poemas vida obra k




Poema Karla Dolores de Vidaluz Meneses



Karla Dolores es un poema japonés.
Sus ojos fueron hechos de palabras
rasgadas.
y su piel, de finísima porcelana,
fue robada a Lin Fu, el alfarero.

Karla Dolores, el mejor poema
que tu madre no escribió:
tú te hiciste.

Karla Dolores es un poema japonés
que en su pequeñez mueve inmensidades.



Poema Kennamore Street de José María Fonollosa



Yo quiero que tú sufras lo que sufro:
aprenderé a rezar para lograrlo.

Yo quiero que te sientas tan inútil
como un vaso sin whisky entre las manos;
que sientas en el pecho el corazón
como si fuera el de otro y te doliese.

Yo quiero que te asomes a cada hora
como un preso aferrado a su ventana
y que sean las piedras de la calle
el único paisaje de tus ojos.

Yo deseo tu muerte donde estés.
Aprenderé a rezar para lograrlo.



Poema Kilimanjaro de Mario Payeras



No es la nostalgia humana
por las viejas primaveras de un país
donde los pájaros son mansos,
ni por las lluvias de la infancia
que nos dejaron los ojos diáfanos para siempre,
sino por la región de las nieves perennes
que añoran en la vejez los elefantes
de todos los zoológicos del mundo,
hacia la que una mañana,
dicen,
emprenderemos viaje,
con el secreto dolor de que no habrá regreso
a ninguno de los sitios en que fuimos felices.



Poema Khalil Gibrán de Marilina Rebora



No es suficiente dar, ni dar con alegría;
ni tampoco es bastante dar con renunciamiento;
menos, dar con dolor, un poco cada día,
esperando de otros el reconocimiento.

Y no basta ?siquiera? el dar por ser virtuoso,
aunque el alma egoísta, aleccionada, calle;
hay que dar, simplemente, como el mirto oloroso
que esparce, sin saberlo, su fragancia en el valle.

Más aún: es forzoso merecer ser donante,
que a través de esas manos diga Dios lo que piensa
y sonría dichoso detrás de la mirada.
El poeta oriental nos pone por delante
la sola realidad de la íntima conciencia,
testigos, como somos, sin ser dueños de nada.



Poema Karma de Luz Méndez De La Vega



Con un amor que nace
nace cada vez
el primer amor
y el primer amante.

Con un amor que muere,
muere, cada vez,
el amor
y todos los amantes.

Con cada nuevo amor
tercamente renacemos
para ¡tercamente! morir
en goce y tortura eternos.



Poema Kustendje, A Orillas Del Mar Negro de Luis Benítez



A José Kozer

Me decías en tu carta que es bella Kustendjé,
cuando los chinos y el viento llegan del Mar Negro
y que no lejos de la estación de ómnibus
hay una piedra donde -te dijeron- se sentaba Ovidio
cuando se llamaba Tomis y era su destierro.

Nadie, la divinidad, nos salve del favor de los poderosos,
que de los cambios no se salva nadie.

Que ayer demolieron la última estatua de Lenín
y que en Tomis él lloraba la Roma nocturna,
risueña, la frívola lectura de poemas de amor,
la arrepentida resaca del mediodía siguiente,
cuando con otros ociosos comentaba licencias,
conquistas o rechazos, en los baños o en las calles
de un mundo que reía para siempre.

Me decías en tu carta que todavía murmuran poco inglés
y que mientras hablaba solo y espantaba las gallinas
con la voz de sus hexámetros, seguía siendo Ovidio
aquel viejo andrajoso, el mismo que otras ropas
y cabellos y perfumes presentaron a Augusto.

Que ya sabías por qué las piedras y los versos
cambian, cuando cambia la mirada, así como
-antes de la metamorfosis- Ovidio supo
por qué la poesía le interesa a nadie.



Poema Katábasis de Jon Juaristi



A Joseba Sarrionandía

¿De dónde vienen esas luces,
dónde están los marinos
del barco antiguo?
Francisco Ibernia

Decid ¿cómo zafarse
de estas tristes anémonas,
arrastrado a la vasta
oscuridad del fondo?

Vidrio abisal ¿qué es esa
luminaria imprecisa?
Llama malva no extinta
desciende con nosotros.

Arriba, las cuadernas
abiertas del esquife:
alta quilla, acerado
esternón silencioso.

Ah la tierna madera,
tacto suave del pino,
arrebatada gloria
del olivo y del olmo.

Caer. Caer despacio,
como un áncora enferma.
Madréporas hostiles
vedarán mi retorno.

“Diario de un poeta recién cansado” 1985



Poema Karma de Inmaculada Mengíbar



En los últimos años,
Ulises y Penélope
han realizado algunas visitas a una bruja:
Siempre salía yo.

Y por más que él negara cualquier cosa,
me dice que Penélope
se ha puesto como loca a restaurar las redes
y a la vez a buscar apartamento.
Y que ahora es el fin.
Que por eso ha venido.

Cuando me lo confiesa,
todo esto me deja no sé cómo, de pronto.



Poema Kvinorgarden* (predio De Las Mujeres ) de Carlos Barral



Bien, llévame si quieres al jardín de la Reina;
veré el verde maltrecho por las nieves tardías
y el furuoso brotar de las flores salvajes
y los tallos turgentes que quieren ser mordidos
y a Pomona en la cumbre carmín de una avenida,
con cuervos en los hombros, y una excedra sin nadie.

Mas dime si habrá gente, si habrá por los caminos
altos viejos sin sombra y niños relucientes,
si músicos ociosos con grandes volantines
y amantes de domingo, y si muchachas
tendidas en la yerba, discretamente a solas
con este sol extraño de dedos tan ligeros.

Porque ante todo vine para ver si los cuerpos
eran como los cuentan.
Si los pezones puros como puntas de pica
y los muslos morosos como fiesta
campestre desde el alba,
y la espalda de concha iridiscente
y altas las nalgas como en los sueños,
ríos
de piel resuelta, mansa vía
de gentes que no penan por sus formas
de animales enhiestos y lampiños,
y comparan su vello anaranjado
y aprecian lo distinto y que se ríen
del paisaje menudo de los pliegues
inguinales,
tan blando y tan exacto,
y se ungen la piel unos a otros
y se acarician con los abedules.

Dime si es cierto y di si podré verlo
y si podré ocultar mis gestos sin despacio
y no sospecharán que les espío
ni habrán de sentir miedo de mis ojos abiertos
llenos de blancas sombras y rincones obscuros

Y si me sonriesen, di, ¿qué haría?
con las manos tenaces, envaradas,
sin ni siquiera un libro en que enterrar los dedos.

Di si debo aceptar el trébol que me ofrezcan
vulgar y de tres hojas, como en los campos míos.

* Un imaginario parque estocolmés.



Poema Kore de Gabriel Ferrater



Sonríe, cada vez
que otra cosa de ella
merece un amor tuyo.
Sonríe, al salir de ella,
que se te cierra intacta.
Sonríe con ternura,
que no os suplicará
(tú, con tu mundo ávido)
que la llaméis bondad,
y apenas adivinas
cómo se absorbe. Aún
ha de sumarse. Aún
va naciendo su cuerpo.

Versión de José Agustín Goytisolo



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