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Poema Huellas Durmientes En El Palatino de Víctor Botas



Aquí los veintisiete niños y las
veintisiete doncellas entonaron
el Canto Secular. Aquí la noche
(a esa del tres de junio me refiero)
se coronó de música. Aquí Horacio
lloraría de júbilo (y de vértigo)
al contemplar su gloria. Aquí olvidaron
inmóviles procónsules triunfales
?entornados los párpados, las caras
encendidas de minio, indiferentes?
su condición humana. Aquí un césar
bromeó con su muerte. Aquí se amaron
centurias de parejas, superpuestas
como en selladas cajas, siglo a siglo.
Y pasaron más cosas. Y quedaron
quietas aquí sus huellas ?¡cuántas huellas,
cuántas huellas durmientes, madre, Virgen!
Y sesudos doctores consiguieron
clasificar muchísimas.
Aquí,
con comprensible (y culta) obstinación,
los gatos italianos se desviven
por dejar vero rastro de sus vidas.



Poema Anónima de Víctor Botas



Ni muy feliz, ni triste. Como tantas,
parecerá insensible a cuanto pueda
ocurrir a su lado. Cada día
andará iguales calles y las mismas
sombras la mirarán pasar. No habrá ninguno
capaz de distinguirla de las otras,
así, a primera vista. Cada día
se va muriendo un poco (no comulga
con esa triste rueda de molino
de la moderna mística; el trabajo,
rutinario y vulgar ?bien lo comprende?
la embrutece y anula). Y qué remedio
queda. Y qué remedio.
Pero yo sé que guarda
intacta esa frescura y delicada
del corazón ardiente y una innata,
joven curiosidad. Estará sola,
como solos están los que, de un modo
u otro, son acaso diferentes.
Y no sospechará que hubo una tarde
en la que fue dictándome un poema.



Poema Retrato de Víctor Botas



Ojos tristes. Azules.
No conocen, mas saben.
No miran, pero duelen.
Se derraman
gota a gota en el vaso
íntimo de algún sueño.
Fueron.



Poema Yo de Víctor Botas



Este asombro de ser apenas una
parte del universo, y ser sin duda
tan vasto como el orbe, y ser gemido,
e instante, y eco, y dardo sin destino
ni otra cosa que un rumbo me depare.
Este ser una sombra que no sabe
ni puede comprender, que olvida acaso
porque es su condición. Este atareado
afán, que no concibo, del complejo
mundo por explicar las causas, cierto
de que no hay explicación o hay tantas
que es vano todo empeño. Esta insensata
costumbre de mirarte en la secreta
certeza de saber que no hay respuesta…



Poema Vía Crucis de Víctor Botas



No te engañes: no hay más que dos caminos.
Mas puedes escoger, así que deja
tu estameña y el cuenco de las gachas
y cúbrete en silencio de orgullosa
púrpura, suave lino, azul diadema,
o de húmedas guirnaldas palpitantes,
y avanza como un rey o como un toro
que inmolaran los flámines a Júpiter.
No te engañes: no hay más que dos caminos.
Y por los dos irás al matadero.



Poema Verano de Víctor Botas



El instante es azul
El mar, aquella quieta
piedra verde que ocupa la mañana
Palpitante
abierta como un párpado
la tentación
me asalta
?Venus
emergente en la espuma?
muy joven
delgadita
y con bañador rojo.



Poema Venus De Cnido de Víctor Botas



Las manos de la diosa
no prodigan
calor.
Vale mil veces
más la humilde ternura de esas otras,
comunes y encontradas
en la noche del puerto,
que toda la destreza de Praxíteles.



Poema Tu Vida de Víctor Botas



a Paulina

Un castillo de naipes que se vino
abajo, para siempre; tu pasado:
horas que fueron tristes; el transcurso
de un ebrio atardecer; días fugaces
como guirnaldas súbitas, honrando
las sienes de tus hijas. Qué de errores
al cabo de los años. Qué de errores.
(Pero ella está contigo, con su raro
ademán que tú amaste para siempre,
desde la vez primera.) Hay tantas cosas
que quieres olvidar. Puedes, no obstante,
decir que tú también fuiste dichoso,
pese a todo y a todos, en alguna
ocasión. (Recuerda aquellos íntimos
regalos de la noche, en la cercana
prolijidad del mar: dones perdidos
en la inquietud del tiempo.)
Tu vida.
Una vida cualquiera. Semejante
a la de tantos otros. Tan inútil.



Poema Tienes Ojos Extraños de Víctor Botas



Tienes ojos extraños.
Palpitantes caderas con inquietud de río.
Lentas ondas oscuras que tiemblan en tu frente
como algas mecidas por las olas.
Tus manos bien podrían alzar en vilo el mundo,
frío cáliz de espanto ofrendado a los dioses.
Suspiras y es mi pecho quien absorto suspira.
Te mueves y soy yo quien se agita y disloca.
Sonríes y provocas la muerte en quien te mira;
una muerte instantánea: la muerte de los héroes.
Eres, pues, peligrosa, como un tigre en la jungla
bajo la luna pálida. Eres más: eres todo,
todo un peligro público. Y lo sabes, bandida.
Te estoy diciendo esto desde el fondo del pozo,
tieso ya, amortajado, la barba de diez días
y lleno de gusanos que me sueltan las uñas.



Poema Soneto De Los Misterios Dolorosos de Víctor Botas



Ciertos andares levemente hombrunos;
un diente que ahí está? descolocado;
la nariz regordeta, o bien, alzado
su arco un poco más de lo que algunos
puristas (pienso en Fidias) aconsejan.
Aquella piel tan pálida que muertos
ya sus pies te parecen; los inciertos
pasos adolescentes que se alejan
(¡y, oh Dios, con qué torpeza!) de ti; esa
diabólica sonrisa? Cuántos años
y no entender aún de qué extraños
ardides usa el Ciego con su presa.
¿Tras qué desastre, pues, tras qué impostura
te esperará la fiera, insomne, dura?



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