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Poema Ebriedad De Dios (i) de Luis Armenta Malpica



Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios
donde amó la vida.
César Icella

Esa tristeza lenta del recuerdo
se nos va desdoblando por la cara.
Y en lugar de los ojos
se humedecen dos profundas hogueras
en donde alguna vez frotamos nuestras manos
con las de un ser querido.

Entonces el amor era un barril de pólvora.
Una mecha muy corta nos unía.

Nuestra casa era un papel periódico
con un asombro nuevo en las noticias.
Pero llegó la lluvia y sus relámpagos.
Las hojas de la casa no fueron suficientes para formar un barco
que nos sacara a flote.
Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra casa quemada.
Naufragué por mis dedos.

Luego encontré en el vino las múltiples razones
para escapar de todo:
de mi madre y mis hijas, de ti
mi propia sombra.
Era increíble ver que en un vaso cupieran
la luz que yo buscaba, y el fondo
inacabable
de lo que yo no quise.
Me alejé de la lumbre
para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias
un barrio conocido.

Allí, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones
el timbre del teléfono
el puño que golpeaba mi nombre por la puerta:
el contacto caliente con el piso.

Yo solo pedía tiempo, no a Dios.
Le pedí alguna calle, otra lepra en un vaso
otra memoria.

Me fui acabando entera
sin terminar el vaso ¾tan lleno¾ de mi vida.
Lenta, en verdad, la vida
a pesar del galope del inicio.

Apuro lo que bebo
y no se acaba
al contrario: es más lo que me culpa.
Cada uno se despide del mundo
como puede…
Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme
de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman.

El vino es otra herida
inflamatoria
para que el hombre sepa de la muerte.

Sin embargo, cuando empiezo a morirme
Dios hace mucho ruido
y me despierta.
Y en lugar de ir a la cocina por un vaso
voy a la habitación de mis tres hijas, para mirar si duermen…
y besarlas, si puedo.

(Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997.)



Poema Ebriedad De Dios (4) de Luis Armenta Malpica



He visto a Dios, de frente. Recién bajó de su moto-patrulla
luego de haber multado a quienes conducían su existencia a una velocidad
que se cree peligrosa para el resto del mundo.
Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango
henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla.

Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas
voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes.
Sus ojos, moribundos, bien podrían ser mis ojos:
una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme que la observa.
(La iglesia es otro campo de exterminio).

Cuando apenas buscaba mis papeles -acaso algún permiso de poeta-
el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas
la enorme cruz del pecho, el uniforme…
Se mostró así, desnudo, con el cabello al rape
como lo imaginaba cuando niña.
Bebió un poco de vino de mis ojos
y después subió al cielo.

También he visto al hombre.
Sus ojos, como alambres, custodian
segundo tras segundo, mi celda
de pellejo.

(Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997).



Poema Ebriedad De Dios (3) de Luis Armenta Malpica



Jamás voy sola a misa;
me llevo los pecados de mi esposo
y su esposa, uno o dos
de mis hijas, alguno de mi hermano
todos los de mi madre…
hasta llenar el bolso que hace juego conmigo.

Y Dios, distante y sin moverse
parece consternado ante mis confesiones.

Rezo en latín -como hacen las mujeres pecadoras-
y en español castizo, un sacerdote (sin mirarme a los ojos)
me da por penitencia un par de aves marías
que lanzo, pronta, al vuelo.

En casa
sin bolso ni tacones
me sirvo alguna copa de aguardiente
y observo largo rato un crucifijo.

Y sé que a Dios tampoco le hace gracia
el que vivamos juntos.

(Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997).



Poema Ebriedad De Dios (2) de Luis Armenta Malpica



De niña me enseñaron que yo era una manzana
y el hombre era el cuchillo.
Las mujeres teníamos que lograr que nos pelaran
se hundieran hasta el mango en nuestra carne
y le dieran salida a las semillas.

Ya en espiral
-con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo-
el amor podía ser algún mordisco
un apretar los dientes
y ser mujer
callando…

Pero yo no callaba… me decía en los poemas.

A golpes -como aprendió su madre-
fue lección de mi madre: la cocina es el mundo
de la mujer que calla.
Entre especias, vinagres y embutidos
esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.

No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.
El amor, esa lata carísima
se quedó en la alacena.
Un día, por buscarle acomodo al aguardiente
lo tiré a la basura.

Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres
aunque sean familiares.
Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)
al picar la cebolla
lo recuerdo…
Las profundas estrías de la garganta
son mi paso de Dios
a la intemperie.

Perdí mi casa
cuando llegó el alcohol como el mesías.
Después perdí a mis hijas, una a una.
Pero rezaba, así, como callando: «Señor, esta es tu sangre…»

Tu madre se nos muere
les digo a mis tres hijas, luego de cada sorbo.
Ellas tan solo lloran, muy quedito
como diciendo: ¿cuándo!

(Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997).



Poema A Espaldas De Dios de Luis Armenta Malpica



ω

Du reste, toute parole étant idée, le temps d?un langage universel
viendra! ?Cette langue sera de l?âme pour l?âme, resumant tout,
parfums, sons, couleurs…

Rimbaud
(Carta a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)

La lingua ch?io parlai fu tutta spenta
innanzi che al?ovra inconsummabile
fosse la gente di Nembròt attenta:
Ché nullo effetto mai razionabile,
per lo piacer uman che rinnovella
seguendo il cielo, sempre fu durabile.
Opera naturale è ch?uom favella;
ma così o così, natura lascia
poi fare a voi secondo che v?abbella
.

Dante

α

Al llegar a hombre
Dios se puso de espaldas a sí mismo.
La tierra de sus manos era la única tierra
sin embargo existían otros mundos de un recuerdo deshabitado aún.
Este hombre estaba solo entre las solas cosas. Se deshacía
en crear sus nuevas piedras y árboles
y no encontraba sombra que dejara a la luz echar raíces.
No había amor en sus labios
el corazón del ojo andaba ciego
y sorda la nostalgia le frenaba el instinto
de amanecer un día siendo piel en la vida de otros hombres.
Tarda muerte el olvido volaba entre los pájaros.
Urdimbre de vocablos con un trino por inmediata brújula
vértebras impalpables en las lamias que engendrarían dragones
y sirenas
si existiese un larvario en el amate.
Pero escribir del reino de la vida no formaría la vida
sin un grano de sal pulverulenta
sobre la hoja vacía. Sin
las arboladuras celestes de las olas
que desgastan la voz
contra los riscos del silencio
y el hambre
(tardo olvido la muerte).
En ese primer día de la marea
Dios recogió del barro la figura
que antes hizo en el sueño
y la puso en su trono para no estar ausente.
Así bajó a la tierra
que desbordó sus manos.

β

Abetos. Focas. Nieve.
En qué lugar estaba Dios
que todo yacía blanco y silencioso
igual que él estuviera entre las nubes que había
dejado lejos.
Lo llamaban Atlántida las olas
pero el hombre no podía articular esa palabra
sin que sintiera el frío más secreto
de los peces. Una espina
en sus venas. Musgo que parecía gatear
bajo los arrecifes de sus dientes.
Qué lugar tan sin dios
y con este hombre a cuestas de su paso.

γ

Acto de fe lo llama este hombre:
cuando quiso decir el nombre de los mares
todo cubrió de verde
levantaron el vuelo las palmeras
y anidó entre las rocas el recuerdo de lo que había en la Atlántida.
Humareda de fe que se levanta de la misericordia
del inicio del agua y del retorno al vna.
Aquí no es más la angustia la que rueda
porque te miro ?los ojos ya lavados?
y te arropo con un silencio limpio
antes de acomodarte
entre mis sueños.

ν

Por la espalda de Dios nacen los niños.
Al costado del hombre, las mujeres.
Su boca es la del pez.
Sus ojos, aves.

Sin embargo la música le llega de los sueños
que tocan los amantes cuando comparten cama.

ξ

Este plato donde todos los días
comulgamos la sopa
?su grito más entero y mineral?
se hizo con una arcilla milenaria
(tenazas de crustáceos)
que camina en los dedos
al tocarnos.

Es el amor (la ternura caliente)
lo que desborda el plato.

ο

a Emilio Alanís Covarrubias

El silencio se instala en la más tierna cáscara
de un niño.
Ni los responsos pueden borrarle la sonrisa
que se quedó en el rostro
para pasar la vida
porque se echó a volar
tras un cometa.

Ahora el niño y sus padres envuelven una lágrima
en los suaves pañales de Lisboa
mientras con voz de leche
Dios escribe un poema
en las bardas
del cielo.

π

Ni el salmón está triste
ni el pescador contento.
La muerte, mientras tanto
navega
silenciosa
por otras manos secas.

El mar no se ha enterado de los dramas del mundo.

Los niños que seremos
miran caer el agua
de un poema.

Y Dios se va a buscar al hombre amado
mientras se cierra el cielo.

ρ

Dios no deja de pensar en estos hombres
que se hacen uno al otro
mientras se aman.
Y no se siente Dios.
Nada fue hecho por él que no se le parezca.
Es
tan solo
un espejo ya
quebrad
o.

σ

El hombre también es otro dios
adolorido
por todo lo no creado.

τ

Dios descubre su nombre ante los ciegos.
Antes que reverenciarlo
lo construyen
de un silencio de greda.
Cabe Dios en la flor
que pueden leer las manos si lo siembran
con su misma caricia.
Pero no dicen flor ante los hombres que la miran
porque pudieran derribarla.

υ

Cuando Dios se cree Dios
es menos hombre.

φ

Hizo
efímero
al hombre
en un instante
eterno.
Al herirse el costado anidaron dos rosas
en sus ojos
y acompañó a su sangre
un aleteo de buitres que intentaron asirlas
entre gritos.
Dios vive de nacer entre los hombres
si al observar su llaga ven las flores más rojas
y espantan a las aves
a costa de su vida.

Luego vendrán los hombres que traen un buitre al hombro
y no creen en las flores porque no hay sol en lo alto.
La noche los alumbre con sus sombras.

Al igual que las flores, el hombre
proporciona su perfume
cuando muere.

χ

para Antonio Porchia

Más llanto que llover
es observar los ojos de este Dios inundado
de los muchos recuerdos
que no sabe.
Su dolor va adelante: hace sombra a los otros
que lo han amado exiguos con sus cuerpos
arropados en la oración nocturna
los hábitos de la ira
la tormenta.
Llevan su dios al diablo del pecado
para crucificarlo muchas veces.

Para el hombre, la cruz
la forma el ser bienquisto
que lo abraza.

Dios lo atestigua
y ríe.

ψ

Para mostrar su existencia, Dios
se hizo hombre.
Y descubrió en el hombre su vocación
de luz.
Siempre apagó su fuego cuando otro aceite ardía
entre la soledad, los sueños, la nostalgia.
Hoy desanda los pasos que asombraron la nieve de la Atlántida.
Van sus puños vacíos para guardar
lo que contuvo en ellos:
el fósforo
naciente
de su voz
en la tierra.

Solo a Dios le fue dado conservar tal pureza.

ω

Vuelve a su trono el hombre
a la diestra del sueño que lo hace renacer
cada mañana.
Se ha olvidado de Dios
y de la tierra nueva que descubriera un día en la espalda
del otro que dijera llamarse como él mismo.
Y por si falta
hiciera
toma un poco de la mínima luz que agoniza en sus ojos
y la siembra en sus labios.
Por si el amor florece también en las alturas.





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