose niño,
camina a la orilla del precipicio
y se lanza en pos del viento,
el que tiene forma de barrilete,
¿está en Santiago Sacatepéquez?

No, está instalado en el tiempo duro,
infatigable, rebelde.
Está otra vez en la frontera del ser y el estar.
En la eternidad del recuerdo,
en la búsqueda de lo cercenado,
en las añejas disputas
de una extenuante tarde de fútbol callejero,
en el moretón de la última pelea,
en las sedantes piernas
de la muchacha mayor
que pasa todos los días,
a las seis de la tarde,
sí, con ella, en su grupa,
en su desconcierto de adolescente.

Está en la andadura de sus días;
en las leyendas de los primeros guerrilleros,
los que tomaron la iglesia de la Parroquia;
está en los rostros de los judiciales,
en su sudor,
río de adrenalina y cobardía,
río de abismos,
ríos que simulan una pira
para desconsuelo de la algarabía de
mañanas pintadas de amarillo,
como si fuesen un sueño dorado.
Está en esos recuerdos que todos olvidaron.



Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer Ii) de Gerardo Guinea Diez



El ser
resguardando lo verdadero
y falso de nuestros espejos,
ánimas desolladas por las hendeduras
que nuestras sombras
van dejando en los muros
de calles de bisbiseos escatológicos,
de manchas que testimonian tiempos
escindidos,
yugos floreados
en llantos de olvidos;
muros y calles,
madriguera del ser,
anunciación de pasadomañanas
que nunca llegaron.

El ser,
siervo notable que trampea
el cerco de la nada,
la que resulta escaño en el yerro
de los que creyeron en el escarmiento
como un paulatino camino
hacia la obediencia.

El ser y el hombre
que aún se cree niño
y ve con ojos de daga,
una realidad que no sabe cortar.
Del niño y el pan en la mesa,
del niño que arrima a su hombro
un poco de inocencia
para calmar su hambre y desolación.

Y entonces, ese niño,
que es hombre,
entrevé en el boquete de las horas
el portillo que lo devuelve
a la edad de la inocencia,
a ese interludio de los días
en que jugar detrás de los árboles
o en el filo de la inmanencia
era más que cuestión de honor:
las risas de sus compañeros,
cobertizo para protegerse
de la intemperie de la congoja.

Ellos y el hombre,
que aún es un niño,
soñaban con inaugurar
la época del avallasamiento del dolor;
un día, apostándole a un balón,
otro, simplemente a ver el cielo,
otro, a fortalecer el enclenque
sentimiento de la vida.
Hacerlo de ese modo, así, nomás, simple,
tal vez para amancebarse con la felicidad,
esa que sólo sabe dar la lluvia,
el canto de un grillo,
la penumbra de la calle,
los ojos de una niña,
pájaro luminoso,
viento equivocado,
redención a punto de suceder.

Esa felicidad,
la de la cerveza en la tienda del barrio,
la del saludo mañanero;
ésa, la de la joven mujer
que resulta ser un cruel enigma,
ella, la que nos moja los sueños
y nos engaña cuando funda abril
como un tiempo,
cuando inventa diciembre como una alegoría,
cuando en su vientre se gesta agosto,
o quizá mayo
para iniciar un siglo de largos
y húmedos aguaceros.

El niño, creyéndose hombre,
husmea en las esquinas del barrio
a sus antiguos fantasmas.
¿Qué sería de Chus?
¿Qué sería del Chino?
¿Qué sería…?
y así, entre interrogantes,
va descubriendo cómo se dibuja
en el aire la mano devota
que renueva la memoria del aire,
la del fuego.



Poema Ser Ante Los Ojos (a Mediodía Xi) de Gerardo Guinea Diez



El ser y todo yo congregado
en un hondo corredor de espejos
donde los sueños preceden al canto
y al ingenuo entusiasmo de los hombres;
el ser y todo el hedor
de los prisioneros del tiempo,
los que se quedaron en la orilla del reflejo;
los que naufragaron
y salieron a la playa
con los despojos de los sueños ultrajados,
risa y risa,
llanto y llanto,
con el rostro de Proteo insinuado en sus ojos
repletos de victoria y derrota.

El ser y toda la fuerza congregada
en las manos que empujan las pesadas
puertas de hierro; las que dejan entrar
la vida para urdir epifanías;
como la que preside el otoño
o la tenue primavera que llena de ecos
las voces que antes fueron silencio,
nada, olvido, inventarios
perdurables de cosas comunes.

El ser y el joven ayudando
al caos a ordenar el universo
inexplicable de las tinieblas.
Y el joven, en su afán,
dispersa las sombras para
inaugurar un sol poniente,
una luz que riega su oro
sobre baldosas y antiguas calles.
Calles que guardan rencores apagados,
rachas de abriles y voces infantiles
urdiendo engaños, proezas y
cultos idolátricos a héroes
de carne y hueso.

Así, en el fondo de las miserias y las glorias
de los días, entre la luz y el recuerdo,
va dibujándose de nuevo la escalera
del pasado. Por ahí bajan El Santo,
alguna que otra gloria del fútbol,
Blue Demon y Pie de Lana,
Tin Tan Peña y el Culiche Espinoza,
el Circo Navarro y sus solitarias fieras.

Pero el joven, ya hombre,
desconoce que la gloria que
busca sólo será estrépito y ceniza.
Y en esa ignorancia guardará
un secreto: él es, él será
todos los hombres muertos,
él será un arquetipo de esas muertes,
como en Auschwitz, como en
la campaña de Leningrado
o Sunzapote, o las llanuras
que cabalgó Bolívar;
no alcanzará el esfuerzo,
todo será en vano;
él será, él es,
los nombres, los que duran
al transponer la frontera del olvido.
Porque ellos, los nombres,
saben que Dios está lejos,
pero no olvida a los que
profesaron la vieja fe del hierro,
del trueno,
del delirio.



« Página anterior | Página siguiente »


Políticas de Privacidad