Poema El Amor, Rodeado Casi Siempre Por Un Antojo de Francisco Hernández



El amor, rodeado casi siempre por un antojo
de olvido, avanza resuelto hacia las trampas
creadas para cazar osos con piel de leopardo
y serpientes con plumaje de cóndor.

Y el amor sobrevive a las heridas y ruge,
voladora, la envidia de los venenosos.



Poema Desnuda de Francisco Hernández



Desnuda eres como una calle
subes, te abres, serpeas, te angostas,
doblas, sigues mis pasos y desembocas.



Poema Ahora, Rojo Es El Lenguaje de Francisco Hernández



Ahora, rojo es el lenguaje,
rojo como mi lengua cuando pasa
sobre la flor labiodental del flamboyán.
Ahora, tu cara es roja,
roja como cuando se enfrenta
a la rubicundez arrugada de mi cara.
Ahora, más que nunca,
rojo antojo de tus grandes ojos.

(Sobre una llave de agua, canta un gallo
blanco a punto de enrojecer.)



Poema A Estas Palabras Menudas de Francisco Hernández



-A estas palabras menudas se las va a llevar
la trampa, me aseguras.
Y añades en voz baja:
-Ojo con el hoyo hirviente
de las bellas bailarinas tramposas.



Poema Mar De Fondo (xx) de Francisco Hernández



Sentado al borde de la cama, es decir, al borde del abismo, miro el suelo distante que me espera. Lo toco con la punta del pie como se toca el agua de un estanque: lo siento helado y ríspido, frágil y plagado de nudos, como la mano al sol de un viejo artrítico.

Doy mis primeros pasos sobre la cuerda floja de la convalecencia. Camino hacia la luna del ropero, miro mi palidez de azogue, mi cabello revuelto y largo, las cuencas inhabitadas de los ojos.

Se tienden hacia mí apoyos que desprecio. Huele a flor de naranjo el espesor del día.

El arroyo ha dejado de ser un rumor, un fétido carcelero, la amenaza del fin del mundo.

El cielo, de un milagroso azul doliente, se recorta detrás de los tejados y de la copa del tamarindo.

Una alondra me dice que estamos en primavera.

La calle es un largo delirio hacia el futuro.

La casa, una pompa de jabón frente a una espina.



Poema Mar De Fondo (xviii) de Francisco Hernández



A partir de septiembre el río no ha hecho más que crecer.

Se lleva lo que a su paso encuentra: casas, puentes, arrumbadas berlinas y muros de contención. La cola del huracán, envuelta en lluvia, llena mi espacio de pájaros sin nido que irrumpen como malas noticias.

Mi madre se angustia serenamente. Dice que si yo no estuviera todo el tiempo enfermo podría salir y colocar en el corredor, sobre el butaquito de cuero de venado, la imagen de Santo Domingo Sabio. Así quedaríamos a salvo de inundaciones y otros males del agua.

Ayer el río mató a una niña. Le clavó sus colmillos de lodo en el cuello, se metió entre sus piernas hasta salirle por las orejas y la puso a flotar en parihuela de nieve negra.

El ruido de la creciente despide un hedor extraño que se adhiere a las cosas. Un olor con dientes que vence las alfarjías, se acomodaen páginas impares, se sienta frente a mí con las piernas cruzadas, mira su corazón en el espejo.

Debajo de la almohada guardo una pelota de béisbol y una aguja capotera.

Cuando los temblores arrecian, me froto la pelota vigorosamente para que recoja ese maldito sudor que corre por mi cuerpo como río crecido.

La aguja me la clavo en la lengua hasta perder el conocimiento.



Poema Mar De Fondo (xi) de Francisco Hernández



A una mujer que va de viaje al mar es inútil llenarla de palabras.

El mar le chupa los vertederos de la sinovia, le abrillanta la voz, dibuja su abdomen en la arena, le corta la respiración con sus alfanjes herrumbrados.

A una mujer que va de viaje al mar no le hablen de la tierra firme ni de los muelles del estado de gracia. No le instrumenten fados ni le esculpan mascarones de proa.

Porque a una mujer que va de viaje al mar, llámese Paura o Escafandra, se le ahogan los sueños.



Poema Mar De Fondo (x) de Francisco Hernández



Paura no tiene cono: tiene un molusco arroz entre las piernas, un coral palpitante, un fruto que perfuma mis vísceras y el aliento de los tiburones.

Cuentan que fue muy bella en su primera infancia. Dicen que su pelo servía de faro en noches de tormenta y que su lengua salvó a más de una tripulación consumida por el escorbuto.

Hay tonos de su piel que destrozan las redes.

Sus pezones señalan a quienes van a perecer ahogados.

En su culo profundo anidan cormoranes.

Ella es el premio con que sueñan arponeros mutilados, buzos dementes y gavieros incógnitos.

Gélida su espalda cuelga del cuello. Y su efigie picotea mis labios abandonados en la playa.



Poema Mar De Fondo (viii) de Francisco Hernández



La primera mujer que recorrió mi cuerpo tenía labios de maga: labios verdes y azules, con sabor a fruto silvestre, con señales indescifrables como la miel o el aire.

Muchas veces incendio mis cabellos con siete granos y siete aguas, cOn ensalmos que sonaban a campanillas de barro, con nubes de copal que se mezclaban al embrión que recorría mi frente coronada por ramos de albahaca.

Toda la noche ardía la pócima bajo mi cama.

Al día siguiente, un niño nacido después de mellizos la arrojaba al río, de espaldas, para no ver el sitio donde caía ni el vuelo repentino de los zopilotes.

Entre tanto, mi madre me contaba lo que Colmillo Blanco no sabía de la nieve y el recuerdo del mar era un espejismo bajo las sábanas.



Poema Mar De Fondo (ii) de Francisco Hernández



Cierro los ojos. Me arrastra el sopor hacia los territorios de la fiebre y, mecánicamente, limpio mis dedos pegajosos de semen en la trama del mosquitero.

Oigo a lo lejos el mundo de mi madre, su andar entre las brasas, su diálogo con el rencor que le acompaña: hablan de mi padre, de la mujer que tiene, de su risa, que suena como tromba de flores pisoteadas.

Con el silencio fijo en el vacío pienso en los tigres de Mompraeem, en las redondeces de Paura, en un jonrón con tres hombres en base.

Afuera está la herida pero no quiero salir a su encuentro, debo continuar enfermo siempre, sin tener que bajar a tierra, sin enfrentarme a nada ni a nadie, ni siquiera a las piernas de Paura ni a un campo de béisbol ni a la luna llena del espejo.

Hoy, apunto en el cuaderno de bitácora, empieza el fasto de los grandes viajes. Y el ave Roe emerge a los pies de mi lecho.



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