poemas vida obra u

Poema Un Mal Día De Trabajo de Rodrigo Carrillo



Por secarme una lágrima
me saqué un ojo
por persignarme
me arañé el corazón
por cortarme una uña
me quité la mano
por seguir una sirena
me enredé con una medusa

Al final del día
conocí a un demonio blanco
suave y triste
que quería sacarme
de este cielo
para llevarme
a su infierno



Poema Undécima Poesía Vertical (iv-1) de Roberto Juarroz



1

La insana condición
de no poder pensar juntos,
de no poder pensar en común,
de no poder concebir entre los dos un pensamiento,
nos separa sin remedio.

Por eso la tentación mayor
de dos seres que se aproximan
es fundar un nuevo dios,
un dios que se comprenda a sí mismo
y corrija este error,
este trauma fatal
de los dioses partidos.



Poema Undécima Poesía Vertical ( Iv-16) de Roberto Juarroz



16

A Juana Rosa Pita

Una espina en la garganta
puede vaciar la voz.

Pero la voz vacía también habla.
Sólo la voz vacía
puede decir el salto inmóvil
hacia ninguna parte,
el texto sin palabras,
los huecos de la historia,
la crisis de la rosa,
el sueño de ser nadie,
el amor más desierto,
los cielos abolidos,
las fiestas del abismo,
la caracola rota.

Sólo la voz vacía
puede hablar del vacío.
O de su clara sombra.



Poema Un Amor Más Allá Del Amor… de Roberto Juarroz



Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.



Poema Usted Tenía Razón, Tallet: Somos Hombres De Transición de Roberto Fernández Retamar



Entre los blancos a quienes, cuando son casi polares, se les ve
circular la sangre por los ojos, debajo del pelo pajizo,
Y los negros nocturnos, azules a veces, escogidos y purificados a través
de pruebas horribles, de modo que sólo los mejores sobrevivieron y
son la única raza realmente superior del planeta;
Entre los que sobresaltaba la bomba que primero había hecho
parpadear a la lámpara y remataba en un joven colgando del poste de
la esquina,
Y los que aprenden a vivir con el canto marchando vamos hacia un ideal,
y deletrean Camilo (quizá más joven que nosotros) como nosotros
Ignacio Agramonte (tan viejo ya como los egipcios cuando fuimos a
las primeras aulas);
Entre los que tuvieron que esperar, sudándoles las manos, por un trabajo,
por cualquier trabajo,
Y los que pueden escoger y rechazar trabajos sin humillarse, sin mentir,
sin callar, y hay trabajos que nadie quiere hacerlos ya por dinero, y
tienen que ir (tenemos que ir) los trabajadores voluntarios para que
el país siga viviendo;
Entre las salpicadas flojeras, las negaciones de San Pedro, de casi todos
los días en casi todas las calles,
Y el heroísmo de quienes han esparcido sus nombres por escuelas,
granjas, comités de defensa, fábricas, etcétera;
Entre una clase a la que no pertenecimos, porque no podíamos ir a sus
colegios ni llegamos a creer en sus dioses,
Ni mandamos en sus oficinas ni vivimos en sus casas ni bailamos en sus
salones ni nos bañamos en sus playas ni hicimos juntos el amor ni nos
saludamos,
Y otra clase en la cual pedimos un lugar, pero no tenemos del todo sus
memorias ni tenemos del todo las mismas humillaciones,
Y que señala con sus manos encallecidas, hinchadas, para siempre
deformes,
A nuestras manos que alisó el papel o trastearon los números;
Entre el atormentado descubrimiento del placer,
La gloria eléctrica de los cuerpos y la pena, el temor de hacerlo mal, de
ir a hacerlo mal,
Y la plenitud de la belleza y la gracia, la posesión hermosa de una mujer
por un hombre, de una muchacha por un muchacho,
Escogidos uno a la otra como frutas, como verdades en la luz;
Entre el insomnio masticado por el reloj de la pared,
La mano que no puede firmar el acta de examen o llevarse la maldita
cuchara de sopa a la boca,
El miedo al miedo, las lágrimas de la rabia sorda e impotente,
Y el júbilo del que recibe en el cuerpo la fatiga trabajadora del día y el
reposo justiciero de la noche,
Del que levanta sin pensarlo herramientas y armas, y también un cuerpo
querido que tiembla de ilusión;
Entre creer un montón de cosas, de la tierra, del cielo y del infierno,
Y no creer absolutamente nada, ni siquiera que el incrédulo existe de
veras;
Entre la certidumbre de que todo es una gran trampa, una broma
descomunal, y qué demonios estamos haciendo aquí, y qué es aquí,
Y la esperanza de que las cosas pueden ser diferentes, deben ser
diferentes, serán diferentes;
Entre lo que no queremos ser más y hubiéramos preferido no ser, y lo
que todavía querríamos ser,
Y lo que queremos, lo que esperamos llegar a ser un día, si tenemos
tiempo y corazón y entrañas;
Entre algún guapo de barrio, Roenervio por ejemplo, que podía más que
uno, qué coño,
Y José Martí, que exaltaba y avergonzaba, brillando como una estrella;
Entre el pasado en el que, evidentemente, no habíamos estado, y por
eso era pasado,
Y el porvenir en el que tampoco íbamos a estar, y por eso era porvenir,
Aunque nosotros fuéramos el pasado y el porvenir, que sin nosotros no
existirían.

Y, desde luego, no queremos (y bien sabemos que no recibiremos)
piedad ni perdón ni conmiseración,
Quizá ni siquiera comprensión, de los hombres mejores que vendrán
luego, que deben venir luego: la historia no es para eso,
Sino para vivirla cada quien del todo, sin resquicios si es posible
(Con amor sí, porque es probable que sea lo único verdadero).
Y los muertos estarán muertos, con sus ropas, sus libros, sus
conversaciones, sus sueños, sus dolores, sus suspiros, sus grandezas,
sus pequeñeces.
Y porque también nosotros hemos sido la historia, y también hemos
construido alegría, hermosura y verdad, y hemos asistido a la luz, como
hoy formamos parte del presente.
Y porque después de todo, compañeros, quién sabe
Si sólo los muertos no son hombres de transición.



Poema Una Salva De Porvenir de Roberto Fernández Retamar



A Jacqueline y Claude Julien.
A Fina y Cintio.

No hay pruebas.
Las pruebas son que no hay pruebas.
No estaban, no están, no estarán dadas las condiciones.
Creer porque es absurdo,
Y creemos.
Más absurdo que creer es ser,
Y somos.
Nada garantiza que fuera menos absurdo
No ser ni creer.
Las llamadas pruebas yacen por tierra,
Húmedas reliquias de la nave.
Se derrumbaron las estatuas mientras dormíamos.
Eran de piedra, de mármol, de bronce.
Eran de ceniza.
Y un grito de ánades las hizo huir en bandadas.

No guardar tesoros donde
La humedad, los bichitos los mordisqueen.
No guardar tesoros.
El tesoro es no guardarlos.
El tesoro es creer.
El tesoro es ser.

No existen las hazañas ni los horrores del pasado.
El presente es más veloz que la lectura de estas mismas
palabras.
El poeta saluda las cosas por venir
Con una salva en la noche oscura.
Sólo lo difícil.
Sólo lo oscuro.
Y contra él, en él, el fuego levantando
Su columna viva, dorada, real.

El amor es
Quien ve.



Poema Una Rosa Para Stefan George de Ricardo E Molinari



Il va parmi ses fleurs;
et les souffles de l?air

Hölderlin

(Similis factus sum pellicano solitudinis)

No es la paciencia de la sangre la que llega a morir,
ni el sueño ni el mármol de Delfos, sino el polvo
que se calienta entre las uñas.
Qué importa morir, que se borren las paredes como un río seco;
que no quede una flor en la calle con su borde de luto en la frente,
ni el viento sobre las piedras podridas.

Qué haces allí, tronchado sin humedad,
con tu dicha sin aliento, con tu muerte tendida a los pies.
Con tu espuma llena de ceniza. Desdeñoso.

Ya vendrán los hombres con el ruido, con los gestos;
pero el odio seguirá intacto.

Todos te habrán estrechado la mano alguna vez,
y tú habrás bebido la cicuta en la soledad,
como un vaso de leche.

Adiós, país de nieve, de ventisca agria, sin gentes que digan mal
de ti. Eterno. Desnudo.
La sangre metida en su canal de hielo
?fuego sin aire? Jordán perdido. Si el tiempo
tuviera sentido
como el Sol y la Luna presos;
si fuera útil vivir,
si fuera necesario,
qué hermoso espanto: tengo la voluntad avergonzada.

Yo soy menos feliz que tú. Me quedo combatiendo
sin honor,
con un haz de ramas en las manos.
Duerme. Dormir para siempre es bueno, junto al mar;
los ríos secos debajo de la tierra con su rosa de sangre muerta.

Duerme, lujo triste, en tu desierto solo.

¡Esta palabra inútil!



Poema Uno Mismo de Ricardo Dávila Díaz Flores



Caen las hojas, caen las piedras…
salgo a caminar para perderte
quiero que te vayas
pero vas conmigo,
cambias de acera cuando yo lo hago
me alcanzas, no te veo
me rebasas;
te persigo
caen las hojas, caen las piedras,
caminas para que me pierda
pero voy contigo
cambio de acera cuando tú lo haces
te alcanzo, te rebaso
sigo caminando para que te pierdas.



Poema Un Lejano Doblar O Repicar De Una Campana de Ricardo Dávila Díaz Flores



Nacimos entre polvo y cenizas.
Aprendimos a llorar el mismo día.
No sé tu nombre, nunca te he visto;
sin embargo me miras,
me miras desde el fondo de mi corazón en
que guardas tus semillas.
Sabes mi nombre,
desde los balcones de mi alma lo gritas.
Andas por mi pensamiento,
habitas mis entrañas,
andas a tientas, buscas mi voz,
hasta que quedas en las hojas, latiendo.
Tu voz acude como nube lenta todas las
noches;
me creces por dentro como un árbol de luz
y riegas hojas de fuego sobre mis manos,
¡otoño de lumbre, eterno!

¿Nacimos el mismo día?
Sumerjo mi frente en ríos de preguntas,
emerge repleta de lunas y estrellas, pero no
encuentro respuesta;
resbalo por mis lagrimas hasta el vientre de
mi madre y no sé nada;
resbalo para recordarte a mi lado en ese día
en que morí al mundo y no veo nada.
No sé si existías en aquel momento,
o si me buscaste hasta después:
En los jardines, en las montañas,
en el techo de mi casa cuando miraba al cielo
en las tardes y noches;
cuando las niñas llevaban ojos de horizonte y
en todas me perdía,
y de todas me enamoraba.

Entraste lenta por mi mente, casi inmóvil
como el aire.
Hiciste una fogata en mi alma,
te convertiste en leño para mantenerla
encendida,
fuiste viento que sopló hasta convertirme en
fuego entero.

Siempre juntos, desde el final hasta el
principio;
desde la tierra seca hasta el húmedo cielo;
en todos los amores y en todos los corajes.

Me enseñaste que no hay tiempo,
sólo lágrimas y risas;
sólo el tañer de una campana que dobla o
repica al final de la jornada.

Al principio, tímida, tierna,
no hablabas. Ahora,
tu voz de soledad inquieta cautiva mi alma a
todas horas;
tu voz, tu voz de soledad… sola, despoblada, desierta;
tu voz de aguijón, de espuma,
de historia dormida, memoria arrinconada, testamento abandonado.

Te conocí antes de saber que los jardines se
compran,
que los amigos se contratan,
que el amor desaparece en la mañana.
Por eso no me separo de ti,
¡qué haría sin ti! Brazo invisible, corazón
donado, doble de mi alma, sueño gemelo,
destino mío, ¡a mi estás destinada!

Todo lo has elaborado tú,
todo lo has levantado tú.

Polvo y cenizas, no somos carne;
sólo polvo y cenizas abismadas
intentando retornar al fuego,
que no saben donde ir, pero conocen, reconocen el camino.
¿Adónde vamos? No lo sabemos, no
importa. Ah, nunca habremos de llegar,
quedaremos tendidos en la mitad de una idea;
yo muerto, tú llena de vida
sobreviviendo mi existencia finita;
Yo me iré. Tú permaneces.

Me explicaste que el tiempo no existe, ni el
amor eterno;
sólo sol y luna,
sólo una campana que al final de la vida
repicará victoria o doblará a muerte.

Todos se van cuando la noche acaba;
todos han de marcharse, menos tú,
que con la piel de mi destino estás
encariñada.

Ah, lo sabes todo, ah, lo tienes todo.
Maestra, amiga, imagen, esposa que acaricia
mi ansia cada noche,
¿Dónde están tus manos?
¿Dónde tus besos?
¿Dónde tus alas?
Me pierdo;
no sé si eres mi destino o yo el tuyo;
me pierdo.
Sólo sé que cuando deba regresar,
he de llevar conmigo el polvo y las
cenizas,
pero tu habrás de escuchar,
ya hecha cuerpo,
ya hecha alma,
un lejano doblar,
o repicar,
de una campana.



Poema Un Ángel Demoníaco de René Chacón Linares



(A Claudia Hérodier)

Ella hace llover fuego del cielo
Y con madeja de nubes entrelaza los sonidos.

Esculpe la palabra con fragua y martillo,
En un ángel demoníaco que adora su libertad.

Bálsamo que florece en mayo,
Cáscara inexpugnable de las dudas,
Guarida de pájaros heridos,
Ciclón de cabellos largos
Señalada por índices acusadores.

Mujer que juega a ser madre felina.

Creadora de lo irreal,
Dueña absoluta de la luz y la oscuridad.

Para esta poeta no hay tiempo de morir,
Lleva entre sus manos
Un cargamento de flores silvestres,
Una pieza de soledad ensayada
Y ráfagas de incontenibles sueños.



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