poemas vida obra b

Poema Bar, Ese Hombre de Héctor Rosales



En el mostrador anudó su actualidad,
y el mar del tenebroso recipiente
lo llevó, remo a vaso,
vaso a remo, hasta la isla
de marca similar.

Las aves traían restos de navios,
leves escudos de rutas diluidas.

Para el infierno sobraban pasaportes,
sobraban días, cuando aquel mi temor
joven contemplaba la advertencia
de la isla.



Poema Bodas De Plata de Harold Alvarado Tenorio



La belleza de tu rostro
y la dulzura de tu voz bastaron
para que te amara.

Un año pasamos juntos
y luego a él regresaste.

Ahora, que de nuevo le engañas,
te duele el corazón
y ante a mí
crece tu desgracia:
has comenzado a envejecer.



Poema Balada De La Galleta Marinera de Guillermo Quiñonez Alvear



Canto que a nadie ha de interesar es éste.
Ahí reside su júbilo.
Ni al predicador inútil y solitario, ni a mí.
Ni a esa joven morena, toda sollozos, por un sueño venido,
seguramente, desde los ojos de un santo, tan santo,
Que nunca hizo un milagro.
Dos fantasmas le robaban los senos con las caricias de su amante.
Y nada de lo demás conmovió sus duros corazones:
ni la sortija china en la larga llama de su dedo,
Ni la tristeza latina de su boca.
A nadie ha de interesar: ni al bandido sin daga en el cinturón,
en el imprevisto instante en que le cortó el camino un ahorcado,
sin prisa, orinando, en su ancha soledad, desde un álamo,
por cuyas ramas bajaba el tiempo oro y cobre del otoño.
Y al intentar maldecir y volver por su puñal conoció la trágica
revelación: la voz y la palabra ya no eran en él.
¿Cuántos ojos lloraron en su cara, entonces?
Toda historia de bandidos tendrá siempre menos interés
que la de mercader inclinado sobre el mostrador hipnotizando a su víctima,
con la fuerza primaria de la víbora a su presa.
Schiller, el germano, ya sabía esto.
A nadie ha de interesar este canto: ni al avaro suicida,
al verificar en sus talegas una moneda de menos, tomada por su hija.
El invierno, ya está, ahí, como la calle al otro lado de la puerta,
vistiendo traje de bruma y gorra de frío.
Avanza, cargado como un dios mítico, con los fardos de un pasado desaparecido.
Pero su agonía se queda trasnochando para siempre en nosotros.
Ha sepultado recién al príncipe encantado del otoño, escenógrafo
de los suburbios del mundo, donde la lámpara de la tristeza jamás agotó su luz.
Y también los caminos rurales por donde van los arrieros
y vagabundos, con sus perros labrando cansancio, sed y hambre antiguos,
como el hombre desde siempre.
El invierno está ahí.
Avizora que una de las olas destroce el faro, para entrar al puerto.
Comodoro de alta mar y archipiélagos, su pericia y audacia
rechaza brújulas y cartas.
Su bitácora anota tempestades altas y naufragios profundos, nada más.
Los vendedores de tortillas y castañas calientes suben los cerros
de la edad del mar-océano.
En la niebla agoniza la luz de los faroles.
Y detrás del pregonar fragante a aguardiente, viene la lluvia.
El grillo levanta, entonces, su espiral de hielo.
El sapo, con su croar transforma el lodo en aéreo paisaje de cristal.
Sí. Ahí está invierno. Viste traje de bruma y gorra de frío.
Mi oído capta a través de los muros las toses de los ancianos,
cuyos pechos suenan a carreteras viejas o a engranajes mutilados.
Y los ojos descubren la voracidad del tiempo en los rostros de las mujeres,
ayer, solamente, admiradas.
¡Ah! pero los amores quedan dentro del corazón como el verde pasto
o el relincho muerto en el cuero de la bestia.
Y la gran luz negra en el fondo del ojo seco del cadáver.
Y el tiempo en la maquinaria rota del reloj.
Canto de abismos alucinados, precipicios y vértigos.
Semejante a esta latitud marinera de alma submarina,
tal la jibia, el coral, el hipocampo y su amazona, la sirena.
De arquitectura e ingeniería idéntica eres, Valparaíso,
a la del océano en tempestad.
Entre cerro y cerro anclan los huracanes a calafatear sus quillas
de alta sombra. Y a parchar las velas quemadas por la sal.
La oscuridad abre su párpado de aceite.
Oficia un canto funeral a otr />
La elegí entre varias traídas por mi padre al hogar.
Mi ternura, abundante, la clavó a uno de los muros de mi cuarto.
Era de rostro desventurado como las heroínas de los folletines
del siglo diecinueve, que precipitaron en sollozos y suspiros
a las abuelas fragantes a azucena e incienso.
Jamás las riberas de su origen me preocuparon, ni la lengua
en la que las mujeres arrullaron su venida al mundo.
Sabía, solamente, de su arribada en un velero,
cuya bandera ignorábamos todos.
los tripulantes marineros de yersey azules.
Bajaban a tierra cantando y fumando pipas,
el humo les entregaba la dirección de los vientos.
El mascarón de proa glosaba la pasión y el lirismo pagano
de los arrogantes armadores.
Quizá, fuera nórdica, de alma profunda como los espejos antiguos,
en cuyos interiores desaparecieron hombres, mujeres y atavíos.
Italiana, lírica, religiosa y penitente.
Francesa, gustadora de los licores color ámbar,
y, de los atardeceres perfumados de garúa.
Inglesa, rubia en libra esterlina.
Española, apasionada y sensual; rojo cirio en misa negra.
Portuguesa, soñadora y sentimental.
Pálida eras, galleta marinera, como las manos de una doncella
regresando de las tinieblas del amor.
Distante de las jarcias donde los vientos aúllan, sangran y se doman;
lejos de las tétricas sentinas, tumba de las iras
y de las maldiciones de los aparejos, espacio de terror
donde la muerte se asusta.
Destino de los capitanes posesos y de los marineros desertores
que enloquecían, mordidos por la sal y el silencio,
y devorados eran por las grandes ratas ciegas.
Sepulcro del grito, de la voz, de la alarma,
del gemido, por ningún oído captado en las noches de zozobra,
cuando las linternas de los entre – puentes
se apagaban y rompían como las alas de zancudos.
Fuera del mar, del olor a brea y yodo,
alucinada por las rutas solitarias, la pereza de los pairos,
las islas negras, verticales y sonoras,
habitadas por fantasmas golpeando campanas altas de plomo,
llamando a los lentos buzos rezagados, dentro de las escafandras,
con los ojos abiertos, llenos de sueños marítimos
de bancos de perlas y fabulosos galeones, se desgarraba sin voz.
Añorando el tráfico de playas enmohecidas
y las caletas de olas viejas, seguramente,
enfermó del mar y de sus maleficios.
Y una noche y un día, leal a su tradición,
se disolvió, en la larga humedad del muro de mi cuarto.
Día o noche en que el trueno reventaba y llenaba de terror
el vacío corazón de los seres.
La nostalgia del mar -océano y sus horizontes
le habían mordido el alma como a los perros de los veleros,
que bajaban a tierra con las tripulaciones
y se quedaban dormidos debajo de los catres de los lenocinios,
arrullados por la música febril de los somieres,
y, después, morían en los malecones, ladrándole a las velas,
cargadas de vientos, de todos los barcos.
En la épica y en las leyendas del mar
flamean las banderas de todos los piratas.
Se escucha, el estampido de todas las culebrinas.
Se coleccionan los cofres de todos los corsarios,
y la heráldica de la galleta marinera se perdió
en un silencio de agua y harina.
Lentamente, el mundo crece y se hace redondo
como una naranja adentro del invierno.
En las travesías, los vigías envejecían en las cofas,
sin lograr dejar en las cubiertas el grito augural
¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!
En ese minuto.
En esa hora, hubo un millón de siglos en un día.
En ese instante, están todos los cojones de España
encima de las olas o en el fondo de los mares,
amortajados en la canción de cuna gris -azul.
DON CRISTÓBAL COLON,
liendres y piojos en su larga cabellera de almirante
en los océanos y de las tierras, comenta a su corazón
la órbita universal de su soledad.
Los navegantes que regresan le han jugado a la brisca,
a los dados, vida y destino de la muerte.
Vuelven mascando tabaco. Y con presentes de monos,
doctos en gestos obscenos y loros letrados en sucias palabras.
Los reyes desairan a los embajadores.
Antes, se hacen mostrar un indio todo cobre
como la Cordillera de los Andes.
Y consultan a los teólogos si es pecado mortal
comer papas indígenas con costillas de cerdo,
y vinos cristianos.
Los gentiles caballeros demuestran a su dama su valor y osadía
acariciándoles la concha a la gran tortuga de las islas Galápagos.
De la carcajada. Europa se sumerge, hunde en el espanto
y la meditación.
En esa hora.
En ese tiempo, entra a la cámara de los capitanes
y a los putrefactos bodegones de las tripulaciones, la mujer.
La mujer de goma.
Elástica, flexible, serpiente, cazando insectos en el seco aire del verano.
Cintura delgada de madrigal.
Caderas largas de ola.
En los ojos la selva y el pasado del mundo.
Mujer de los equinoccios y de las auroras boreales.
Por ella, las quillas se internaban en los golfos.
Atraviesan, cabos, cruzan estrechos alcanzan islas.
Por ella, la Cruz del Sur. Y los cuatro pétalos de la Rosa de los Vientos.
Por ella, las islas de azúcar, canela y vainilla.
Los países de almizcle y esmeraldas.
Las tierras de oro: América, Cipango, Catay.
STELLA MARIS.
Mi corazón se ha abierto como una mano planetaria.
en afán de pintar todo el firmamento, para proyectarse
desde las estrofas de mi canto, al otro lado de la leyenda.
GALLETA MARINERA.
Tu recuerdo se había hundido con las últimas fragatas,
bergantines y veleros, de distintos deshechos y brújulas equívocas.
¡Bergantines! ¡Galeones! ¡Veleros! ¡Arboladuras!
¡Epifanías del espacio!
En el fondo de los océanos vuestra belleza, singular y mágica
como las olas urgentes de la luz, ignorada fue
por el alma de los hombres aptos sólo
para amar sus rostros pintados de vanidad.
En las cuadernas, los moluscos mudos y ciegos se reproducen alegremente
y se nutren de seculares maderas: roble, pino, teca.
Canto a lo desaparecido, a lo olvidado, es. ¡Oh tristeza!
Canto que a nadie ha de interesar es éste.
Ahí reside su júbilo.



Poema Breve Conversación Con Dios de Guillermo Carnero



Alguno que otro día
me amanece el deseo de invitarte un café,
de abrazarme a la certeza
con la que me nombraste para siempre.
Quiero escuchar como respira en vos el universo
y descubrirme en el milagro sin edad de tus pupilas.

Días en los que necesito darte gracias
por lo que me concediste infinito,
por la posibilidad de hacer y re-inventar
cada trozo de vida a mi propia semejanza o a la tuya,
Por la angustia y la fe en lo que anhelo,
por la alegría simple de los frutos.

Vos sabes que este amor mío renegó tanto de nombrarte.
Se ufanó de sí mismo,
evadiendo el diálogo cara a cara,
refugiándose en tu sustancia,
cumpliéndote en los principios
pero sin la humildad serena de aceptarte.

¿De qué he huido?
Si todo rumbo me devolvió tu aliento;
si toda libertad sin vos siempre fue cárcel.
Aquí estoy otra vez,
como emergiendo del útero materno:
confiándote mi vida,
abandonándome a tu ímpetu
despertando a tu amor
fundiéndome en tu nombre.



Poema Boca de Griselda Álvarez Ponce De León



En donde la sonrisa es un suceso,
agresor el contorno de castigo,
el labio al rastrear, como enemigo,
la mordida ritual y nido el beso,

en donde tiembla el corazón opreso
porque al salirse quiere estar conmigo,
de otra finalidad su fin desligo:
forjada solamente para el beso.

Y sube el beso a tientas escalones
de miedo entre las vértebras oscuras
y se llena de eléctricas razones

al llegar de tu boca a las alturas.
¡De par en par se abran los pulmones
por alargar la dicha que inauguras!



Poema Balance de Griselda Álvarez Ponce De León



Tanto pugnar por definir la vida,
tanto por detener el tiempo breve
por sostener el pulso que nos mueve
por dejar testimonio de la huida.

Y ver la primavera malparida
o el verano febril que nos remueve,
el otoño temblón que nos conmueve
y el invierno en su muerte desceñida.

Después, hacer balance de improviso:
el recuento de pasos, el minuto,
ayer como hoy relámpago sumiso.

Y pagar de rodillas el tributo
que se nos cobra en término preciso
al desprender de la carroña el fruto.



Poema B- (de Urca*) de Graciela Cros



Plaza verde, hamacas, risas en otro idioma
En la esquina, una iglesia
y escaleras

¿escaleras para alcanzar
acaso comprobar una puerta perdida
en otro tiempo?

Al acecho balcones y sabores
peixes fritos y azahares
canturreos y frutas
bandidos de portal, promesas de regreso

pero adónde
pregunta

EL FORASTERO

NIÑO

*Barrio de Río de Janeiro, Brasil



Poema Bastó Tan Sólo Un Sí de Gonzalo Osses A Vilches



Bastó tan sólo un sí
para vivir el ya y el después,
bastaron algunos suspiros
para crear un hoy.

Bastó tan sólo un sí en el momento justo
para que muriera el eres.
Bastó tan sólo un sí de tus labios
para que se olvidara el soy.
Bastó tan sólo un sí, un simple sí, un único sí,
para que naciera el somos.

Y desde ese sí mágico y tierno
comenzó a forjarse la promesa de tus besos.
Y desde el equipaje de nuestro sueño
nacimos a una tímida realidad.

Te presté mi hombro al sol
y por la noche entregué mi cuerpo a tu cuerpo.

Bastaron dos personas solas para parir un mundo
y me bastó tu imagen para edificar un universo.

Bastaban la espera y el sonido del teléfono anunciando tu llamada,
bastó tu voz inmaculada, bastó la ternura de tus palabras,
bastó tu sueño ceniciento, bastó mi espíritu sediento.

Bastó la timidez de tu sonrisa,
bastó este poema, junto a tus caricias…

Bastó que existieras en mis segundos para amar el tiempo,
que existieran las horas y el silencio
para saber que así ?y sólo así? respiramos juntos.



Poema Balada Salvaje de Gloria Fuertes



A Lucinda, que tanto ama los versos.

Qué amor más sano había
entre el ciervo y aquella gacelilla.

Se encontraban al alba junto al lago,
se corrían saltando todo el día.

Su amor fue como el agua del arroyo,
¡qué cristalino amor ay, les unía!
La gacela y el ciervo paseaban
por el bosque besándose en la umbría.

Desinteresado amor les unía.
En el mundo animal
pasan las cosas
más bellas de la vida.

Un pájaro que canta a la paloma;
un lagarto que espera noche y día…
-una gacela hermosa se estremece,
porque el ciervo la mira-.

La roca tiene amores con el musgo,
la pared con la hiedra.
El árbol se conmueve con la brisa
el mar ama a la tierra.

Y todo tiene amores para nada.
Sólo del hombre brota el egoísmo.
La gacela y el ciervo se han parado,
bajo la sombra espesa de los tilos…



Poema Bien Difícil de Giovanna Pollarolo



Bien difícil es ser la musa de un poeta en estos tiempos
eres su mujer y él se aprovecha
de todas esas imágenes que lo asfixian
una casa una mujer unos hijos
y él hubiera querido alas
pero construyó una casa
lee el periódico y hace el amor durante el día
cada vez con menos entusiasmo
por las noches escribe
habla mal de ti
y cuando te encuentras en esos poemas
quisieras borrarlos porque a romperlos no te atreves
eres sólo la musa de un poeta
que no canta que se aburre
aunque después explique que no es por ti
eres apenas el pretexto

para desencadenar viejos fantasmas
quizás hubieras querido ser la musa
de un poeta de otros tiempos
y aún esperas ese poema que un día soñaste
cuando no habían construido una casa.



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