poemas vida obra luis alfredo arango




Poema Verdadera Historia de Luis Alfredo Arango



Las desearon.
Se les irguió lo caballo.
Después de tanto navegar,
después de tanto andar
luchando,
batallando,
poniendo nombres,
decapitando ciudades,
templos, guerreros.

Al entrar en sus reinos,
al desflorar universos,
cómputos,
edades para siempre,
¡las desearon!
Se desabotonaron,
se quitaron las correas,
las espadas,
los arneses.

Y fue ahí sobre la tierra.
¡Oh mujeres, madres,
viejas y doncellas!

Lo que se construyó después fue mentira.
Hubo un instante humano,
una sola vez verdadero.
Después edificaron falsedades,
separaciones, convenios.
¡Hay que ver cómo venían!

Les hirvió la carne y se la desabrocharon.
Las desearon a la orilla de la playa,
en los légamos,
en los caminos ensangrentados,
en las ciudades humeantes.

Las fecundaron a golpes,
a mordidas de lebrel,
con sangre que ha navegado,
que se ha mezclado con vino,
con pólvora.

Eso es lo único exacto.
Lo verdadero.

Locos, sedientos, heridos,
se desnudaron,
se quitaron los harapos,
se acostaron a la sombra
de cacaos soñolientos
Y NOS SEMBRARON
a dentelladas,
a fogonazos,
a golpes calientes
de carne y hueso,
de pellejo,
de insomnio y de sueño,
de instinto sublevado,
de ayuno que traían.

Las desearon y
después
las despreciaron.

Eso fue todo.



Poema Sobreviviente de Luis Alfredo Arango



¡Ay de quien pudiendo hablar no emprende vuelo!
No tengo barco ni avión, no tengo nada más que mi palabra.
En vez de Victoria Alada llevo un ángel de Chinautla.
Navego-o sueño que navego-entre archipiélagos
y el mar es un pasaje estrecho entre las islas de palabras.
Papeles, unos pocos libros, heridas incurables
y el miedo de vivir en este siglo son todo mi equipaje.
¿Qué tiempo fue mejor?
He visto los más hermosos lugares
pero sólo me han dejado rastros de luz en la memoria
y tengo los ojos cansados de tanto ver llorar.
Amo la paz, no como tantos que juran amarla
para seguir ordeñándola…
Amo la paz porque llevo la guerra
envuelta en un pedazo de bandera ensangrentada
y estoy quedándome vacío,
desolado.

Aunque a ratos el amor descorazona
tengo viva la esperanza de morir amando…
Amando no sé qué…Agradecido de ser hombre;
de haber hecho preguntas desde mi pobre poesía;
de la belleza y el dolor que son, a fin de cuentas,
la cara y el envés de nuestra vida.

Oh tiempo de los mitos,
oh lodo submarino,
consuelo de la carne,
abismo donde Dios abandonó
los moldes de todas sus estatuas;
los moldes, los taceles
de las primeras bestias.

Las aves vuelan sin carga,
no necesitan maletas y cómo las envidio.
Ellas pueblan la casa del viento
que nunca tuvo casa.

Soy el tránsfuga de todas partes,
el inconforme soy,
el penitente que no encontró la iglesia que buscaba
y todo lo he dejado abandonado.

Allá los montes,
los pinos que en las tardes
todavía me entristecen;
las aldeas, los caminos
y el rústico sabor de lo vivido.

En la ciudad jamás eché raíces.
Aquí es donde menos me he quedado.
Es ella la que pasa contoneándose -¡tan frívola!-
ofreciéndome sus mercancías inútiles
y exhibiendo modas que nunca terminan de vestirla.

Entre el mar-a donde nunca fui-
y el viento que corre desnudo en las montañas,
emplumado de palabras invento mi camino.
Sé que sólo me queda ver naufragios
y presentir el rumbo incierto del planeta.



Poema Relieves De Memoria de Luis Alfredo Arango



En Bonampak la tierra tiene ingravidez de plumas
dibujadas por el sol;
la tarde pinta murales de cadmio anaranjado;
cenizas de volcanes extinguidos se levantan
y en el aire inventan dioses y batallas.
Porque después de todo el sueño es nuestra única heredad,
en Uaxactún me quedo a descifrar la piedra donde duermen
-más que números y fechas- estas huellas de gente que murió,
que amaba, que también cortaba flores y aleteaba
tras el anca del jaguar y las sonoras pisadas de la lluvia.
En Tikal, escalinata prodigiosa,
soy un pobre forastero deslumbrado.
Recuperadas luna de otra edad,
fino envoltorio de polvo que guardo en la memoria,
no quiero más tesoro que estos nombres que descorren cielos
[verdes,
ceremonias emplumadas con fragancia de copal y miel
[silvestre.
Te sitiaron los pumas, Quiriguá,
te devoraron águilas y tigres amarillos
que tenían en los ojos jeroglíficos tallados
de un antiguo calendario.
Beso el barro,
amo el estuco delicado,
me inclino ante los sabios estelares,
ante el pueblo que contaba los luceros y escribió sobre basalto
la única historia verdadera que se ha escrito en esta tierra.



Poema Poesía Lunática Y Chingona de Luis Alfredo Arango



Guatemala tiene un río Pensativo
y otro que se tiñó de sangre…
Tiene un Volcán de Agua,
otro de Fuego
y una montaña
de huesos y cadáveres.



Poema El Tiempo (iv) de Luis Alfredo Arango



Llegué siempre tarde
y me sigo nutriendo
de urgente futuro
de tiempo inexplorado
de riesgos y esperas
como si fuera cierto
que renacieran los días.



Poema El Tiempo (ii) de Luis Alfredo Arango



El tiempo
es la espera
de una mañana improbable
o de fecha segura
que no llega
y pasa
y engendra
otra espera.



Poema El Andalón de Luis Alfredo Arango



Conocí pueblos que cabían
en el vidrio de una ventana
Aldeas que copiaban los colores de las horas
-colores de frutero,
de jaula con pericos,
de aguacero pintado en las paredes.

¡La hoja de milpa custodiaba siempre los caminos!

Conocí viejas iglesias,
calaveras, cúpulas,
hornacinas, ojos huecos,
muelas de oro,
morideros de plegarias y de llantos
? o retablos

y a la hora de rezar o de dormirme
conocí el chisporroteo
de candelas apagadas con saliva.

En la infancia era posible
llevar en andas a unos ángeles con alas de hojalata,
comulgar,
cortar el pan sobre una mesa apolillada,
orinar
y examinarnos el ombligo
bajo el árbol de la plaza.
En la infancia solamente
y en los pueblos.

Detrás del centinela
espiar la noche de calabozos húmedos.
(Las cárceles y las escuelas colindaban,
a veces compartían el mismo corredor).

Aulas heladas,
ladrillos que olían a creolina;
nos vestían de soldados y marchábamos
con escopetas de palo;
detrás del pizarrón
medían las arañas
el mapamundi enrrollado?

Domingos.
Siempre domingos
porque los domingos eran iguales
a cualquier día;

el día de fiesta era un domingo grande.

Adornos de papel,
flecos, rositas que
se desteñían en las vigas
y allí permanecían,
años y años,
hasta una nueva muerte,
un nuevo aniversario,
otro bautizo,
otra boda.
Teníamos miedo a los fantasmas,
miedo a lo irreal
y nunca,
jamás nos espantó lo triste,
lo absurdo de la vida en esos pueblos polvorientos,
taciturnos,
que sueñan embriagados
de su propia ingenuidad,
de su pobreza.
¿Fantasmas? Claro que sí:
los niños que no comen,
los que mendigan,
los hombres que tienen que robar,
o matar,
o aceptar indignidades por un mísero centavo.
Los sombreros sin cabeza?

Ahora me dan frío
la viejecita gris con su gato, sus tiestos de violetas
y su desamparo;
la muchacha en el balcón -y la azucena-
que esperan impacientes
a quien ha de marchitarlas;
los hombres sin trabajo
y los que trabajan y trabajan
para su compadre rico.

Me irritan las frutas que maduran
para quien pueda comprarlas.

Viví en pueblos que cabían
en un trozo de cristal
o en el fondo de una botella de aguardiente;
viví sordo, ciego, alucinado,
atento solamente a los colores, a los trapos de anilina,
a las compresas en las sienes de los montes,
a los cofrades y sus mujeres,
azules, verdes, rosados?

Ahora no me importan ya las cosas pintorescas.
He crecido. He comprendido.
Sé muchas cosas:
no hubo sólo un Cristo
sino muchos;
no sólo el que acuchilla es asesino
sino el que mata de hambre,
no sólo los ladrones roban,
sé quiénes matan la ilusión,
quiénes aplastan la alegría y la esperanza
en esos pueblos que
caben
en la mira de un fusil.



Poema Diálogo Donde Me Sincero de Luis Alfredo Arango



Anoche hablé con Homero y le dije
Mire Don
¿ya se fijó qué tragedia?
No hay Ulises que valga porque
no sabemos griego,
no podemos deleitarnos
traduciendo sus hexámetros.
Pero eso no es nada:
¡Ni siquiera podemos entender
al Rey Pascual de Olintepeque!
Somos huérfanos de padre y madre;
nacimos en esta tierra tan linda y
tal vez aquí nos moriremos,
sin ser grecolatinos, ni quichés,
ni gachupines?
¡Qué tragedia Don Homero!





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