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Poema En La Ola Más Alta de Juan Domingo Argüelles



Solamente la música,
la melodía que viene y va
como mi boca,
ávida,
de pezón en pezón,
de un monte a la otra cima;
solamente la música,
tu música,
me hace dormir,
feliz,
mece mi corazón
y lo estremece
y después lo serena
y lo detiene,
y lo quema
y lo apaga,
lo hace ceniza,
¡oh, Diosa!,
y luego le devuelve sangre joven
en la ola más alta
de la noche más alta.

Solamente la música,
tu música,
aprieta mi garganta
hasta la asfixia
con su mano que es garra
y luego leve
extensión de la espuma,
vellón de Venus.

Ésta es la poesía
y no palabras:
música para el alma
desde su primer día.



Poema Un Tigre De Papel de Juan Domingo Argüelles



Toco la piel del tigre
y el tigre vibra,
ronronea,
se hace el dormido
bajo la palma de mi mano,
como un trompo que zumba:
mitad madera,
mitad punta acerada.

Hablo de un libro:
en su espesura encuentro
la fauna de mis días,
los árboles que a diario me cobijan
y los saurios y helechos
extinguidos.

La resina del pino
aroma el bosque de estas páginas,
perfuma el lomo
de este animal antiguo
más fiel que nadie,
más amigo
cuando en la soledad
uno habla solo,
se hace preguntas indiscretas,
se compadece y se comprende
y casi siempre se perdona.

La piel del tigre
lamo
con esta lengua
que es el idioma que pronuncio
con tono suave
o con furor
según me dicten
Bécquer o Quevedo.

Los incisivos del rencor
limo
y el tigre gruñe,
se despereza,
se incorpora.
Sale a la noche
y ya no está:
me deja entre las manos
sueño, fatiga y su perdón.



Poema Retrato De Señora Junto La Mar de Juan Domingo Argüelles



Yo sé que no podrás
ayudar a tu hijo,
como ayer,
a tratar las palabras
como si fuera hoy el primer día
que las descubre y las pronuncia:
no podrás evitarme
la ingrata piedra del lugar común
con que tropiezo y caigo
como todos tropiezan y todos caen
ante la risa infame de la solemnidad.

Yo sé que no podrás
evitarme siquiera
la nostalgia que es íntima
y, ya se sabe, reaccionaria;
porque ahora llegas
o te apareces nada más
o yo te traigo de la mano
y te muestro las ruinas
de aquella edad azul
igual que el mar que nunca vimos juntos
por la costumbre de tenerlo
siempre al alcance de la mano,
en asedio constante
como la oscuridad.

Igual que el porvenir es el pasado
y lo que pierde uno en descubrirlo
no es tiempo ni optimismo:
sólo una vieja calle
de una ciudad lejana
o un recuerdo que nadie
pretende recordar;
o la lluvia que tiene
la virtud de volvernos sedentarios
mientras la contemplamos
como un prodigio o un milagro.

Yo sé que no vendrás
a poner la certeza
ahí donde yo pongo el corazón
e intento con palabras
revelar una imagen,
?una imagen siquiera?
de una infancia lluviosa
y un pasado presente
que perdimos los dos.



Poema Pequeña Crónica De La Fundación De Una Ciudad de Juan Domingo Argüelles



Sobre esta piedra,
junto a este árbol retorcido
ya harto de la vida
ellos fundaron la ciudad.

Tal vez vinieron, ellos, tras las cosas;
tras las casas vendrían otros, los postreros.
Luego vendrían los amores
y los primeros nombres de la vida,
tenues apenas, inseguros,
pero certeros ya para el dolor.

Dejo para después la relación
de las canciones bajo el árbol,
y los jóvenes tristes y las tristezas jóvenes.
Dejo el olvido,
y el olvido pasa.
Y dejo para luego aquella historia
de los enamorados que murieron
de alguna forma
y por cualquier motivo.

Porque murieron vida
como pudieron vivir muerte
y sin embargo
aquí quedan las muelas
que el ratón no ha logrado terminar,
el cadáver azul ya hecho ceniza
en el fondo del mundo.
Y aquella foto que sonríe
y que es constancia
de que existieron más allá del polvo
con esos ojos,
esas bocas,
esos gestos de ayer
que el tiempo apaga pero no devora.

Aquí dejo el olvido.
Aquí lo pongo
para que venga el olvido
y se lo lleve.
Olvida, oh vida, el olvido,
olvídalo.

Allá está la ciudad.
El pájaro en la rama.
El sueño quieto sobre la ternura,
el ojo abierto que atestigua y cuenta
y el eco y el reflejo petrificados.

Desde el balcón hablaba ella.
Hablaba con la vida, lo sabemos.
Su risa era una racha de alegría
y una fiera el suspiro.

Palpo la vértebra,
el pecho que se agita,
el pulmón que bombea,
el seno ardiente,
su pezón, cereza.

El vértigo lo dice.
Aquí estuvieron.
Se besaron.
Se amaron.
Se vivieron.

Se tocaron.
Se vieron.
Se olieron.
Se bebieron.
Y así fundaron la ciudad.

Y allí donde hoy están las ruinas negras
el amor fue perfecto
?todo amor es perfecto?
para salvar la luz y el corazón.

Duran más las palabras que las piedras.



Poema Otra Vez de Juan Domingo Argüelles



Lo mejor del amor es la distancia
y el encuentro otra vez,
cuando ya nada tengo que decirte
y los dos recordamos
aquellos años que se han ido,
aquel tiempo feroz que temblaba en tus manos
y esa imagen de ayer
(recordarla es vivirla)
marcada para siempre en la memoria,
impresa a fuego vivo en el pasado.

Hoy por esos recuerdos puedes decir que existes.
Y si valió la pena haber vivido
es por ese temblor que regresa a tus manos,
la certeza de haberte equivocado,
el día que pudiste ser feliz
y algún largo silencio que nunca olvidas.

Estuviste tú allí,
bajo el sol y en las ruinas un mediodía;
contemplabas tú el cielo
y ella también el cielo…
Luego un silencio largo,
como un hondo suspiro,
y después el retorno:
verde veloz el auto en el camino.

Si por ello has sabido que no fue en vano
la existencia feroz y amorosa y temida
guardas como tesoros esas migajas
de un pan que no fue tuyo ni fue de ella,
de un pan que se quedó sobre la mesa
intacto, apetecible, sin siquiera un mordisco.

No obstante no dirás ni ella dirá
que no estuvieron cerca de su aroma.
El olfato probó
esa imposible, absurda felicidad
que de haber sido tuya
recuerdos no tendrías
ni la certeza
de que fuiste feliz y a un tiempo desdichado,
y al menos un motivo
movió tu mano para que escribieras
sin ira, sin rencor,
casi sereno,
leve como el amor que se detiene
para que lo contemples
otra vez.



Poema Otra Vez, Al Lector de Juan Domingo Argüelles



Tú me pedías poesía
como quien frutos desespera
del olmo viejo del camino.
Cada mañana amanecía
y el árbol peras no arrojaba.
Cuando vivir no es necesario
escribe el cerdo, lee el puerco
y se emocionan los marranos.
Escucha bien: no hay moraleja:
es otra voz la poesía.



Poema Oración De La Noche de Juan Domingo Argüelles



Otra vez para ella, la que sabe por qué

I

Ella, la más salaz,
sangra en la luna,
y sabe del honor de merecer
la gracia de los dioses
y el castigo
de ser mujer.

II

Ella, la más salaz,
bebe esta gracia
y goza el paraíso del infierno:
entre las llamas arde,
se consume,
y es esta condición,
desesperada,
la que nos une.

III

La limpia seducción
es una enfermedad,
y tú lo sabes.

La más limpia inclusive
es la más visceral,
y tú lo sabes…

IV

Ardemos hasta el punto
de la consumición,
y cuando ya el dolor
destruyó nuestros cuerpos,
ahí donde creemos
que ya no hay nada,
como un virus fatal
brota el deseo.

V

En la luz
del dolor
arde
una llama.

VI

Que el fuego del amor
por siempre nos devore.

Que el fuego del amor
nos ilumine
y nos condene.

VII

En la noche, tu nombre,
una flor encarnada,
abre su resplandor,
enardecido:
el cuarto se ilumina
y su fulgor
ciega mi entendimiento
y su sentido.

VIII

No sirven las palabras,
no funcionan
para decir aquello que sentimos.

¡Qué pésimo lenguaje, tartamudo!
(El de la poesía, incluso.)

La única elocuencia:
La de tu lengua.

IX

El paso hacia el amor
es sobre brasas,
y andas en llamas
y nada duele más:
El paso del amor
es sobre llamas.

X

Al igual que la carne,
yo era débil:
no opuse voluntad
a la pasión.

XI

Ella, la más salaz,
arde en las llamas
del deseo,
sin importar
su voluntad.

XII

¡Qué terrible destino el del instinto!
¡Qué terrible destino
en las frágiles ansias
del muy civilizado!
¡Qué delirante paradoja!
¡Y pensar que el hambriento
tan sólo piensa en devorar!

XIII

Mentira:
El centro de la dicha
no era miel;

no era miel sobre hojuelas:
ni siquiera era miel…

El centro de la dicha
era fuego y ardor;
ardor sin fin y llagas,
y el corazón te duele…
si tienes corazón…

El centro de la dicha
lo palpas dulcemente
pero su nombre es Brasa;
su signo, Intensidad.

XIV

Tu corazón está donde tu boca
lame, gusta, deshiela.

Lo demás no ha existido:
es tan sólo un pretexto
de la canción.

XV

Lo sabes, lo sabemos,
y a veces lo podemos balbucir:
la herida que te duele
y por la cual respiras
es una condición para vivir.

XVI

En tu corazón, guárdame,
en tu deseo más salaz,
y no hagas caso a las promesas.
El que promete,
nada da.
Todo lo que se cumple,
se da sin más.

XVII

No hay que confiarse
a la felicidad,
pues la felicidad
es un relámpago
en medio de la espesa oscuridad.

XVIII

Cuando la más salaz
se recuesta en mi pecho,
queda una quemadura
como recuerdo.

XIX

Arde el amor,
escuece, quema,
como un chorro de alcohol
en la herida profunda
que no cierra.

XX

Ella, la más salaz,
habita el más ardiente firmamento,
el que con tinta negra aquí trazó
la mano oscura del deseo.

El otro cielo,
ella lo llena con su luz,
ella lo baña con su fuego.



Poema La Torcaza de Juan Domingo Argüelles



La torcaza volaba
y tú la contemplabas.

Era luz en la luz del mediodía,
calor en el calor de la mañana,
aire en el aire y tú
la contemplabas.

Tú la veías y eras libre,
porque la libertad de ver se aprende,
porque ser libre de mirar se aprehende
como el río a cantar aprende de los pájaros.

No le importaba a la torcaza su belleza,
pues vanidad no abriga;
volaba y nada más y el mar y el mundo
razón de ser tenían
y existían.

Tus ojos eran sus ojos
y eran sus alas tus alas.



Poema Epitafio Para Anaïs Nin de Juan Domingo Argüelles



Dejo en su tumba unas cuantas palabras húmedas
y silenciosas como un gato.

Para la tumba de Anaïs Nin.
Para su pelo que nunca conocí
y sus muslos que un día fueron hermosos,
lo aseguro.

Para sus sueños donde solía hablar despacio
en lo redondo de una oreja,
cuando subía a la corola del amor para cortarle un pétalo.

Para su risa que aún me llama
con un gesto furtivo que no olvido
porque por esas rutas me perdí
arrellanado en la noche
cuando tenía quince años.

Para Anaïs Nin.

Para su tumba que parece un huerto.
A veces una flor entre el musgo negruzco se entreabre
con su color violeta
húmeda por un soplo de tibieza
cuando la vara del manzano le acaricia los labios.

Para Anaïs Nin.

Para la tumba de ese éxtasis
que me hizo morir alguna noche
para resucitarme en un instante.

Para la tumba de Anaïs Nin, un beso,
una puerta de amor no clausurada.

Un día nos veremos en el polvo.
Entonces ya verás
cómo no muere un muerto.



Poema Entrada En Materia de Juan Domingo Argüelles



Al mar dije que no.
Dije también ya no más cielo,
ya no más canto al manantial
ni al eco grácil y purísimo
de sus aguas que bajan
de la más alta inmensidad.
Ahora solamente nombraré la desgracia,
dije y le puse nombre.
Para que arda más la herida
le puse sal y miel silvestre,
y que se escalde así el amor,
y que se escalde, así, mil veces.



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