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Poema Dulce Rapiña de Roberto Obregón



Eres un sarcófago viviente,
sepulcro que en la oscuridad
abre sus ramos lechosos,

agitas tus remos y crujes
devorando mi carne y mis huesos.

Fuera de ti sólo queda mi rastro
y nada que valga la pena.



Poema Puerta De Sacrificio de Roberto Obregón



Fina es la lámina,
casi transparente.

La lámina de azúcar
que separa tus labios.

Por allí se fue mi corazón
relamiéndose las heridas.



Poema Prolongación De La Noche de Roberto Obregón



No me niegues que a veces,
al despertar,
quisieras refugiarte nuevamente
debajo de mis manos,

quedarte quietecita, apenas
respirando,
convertida en la misma huella
de la noche.



Poema Milagro de Roberto Obregón



El espacio entre los dos
resbaló
como harina entre los dedos.
Ya sólo en el mundo
un lugar habitado
-tú y yo.
Tu cuerpo refugiado
en mis manos.
Mis ojos
disueltos en tu mirada,
y la húmeda rama de tu voz
palpitando
su sombra en el silencio,
la última traza de lumbre
se extinguió bajo el alero.

Ya sólo chocaron tu cuerpo y el mío
como dos pedernales.

Al amanecer me sorprendí
de que respiraras todavía.



Poema Magia de Roberto Obregón



El escultor no hace más que llamar,
con el cincel
y a golpe de martillo,
a los guerreros que duermen
en las espesuras del mármol.



Poema La Piedrecita de Roberto Obregón



Las palabras, al tocarlas al aire,
crecen como las terneras.
Con los años maduran y se ahondan
y también pueden nacer muertas.
Según.

La palabra nos revela
la consistencia del espíritu.
Es una cosa delicadísima,
en boca del mentiroso
pone al desnudo el hueso
de un alma ingrata.

La palabra puede servir de bumerang,
de trampa, de alfiler, de escondite,
de lanza con unta remojada en veneno.
Depende.

La palabra, igual que la energía atómica,
en buenas manos es la salvación
y es perdición en una oscura conciencia.

Al impancto de la palabra
puede derrumbarse un ídolo de multitudes.
Los tiranos le temen
y el culpable prefiere no usarla.

Como monedas echamos las palabras
en la mente del niño
para que con el tiempo
su pensamiento sea un tesoro.

La palabra es la prenda más íntima
que entregamos a la mujer
para que nos crea, se confíe a nosotros.
Si se udre es señal de que mentimos.

La palabra humeda, vital como la tierra,
murmurada a ras del silencio,
bien puede ser ungüento libidinoso,
o el lazo de un complot que urge a la nación.

Cierto. No sólo de pan vive el hombre.
La palabra también sustenta,
siendo lo que es:
producto de mis manos, de las tuyas.
¡Y no hay tales!



Poema La Canción Perdida de Roberto Obregón



A Olga Kómonova

Aprehender, sí. Primero asimilando
los matices y contornos ocultos.
Lo húmedo, lo tibio, y sin soy afortunado
el rumor de tu sangre abriendo zanja en la vida.

Loco de mí. Inocente. Como si teniéndote
sería yo el señor de tus trigales
y tus bosques de abedul copados de nieve.

Como si estrujando en mis manos
un ramo de espesa malaquita,
o segando una espiga de ámbar
y el aliento de la estepa en el vino,
desvelara tus rosadas yemas impresas en mi piel
y disolviera tu trayecto en mis pasos.

Pobre de mí. Y qué formas más antiguas
de tenderte una celada a las ciegas
y remotas fuerzas de la tierra.
Qué manera más primaria de cazar las cosas.

Loco. Grabo tu adjetivo y tu risa,
tus piernas en la lluvia
y la comisura de tus labios tristes.
Desentraño con presteza tu imagen
y en seguida, como lo hacían mis abuelos
en las grutas cuajadas de estalactita
(allá en Cobán), bailo sobre un solo pie
ante los primerísimos jaguares
que se introdujeron en el arte,
ante los tecolotes y las monos y las culebras
para siempre inmovilizadas en la piedra.

Loco de mí -me parece discurrir
antes de la gran claridad,
y creo haber penetrado lo oscuro.

Solamente porque he logrado dos, tres líneas
y haber recogido tu levadura en mi palabra,
por haber capturado a todo un pueblo
introduciendo mi mano en ti.
Nada más por haber agarrado tu carne
el pulso herido de la tierra.

Desgraciado de mí: construí un calabozo
para enlazarte.
Y en él me he quedado encerrado
y gritando por salir de tu pecho.



Poema Imagen De La Ausencia de Roberto Obregón



A decir verdad, la lluvia no habla
de ti.
Sí que hoy te confundí. Y ya van cuatro
entre la multitud.

Dejé que cayeran mis ojos al suelo
para que las personas adultas
al pasar no lastimaran mi amargura.

Y al entrarme de regreso en casa
encontré tu ausencia diseminada en el piso.



Poema El Fuego Perdido (i) de Roberto Obregón



esta señal de la aurora
la traían en su corazón

Popl Vuh III, cap. VI

No podemos encender la hoguera
Mojado está el bosque
podridos están los troncos
No podemos quebrar los colmillos del frío
Arrancar
Y recobrar nuestros huesos entumecidos
En la humedad en el agua
nos ha tocado prender la hoguera
En la oscuridad en la noche
nosotros somos la región más espesa
A oscuras sesionamos bajo la helada
Y conferenciamos sobre nuestro qué hacer
De cómo allí los muertos continúan
jugando un gran papel en la guerra
De qué manera se escogen entre todos
Quiénes llevarán a la espalda el mayor peso
en los ratos
de agudo peligro
Acérquense los del fuego
Los enamorados de la vida
nos calentaremos con estos nuestros corazones
Hechos leña bajo este rudo temporal
Pero contentos



Poema El Cantor Ciego de Roberto Obregón



Y es que yo solamente soy una sombra
que absorbe la humedad de la puerta.

El tallo abriéndose en un pensamiento
humedecido en las pisadas del tiempo.

Distraído grabador de los frutos del árbol
que extravió su trayectoria en el ámbar

el encargado de la llave que al abrir tus puertas
fue a dar al fondo con los ojos cerrados.



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