Poema Amor de Cintio Vitier



Si vieras en qué playa te he querido
y en qué estrella te ocultas invencible,
qué acentos de mi voz has escogido,
hasta dónde te hunde lo imposible
desde mi sueño al tuyo melodioso
como una clara ola que me inunda.

Cruzáramos los dos el negro foso
de la tierra y el mar que nos circunda,
y cruzáramos más: la tibia fuente
de luz definidora, el campo serio
de flor que nos aguarda, y, lentamente,
hiciéramos de amor un fijo imperio.



Poema A La Poesía de Cintio Vitier



¿Vienes menos cada vez,
huyes de mí,
o es que estamos entrando en tu silencio
?el pedregal, la luz?
y ya tenemos poco que decirnos?
Pero ese poco,
¿lo diremos nunca?
pero ese poco, ¿qué es?
¿Será el alimento de los ángeles,
lo que le falta al sol,
la muerte?
No digas nada tú. Cada palabra
de tu boca es demasiado hermosa.
No puedo resistirla ya,
aunque todo mi ser quiere comerla,
y de esa hambre vivo aún. Dí
la nada que estoy acostumbrado a ver
en el pálido fulgor de la sequía,
en la brasa del deseo, allí
donde la amarga mar que adoro empieza.
Dí su mezcla con todo, en que he gozado.
La memoria
guarda trenes enteros, encendidos,
silbando por lo oscuro. No me sirven.
Mañana del ayer, una candela al mediodía
se me parece más: en ella escribo
letras para el aniversario
de mi expulsión del texto que ahora miro,
incomprensible. ¿Tú eras mi madre, entonces?
¿Tú, que ahora vienes, como el alba,
llena de lágrimas? ¡Oh materia,
templo! Haber nacido es no poder entrar en ti.
Déjame verte por el lado de la historia,
que busca también un paraíso,
pues tu nombre es justicia, noche
de aquel niño.
¿Qué está pasando ahora que los músicos
acabaron de tocar aquel danzón terrible?
Mi vida vuelve a ser el arenal de hueso
donde salí del libro, ay, sellado. ¿Y tú,
serás mi hija?
¿Y tú, serás mi patria que no terminaré de ver?
¿Dirás lo que dijiste aquella noche,
cuando la finca empezaba a ser el paraíso
entrando en el futuro de los naranjales,
bajo la risa de las estrellas?
Lo poco, ¿es ya el tesoro?
Lo poco que nos falta, ¿es ya lo inmenso?
Tanto tiempo expulsado de tu vientre
apenas pesa como un ave en el silencio.
Dame tu mano. Ayúdame a llegar.



Poema Ruptura Y El Peso De La Hora de Christian Formoso Bavich



Y cuando la hora repentina
de la costumbre
y la desdicha
rompe como ola o muerto
la paz de la tarde,
y separa la vida
en antes y después de esta hora,
como sepulcro o testigo,
como arañando la espalda
o la tierra,
quisiera diluirme
en el suelo,
en la sombra,
en el río de las latitudes
plenas y apartadas
de esta hora que rompe;
y cuando sucede lo súbito;
y las vidas recuerdan
el peso de la hora
como invisible mundo
en el hombro,
en la interminable columna
o vértebra,
de los días postreros y anteriores,
algo se duerme
y algo se tumba,
y las vidas recuerdan
el peso de esta hora
como si hablaran,
como el graznido
o la muerte
de un condenado,
como sentencia.
Nada hay que borre
el temblor de esta hora,
ni el tiempo en su laguna
o arena,
ni agujas,
ni rezos.
Hay desazones y heridas
borbotando,
hay frases marinas,
y temporales.
Cada quien tras la hora
tiene su razón.
Y cuando la hora repentina,
irrumpe
hay desazones y heridas,
como sentencias, como religión, imborrable,
como fe,
diluyendo las luces
para enviarnos
el recuerdo imborrable
de esta hora.



Poema Fragmento de Christian Formoso Bavich



No hubo solución, no hubo,
la ciudad se reveló tantas veces
y las sábanas no fueron refugio,
ni amor, ni palacio,
las camas repletas de odio
no fueron lugares seguros,
aun nunca fueron lugares,
ni suficiente ahogo ni extremaunción,
nada se hizo necesario,
la ciudad contempló todo
y a todo tuvo respuesta
como respuesta de ciudad iluminada,
a todo hubo respuesta en la voz de la ciudad,
tuvo peso la resonancia de las leyes
y las leyes de la ciudad
fueron objeto de culto
y objeto de refugio, amor y palacio,
y ante cada erupción o palabra
de los conocidos o ignorados,
hubo sangre,
y sangre fue la respuesta tres veces
a cada uno de sus costados,
y las heridas nunca fueron sanando,
sangre fue la respuesta,
y manejamos el ojo en la sangre,
el hilo en la sangre,
ocultos a la vista de todos,
bien digo, no hubo solución,
pero hubo ritos para celebrar
la caída y la perpendicularidad de las leyes,
directo a las cabezas,
directo a las cabezas,
. ?»Esto es ley», la ciudad.
?»Esto es ley», y después del anuncio, relámpagos
y más sangre,
sangre de la que nunca
nadie pudo dejar de beber
porque los sorbos fueron largos y lentos,
y aun con los vómitos y los coágulos
de los sorbos lentos y largos,
la ley de la ciudad no concibió variantes,
ni recursos, ni excepciones,
la ley fue dura
y castigó duramente
a quienes vomitaban en público:
?»Todo ha de ser privado», la ley,
pero todos corrían a mirar
a quienes se atragantaban,
y la ciudad entera
fue un coro de «te lo dije»,
un coro de malditos «te lo dije»,
y los atragantados recibían patadas
que no dejaban de ser actos públicos,
entonces la ley era peor,
la ley partía la tierra gritando:
?»Yo te lo dije»
?»Yo te lo dije»
y los atragantados
con el dolor hasta el cuello
y subiendo más alto,
caían en los agujeros provocados
por los gritos de la ley en la tierra.
Así cayeron cientos,
y los que no se hundían
no era causa de concesiones,
era que lograban ponerse de pie
y vomitar hacia adentro,
entonces la ley los olvidaba
y ellos comenzaban a pudrirse,
o en el peor de los casos
a mantenerse de pie.

Con la llegada de las tardes
quisimos irnos,
pero nada nos detuvo.
Nos quedamos apretados en las tardes,
con nubes enfermas,
y esperábamos irnos sin algo preparado,
con frases,
con hilachas a medio cortar, queríamos,
pero llegaban otros
a decir algo sin paciencia,
hablando de la ley,
prefiriendo a la lluvia,
la amenaza constante del invierno.
Llovió entonces,
pasaron máquinas interminables,
no supe calcular,
no hubo cielo para las nubes
que en su abundancia bajaban a escupirnos,
llovía entonces, recuerdo,
esperábamos irnos,
nada fue preparado hasta la lluvia,
y los pies en el barro
apretamos los puños,
apretamos los dientes,
entonces sí,
llovía,
y la lluvia era algo incierto
y anfibio,
otra vez subíamos las manos
y nos dábamos patadas
mirando la mugre de nuestros zapatos,
la mugre o la sangre, no recuerdo.
La lluvia cayó de improviso,
es justo,
después fue la tierra
la que volvió a hablar,
y no entendimos por qué nos alejamos,
nos alejaron,
no entiendo si estoy o estamos tan lejos,
la tierra explicaba pero desde otro,
aquí no hubo lluvia
porque hubo un comienzo
para los deshielos,
aquí aprendí que no podía reconocer
cuántos éramos.
Y tuve miedo
y estuve solo.



Poema Las Palomas de Téophile Gautier



En el collado aquel de los sepulcros
una palmera y su penacho verde
se yerguen donde acuden las palomas
a anidar por la noche y guarecerse.

Con el alba desertan de las ramas:
como un collar que se desgrana, vemos
-blancas, dispersas, en el aire azul-
que algún tejado buscan aún más lejos.

Todas las noches es un árbol mi alma
donde se posan con las alas trémulas
enjambres blancos de visiones locas
para echar a volar cuando clarea.

Versión de Carlos Pujol



Poema El Fuego De La Sombra (2) de Christian Formoso Bavich



Cantar a la medida de la muerte,
como en una boca negra y sin dientes,
cantar sobre los techos mugrientos del mundo.

Cantar,
estirar la lengua en medio del pueblo,
como una madeja ovillada en otro tiempo.

Cantar,
como si pudiera, como un niño angosto,
como un feto.

Cantar como vomitando por los campos
y las casas, como un durazno limpio,
como un estómago vacío.

Cantar,
cantar como la sarna canta en la carne
de las articulaciones,
como el musgo asomando en la lengua cantar.

Cantar los colores deformes,
los sonidos olorosos,
los sabores de las letras,
la temperatura de la memoria.

Cantar,
yo que siempre he encontrado mi dolor
en otro cuerpo, arrojado a este otro cuerpo
como un demonio desnudo.

Cantar como si pudiera,
los dolores del mundo
en los contornos del infierno.



Poema El Fuego De La Sombra (1) de Christian Formoso Bavich



La casa en cierta medida como un sepulcro,
y todos los muertos sentados a la mesa,
las cucharas lentas por el peso del mundo,
la comida antes de alimentar a la tierra.

Pronto vendrá la noche sin dejar que llegue la tarde,
y la violencia del viento me hará pensar
en canciones podridas que hablaban de Cristo.
La mesa vacía me revelará otro tiempo.

Tendré todo lo que amo para nombrarlo.



Poema Y Dónde Está Escondido Tu Tesoro, Hainuwele… de Chantal Maillard



«¿Y dónde está escondido tu tesoro, Hainuwele?»

«¿Y dónde está escondido tu tesoro, Hainuwele?»,
me pregunta, burlona,
la más anciana del poblado.
Se refiere, lo sé, a lo que siempre buscan
los hombres cuando vuelven del combate.
Mi tesoro, contesto, es suave como el musgo, dulce
como leche de almendras,
tiene el frescor de los helechos
y sangra sin dolor hasta teñir de púrpura el crepúsculo
o para alimentar los cachorros de un tigre.

Mi tesoro no está escondido:
resplandece en el bosque como el oro,
mas sólo un hombre ciego
pudo hallar el camino que a él conduce.



Poema No Pondrás Nombre Al Fuego de Chantal Maillard



No medirás la llama
con palabras dictadas por la tribu,
no pondrás nombre al fuego,
no medirás su alcance.
Todas las llamas son el mismo fuego.
Mi cuerpo es una antorcha que alumbra los espantos
que la razón construye en sus tinieblas.
Hay que bajar al cuerpo, muy adentro,
tocar el centro ardiente, abrirlo y propagar
el gozo de la lava.
No importa en qué caderas,
en qué pecho resbale,
no importa la estatura, el sexo o la materia
pues todos caminamos sobre la misma pira.
No medirás la llama con palabras que encubren
los viejos sentimientos de los hombres.



Poema Llevo Acostada Largo Tiempo… de Chantal Maillard



Llevo acostada largo tiempo
en la orilla. Mis pechos
son colinas cubiertas de hoja seca.
Levanto la cabeza y me contemplo:
en mis muslos el vello a punto de ser vello,
me incorporo: la hierba a punto de ser hierba,
doy un paso y despierto al agua
a punto de ser agua,
se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto
de ser negra…
Un resplandor me ciega:
el bosque me contempla, a punto de ser bosque,
a punto de ser tuya.



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