Poema Salmo De La Cautividad de Josep Carner



Cada mirada nuestra está empañada;
cada palabra, esclava.
Nuestras vidas abate cada día
quien, por odio a la paz, nos unce al yugo.

¡Oh Dios, que con castigos nos adviertes.
Que el son de nuestro llanto dulce te suene.
Tus siervos aman estas piedras suyas,
se compadecen de su triste polvo.

Da a nuestros días savia de esperanza;
cruel es todo poder si tu mirada huye;
que te obedezca siempre quien a ti se confía:
destruido será quien se creía a salvo de tu enojo.

Tú, que aventajando en piedad a los jueces,
salvas con la mirada al condenado,
levanta los despojos de lo que un día fuimos,
danos alguna prenda de tu benignidad.

Dura el tiempo de prueba una jornada;
tu castigo, una noche.
Nunca será perpetuamente removida
la tierra que has creado.

Que se oiga nuestra voz, que hoy nos ahoga,
en cántico inmortal.
Salva, bajo columnas renacientes,
nuestro solar paterno.

Que el oro de tu asoleo
consuele los barrancos y corone la cima
cuando tu aliento nos retires
y en tierra nos conviertas de la que un día vinimos.

Versión de José Corredor-Matheos
«Ocho siglos de poesía catalana», Editorial Alianza



Poema En Un Dulce Estupor de José Martí



En un dulce estupor soñando estaba
Con las bellezas de la tierra mía:
Fuera, el invierno lívido gemía,
Y en mi cuarto sin luz el sol brillaba.

La sombra sobre mí centelleaba
Como un diamante negro, y yo sentía
Que la frente soberbia me crecía,
Y que un águila al cielo me encumbraba.

Iba hinchando este gozo el alma oscura,
Cuando me vi de súbito estrechado
Contra el seno fatal de una hermosura:

Y al sentirme en sus brazos apretado,
Me pareció rodar desde una altura
Y rodar por la tierra despeñado.



Poema Dormida de José Martí



De sus pestañas al peso
el ancho párpado entorna,
lirio que, al sol que se torna,
se cierra pidiendo un beso.

Y luego como fragante
magnolia que desenvuelve
sus blancas hojas, revuelve
el tenue encaje flotante:

De mi capricho al vagar
imagínala mi amor,
¡una Venus del pudor
surgiendo de un nuevo mar!

Cuando la lámpara vaga
en este templo de amores,
con sus blandos resplandores
más que la alumbra, la halaga.

Cuando la ropa ligera
sobre su cutis rosado,
ondula como el alado
pabellón de primavera.

Cuando su seno desnudo,
indefenso, a mi respeto
pone más valla que el peto
de bravo guerrero rudo.

Siento que puede el amor,
dormida y desnuda al verla,
dejar perla a la que es perla,
dejar flor a la que es flor.

Sobre sus labios podría
los labios míos posar,
y en su seno reclinar
la pobre cabeza mía.

Y con mi aliento volver
mariposa a la crisálida;
y a la clara rosa pálida
animar y enrojecer.

Pero aquí, desde la sombra
donde amante la contemplo,
manchar no quiero del templo
con paso impuro la alfombra.

Al acercarme, en ligera
procesión avergonzado,
¿no volaría el alado
pabellón de primavera?

¡Al reflejarme el espejo,
que la copia entre albas hojas,
negras las tornara y rojas
de la lámpara al reflejo!

Dicen que suele volar
por los espacios perdida
el alma, y en otra vida
sus alas puras bañar.

Dicen que vuelve a venir
a su cuerpo con la aurora,
para volver – ¡la traidora! –
con cada noche a partir.

Y si su espíritu en leda
beatitud los cielos hiende,
de esa mujer que se extiende
bella ante mí qué me queda?

Blanco cuerpo, línea fría,
molde hueco, vaso roto,
¡y viajera por lo ignoto
la luz que los encendía!

Y ¿a mí que tanto te quiero,
delicada peregrina,
turbar la marcha divina
de tu espíritu viajero?

¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien: – ¡mi mano impía
no irá a cortarte las alas!-



Poema Contra El Verso Retórico de José Martí



Contra el verso retórico y ornado
El verso natural. Acá un torrente:
Aquí una piedra seca. Allá un dorado
Pájaro, que en las ramas verdes brilla,
Como una marañuela entre esmeraldas –
Acá la huella fétida y viscosa
De un gusano: los ojos, dos burbujas
De fango, pardo el vientre, craso, inmundo.
Por sobre el árbol, más arriba, sola
En el cielo de acero una segura
Estrella; y a los pies el horno,
El horno a cuyo ardor la tierra cuece –
Llamas, llamas que luchan, con abiertos
Huecos como ojos, lenguas como brazos,
Savia como de hombre, punta aguda
Cual de espada: ¡la espada de la vida
Que incendio a incendio gana al fin, la tierra!
Trepa: viene de adentro: ruge: aborta.
Empieza el hombre en fuego y para en ala.

Y a su paso triunfal, los maculados,
Los viles, los cobardes, los vencidos,
Como serpientes, como gozques, como
Cocodrilos de doble dentadura,
De acá, de allá, del árbol que le ampara,
Del suelo que le tiene, del arroyo
Donde apaga la sed, del yunque mismo
Donde se forja el pan, le ladran y echan
El diente al pie, al rostro el polvo y lodo,
Cuanto cegarle puede en su camino.
El, de un golpe de ala, barre el mundo
Y sube por la atmósfera encendida
Muerto como hombre y como sol sereno.
Así ha de ser la noble poesía:
Así como la vida: estrella y gozque;
La cueva dentellada por el fuego,
El pino en cuyas ramas olorosas
A la luz de la luna canta un nido
Canta un nido a la lumbre de la luna.



Poema Bosque De Rosas de José Martí



(Allí despacio)

¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre las sombras acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilón labremos, y ¡en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!

Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
¿Pues los hombres soberbios, no son fieras?
Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,
Y tu virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.

¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar que orgullo al pecho queda
Y como en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
¡Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquel, sin amar, de hablar de amores!

¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!



Poema Baile de José Martí



Yo miro con un triste
placer, como en la fiesta
Del noble Jerez pálido
la copa llena guían
las blancas manos trémulas
al seco labio rojo:
-Y yo muevo mi mano tristemente
al corazón vacío,- y a la frente.

Yo veo como un sueño
de gasa blanca y oro,
en que la llama se abre
camino en tanto alado
traje que ha de ser luego
ceniza, húmeda en lágrimas,
cruzar la alegre corte de oro y gasa,
yen llanto amargo el rostro se me abrasa.

¡Alma! cuando de vuelta
dentro del cuerpo laxo,
del frac innoble libres
o la prisión dichosa
de níveo tul,-la férvida
fiesta recuerdes,- ¡mira
que debes embridar el cuerpo loco,
o que te absorbe con su sed a poco!



Poema Nabí (fragmento) de Josep Carner



Todo era en el mundo comienzo y juventud.
La mar espejaba para un laúd tan sólo.
Un torrente de oro se vertía en la mar.
En una cala, junto a un pino, negra garganta
me había arrojado a la playa.
Olí a sal y a retama.
Brillaba al sol un hombre, en la colina,
e iba a tumbarse debajo de una higuera.
De una choza ascendía un hilillo de humo.
-Aquí -dije- me quedaría,
como la piedra y el árbol. -Pero se oyó la Voz:
-Ve a la resplandeciente Nínive, Jonás, parte en seguida;
juntos, tu llegarás y Yo hablaré.

Me levanté. El ardor de la roca,
la fragancia del pino me ignoraron.
Toda mi relación con ellos se desvanecía,
como si ya me hubiese despedido.
El mar azul perdía su embeleso;
una nube volvióse, dándome la espalda;
sentía al aire impacientarse
y la mota de polvo, -Ve- me decía.
Y en aquel punto fui
como picado por escorpión divino:
me sorprendió, agarrándome con fuerza;
me hizo suyo,
espoleándome la prisa.
En camino afanoso,
bajo la asoleada,
volvía a mi el brote del romero;
y cuando oscurecia, y me despabilaba,
me hacia alzar los ojos amor de las estrellas,
en donde estaba escrito el mandato divino.
De mi tardanza en desquite
una cosa tan sólo me inquietaba:
dormía como en vela, comía como en sueños,
avanzaba sin ver, y sin saber oía.
Mi fuerza, mi esperanza, eran
la palabra que Dios me había dicho.
Y yo la repetía día y noche,
como un enamorado, con deleite,
como el niño que canta por temor a olvidarse.
Ni árbol ni casa alguno detenían mi marcha;
todo con lo que tropezaba era arrojado atrás,
y noche y día caminaba:
y no veía más que oscuridad o ardiente polvo.
Mi viaje -calor, peligro, ayuno-
duró de plenilunio a plenilunio,
y la espuela divina aligeró mis pasos.
En cosa alguna mis ojos sosegaron,
ni mi boca hizo trato:
soldado que orden cumple
no estorba su camino con adioses ni lazos.

Pero a la vuelta de la cuarta luna,
cruel suplicio volvióse mi camino:
y si me detenía un solo instante
tenerme en pie ya no podía.
Enrojecidos por el sol los párpados,
mis pasos eran cada vez más lentos;
polvorientas las cejas y la barba;
pesadas, las espaldas, y ardiente la nariz.
Hasta las cosas próximas parecían lejanas,
y el tino se perdía con el ardor de la cabeza;
mi pie sangraba; torpes, su plegaria intentaban
el confundido juicio, la lengua, seca como un trapo.
Una mañana, la claridad del día
sonó como un zumbido de abejorro en mi cabeza,
y mi mirada, pródiga de luz,
ante el rayo de sol se arrodillaba.
Pensando « Yahvé te espera»
con nuevo aliento quería rehacerme;
mas tropezando en una piedra
di en tierra, y me hundí en el polvo,
y no sabía, aturdido, cómo levantarme.
-¿Huye Nínive de mí?- acerté aún a decir;
y anhelando, vencido, que la noche negase,
oculté el rostro entre las manos.

Detrás de mí, un viejo descabalgó de un asno.
-¡Levántate! Al que cae, si no se pone en pie, alguien lo entierra.
Llevo a la ciudad un cestito de higos
y una cerda. ¿No la conoces? Desventurado,
súbete al asno. ¡Poco tienes de gordo!
Desde aquí se vislumbra el lugar donde el río
ciñe la gran ciudad que corta, hiende y raja,
que límites abate en un mundo cobarde.
Aquí, el osado mata, acomete y humilla;
los himnos de triunfo son obra del eunuco.
Todas las artes bajan la frente ante la guerra,
ya que la espada es joven y caduco el espíritu.
Y en los mercados llenan las alforjas, muy prestos,
con sus preciosas sacas, las gentes sin escrúpulos;
y las mujeres vienen de todas las regiones,
las más perfectas en senos y caderas.
Asur es inmortal, y el mundo es una ruina.

Levanté apenado la cabeza.
Unas casas de campo blanqueaban
por la otra orilla, en la vuelta del río;
y yo, tambaleándome, como animal herido,
dándome todo vueltas,
alcé el brazo con ánimo desesperado
que arrancar pude del fondo de mi corazón;
y derrochando un año de mi vida pude clamar al fin:
-De aquí a cuarenta días, Nínive caerá.

Versión de José Corredor-Matheos
«Ocho siglos de poesía catalana», Editorial Alianza



Poema Allí Despacio de José Martí



Allí despacio te diré mis cuitas,
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja,
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo,
Ven, que la soledad será tu escudo.

¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre las sombras acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilón labremos, y ¡en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!

Esa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
¿Pues los hombres soberbios, no son fieras?
Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,
Y tu virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.

¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar que orgullo al pecho queda
Y como en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
¡Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquel, sin amar, de hablar de amores!

¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!



Poema Al Buen Pedro de José Martí



Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
Porque tras mis orejas el cabello
En crespas ondas su caudal levanta:
¡Diles, bribón, que mientras tú en festines,
En rubios caldos y en fragantes pomas,
Entre mancebas del astuto Norte,
De tus esclavos el sudor sangriento,
Torcido en oro lánguido bebes, -Pensativo,
febril, pálido, grave,
Mi pan rebano en solitaria mesa
Pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
De libertar de su infortunio al siervo
Y de tu infamia a ti! Y en esos lances,
Suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
Faltar la monedilla que reclama
Con sus húmedas manos el barbero.



Poema Xlvi – Vierte Corazón Tu Pena de José Martí



Vierte, corazón, tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.

Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso,
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.

Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.

Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.

Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;

Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,

Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte,

¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!



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