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Poema A La Geología de Melchor De Palau



A mi profesor el distinguido ingeniero

ROGELIO DE INCHAURRANDIETA

ODA

Ábreme, Tierra, las profundas hojas
que muestran de tu vida los afanes,
y, nuevamente, las antorchas rojas
enciende de tus hórridos volcanes;
que, a su luz, quiero recorrer tu historia,
cantar tus hechos, ensalzar tu gloria.

¡Cuántos siglos y siglos han pasado
en que sólo la bárbara codicia
abrió tu seno, de metal preñado!
¡Cuántos siglos, de un polo al otro polo,
indiferente el hombre, pedestal suyo te creyó tan sólo!

Bien comprendo la pena que sufriste
cuando a los sabios viste
rasgar el velo azul del firmamento,
astros y soles reducir a cuento,
y, desprendidos de tus dulces brazos,
de otros planetas estudiar los lazos,
y perseguir el vago movimiento.

Doliote ver a tus ansiosos hijos
en otros mundos los anhelos fijos;
pero tú, como madre cariñosa,
perdonaste su amante desvarío,
y, llorando a tus solas su desvío,
hacinabas prudente y afanosa
preciosos materiales para el día
en que viera la luz la Geología:
y aquel día llegó; por fin el sabio
bajó hacia el suelo los alzados ojos,
reemplazó la piqueta al astrolabio,
y removió tus fósiles despojos.

Y él, que del primer libro
buscara ansioso la edición primera,
miró impresas con hondos caracteres
las formas primitivas de los seres
que a Dios plugo lanzar a nuestra esfera.

Con sorpresas crecientes,
a la luz de la Ciencia,
en sobrepuestas losas funerarias,
descubrió la existencia
de ya perdidas razas embrionarias,
y de razas que aún están presentes:
vio en tus hondas heridas
el paso de unas vidas a otras vidas,
y te abarcó en conjunto,
desde el sublime punto
en que Dios te llamó con voz de trueno,
y el caos arrojote de su seno.

Lloraste ya al nacer, ¡quién no ha llorado!
tus lágrimas copiosas desprendidas
el monte abandonaron por el llano.
en los cóncavos senos recogidas,
rellenaron el férvido Oceano:
flotó en la nada tu gigante cuna,
la gravedad colgote en el espacio,
pabellones de nácar y topacio
te dio el Sol en las gasas de sus nieblas,
y, rasgando las lóbregas tinieblas,
para tus noches encendió la luna.

La materia candente
se enfrió de las aguas al contacto,
como el dolor que siente
del llanto amigo silencioso tacto;
formada la película primera
sintió del fuego el ardoroso brío,
y a ondular comenzó, de igual manera
que las mieses ondulan en estío;
pero vencido y encerrado luego
por nuevas capas el hirviente fuego,
desahogó su furor lanzando al alto
columnas mil de lava y de basalto.

Como sencilla virgen ruborosa,
al vislumbrar el sol entre celajes,
con florecientes y verdosos trajes
cubrió su desnudez la tierra hermosa;
y, mientras las erráticas estrellas
la ley fijaban de sus claras huellas,
arrebatando al iris los colores,
pintó la Flora sus primeras flores:
la Fauna apareció; vida rastrera
tuvieron los primeros moradores,
que terminó en el cieno;
el aire impuro, irrespirable era,
y nunca vieron el azul sereno:
no bastó de las conchas la defensa
de los arrastres a evitar la ofensa;
y en pétreas fosas yacen,
que ni al golpe del hierro se deshacen;
el sabio, al ascender de prole en prole,
dic con la de hulla portentosa mole,
profeta de la industria de estos días,
y, al vislumbrar plausibles armonías
entre aquel mineral y nuestra fragua,
y estudiar de su enlace la potencia,
bendijo a la divina Providencia
que, antes de darnos sed, dionos el agua.

En oscuras cavernas hacinados
animales halló tan asombrosos,
que, aunque muertos están y destrozados,
ponen miedo en los pechos animosos:
aves que al sol lucieron sendas galas,
que, en rastreante vuelo,
recorrían el suelo,
y que de piedra tienen hoy las alas:
sepultos en el lodo,
los escualos y saurios devorantes,
los mamutes gigantes,
que de rehacer la Ciencia encuentra modo;
razas que un día el orbe dominaron,
y, por fortuna, a no volver pasaron:
tan sólo allá en las márgenes del Nilo,
recuerdo vivo, asoma el cocodrilo.

Cual madre cariñosa
que, presintiendo de otro ser la vida,
apercibe afanosa
cuanto al reposo y al placer convida;
así, Naturaleza
con diligente mano,
ya la morada a preparar empieza
para el huésped cercano;
apaga los volcanes
cuya luz le ofendiera;
de los raudos inquietos huracanes
amengua la carrera;
y, en sus antros ignotos,
encierra los terribles terremotos.

Con valladar de arena,
del mar soberbio la pujanza enfrena;
cuelga del árbol el añal tributo
de su sabroso fruto;
con incienso de flores embalsama
las brisas regaladas,
pajarillos cantores pululan
por las verdes enramadas
y, templando el ardor del seco estío,
llueve sobre las hojas el rocío.

En la espaciosa frente la clara inteligencia por diadema, feliz y sonriente, del quebrajado seno de la ancha esfera en la tardía calma, brotó de vida lleno un cuerpo hermoso atesorando un alma; y en sus ojos rayó la luz primera que iluminara al mundo, contemplando con éxtasis fecundo gentil cuanto amorosa compañera.

Las capas del plioceno diéronle debatida sepultura que acorde no está el sabio en si es figura humana la que encierra aquel terreno,
Bien presto por la mísera existencia comenzó el hombre la batalla ruda, que aumenta con los siglos en vehemencia, de lo futuro ante la negra duda; que hállanse, en formas raras, hachas labradas por sus propias manos, pregonando á las claras
que, nacidos á un tiempo, el trabajo y el hombre son hermanos.

De entonces, sin notable sacudida paso á paso siguió lenta la vida; tan sólo un día, de recuerdo triste, que en erráticos bloques está escrito, para lavar el mundo de un delito, Dios rompió el freno que á la mar resiste.

Las aguas se cernieron sobre el monte, y, al arrastrar con ímpetu salvaje, para que más á su Hacedor no afronte, casi en conjunto el humanal linaje, ¡ tanta hez en su curso recogieron, que amargas á sus Senos se volvien

Mas ya todo acabó; con nuevo brío
retoñó el árbol áa cercén cortado,

volvió a hacer nido el pajarillo alado,
volvió a su cauce el abundoso río,
y, del sol a la luz y de la luna,
volvió el mar a mecerse en su ancha cuna.

Geología esplendente,
peana de la historia que en ti fija
la planta prepotente,
y recibe de ti blasón y gloria;
tu luz es la tan pura
que presidió del mundo el nacimiento,
y, en las ondas del viento,
dic un ósculo a su virgen hermosura.
Tuyo es el sacro fuego
que mantienen incógnitas Vestales
de la tierra en el centro, sin sosiego.

Ciencia nacida ayer, ya eres gigante;
para a tu arbitrio manejar la tierra,
y remover cuanto su fondo encierra,
heredaste los músculos de Atlante.

Hasta en Nerón el hombre has convertido;
pues, rasgando los senos de su madre,
sus entrañas has hecho que taladre
para ver el lugar donde ha nacido.

Tú miras otras ciencias de estos días
como al sol del saber raudas se elevan,
mas de improviso caen, porque llevan
alas de cera, débiles teorías.

Tú buscas en la muerte caminos de verdad,
y de esta suerte, con firme planta,
subes por escalas de piedra, hasta las nubes.

Colección tienes ordenada y rica
de fósiles y huellas naturales,
(medallas que ninguno falsifica),
tus teorías son fijas e inmortales,
que en mármoles se basan y en granitos;
tus antiguos anales
por el dedo de Dios están escritos



Poema Un Secreto De Las Flores de Melchor De Palau



Es cosa averiguada,
por dos naturalistas comprobada,
que influyen los colores
en el aroma de las gayas flores.
Con germana paciencia,
que no hasta dar con la evidencia,
sometieron a ensayo
cuantas tributan el Abril y el Mayo,
quedando, según reza la Memoria,
a favor de las blancas la victoria;
y no así como así, ventaja y mucha
es la alcanzada en la florida lucha.
Les siguen luego las de tintas rojas,
las que amarillo tienen en las hojas,
las violeta, las pardo-anaranjado,
y cierran las azules el estado.

Bien hayas ¡oh blancura!
anidadora de la esencia pura;
no era precisa, no, la voz del sabio
para mover en tu loor el labio:
que nada afirma la preclara Ciencia
que no está ya grabado en la conciencia;
de blanco la natura soberana
sus hijos predilectos engalana,
y hasta la fantasía, cuando crea,
de blanco viste la naciente idea.

Blanca es la virgen nieve
que, en los comienzos, el arroyo bebe;
blancas las perlas que la fresca aurora,
al despertar, sobre los campos, llora;
blanca del agua la rizosa espuma;
blanca del cisne la luciente pluma;
blanca la leche que alimenta al niño,
y son blancas las pieles del armiño.

Blanco el vellón que la paciente oveja
entre las zarzas del camino deja;
blanca la láctea vía;
blanco el maná que sobre Israel llovía;
candoroso el ensueño de la cuna;
blanco es el rayo de la tibia luna;
blanco el mármol de helénica belleza,
y blanca del anciano la cabeza.

Blanco el incienso que a los aires sube;
blancas pintan las alas del querube;
blancas son la inocencia y la alegría;
blanca la fe que entre las sombras guía;
blanco es el lirio, de pureza emblema
es blanca de la virgen la diadema;
y, según dicen, es el blanco velo
traje de recepción allá en el cielo.

El rosa y el azul, pese al poeta,
son blancura incompleta;
que es el blanco la suma de colores
que miramos dispersos en las flores,
o se ofrecen hermosos
del iris en los rayos luminosos,
cuando la lluvia misma
hace las veces de gigante prisma.
Bien hayas ¡oh blancura!
Tú asumes colores y perfumes;
armonioso conjunto,
de la eterna Unidad débil trasunto;
recreo del sentido
que en ti encuentra placer no dividido;
antes que el fallo pronunciara el sabio,
ya al corazón lo transmitía al labio,
que nada afirma la preclara Ciencia
que no haya anticipado la conciencia.



Poema Por Ley De Herencia de Melchor De Palau



Arrojáronlos, sí, pero en sus ojos
quedó impreso el hermoso panorama
del Paraíso, y la siniestra llama
de aquella espada, fulminando enojos.

Por eso al contemplarse todo amante
en las pupilas de su dueño amado,
ve en el fondo el Paraíso reflejado,
y chispas de la espada fulgurante.



Poema Las Plantas Insectívoras de Melchor De Palau



ODA

Aun cuando es gigantesca la Natura,
a paso de gigante no camina;
desde la sombra oscura
al sol, que los espacios ilumina;
desde la ingente mole de granito,
al aire, que en su falda juguetea;
desde el cristal de roca al aerolito;
del caos a la idea;
desde la esponja al ruiseñor alado;
¡cuántas imperceptibles transiciones,
cuántos y cuán variados eslabones
la cadena sin fin de lo creado!

¡Quién a marcar se atreve
la línea divisoria
entre el ser y el no ser, si el polvo leve
recibe, en la mortuoria
morada, nueva forma transitoria,
y así la tumba aleve,
que a mentido reposo nos convida,
es semillero de fecunda vida!

¡Quién dirá con fijeza,
al contemplar el iris franjeado,
donde un color acaba y otro empieza!
¡á qué mortal es dado
señalar el momento
cuando, transformación maravillosa,
la crisálida pasa a mariposa!

¡De qué se ufana la moderna Ciencia
si precisar no sabe
la grande o la pequeña diferencia
entre el bruto y el ave!

Desde el son al silencio hay el murmullo;
entre la yema y el abierto broche,
el virginal capullo;
entre el día y la noche,
la lumbre del crepúsculo indecisa;
entre el gozo y el llanto la sonrisa,
y, de mi tesis en potente ayuda,
entre la fe, que arroba y extasía,
y la temosa negación impía
existe la penumbra de la duda.

Estas cavilaciones y otras tantas
a mi mente acudieron,
el primer día que mis ojos vieron
insectívoras plantas,

Era una tarde de apacible Mayo;
atmósfera de amor se respiraba,
y un espléndido sol amamantaba
la hermosa tierra con fecundo rayo.
Después de larga libación de flores,
y de admirar su gama de colores,
una infeliz abeja,
cuando el sol trasponía los alcores,
en la planta voraz caer se deja.
Como pequeñas trompas de elefante,
como de un pulpo los mucosos brazos,
se alzaron sus tentáculos dormidos,
y al insecto apresaron en ceñidos
inextricables lazos.

¡Quién te dijera, zumbadora abeja,
encanto del vergel,
que, cerca de tu fábrica de miel,
habías de tener tras dura reja,
en cárcel natural muerte cruel.

Quizá buscabas cariñoso amante,
que te ofreciera sus nectáreos dones;
y hallaste, ¡pobre insecto agonizante!
un vegetal estómago anhelante,
que ejercitó sus gástricas funciones.

Natura, de tres moldes poseedora,
en que fundir el átomo errabundo;
que ceba, al despuntar la clara aurora,
de de rosa el gusanillo inmundo;
que ha convertido en piedra
los saurios colosales;
que nutre de aire la lasciva yedra;
te ha destinado a pasto de una planta,
donde quizá halle jugo sustentoso
el pajarillo que en la selva canta.

La fábula de Dafne me recuerdas,
en lauro convertida;
hoy es forzoso que tu vida pierdas
y otro ser tome el ser que en ti se anida.

Tú, que del seno de las gayas flores
extraes con afán la blanda cera,
que, en el ara sagrada,
foco de luz, de incienso perfumada,
evoca la plegaria que redime;
o extendida en fonógrafo inconsciente,
donde la voz se imprime,
los sones remedando,
las flores en palabras vas cambiando;
hoy tu existencia exhalas
para alimento de una planta ignota,
la trama de tu vida ha sido rota,
hojas serán tus palpitantes alas.

¿Volverás a nacer? ¿Lucirá un día
en que surques de nuevo el firmamento,
águila real de esbelta gallardía,
O ruiseñor de melodioso acento?
¿Serás un grano de la espiga de oro?
¿pez de escamas de plata
que desaova en el raudal sonoro?
¿libélula gentil que el lago besa,
en donde su hermosura se retrata?
¿molécula de nube caprichosa?
¿célula, en el cerebro de los sabios?
¿chispa de luz en matutina estrella;
o esperarás en labios de doncella
el amoroso beso de otros labios?

¡Quién cree en el no ser! La mente humana
no resiste a tamaña desventura;
y en esta baja cárcel ya se afana
en conquistar la vida que perdura.
Si tiene la materia su mañana;
si eternamente flota
y al través de los tiempos se transmuda,
será del alma la existencia ignota
de condición más miserable y ruda?

¡Verdad por cierto rara
do la mente se abisma;
que lacten pechos yertos lo que nace
y que los seres por fatal enlace
tengan la muerte misma,
que tan sensiblemente los separa!

Vendrá mañana el balador cordero
y, con diente aguzado,
para un día vivir, tronchará fiero
la planta que a morir te ha condenado.
Que en la larga cadena de los seres
cuya íntima estructura
es y será al mortal desconocida,
alterna sabiamente la Natura
un eslabón de muerte, otro de vida.



Poema La Unidad De Las Fuerzas de Melchor De Palau



SONETO

A mi amigo el escultor Querol

Veo brotar de tu fecunda mano,
a que tantas creaciones son debidas,
la Unidad de las fuerzas conocidas,
que la vetusta alquimia buscó en vano.

Como para tu genio todo es llano,
das cima a las ideas concebidas,
y el mundo verá en mármol convertidas,
grandes conquistas del saber humano.

La unidad celular Haeckel proclama;
por la unidad de un Dios, con entereza,
van mártires cristianos a la llama;

uno es el Arte; una la Belleza;
uno es el hilo que las vidas trama,
y una, en su variedad, Naturaleza.



Poema La Primera Vuelta Al Mundo de Melchor De Palau



A Sebastián Elcano

ODA

¿Qué insólita derrota
a seguir va la temeraria flota
que se apercibe a abandonar velera ç
de Sanlúcar la plácida ribera?

¿Acaso quiere España,
que otro dominio en apartada zona
para ella el sol?ya sin descanso?alumbre?
¿No teme que, añadiendo a su corona
preciada joya de región extraña,
se rinda a la soberbia pesadumbre?

Cinco esbeltas armadas carabelas
al aire dan las impacientes velas;
un portugués las manda, Magallanes,
que en. su tierra nativa
mirando mal pagados sus afanes,
a trono que despide luz más viva
orgulloso ofreció sus arduos planes.

Ya el mastil giganteo,
cual caballo que, próximo el combate,
siente agudo acicate,
recibe de las lonas el golpeo.
Rizosos gallardetes,
formando coloridos ramilletes,
en los topes se agitan
de las inquietas naves;
parece que responden y que incitan
a los pañuelos que, cual blancas aves,
desde la arena al nauta felicitan.
Cadenciosas las olas
entonan halagüeñas barcarolas:
«Hurra» nutrido los espacios llena,
que aquellos animosos navegantes
la costa dejan sin amarga pena,
y, cual en mar azul luna serena,
la alegría riela en sus semblantes.

Mas no todo es placer en la jornada:
la mano en la obra muerta abandonada
del Concepción, un joven con intenso
dolor busca en la gaya muchedumbre
algún semblante amigo
que en él encienda la prendida lumbre,
y al no encontrarlo en el gentío denso,
y al verse lejos de los patrios lares,
dolido del quebranto,
una gota de llanto
deja caer en los undosos mares.

Vivaz su fantasía
vió que la gota errante
la redondez del mundo recorría
marcando un derrotero,
y un acento escuchó que le decía:
«síguela, Sebastián, aquí te espero.».

En línea avanzan las tajantes proas,
hendiendo el ya tranquilo
ya sañudo elemento,
con rumbo a las Canarias,
que al paso les envían el saludo
embriagador de mil esencias varias.
Del fondo de una nave
sube insidiosa con sus roncas voces
la insurrección, que Magallanes sabe
apagar en la cuna;
raudo enfrena el rugidor tumulto
y en solitaria arena
abandona al airado Cartagena;
prende con mano fuerte
a Quesada, a Mendoza
y en brazos los entrega de la muerte,
que no quiere que el crimen quede inulto,
pues tiene por más fiera y más insana
que la del mar, una tormenta humana.

Al descubrir de Santa Cruz el río,
con grito de terror que el alma hiela,
estréllase el Santiago en un bajío.
Desderrota después el San Antonio,
que a España vuelve la cansada vela
a dar de los azares testimonio.
Tierra lejana vislumbraron luego
que a plácido reposo les convida
moviendo cien y cien lenguas de fuego,
y, tras duros afanes,
al embocar el suspirado Estrecho,
se ensancha al fin el angustiado pecho
del grande Magallanes,
que, acreciendo las glorias españolas,
corta sereno sus virgíneas olas.

No goza el alma pura
cuando rompe la angosta
cárcel del cuerpo y álzase a la altura,
cual la flota, vencida la estrechura,
navegando sin ver frontera costa,
del Pacífico mar por la llanura.
Mas ¡ay! veces sobradas
lo que de encanto nuestro pecho inunda
sólo en su mal y en su dolor redunda.
¡Cuán tétricas jornadas!
cuán rudas privaciones
hasta dar en las islas desdichadas
y en las tierras abrigo de ladrones!

Por fin al cielo plugo
conducirles a costas abúndantes
do sacudieron el funesto yugo del hambre
y escorbuto devorantes.
¡A qué contar las islas perfumadas
que, cual flores en loto,
por el agua bañadas,
vieron surgir en aquel mar remoto!
Halagüeñas sus gentes colmában
les de expléndido tesoro
y en arnero sutil aechaban, oro,
an sólo en complacerles diligentes.
A trueque de infantiles bagatelas
llenaron de alcanfores y canelas
de jengibre, de sándalo aromoso
de ruibarbo amargoso,
los senos de las amplias carabelas.
Mas en sus aguas plácidas debía
la hueste exploradora
una baja sufrir que todavía
la madre patria llora.
Como en la siega con agudas hoces
allí tribus feroces
con flechas?á lo bajo disparadas
al ver que la armadura las embota?
amenguan despiadadas
la dotación de la ya escasa flota.
Allí perdió la vida
el grande Magallanes,
Moisés que en galardón a sus afanes
no pudo ver la tierra prometida.

Porque muera la flor gala del prado
no todo es acabado.
Natura bienhechora
en la negra caverna de la noche
nuevo ser elabora
y halla la luz de la temprana aurora
el capullo de ayer trocado en broche.
La tempestad bravía
que, cual provista de acerado tajo,
corta a cercén y llévase de cuajo
el roble que los siglos desafía,
no arrastra en su influencia
a la humilde semilla
que entre mojada arcilla
espera la oportuna florescencia.
También, cuando doliente
sin jefes y sin tino
va la marina gente
buscando quien alumbre en su camino;
cuando, arriado otra vez el estandarte,
por muerte de Duarte,
terror medroso cunde,
el ánimo esforzado desfallece,
y el desaliento crece,
que en reflexión constante se difunde,
cual águila ostentosa
que, al escuchar insólito murmullo,
se eleva poderosa
Elcano se presenta, y animosa
la Armada le saluda con orgullo,
y él que ya siente el no lejano arrullo
de las alas batientes de la Fama
y el clamor de la trompa que le aclama,
deja al surcar los mares de la gloria
el buque Concepción, toma el Victoria.

Empuñando la enseña castellana,
y en la cabeza el herrumbroso yelmo,
«triunfar o perecer», hincado jura,
y es fama que, al llegar la noche oscura,
el fuego de San Telmo,
festejo de la nave capitana,
contorneó su esbelta arboladura.

Ya abandona la rada de Borneo,
y hacia Timor intrépido se lanza,
que vivo como el rayo es su deseo
grande como el Oceano su esperanza.
Mirad ya sólo el buque en que navega
a los azares de la mar se entrega;
que, por adversos hados,
los bravos tripulantes detenidos
del Trinidad, recuerdan angustiados,
que a la fama son muchos los llamados,
y pocos elegidos.

Los ojos en la aguja palpitante,
explota la pasión que, con transporte,
la hacer tender amante
al escondido Norte,
y con tosco instrumento
fija el virgíneo punto
do se encuentra la nave,
que a gran mengua tuviera y detrimento
no dejar de su paso más trasunto
que aquel que deja el ave
al cruzar la región del vago viento.

Mas, celoso Neptuno
de la gloria pelágica de Elcano,
auxilio pide al veleidoso Eolo,
y empuñando el tridente,
de consuno la nave empujan al terrible polo.
Presto se cambia el bienestar en luto;
el gusano asqueroso
con el hombre comparte y devora afanoso
la mísera ración que se reparte.
Diezmados por maléfico escorbuto,
para esquivar del hambre la tortura,
se apoderan de fétidos despojos,
con socavados ojos
que remedan la hueca sepultura.
Agua piden al agua sus gargantas
ardiendo como fragua,
y en la dura aflicción que les azota
no descubre su vista acongojada
ni un pez siquiera en la mansión salada
ni en la mansión del aire una gaviota.
La Muerte por las crestas del olaje,
aterradora viene
y penetra en el buque al abordaje.
La superficie undosa
del mar trocada en gigantesca losa,
fosforece con brillo funerario;
aspecto de sepulcro el casco tiene,
y el velamen aspecto de sudario.

Cierta noche en que Elcano
seca la boca, la mirada mustia,
presa de horrible angustia
la pensadora frente en la ancha mano,
pedía ansioso al cielo
el término a su amargo desconsuelo,
vio brillar de repente
la roja lumbre de la austral aurora,
y asomar a deshora
un encarnado sol resplandeciente.
Leve brisa suave,
de aroma de azahares impregnada,
flotó en la inficionada cubierta de la nave.
Armonioso concento,
llevado en alas de placible viento,
puebla el azul espacio,
y de entusiasmo llenas
abandonando el húmedo palacio
a escucharlo salieron las palacio sirenas.
Alzó los ojos y miró asombrado
el árbol giganteo
en Genio transformado,
aunque se cubre con marcial arreo,
noble aspecto presenta de matrona;
su vestido preciado,
de emblemas tachonado,
su cuna y su poder claro pregona.
Las blancas velas, como propias alas,
violentamente agita;
tan raudo sobre el mar se precipita
que parejas corriera con las balas.
Poco a poco su empuje
disminuye y prosigue el camino,
como albatros marino,
que por la espuma de las olas huye.
Un no olvidado acento
llenó entonces los aires de armonía,
y Elcano, que prestaba oído atento,
percibió que vibrante le decía:
«Aunque es el mar del Sur tu adversa suerte,
y bajo de sus olas
un día yacerá tu cuerpo inerte,
en aumento de glorias españolas,
hoy vengo a libertarte de la muerte.
Acude presuroso
a la playa tu punto de partida,
de argonauta con fe nunca vencida
cierra el circuito de tu paso honroso.
Avanza siempre, avanza,
con pecho fuerte y bravo;
mira ya en lontananza
se ve asomar el bendecido cabo
de la Buena Esperanza.
Del Pisuerga en la orilla deleitosa,
Carlos Quinto te espera
y cuando sepa que a la densa esfera
has, como Dux a la marina esposa,
con anillo nupcial engalanado,
en peregrino dote
daráte honroso mote
que diga que «el primero la has cercado».

Desparece el coloso
mira hacia atrás Elcano ya animoso;
interminable estela
va dejando su rauda carabela,
y atónito se fija en la constancia
con que dibuja un nombre, el de Numancia.

¿Por qué acude, al lucir la clara aurora,
la gente de Sanlúcar a la playa
y?mientras con el labio a Dios bendice?
del horizonte la dudosa raya
con la mirada explora?
Gran agorero el corazón le dice
que las plácidas velas,
que del alba a los nítidos reflejos
destácanse a lo lejos,
son de una de las raudas carabelas
que la patria risueña abandonaron
y hacia mares sin rumbo navegaron.

Vedla llegar, cual disparada flecha
que consumió en el aire su energía,
é indolente se abate;
sin la jarcia, maltrecha,
truncada la soberbia arboladura
del viento y mar bravía
por el furioso embate;
en todo semejante a la armadura
que sostuvo lo recio del combate.
Tremolando la enseña victoriosa,
de proa en el alcázar aparece
la figura de Elcano majestosa;
la vocería, al divisarle, crece,
las lanchas a la mar se precipitan;
los pañuelos se agitan,
roncos los bronces suenan
y vítores sin par el aire llenan.
? ¿Qué es lo que hizo ??pregúntale a un anciano
un niño a quien conduce de la mano?
¿qué promueve entusiasmo tan profundo?
?Mira; con ese ceñidor de plata
que, rastro de la nave se dilata,
acaba de cercar el vasto mundo.?



Poema La Poesía Y La Ciencia de Melchor De Palau



Muda la lira en la indolente mano;
desceñida la túnica; en el aire
la flotante abundosa cabellera,
que ya no logra sujetar el mustio
laurel de Dafne, sube la Poesía
a paso lento el Léucade riscoso;
buscando va la muerte que halló un tiempo
de Mitylene la poetisa augusta:
breve instante reposa; atrás contempla
y ve razas y pueblos sucederse;
por doquiera se mira reflejada,
siempre su luz iluminando el cuadro;
jovial sonrisa en las alegres fiestas,
lágrima dulce en las luctuosas horas;
mira lo porvenir, lo ve sombrío,
y prosigue el sendero; al ardua cumbre
llega por fin; las aguas acaricia
con su mirada virginal, y lanza
a los vientos su canto postrimero:

«Sacerdotisa de la cipria Diosa:
eolia Musa, de celeste numen;
cantora de Eros; en amor maestra;
mísera Safo.

Faón un día desoyó tus versos;
esquívó el beso tu labio ardiente,
y tú orgullosa demandaste al onda
tumba y olvido.

También hoy vengo a que la diva Tetis
cabe tu cuerpo reposar me deje;
también el mundo mi canción desoye,
huye mi halago.

Las sacras aras, donde yo oficiaba,
por tierra yacen en pedazos rotas;
ya de Himeneo a celebrar las fiestas
nadie me invita.

Ya se ha secado la Castalia fuente;
de abierta concha ya no surge Venus:
ávido el hombre sólo en ellas busca
nítidas perlas.

Ya no arrebata Prometeo al cielo
la luz y el fuego que doquiera brotan;
y, en vez de ondinas, codiciosos buzos
surcan las aguas.

Bella nereida en regolfado río,
que el cauce deja para dar impulso
a la rodante maquinaria activa,
ya nunca mora.

Cupido alado, sin vendar los ojos,
con oro trata de llenar su aljaba,
para rendir el corazón humano
única flecha.

Los altos bosques la segur abate,
para abrir campo a la ferrada vía;
ya del Dios Pan reemplaza al caramillo,
silbo estridente.

Nuevo Pegaso por los aires vuela,
y gañán torpe de pelambre hirsuta
abandonada del pastor de Arcadia
vive en la choza.

Cayó el castillo que albergara al bardo,
el son perdióse de la blanda guzla;
para escucharle, al ajimez morisco
nadie se asoma.

Dejó el querub la sideral vivienda,
que el anteojo escrutador invade,
y hacia Otros cielos dirigió las alas,
lejos, muy lejos.

La gran corriente, que convierte en ruina
lo que delicia de las gentes era,
mantos no arrastra de fecundo limo,
do broten flores.

Nada vislumbro que a cantar me incite
en este siglo para mí en tinieblas;
cuando la noche su negrura extiende
callan las aves.

La indiferencia me atosiga el alma,
todos me infligen dolorosa muerte,
la más tirana que pudieran darme:
la del desprecio.

Por eso anhelo que las aguas sean
blando Leteo a mi mortal angustia;
cual tú sentida, si cual tú celosa,
a ellas acudo.

Mas ¡cuán distintos los adversos hados!
en torno tuyo, en armonioso coro,
las condolidas por tu suerte infausta,
hijas de Lesbos.

En torno mío soledad penosa,
y allá a lo lejos zumbador murmullo
que, en su fatiga, forma inquieto el siglo
que me rechaza.

Y tú, Anfitrite, que en la mar dominas,
acoge pía mi anhelante queja:
a mi contacto las voraces ondas
abre, te ruego.

No quiero, no, que con sarcasmo el mundo
prorrumpa al ver me abandonada y triste:
«esa que veis de túnica harapienta
fue la Poesía.»

Un suspiro lanzaron de consuno
ella y la lira; al agua abalanzóse,
cuando?Detente y mi palabra escucha?
con voz entre imperiosa y suplicante,
gentil matrona de gallardo aspecto
dijo, tendiendo los desnudos brazos.
?Diosa o mortal, ¿quién eres que retardas
el cumplimiento de marcado sino?
?Tu compañera soy, yo soy la Ciencia.
?¡Minerva tú! ¿Dó el casco refulgente?
¿Dó la heridora lanza y el escudo?
?No soy la diosa que brotó con armas
de la frente de Júpiter Tonante;
yo nací del cerebro de los sabios,
en nocturnas vigilias engendrada;
si al mar quieres bajar, baja conmigo,
mas no rompiendo las cerúleas ondas,
sino en ictíneo previsor, que encierra
vital aliento en reducido espacio,
y una vez agotado lo fabrica;
allí las penatulas luminosas;
las estrellas de mar en copia inmensa;
el pez-luna asomando en lontananza;
la nublosa fosfórea superficie
y del torpedo los mortales rayos,
te mostrarán que en las verdosas aguas,
do los astros nocturnos se reflejan,
existe un duplicado firmamento,
objeto digno a tu sonante lira.
Contemplarás los peces plateados
en los ramajes del coral posarse;
las conchas que a la mar las sales roban
para nidal de las variadas perlas;
las medusas viajando en las corrientes;
las sinuosas oceánicas honduras
corresponderse en armonioso ritmo
con las cadenas de los altos montes,
que con nubes completan su tocado,
el argonauta audaz que enseñó al hombre
el arte de nadar; la hidra asombrosa
que la de Lerma por modelo tuvo;
las islas madrepóricas formarse;
y escucharás los peces cantadores
que tomaste por lúbricas sirenas.
Pasto hallará tu inspiración sublime
doquier que vuelvas los ansiosos ojos;
Colón descubrió un mundo al otro lado,
otro resta en el fondo de las aguas.
Dejando el regio alcázar de Neptuno,
del orbe seguir puedes la raigambre
y el Nilo allí explorar de la existencia,
hasta su ignoto origen remontando.
Merced al telescopio, el alto cielo
conmigo escalarás; ebrias de gozo,
de los planetas de la tierra hermanos
el hálito vital aspiraremos,
y, cruzando su atmósfera tranquila,
el pie descansaremos breve instante,
atraídas, aún más que por su masa,
por el fuerte poder de su hermosura.
Tu mirada sutil, si desparecen
a mi soplo las brumas, ¡cuántos, cuántos
verá surgir lumbrosos horizontes!
¿Qué vale el cielo, cuya ausencia lloras,
manto azul que de estrellas salpicado
formaba el techo de la tienda humana,
en parangón con el que allí descubras,
etéreo mar sin fondo ni riberas,
donde flotan los soles a porfía,
y en el que es nuestro globo un diminuto
grano de opaca arena? En moldes nuevos
vaciar debes tus obras inmortales;
con hilos del telégrafo reemplaza
las ya insonoras cuerdas del salterio.
Canta la selección de aves y flores,
que es un himno entonar a la belleza,
copiosa fuente de vital progreso,
fecunda ley que hasta el reptil acata.
Comienza la epopeya del trabajo,
que, a Dios alzando vaporoso incienso,
las montañas enrasa con los valles,
los cauces endereza tortuosos,
y da a beber al arenal enjuto.
Canta el hombre, luciérnaga rastrera
que con el fuego de su mente alumbra,
y a cumplir nace las arcanas leyes
de mejorarse, mejorando el mundo.
De la Ciencia los mártires ensalza;
hora es de que sus cuerpos venerandos
dejen las catacumbas del olvido.
Canta la edad de piedra y la del hierro;
las embrionarias nebulosas canta;
canta el beso reciente de dos mares;
de los espacios convertida en buzo,
sondea sus prodigios; canta el verbo
por haces luminosos transportado;
la vida amamantándose en la muerte;
del piélago y la luna los amores;
el horrible tardío nacimiento
del Pirene y del Alpe; los suspiros
de lava incandescente; el nuevo coro
que en su labor las máquinas entonan;
la materia radiante que hace gala
del nervioso poder del cuarto estado;
los núcleos de infusorios tan temibles
como un día los fieros mastodontes;
canta el vapor que absorbe las distancias;
el fonógrafo canta, que eterniza
los ecos de amorosos juramentos;
canta el sol que a los prismas espectrales
ha confiado el secreto de su esencia;
de los átomos canta el oleaje;
y el progreso que lento peregrina,
quizá influido en su triunfal carrera
por las terreo-magnéticas corrientes,
que palpitante brújula señala.
En olvido no pongas a esos hombres
herederos del don de los milagros,
Edison y Graham-Bell; ni al Padre Secchi,
que en el cielo vivió desde la tierra,
y hoy en la tierra vive desde el cielo:
a Nordenskj y a Livingstone no olvides,
qué, sólo por mi amor, han recorrido
del Polo Norte la cabeza cana
y el virgen corazón de África ardiente.

Yo de ti necesito, amada mía,
como la flor los plácidos colores
para atraer la vaga mariposa,
que, entre el polvillo de sus tenues alas,
lleve a otra flor el polen fecundante.
Tú endulzarás mis horas de amargura,
cual del pueblo de Dios el cautiverio;
tú cubrirás mi desnudez austera
con tus leves cendales, que embellecen,
mal velando, los mórbidos contornos;
alados nacerán mis pensamientos;
encenderás la ardiente fantasía,
telescopio del sabio en cuyas sienes
pondrás el lauro que tus manos tejan,
envuelto en los fulgores de tu nimbo,
ascenderá a la cumbre de la gloria.
Ya la Industria y el Arte se enlazaron,
presto sigamos tan fecundo ejemplo:
yo seré la materia, tú el espíritu;
o el fuego, tú la luz que de él emana;
yo el análisis frío, tú la síntesis
que con las flores bellas forma el ramo;
yo la roca, tú el águila que afirma
la planta en ella al remontarse al cielo;
yo la raíz y el tronco, tú las ramas
do posen las canoras avecillas.
Tú serás la intuición, yo el raciocinio;
tú la meta lejana, yo el atleta
que al fin la alcanza a su fatiga en premio;
tú la hipótesis, lampo fulguroso,
yo el caminante que en oscura noche
busca a su luz la suspirada senda.
Cual dos abejas en vergel ameno,
aunadas volaremos, con hartura
libando sus dulzores virginales,
para una miel labrar muy más sabrosa
que la de Himeto, hasta a los Dioses grata.
Los ídolos, por tierra derribados,
que formaron tus juegos infantiles
consérvalos en clásico museo
pero no en el altar; no los invoques,
y parcamente a su consejo acude;
¡a qué pedir belleza a la mentira
si en campos de verdad brota espontánea!
si esos mundos que miras rutilantes
son granos de semilla, que contienen
la balsámica flor de la hermosura,
si el corneta fugaz, y el rayo inquieto,
y el arco iris, y la láctea vía,
renglones son del inmortal poema
que, festejando la creación naciente,
escribió Dios en el inmenso espacio,
y que ya deletrear consigue el hombre

Calló la Ciencia; con intenso anhelo
arrojose en sus brazos la Poesía,
y, un ósculo al cambiarse cariñoso,
la lira muda en la indolente mano,
a sonar comenzó, cual arpa eolia
del verde ramo de un laurel colgada.



Poema La Forma Poética de Melchor De Palau



SONETO

Quien desea encontrar substancia pura
nunca la busca en el revuelto cieno,
ni en el hierro en fusión, de escorias lleno,
sino bajo una armónica figura.

En cristales de mágica tersura,
que claro muestran de la forma el freno,
cual hija predilecta de su seno,
nos la brinda la próvida Natura.

También del verbo la más alta fase,
la que revela intrínseca pureza,
es la que tiene, como firme base,

del geométrico modo la fijeza;
que el contorno y el ritmo de la frase
hacen que cristalice su belleza.



Poema Glorias Efímeras Del Artista Dramático de Melchor De Palau



e fia con l?opre eterno anche il mio amore.
M. BUONARROTTI (Son. xxxix).

ODA

De Paros en la pródiga cantera
arranca Fidias un informe bloque,
y, del cincel al choque,
va, con mano certera,
labrando blanca estatua portentosa,
en el cielo del arte estrella hermosa.

Cuando la Parca aviesa,
que en romper lo vivaz encuentra goce,
torna al artista en fúnebre pavesa,
viendo el prodigio, cesa
un momento en su bárbara porfía:
a las claras conoce
que aquel mármol su filo mellaría,
y, merced a su obra, eterna vida
el escultor recobra.

Cual de náufrago el cuerpo mutilado
que el mar depone en la arenosa playa
a saber quién fue el mísero conduce,
restos que el mar de Grecia ha vomitado,
aún hoy modelos de la ciencia gaya,
que su armónica forma reproduce,
nos revelan de Safo la existencia,
y de su amor la cálida vehemencia.

Homero vagabundo,
en la mente la luz de su mirada,
llena con su lijada
y Odisea los ámbitos del mundo;
inhumado el cantor, el orbe entero
al palpitar va repitiendo Homero.

Rivales Miguel Ángel y Bramante,
a quienes nada arredra
juntos alzan en Roma la triunfante
un poema de piedra;
y bajo de sus cúpulas y arcadas
hoy vagan sus dos sombras veneradas.

Pone Murillo entre su cielo y tierra
la atmósfera indecisa, la belleza divisa
que el alto empíreo encierra,
y, mojando en el iris los pinceles,
renombre alcanza dé moderno Apeles;
al acabar de su fecunda vida,
cual parte de su ser sus obras deja,
ni toda su materia es desprendida,
ni del todo su espíritu se aleja.

Del Quijote las varias ediciones
antiguas y modernas,
formaran a la estatua de Cervantes
pedestal de titáneas dimensiones;
de Egipto las pirámides gigantes
más altas podrán ser, no más eternas.

Haydn, Mozart, Beethoven,
vuestras célicas notas peregrinas
no temáis que los tiempos nunca os roben;
por ellas viviréis perennemente,
que cual raudas aladas golondrinas
vuelan de mente en mente
y hacen vuestro recuerdo siempre joven.

Prerrogativa inmensa del más fuerte
el Ingenio hace escarnio de la Muerte;
cual los héroes antiguos, su figura
va creciendo en la negra sepultura;
su aliento soberano
al través de los siglos se percibe;
del ágil tiempo la invisible mano
borrar cuanto produjo intenta en vano,
en fácil copia nuevo ser recibe
y el autor a sus obras sobrevive.

Si una flor ha aromado la existencia
de escultores, poetas y pintores,
con mágica influencia,
al descender a la mortuoria tumba,
le comunican su inmortal esencia;
en mármoles, en letras y en colores
le transfieren la vida de ultratumba.

Pues su belleza reflejó divina,
vivirá con Rafael la Fornarina.
De Friné la hetaira, Praxiteles
dice a los siglos la belleza suma,
con clásicos cinceles,
en su Venus saliendo de la espuma;
no es poderosa la terrible Parca
para anular el mágico amuleto:
Beatriz y Laura, de su amor objeto,
durarán cuanto el Dante y el Petrarca.

Mas ¡cuán otra la suerte del dramático artista!
Las pasiones más sórdidas traduce,
en estatua animada se convierte,
los héroes de la historia reproduce,
y, cuando el lauro popular conquista,
le torna polvo inerte
el ponzoñoso aliento de la Muerte.
¡Qué de Roscio nos queda
que a Plauto y a Terencio dio la gloria!
¡Qué sabio habrá que pueda,
por ímprobos que sean sus afanes,
revelarnos su voz, sus ademanes!
Sólo se hace memoria
de su pródiga mano y sus riquezas;
sólo mienta la historia
sus caras gastronómicas rarezas;
si Cicerón en su favor no hablara
quizá de su existencia se dudara.
¡Qué se sabe de Kean, el saltabanco,
en el papel de Shylock, tan famoso!
¡qué de Talma glorioso
que el grande Napoleón colmó de honores!
Vivieron ¡ay! la vida de las flores:
abrirse, dar recreo a los sentidos,
perfumar el ambiente,
y morir tristemente,
hoy olvidados cuanto ayer queridos;
sólo en Shakespeare se admira
el vario son de su humanada lira;
del español actor Lope de Rueda
huyó el decir, sólo la farsa queda.
¡Quién que aplauda la pléyade brillante
que Italia cariñosa nos envía,
se acuerda ni siquiera breve instante
de Módena, el insigne comediante
que lególes su sabia maestría!
Máiquez, Guzmán, Latorre,
ídolos de la hispana muchedumbre,
todos caísteis cual soberbia torre
que se rinde a su propia pesadumbre.
Cayó como la piedra en la laguna
también el gran Romea,
que del arte moderno fue la cuna;
hoy aun guardamos indecisa idea,
las edades futuras
se perderán en vagas conjeturas;
y van con lento paso caminando al ocaso
con Valero, Matilde y la Teodora,
cuya luz no extinguida,
mas vacilante ya, la patria llora,
pues comprende angustiada
que en la tragicomedia de la vida
ya representan la postrer jornada.
¡Qué resta, pues, del más egregio artista,
la muerte al ocultarlo a nuestra vista!
un epitafio en polvorienta losa
que nos dice, a lo más, «aquí reposa».

Pensad por un momento, qué amargura,
si, por ley de natura
o por humana ley siempre acatada,
al morir la criatura
arrastrara sus obras a la oscura
mansión inescrutable de la nada;
y los cuadros de Vinci, de Ticiano,
de Coello, Velázquez, Juan de Juanes;
los trazos que formó la experta mano
de los Van-Dyks, Riberas, Zurbaranes;
la Eneida, la Iliada, de Klópstock la Mesiada,
los poemas de Osián, de Palestrina
los seráficos sones, la Capilla Sixtina,
las árabes labradas construcciones,
de San Pedro la cúpula gigante,
y la Venus de Milo,
y el templo de Karnak cercano al Nilo,
y el Escorial macizo y arrogante,
con de quien los creó yertos despojos
ocultado se habrían a los ojos.

Aciaga desventura al actor acaece,
todo con él fenece,
breve pasto de hambrienta sepultura;
muere el artista al acabar el hombre
y apenas queda rastro de su nombre.

Hoy que la Ciencia lo pasado exhuma,
que los arcanos de la mar revuelve,
que segura resuelve
los más arduos problemas con la pluma,
que fija el rayo, y con audacia suma
rasga los velos en que el sol se envuelve,
¿ha de sufrir la vergonzosa mengua
de ver que ante sus ojos lo presente
se desvanece como sombra yana?
¿juzgarase impotente
para lograr que el hoy tenga un mañana?

¡Quién sabe! Ya el fotógrafo
fija las estatuarias actitudes
del dramático artista;
presto quizá el fonógrafo,
que a balbucir empieza,
recoja los acentos
de sus dulces y airados sentimientos;
quizá no tarde la incansable Ciencia
con invento asombroso
en prolongar su efímera existencia,
y aquel que de Melpómene o Talía
al culto se -consagra generoso,
si con fulgor de prepotente genio
iluminó el proscenio,
vencerá de la Muerte la porfía;
huésped eterno de futura gente,
con rasgos propios trazará su historia
y la corona ceñirá esplendente,
de inmarcesible gloria,
hoy sólo de pasada, por su frente.



Poema Geografía Amorosa de Melchor De Palau



Dos partes tiene el mundo, según cuento,
dos partes nada más;
una donde estás tú, mi dulce aliento,
otra donde no estás.



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