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Poema Alma Que Mueres De Amor de María Antonieta Le-quesne



Alma que mueres de amor,
dime lo que es despertar
en la alborada de Dios,
cuando se muere de amor.

Yo sé lo que es enfermar
y agonizar de pasión,
pero no he sabido amar
para morirme de amor.

Alma que mueres de amor,
dime lo que es enfermar
para morirme de amor…
¡Yo sólo sé agonizar!

Y, para hacerme morir,
sé que no habrá otro dolor:
¡en el curso del vivir
no he sentido otro mayor!

Y no me quiero morir
si no me muero de amor,
porque yo quiero vivir
la agonía del amor…

Alma que mueres de amor,
dime lo que es enfermar
para morirme de amor…
¡Yo sólo sé agonizar!



Poema A Cuántos Metros de María Antonieta Flores



a cuántos metros del bosque
de las aceras y formas de estrella
el sueño ha llevado su arco
la tapia y sus colores
la red del transcurrir
el diminuto acero del recuerdo



Poema Alegratura de Margarito Cuéllar



A Rafael Courtoisie

La alegría puso un huevo. Romper su cáscara es un reto: a un huevo alegre no lo abre piedra ni martillo. Humor y sal, en dosis sutiles. No siempre tiene la superficie de un ovoide. Suele haber huevos cuadrados y en forma piramidal, barra de hielo o de esferas cristalinas. Incluso poliedros. El parto de la alegría en su fase larvaria. Filamentos, sonidos, dientes para la fiesta. Es posible la presencia de ligamentos verdes, líquenes y músculos puestos en marcha como una relojería. También hay truenos y falsas tempestades, reliquias y comisuras resistentes a los buenos deseos. Campos minados y larvas procreadas en incubación ponen en peligro el alumbramiento. Se recomienda no hacer olas, hasta que el fruto adquiera trama de pan o de vitriolo. Se dan casos en que del huevo nace un cubo o un llano de girasoles.



Poema Arte Mayor (vi) de Margarita Arroyo



Estos fluidos nocturnos
quisieran ser cardumen
para en tu cuerpo mar
chuparle sus naranjos
al árbol de tus poros.
Menguar tu flacidez
con mis labios en punta
hasta extraer el sol
entre tus pliegues.

El raspar de mis hélitros
se vacía en suavidades
cargadas de tijeras
entrecortan mi pulso
en espejos filosos.
Siempre quise morir
entre los restos
de miliciano polen.
Me blanquea las retinas
tu hemorragia de peces.



Poema Arte Mayor (v) de Margarita Arroyo



Te necesito, amor
con tus metales.
Agrio tu aliento
de tabaco y cerveza.
Tu pecho por mi espalda
tobogán que madura
en húmedos carbones.
Te necesito a trancos
galopando en mi nuca.



Poema Anotado En Los Márgenes De Un Libro De Astronomía Del Padre Eusebio Kino de Márgara Russotto



Pero entonces
si la belleza del saber se esconde
y tenues flotamos en el éter
de quimeras astronómicas surcado

¿a qué buscar en tantos libros
la errada vanidad mundana?

Todo sabremos del espacio
sensorium de Dios y su medida

Algo más sabremos de ciertas pasiones

Todo quizás de los vientos
de los climas

Menos lo indecible

tan ansiado



Poema Amado Dueño Mío de Márgara Russotto



Esa ignorante mujer
cuyo estudio no ha pasado
de ratos
lame la sal de la ausencia
y te extraña
y agita su celo de perra
en la calma espera tanta.

Corta las venas
la aguda canción de las estrellas heladas.

Es tan tarde y no vienes
oh amigo
oh Fabio mío

Inclínate a ella una vez más
te pido.
Sopla en este árido barro,
que no lo disperse el viento
este polvo exasperado.

Erízala toda,
recógela
en el cuenco de tu mano,
dale su exacta forma
tal cual esta esmaltada jarra
que ayer no más
tocó tus labios.

Hazla esa cosa simple,
duradera
confiable,
centrada en la donación de sí,
libre de distracciones
y dispendios raros
y
oh amado dueño mío

despiértala,
oh sí
despiértala sin piedad
aunque llegases tarde demasiado.



Poema Ay Muerte Más Florida de Manuel Ponce



¡Ay muerte más florida!

1

Nos ha traído una lengua lejana
a este puro silencio de bosque partido,
en el canto de ayer que se delata en nido,
en el silente nido que cantará mañana.

Callamos por la luz que se rebana,
por la hoja que se ha distraído
y cae. Yo estoy herido
de muerte, una muerte venial y liviana.

Cuelga en la luz, cuelga en la rama vencida,
en cuevas perfumadas se despeña,
y en dondequiera pienso y amo, me provoca.

¡Ay, ninfa descarnada! ¡Ay, muerte más florida!
Se prende una rosa, se prende una tarde pequeña
en el risueño plantel de su boca.

2

Entre dos continentes amarillos
y una marcha de perlas hacia dentro,
asomaba su prístina palabra
como semilla de su limpio mundo.

De sus labios colgaban los jardines,
gozosos de su alegre despedida,
y envueltos en su túnica sonora,
desflecaba los iris de su lengua.

¡Oh muerte, paraíso doloroso,
en tu mercadería de perfumes
anda luzbel de simple mariposa!

Pero en tus sienes, que las horas hacen
urna depositarla de sus mieles,
no tejeré ni una sola frase.

3

Después, cuando la sangre se gloríe
de haber ensortijado fieramente
millares de kilómetros febriles
en el pequeño huso de la estatua

y, rito silencioso el olvido,
trace por último su atenta firma,
para la identidad de la materia,
botín de pajarillos seculares:

reducirás a polvo el argumento
que tuve para hollar con pies altivos
los dorados insectos de la tierra.

Pero mientras ocurren los narcisos
a cegarme la fuente de los sueños,
tu enigma es floreciente margarita.



Poema A Unos Ojos de Manuel Martínez De Navarrete



Cuando mis ojos miraron
de tu cielo los dos soles,
vieron tales arreboles
que sin vista se quedaron.
Mas por ciegos no dejaron
de seguir por sus destellos,
por lo que duélete de ellos,
que aunque te causen enojos,
son girasoles mis ojos
de tus ojos soles bellos.



Poema Ausencia de Manuel Maria Flores



¡Quién me diera tomar tus manos blancas
para apretarme el corazón con ellas,
y besarlas….., besarlas, escuchando
de tu amor las dulcísimas querellas!

¡Quién me diera sentir sobre mi pecho,
reclinada tu lánguida cabeza,
y escuchar, como en antes, tus suspiros
tus suspiros de amor y de tristeza!

¡Quién me diera posar casto y suave
mi cariñoso labio en tus cabellos,
y que sintieras sollozar mi alma
en cada beso que dejara en ellos!

¡Quién me diera robar un solo rayo
de aquella luz de tu mirar en calma,
para tener, al separarnos luego,
con qué alumbrar la soledad del alma!

¡Oh, quién me diera ser tu misma sombra,
el mismo ambiente que tu rostro baña,
y, por besar tus ojos celestiales,
la lágrima que tiembla en tu pestaña!

¡Y ser un corazón todo alegría,
nido de luz y de divinas flores,
en que durmiese tu alma de paloma
el sueño virginal de sus amores!

Pero en su triste soledad, el alma
es sombra y nada más, sombra y enojos…
¿Cuándo esta noche de la negra ausencia
disipará la aurora de tus ojos?



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