Poema Ahora(cintio Vitier) de Cintio Vitier



A mi esposa

Ahora que empieza a caer, del cielo
de nuestra vida, que sólo nosotros podemos ver,
profundo, estrellado, carne y alma nuestra,
ese polvillo sagaz en tu nocturno pelo,
ahora que el lápiz finísimo, grabando
una medida sagrada, una cantidad misteriosa
del vino que sube en la jarra de la ofrenda,
empieza a trazar, junto a tus ojos, vivos
como ciervos bebiendo en el agua extasiada,
junto a tus labios que han dicho todas las palabras que adoro,
las huellas del tránsito de nuestra juventud,
ahora, lleno de un fuego y de un peso de amor que desconocía
porque estábamos engendrándolo secretamente en nuestro corazón
y es algo mucho más terrible y precioso que el amor
que diariamente conocíamos,
ahora, mujer, ahora, destinada mía,
es cuando quiero hacerte un canto de amor, un homenaje,
que dice únicamente así:

Te amo, lo mismo
en el día de hoy que en la eternidad,
en el cuerpo que en el alma,
y en el alma del cuerpo
y en el cuerpo del alma,
lo mismo en el dolor
que en la bienaventuranza,
para siempre.



Poema Ultimo Epitalamio de Cintio Vitier



Pero si al cabo vienes, despojada
de tus flores nupciales, a la hora
en que el mundo hasta el fondo se desdora
y la ceniza cubre a la mirada;

pero si entonces, con la boca helada
del ocaso postrero que devora
toda ilusión, fatal coronadora,
al oído me dices: soy la nada,

te daré gracias por dejarme verte
y abrazarte desnuda, y por ser mía
siquiera en el instante de perderte;

y dormiré en el tálamo que hacía
mi corazón, soñando que la muerte
es tu último velo, poesía.



Poema Tristeza En Mar de Téophile Gautier



Vuelan como jugando las gaviotas;
y los blancos corceles de la mar,
encabritados sobre el oleaje,
sus despeinadas crines dan al aire.

Cae la tarde y una fina lluvia
apaga las hogueras de la noche;
a su paso el vapor escupe hollín
y abate su penacho largo y negro.

Más pálido que el cielo sin color,
me dirijo a la tierra del carbón,
donde reinan la niebla y el suicidio;
-Hace un tiempo ideal para matarse.

Siento ahogarse mis ávidos deseos
en el abismo amargo que blanquea;
se arremolina el agua, danza el barco,
el viento cada vez se hace más fresco.

¡Está tan dolorida el alma mía!
El océano se hincha, suspirando,
y su desesperado pecho me parece
como un amigo fiel que me comprende.

¡Penas de amor perdidas, adelante,
esperanzas truncadas, ilusiones
apeadas de alturas ideales,
podéis saltar hasta los surcos húmedos!

¡Id al mar, sufrimientos del pasado
que volvéis nuevamente para hurgar
en vuestras cicatrices mal cerradas
intentando otra vez que lloren sangre!

Id al mar los fantasmas de mis sueños,
congojas de mortales palideces
en este corazón con siete espadas
como lleva la Madre dolorosa.

Cada fantasma se sumerge y lucha
durante unos momentos con el agua
que lo cubre al final de su voluta
y lo engulle lanzando un gran sollozo.

¡Oh, pesado equipaje, lastre de alma,
tesoros miserables y queridos
hundíos y después de este naufragio
yo mismo os seguiré al fondo del mar!



Poema Trabajo de Cintio Vitier



Esto hicieron otros
mejores que tú
durante siglos.
De ellos dependía
tu sensación de libertad,
tu camisa limpia
y el ocio de tus lecturas y escrituras.
De ellos depende
todo
lo que te parecía natural
como ir al cine
o estar triste, levemente.
Lo natural, sin embargo, es el fango,
el sudor, el excremento.
A partir de ahí, comienza
la epopeya, que no es sólo
un asunto de héroes deslumbrantes,
sino también
de oscuros héroes, suelo de tus pisadas,
página donde se escriben las palabras.
Deja las palabras, prueba
un poco
lo que ellos hicieron, hacen,
seguirán haciendo
para que seas:
ellos,
los sumidos en la necesidad
y la gravitación,
los molidos por los soles implacables
para que tu pan siempre esté fresco,
los atados
al poste férreo de la monotonía
para que puedas barajar todos los temas,
los mutilados
por un mecánico gesto infinitamente repetido
para que puedas hacer
lo que te plazca con tu alma y con tu cuerpo.
Redúcete como ellos.
Paladea el horno,
come fatiga.
Entra un poco, siquiera sea clandestinamente,
en el terrible reino de los sustentadores
de la vida.



Poema Sellada Vigilia de Cintio Vitier



I

En aquella ciudad morada y mustia
los mulos del carbón, los níveos pescadores
escanciaban la forma serena de mi angustia,
iniciaron el fúnebre ajedrez de sus rumores.

Era mi vida un sueño confuso de hondos seres,
los ojos inflexibles de ilusión se me abrían
a beberle a las cosas sus graves menesteres.
La llovizna el cine y el perro me influían.

Es dulce y es infausto por la calle de olvido
caminar ciertas noches a mi trémulo puente,
arpa de nube y viento en la velada oscura.

Y escuchar a lo lejos el piano detenido,
los mágicos hogares de frenesí latente
calándome los huesos con su vaga locura.

II

Que yo estaré soñando, dormido centinela
de una tarde profunda en olor a lejanía,
ojo de extraña tribu, puso de esta sequía
que me nace del tiempo y en lo infinito vela.

Qué se oirá de mi boca que no sea lectura,
triste cancion mezclada por las nubes y el hombre;
quién podrá distinguir de mi sonido el nombre
con que me llama Dios a beber su dulzura.

Soy como el trueno antiguo, confuso y elocuente,
que de pronto escuchaba en la sola arboleda,
íntima ya de astros y olvidada familia.

Las tardes superponen su texto transparente.
¡Quién sabrá lo que pido si mi corazón queda
delirante y remoto en sellada vigilia!



Poema Sellada Vigilia (ii) de Cintio Vitier



Que yo estaré soñando, dormido centinela
de una tarde profunda en olor a lejanía,
ojo de extraña tribu, puso de esta sequía
que me nace del tiempo y en lo infinito vela.

Qué se oirá de mi boca que no sea lectura,
triste cancion mezclada por las nubes y el hombre;
quién podrá distinguir de mi sonido el nombre
con que me llama Dios a beber su dulzura.

Soy como el trueno antiguo, confuso y elocuente,
que de pronto escuchaba en la sola arboleda,
íntima ya de astros y olvidada familia.

Las tardes superponen su texto transparente.
¡Quién sabrá lo que pido si mi corazón queda
delirante y remoto en sellada vigilia!



Poema Sellada Vigilia (i) de Cintio Vitier



En aquella ciudad morada y mustia
los mulos del carbón, los níveos pescadores
escanciaban la forma serena de mi angustia,
iniciaron el fúnebre ajedrez de sus rumores.

Era mi vida un sueño confuso de hondos seres,
los ojos inflexibles de ilusión se me abrían
a beberle a las cosas sus graves menesteres.
La llovizna el cine y el perro me influían.

Es dulce y es infausto por la calle de olvido
caminar ciertas noches a mi trémulo puente,
arpa de nube y viento en la velada oscura.

Y escuchar a lo lejos el piano detenido,
los mágicos hogares de frenesí latente
calándome los huesos con su vaga locura!



Poema Otro de Cintio Vitier



Nunca estoy conmigo. Otro.

El otro, por dentro, afuera,
entre, despertando olvido.

Voy y vengo, descompuesto,
juguete de imán profundo, niño.

Otro. Nunca estamos juntos.



Poema Soneto Japonés de Téophile Gautier



Por subrayar, glorioso, de tu frente la albura
el Japón dio a tus ojos su más límpido añil;
la porcelana blanca no tiene la blancura
de tu cuello tan suave como terso marfil.

En tu rostro sedátil suave lampo fulgura;
es tu voz como el eco de las auras de abril,
y cuando te levantas, sonriendo, en mi negrura
eres luna de nácar que me alumbra sutil.

Hay núbiles anhelos en tu mirar de raso;
tu boca tiene púrpura de nubes en ocaso
y es tu nariz risueña la de gentil musmé.

Pareces una frágil sombrilla japonesa
y cerca de ti aspiro, mi lánguida princesa,
algo tan dulce y raro como el olor del té.

Versión de Carlos Pujol



Poema Oculto de Cintio Vitier



Oculto he sido y acunado por el mar
cual si estuviera mi madre en otro iris,
alhaja inmóvil de tristeza para el sol, que anocheciendo
los fríos tulipanes del traspatio, me rodeaba
de amargo alero al mediodía. Sin voz purpúreamente
los muros y los lunes otorgáronme una pálida provincia
donde franquear el cuerpo que desgasto, y en las noches
de junio
el barco al desoírme completa mi distancia,
hunde su maquinaria en mí cual la mejor estrella.
Oculto, sí, pero en losas y camastros
poniendo la ventura de morirme junto a voces,
salvando la baranda de amatista al escampar, y la
bandurria
que llega, sorda, en imposibles ráfagas al mundo.



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