poemas vida obra alberto angel montoya




Poema A Ti de Alberto Angel Montoya



Como la fruta original tú tienes
duplicidad de hieles y panales.
Eres todos los Males y los Bienes,
sin saber de los Bienes y los Males.

Buscando paraísos terrenales,
discurrí por tus núbiles edenes,
y al hollar de vaivenes tus rosales
hallé todos los males y los Bienes.

Al amparo de signos augurales,
diademó la inocencia de tus sienes
un gajo de las ciencias primordiales;

y, así, otra vez, a mi reclamo vienes,
trayendo en tu querer todos los Bienes,
y en tu beso fatal, todos los Males.



Poema Vuelo Al Corazón de Alberto Angel Montoya



Vuelo del corazón que se ha abatido
de tan alto volar sobre tu seno.
Vuelo del corazón que en campo ajeno
cayó ayer al azar de lo perdido.

Unos ojos de cielo descendido,
y un seno en nube hacia ese azul, y lleno
de aquel mirar el seno, y sobre el seno
el amor en dos nubes repartido.

Nada más fue este amor. Mi campo cierra
hoy un límite exacto, y el desvelo
de un otro amor por mis dominios yerra.

Nada más fue este amor que el sólo vuelo
de haber soñado que la oscura tierra
pudiera ser la nube y ser el cielo.



Poema Volvió Algún Día Mi Pasión Errante de Alberto Angel Montoya



Volvió algún día mi pasión errante
a tu ardua playa que llamé yo mía.
Marino sólo en su melancolía,
viré hacia ti la ruta y el instante.

Volví a ganarte, oh isla, al expectante
litoral de tu flanco y su armonía.
Mar al cielo y al cielo la osadía
del vuelo al mar….Y el litoral delante.

Ojos y sexo por ganar la gloria
de tu cuerpo insular. Era la guerra
del placer y el dolor por su victoria.

Y en los ojos y el sexo –cielo y tierra–
perdí tu amor pero gané tu historia:
oh Gladys B***, tu cuerpo fue Inglaterra.



Poema Variación Para Un Recuerdo de Alberto Angel Montoya



I

El tiempo ya, Cecilia, sobre mi alma
y en mi cumbre de sombra, es como un viento.
Y en el viento una hoja va dorada.

Es tu melena de oro en aquel largo
amanecer de un baile jubiloso.
Hoja al alba del beso desvelado.

Yo en medio de la fiesta estaba solo,
pero era todo tú cuando caía
tu cabeza dorada sobre mi hombro.

Las rondas de galanes te seguían,
asediando tu cuerpo con palabras
que tú sólo en mis manos comprendías.

El diván recatado se alargaba
un poco menos largo que tu cuerpo
y al fulgor excesivo de la lámpara.

Tú amenguaste la luz en un reflejo
tan escaso y tan pálido que apenas
el rescoldo brilló del pebetero.

Y yo hallé entre la sombra tus guedejas,
y el diván parecióme en ese instante
un poco menos largo que tus piernas.

Y ardió entonces la lámpara en la sangre,
suspensa en la sorpresa del hallazgo
por una dualidad de fruta y ave.

Al erguirte, tu cuerpo fue más alto
que nunca aquella noche y aquel baile
porque él llegó a la altura de mis labios.

Afuera, en el salón, con tono grave,
algún galán filósofo explicaba
el «pienso luego existo» de Descartes.

Mas ya el tiempo eras tú dentro del alma….

Dime, ¿por tus salones elegantes
entre una luz de joyas y de galas
surgidas al albor de tus nupciales

azucenas de espera resignada,
o en tus nupcias, ya de otro tu azucena,
no evocaste un momento aquella estancia?

¿Olvidaste aquel mundo que era apenas
ese doble hemisferio de tus senos
bajo el sol primordial de tu melena?

¿Y aquel instante al pálido reflejo
de una lámpara vana en la sorpresa
de las manos, los labios y los besos?

¿En tu grato salón, con tono grave,
aún tu galán filósofo te habla?
¿A qué otro amor le explicas lo que sabes?

El tiempo ya , Cecilia, sobre mi alma
y en mi cumbre de sombra, es como un viento.
Y en el viento una hoja aún va dorada.

Mas es triste la ráfaga del tiempo.

II

A ti volví una noche porque mi alma
caía como un fruto en tu recuerdo.
Pero era ya ceniza la manzana.

Llegábame tu voz como del eco
de otra voz nunca oída y nunca amada,
y en mi sueño de amor aún era el sueño

tu voz entre otras voces ignoradas,
cuando de fronda y alba tus cabellos
despertaban los días en tu espalda.

¿Qué te hablan esas voces? ¿Con qué acento
dicen ahora la gentil palabra
que yo una aurora te enseñé en silencio?

Y jamás otra voz, si otra voz canta,
dirá lo que el silencio de aquel beso
que a tu alondra infantil le enseñó el alba.

¿Qué fácil traje de sensual diseño
prolongará en tus hombros la mañana
del baile de esa noche? ¿En qué discreto

camarín tu cabello es el champaña?
¿Qué amor partirá el mundo en tus dos senos?
¿En qué anillo o qué broche está tu alma?

Alguien viene a decirme que el invierno
golpea en el cristal de mi ventana.
¿Cuál será la ventana y cuál el cielo?

En el trágico viento iba dorada
una hoja perenne que en el cierzo
otra hoja más cálida evocaba.

Así devuelvo al alba mi recuerdo
porque nada le falte a la alborada
de tu amor, y aún le sobren estos versos.

Es tiempo ya, Cecilia, sobre mi alma
y en mi cumbre de sombra, es sólo el viento.
Y el viento es ya la noche sin el alba.

Mas tú fuiste la víspera del tiempo.



Poema Tu Pie de Alberto Angel Montoya



Nardo y rosa, tu pie guarda una clave
de voluptuosidad que me estremece,
cuando en la alfombra silenciosa y suave,
bajo tu bata, al caminar, florece.
Si en las manos lo tomo, me parece,
transido al roce de mi tacto, un ave
que al sentirse cautiva, desfallece:
tan pequeño es que entre mi mano cabe.
Ni en la húmeda curva de tu labio,
ni en tu seno rotundo, ni en el sabio
giro sensual mi esclavitud persiste.
Ese pie, nardo y rosa, diminuto,
en el espasmo breve de un minuto
tornó mi beso eternamente triste.



Poema Tu Mano de Alberto Angel Montoya



Yo no sueño con manos gentilicias
blancas como las blancas azucenas.
Albas las sueño, mas las sueño plenas
de pasión y de eróticas primicias.
Manos para los rezos impropicias.
Pálidos nidos de azuladas venas.
Manos sabias en íntimas caricias.
Manos para borrar todas las penas.
Manos que entre las uñas afiladas
guarden cruentas lujurias ignoradas.
y al mandato de sádicos fervores,
clavaran su febril concupiscencia
en la misma maniática inconsciencia
con que otras manos deshojaran flores.



Poema Se Extasiaban Tus Ojos En La Espera de Alberto Angel Montoya



Se extasiaban tus ojos en la espera
y una ola de amplia encajería
tu albo cuerpo orgulloso circuía
como circunda el mar una escollera.

Altanero pendón, alta bandera
alzada en ti por recordar la vía,
sobre el cuello y los hombros se extendía,
a un viento de pasión, tu cabellera.

Desde las duras cúpulas al blando
y oculto valle, la batalla entera
fulgió al incendio de tu boca, cuando

tras la derrota de tu cabellera,
como una lanza a un viento sin bandera,
quedó tu grito entre los dos temblando.



Poema Romance Del Estío de Alberto Angel Montoya



Fui a su puerta de jazmines
para pedirle una brasa,
y ella me dijo que sí,
mientras mis labios miraba.
La moza criolla tenía
rostro de color de playa,
y un mar de negros presagios
en su cabeza ondulaba.
-La boca no se la vi
porque sus ojos cegaban-.
Yo la miré caminar
flexible como una liana,
y la perla de su hombro
se me engastó en la mirada.
-La brisa ciñó sus flancos
desnudos bajo la falda-.
-¿Quieres amarme esta noche,
que será noche estrellada?
Le dije, cuando me trajo
su corazón en la brasa.
-Bajo el ardor de mis ojos
sus senos se maduraban-.
Ella me dijo que sí,
y la tomé por el anca.
Ancas que yo imaginé
ancas de zebra africana.
Piernas de yegua de sangre
que así las hallé de largas.
Pisfar de indómitos bríos
hizo estremecer la pampa.
Rudo galope de besos
oyeron los que pasaban.
Centauro de dos cabezas
miró la noche asombrada.



Poema Romance De La Niña Inocente de Alberto Angel Montoya



No me la mostréis vestida
que yo la miré desnuda.
Su propia piel la ceñía
veste a su propia hermosura.
Y era de armiño su cuello
que en red de venas se azula.
Y era el sostén de sus senos
su sola forma alta y dura.
Y para el seno por joyas
los corales de sus puntas.
Y el banco raso del torso
bajando hasta la negrura
del terciopelo que al sexo
a un tiempo exhibe y oculta.
Y eran sus piernas de seda.
Y eran sus plantas menudas.
-Tan menudas que en mi mano
cupieron una por una-.
Zapatos de Cenicienta,
cómo brillaban sus uñas.

No me la mostréis vestida
que yo la tuve desnuda.



Poema Preludio de Alberto Angel Montoya



…Cecil, van a talar el bosque.
Un día florecieron tus manos en la ausencia
de la luz que tu mano resumía…

Era octubre, y la doble florescencia
de tus manos -estrellas sin distancia-
inventaba la luz con su presencia.

Tu belleza era sólo tu fragancia
para mí que en la sombra te sentía,
y tu talle en mi brazo tu distancia,

y tu nombre el lenguaje de la umbría
con aquel cecear de hojas de viento.
Era octubre, era invierno y eras mía.

Eras más que mujer, un pensamiento
hacia una mujer, que me viniera
vuelto perfume y sílaba en el viento.

Y el bosque todo en sus rumores era
tu nombre tantas veces repetido
como hojas vio nacer la primavera.

Iba el viento a tu cuerpo tan ceñido
y tú a mí tan ceñida entre la bruma,
que fue de bruma y viento tu vestido.

No más así sentirte era la suma
visión de tu belleza reclinada
contra el amor, al viento y a la bruma.

No más así eras toda. Tu mirada
debió copiar la senda ensombrecida,
y yo sé que vagué por tu mirada.

Yo sentí tu melena distraída,
como otro sol tendido a la tiniebla,
flotar sobre mis sienes y mi vida.

Tu nombre. El bosque. Y un rumor que puebla
con tu nombre no más el bosque entero.
Y tú de viento, de perfume y niebla.

Tú, alta y fina no más por el sendero.
Nada más que alta, perfumada y fina.
Y yo hallando en tu brazo otro sendero.

La mano que seduce y que adivina
erraba varonil y silenciosa
de una mínima fronda a una colina.

El lirio dúctil y la erecta rosa.
Fingido miedo y mentirosa huida,
porque encontré la negra mariposa

del invierno en tu sexo detenida.
Cómo la mano varonil y errante
supo acercar tu carne estremecida

a ti misma que huías del instante
acercándote más, y aún más cercana
fingías defenderte aún más distante.

Ni más dulce blancura ni más grana
tuvo el viejo cantar cuando decía,
«hay leche y miel bajo tu lengua, hermana».

Hoja a hoja el invierno descendía:
Era tu nombre sobre el mundo, eterno.
Cecilia…El bosque….Tu esbeltez….Un día….

Cuán cálida estación fue aquel invierno.



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