Poema El Lugar De Los Hechos (iii) de José Antonio Cedrón



Despego con las llaves la pintura del marco.
Ahora es verde gastado lo que antes humedad
y después amarillo
y puedo ver el gesto cuando convocó
alzando, su mano enredadera.
Imaginarla cargando sobre el hombro, la maleta
ruidosa de cacharros, ladridos, dictadores.
Los ojos del pasado atraviesan los gritos.
Y puedo oír el giro del pedal de la Singer
y recordar el tacto de la ceniza tibia
vaciando los braseros.
Hay torres movedizas que abusan de palabras
libros de tapa dura, infancias en el eco.
Y hay mujeres con sábanas, peleando contra
el viento, donde ya nadie firma un espejismo
parecido a su historia
porque escucha y le teme a ese sonido.



Poema El Lugar De Los Hechos (i) de José Antonio Cedrón



En la plaza, con ojos de carnero, tocamos las
mujeres que luego se desnudan para los debutantes
en las piezas del fondo de los conventillos.
Y esa mujer que mira con unos ojos que durarán
por años, se puso boca arriba tomando uno por uno
los temblores, como si se iniciara un nacimiento,
para irse muy tarde con el bolso apretado debajo de
sus brazos, escondiendo la cara y el miedo a
nuestro miedo. Debió quedarse allí
con su otra boca, pero estaba tan lejos.
Sólo su sentimiento refleja en el cristal
al ladrón inexperto de su antigua salud
esa mujer y oficio que el tiempo hizo de humo
sustancia o rara cosa boyando en un costado.
Por algo la memoria voltea a esa ventana al correr
de estos años en que mi tía grande va a morirse
sin haber pasado ningún escollo
más que las enfermedades de la infancia
y una miopía que lleva tres generaciones
incluyendo la mía que, en todo caso,
no quiere morirse de miopía.



Poema El Espacio Sombreado de José Antonio Cedrón



Sólo hay un hombre que habla de otras cosas.
Por ejemplo hay un hombre que habla de una calle
de un apellido suyo que llegó en algún barco
de una mujer morena que se perdió en su almohada
de un líquido morado que en sus alas
llega como una carta hasta su casa.

Nada que ver aquí con ningún cuento
nada que ver aquí con el hombre que sueña
nada que ver con mensajes cifrados
con el río marrón ni con el humo.

Sólo hay un hombre que habla de otro pueblo
sólo hay un hombre solo debajo de las palabras
sólo hay un hombre solo entre los ruidos
de unas puertas cerradas por la fuerza
de unos ladrillos truncos conque niega.

Por ejemplo hay un hombre y la serpiente
un hombre y la serpiente en otro clima
un hombre y la memoria conque afirma.
Por ejemplo la noche y el cielo
ya no están estrellados
ni los astros azules tiritan a lo lejos.
Sólo hay un hombre solo en la galaxia.



Poema El Cumpleaños De La Prima Ana de José Antonio Cedrón



Con las mejillas enceradas
los ojos le brillan como si al sol.
Baila para el suspenso de la rueda
su vals número 15.
El gallinero duerme su concierto
entre rubor de niñas
y los tíos empujan por la espalda
a ese pájaro nuevo con traje de recién
tan vestido de un miedo
que más adolescente es casi virgen.
Cuando anuncien la torta y la sortija
eso será el amor en esta noche
volteará la cabeza hacia el satén brilloso de la tía
asomada entre brazos y el humo de la sala
girando por la casa con su sortija falsa
puesta en el dedo chico de su mano
y sintiendo un temblor que acostará a su lado
lamiéndole las piernas, eso será el amor
en un puño de almohadas esta noche
preguntándose nada y esperando hasta el alba
cuando se quedan solos con las últimas copas
los que suelen quedarse con la espalda pegada a la
pared, rodando con sus ojos por el piso vidrioso
hablando de nosotros, que tanto hemos crecido
trasponiendo la anécdota y el tiempo.



Poema Cuerpo de José Antonio Cedrón



Te hicieron enemigo del que llevas.
Dos siglos de enseñanzas contra tu voluntad
la mía. Dos mil años.
Ese extraño, mi cuerpo, era la sombra intrusa
que castigan los dioses del cielo y de la tierra.
El otro, oculto.
Nos ha llevado tiempo conocernos
separar del silencio la voluntad que niega
para darnos palabras de un idioma
en constante peligro de extinción.
En esta independencia inseparable
seamos vos y yo.
El día que oscurezca no haremos despedida
me dices, compañero
nos rendiremos juntos.



Poema Corazón de José Antonio Cedrón



No los dejes que entren que respiren
que se levanten al aire de tu paso
que ocupen tu lugar
no los dejes voltear a esa ventana
hacia esos ojos que miraron lejos
hacia la sombra por no tener sombra
hacia esa nube que cayó sin ruido
queriendo el temporal.
No, no te dejes herir
armate de aire
no les des emoción para tu noche larga
no los dejes salir al sol con tu amuleto
si se refugia en la canción ajena
si la traición traiciona la memoria
si se sumerge abajo de tus alas.
No, no los dejes comer de tu alimento
no los dejes beber.
Levanta vuelo contra las tormentas
como un abrazo entre dos cordilleras
que tienen de valor lo que otras manos antes
lo que un espejo frente a tanto sueño.
No, no te dejes herir
armate de aire
no lo dejes comer de tu cuchillo
no le des el umbral hasta que pueda ver
adonde miras
hasta que cante al polvo de este viento
a ese caballo oscuro de tus ojos
a esa silueta adentro de su rabia.
No, no te dejes herir
armate de aire.
No, no dejes que ocupen tu lugar
armate de aire, armate de aire, armate
corazón.



Poema Con La Voz De Astrud Gilberto Y El Saxo De Stan Getz de José Antonio Cedrón



Siento que hubo de todo en este fuego
a una mano del cielo a una mano del piso
a una mano en la mano.

Abajo la raíz la tierra el fruto.
Arriba de tus labios esa distancia y ésta
más las alas.

Siento que hubo de todo en este fuego
a una mano del cielo
a una mano del piso.

Abajo aquel latir líquido en sombras
y la primer luz para subir
para vivir para soñar.

Supe de una tormenta en esos brazos
y caricias después del temporal.

Arriba son las palabras
las que a veces callamos
cuando están en el aire.

Las que a veces regresan
sin el gesto en silencio.
El caballo girando por la casa
y hay un fuego cruzado despintado tu boca.

Siento que hubo de todo en este fuego
a una mano del cielo
a una mano del piso.

Arriba con tu voz que arroja un nudo al agua
y después otro más a la distancia
que toca la memoria
de las descoloridas mariposas del patio
que una mujer pintó hasta volarse
y abajo un niño apenas entre señales de humo
jugaba que algún día volaría también.

Siento que hubo de todo en este fuego
a una mano del cielo
a una mano del piso.

Abajo aquellos que recuerdo y no nombro
atrás un color gris conteniendo un país.

Ahora el que no soy
sobre lluvias caídas en tu ausencia
sobre noches pasadas reclamando
aquel sur en el mapa de tu cuerpo
aquel fuego cruzado
a una mano del cielo a una mano del piso
a una mano en la mano.



Poema Carta A Casa de José Antonio Cedrón



Ayer te pensé o soñé que estabas en casa
y te pensé o soñé como eras hace mucho
bajo un cielo que era también como hace mucho
esas cosas de hombre de niño que uno tiene
te soñé como eras cuando yo no era éste
y te pensé después
y anduviste girando en mi cabeza
durante todo el día.
Esta mesa es tan chica
acá se desayunan con su ruido los jarros
las mínimas tormentas
acá llueve seguido y las noches largas
se llenan de tazas negras
a veces alguien canta para desocuparse
de las lágrimas
y a veces hay un miedo de final que me roba
las pocas herramientas que reuní de a poco
esa pequeña historia asomada en desorden
all reloj de la casa
los gajos que juntabas por los alrededores
donde ha subido el polvo.
Injusto es este otoño obligado a cubrirnos
con las hojas que caen en esta miseria
que se pone a crecer
como el tiempo en las fotos amarillas
como las uñas



Poema Carmencita de José Antonio Cedrón



En el gancho escondido que pende de la noche
deja secar los trapos.
Gotas de sangre dulce le roban las muñecas.
Ella pone su mano de disculpa, obediente
a la regla que baja como una guillotina
y el poco de dolor le cuenta un cuento
que nadie le ha contado en esta vida.



Poema Amantes (iv) de José Antonio Cedrón



Al cerrar el botón del monedero
esa mujer hablando de los otros
tropieza con los nombres
que apretaron el brillo de su vestido rojo.
La interrumpen reproches en voz baja
golpes de la otra vida
papas apio cebollas que guarda el mosquitero
una mano que cuenta las pastillas
disueltas en el sueño
entre muecas mordidas por extraños
y el crujir de un elástico que cede
después de haber tendido la cobija en la pieza
para cubrir al náufrago y la luna.



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