Poema Grado Cero de Clara Fernández Moreno



imposible saber cuándo
comienza el grado cero
relámpagos mojados cubren la cara
hacen gente torpe

es que
incapaz y débil
no puedo saber
mi amor amado
en qué momento
te hiciste un trozo de eternidad



Poema Mito Amazónico de Circe Maia



Escucha la historia de la Muerte.
Ella estaba sobre la tierra, escondida.
Ella no estaba abajo.

Un agua subterránea, pura
era bebida de los inmortales
debajo de la tierra.

¿Quién fue culpable?
El que salió y quebró y saltó hacia afuera
por haber escuchado un canto de pájaro.

No hubiera escuchado.
No debía salir.
El dejó el lugar protegido.

El juntó frutas, plantas
y llevó adentro, abajo.

Y en cada fruto estaba semilla de la muerte.

Cayeron las semillas. Germinaron.



Poema Escalones de Circe Maia



Cambios pequeños y tenaces.

Bajo el cielo ya un grado
de luminosidad o de tibieza.

Ha caído más polvo sobre el piso o la silla.

Pequeñísima arruga se dibuja o se ahonda.

Hay un nuevo matiz en el sonido
de la voz familiar (¿Lo notarías?)

En un coro confuso de entreveradas voces
faltan algunas, otras
aparecen.

La misma
suma total: no hay cambios.

Millonésima ola golpea
millonésima roca
y el degaste
imperceptíble y cierto
avanza.



Poema Estereoscopio de Paul Géraldy



No quiero verlos, oye. Llévate esos clisés
que copian, según dices, nuestra vida y su historia.
Mis recuerdos más bellos están en mi memoria.
como evocarlos quieres, tanto tiempo después,
habrás de evaporarlos… llévate esos clisés,
donde todo se achica, se esfuma, y el pasado
si surge, es despojado
de su color y música, de su encanto y su aroma,
mientras que impertinente detalle vida toma
con visible importancia de relieve cruel.

Mi memoria es más fiel
aunque a veces olvida. Tal vez ha confundido
las líneas, o un contorno no está bien definido;
pero siempre el recuerdo, que a veces trae llanto,

le ha dado a mi memoria como imborrable encanto;
conserva mis placeres, cuanto ha sido mi anhelo,
y al menor llamamiento, con toda su dulzura,
ante los ojos míos los tiende, con la altura
de su radiante cielo.

Y las horas felices que revivir ansío
me las da, si lo quiero, pues todo lo ha guardado:
el acre olor del bosque, de aquel bosque sombrío
de pinos en la playa, que nos dejó embriagado
el corazón; el viento que se llevó en la duna
nuestros besos, al claro de la naciente luna;
la aldeita, el estrecho recodo del camino
en donde disputamos al fulgor vespertino;
nuestro largo regreso;
y cómo yo con modos fingidos o reales
te regañaba, el tiempo que empleaste ex-profeso
comprando bagatelas y tarjetas postales;
después perdón y llanto, la entrada en la capilla
con aroma de incienso; nuestra casa sencilla;
en tardes de verano, bajo cielo violeta,
nuestros largos paseos en veloz bicicleta;
nuestros cantos y gritos, nuestras horas sombrías;
y por el campo, aquellas alegres correrías…
Todo eso es mi memoria, con imborrable acopio
de recuerdos, me vuelve, recuerdos de otros días…
¿No piensas que ella vale más que tu estereoscopio?

¿No piensas que lo tuyo semeja cosa trunca,
esos blancos y negros, conjunto deslustrado
de ataúdes en donde vivo quedó el pasado,
y de donde a la vida no ha de salir ya nunca?
Habrás de mostrar esos sarcófagos sombríos
en donde nuestros días se encuentran prisioneros,
y dirán tus amigos con rostros placenteros:
«¡Qué grande vuestra playa, qué campos y qué ríos,
y qué árboles teníais! ¿Solos en esta aldea
vivísteis?» Para luego reír a costa mía
de mi torpe apostura. ¡Que eso tu encanto sea!

Tú, diviértete, y hazlos que vivan nuestro viaje;
mas todos esos sitios y muros y paisaje
que tan feliz me hicieron y que guardo en la mente,
cuadros en donde surges con aire diferente,
siempre aire placentero,
guárdalos sin mostrármelos, porque verlos no quiero.
De otras bellas imágenes mi mente está repleta,
y me interesan más…
Tus clisés no me importan. El recuerdo es poeta,
pero ¡por Dios! no lo hagas historiador jamás.

Versión de Ismael Enrique Arciniegas



Poema Cambios de Circe Maia



Unas veces el cambio se prepara
en forma subterránea pero estalla
de modo brusco, abierto:
nova en el cielo
grieta en la tierra
inundación de luz en plena noche
lengua de fuego
asoma sorpresivamente en la mirada
del otro, vuelto Otro, vuelto ajeno.

Otros cambios se gestan
imperceptiblemente.
De una oscura manera
de un modo
silencioso
lo que no estaba está y lo que estaba
es destruido.

Pero tan gradualmente
que siempre quedan restos:
de la mirada, alguna
chispa
alguna vez.
De la voz, algún eco
(palabra no enfriada
todavía).



Poema Abril de Circe Maia



Este día tan lleno de niñez,
las cápsulas verdes de los eucaliptos
en el suelo, entre hojas.

El buen aroma frío y viejo trae
de la mano, consigo,
los paseos al sol y por un parque
en un abril de viento.

Por mirar la vereda así y oír el ruido
de las hojas, arriba;
por recoger las cápsulas y aspirar hasta el alma
su antiguo olor, se puede,

?a veces, sí, se puede?
abrir puertas cerradas hacía días remotos;
las mañanas del sol y un aire limpio, fino,
los bancos de madera por el borde del parque,
las veredas desiertas,
un viento decidido contra la cara, frío,
y en la mano, tibieza de la mano materna.



Poema Mirábamos Las Láminas de Cira Andres



Mirábamos las láminas en los libros infantiles
y queríamos un castillo, sus nubes azules,
el canal atravesando el jardín
y su puente.
Queríamos los trajes
-tan fáciles de trazar sobre el papel-
Queríamos conocer las ciudades
sus colores de relente.
Quisimos ser aquellos niños
de perfiles perfectos.

Pasados los años y olvidados
de tanta vana fantasía
buscamos nuestras pequeñas providencias
y no sabemos
si burlarnos
o sentir piedad.



Poema Mi Hijo de Cira Andres



Mi hijo, digo, es el tesoro más grande de mi vida, y saltan estrepitosos los animales que mi madre descuartizaba feliz para que nosotros dijéramos éste es el vino seco y el comino, la hoja de laurel victoriosa que entrará a los canales de la sangre. Allí están las tardes con su olor a plumas mojadas, las tardes únicas detrás de la vidiriera de los años, cercanas e i inaccesibles como las boutiques de lujo. Mi hijo, digo, y siento una pena infinita, lagartijas bicolores pasean su pesadez sobre las sábanas blancas, hacen su cacería, su rito inocente, conocen sobre el cuerpo palpitante la tierra húmeda que les ofrendo para depositarles después el coralillo y el jazmín y descubrir que la muerte no es un paisaje, un lugar donde quedas subordinado a otras leyes, sino la destrucción para siempre de alguna región de la infancia. Aquí está todo, es decir, está mi vida, la pasión con que he vivido cada segundo, la admiración de ese cuerpo dócil que yace sepultado por mí, conmigo.
Qué nos libera y qué nos atrapa. Quién pone la mano dictadora, las palabras no encierran ni engañan, por primera vez dices papá, luego me llamas y estoy en el límite del desconocimiento y la sabiduría. Liberad o trampa para el dolor, el amor del hijo enmienda, que bueno que estás, que existas. Dios creó al universo y nosotros estamos aquí, testimoniando. Pongo la ignorania donde tu pones la fe y pongo la mesa debajo de los árboles, una cena suculenta, vinos, dulces de navidad, y me sorprendo sola, angustiada, ausentes los invitados, saliendo por una puerta secreta, sin regreso posible veo a mi padre, a mi hermano, a casi todos los tíos, los abuelos, a mi primo Armando, rosado como los angelotes. No los conocerás mi hijo, no estarás en aquellas sino en otras cenas y otros vinos, en ciudades diferentes, sin las grandes sábanas, los arroyos dulces donde nos bautizamos añorantes. Esta es la vida, su único depredador el tiempo, dos barcos en alta mar diciéndonos adiós, amándanos. Hay en Salamana unos labradores que tienen un camino de nuestra sangre, en Camagüey todavía hacen surgir las espigas de arroz como un canto al cielo los hermanos y el hijo de mi padre. Ellos nos salvan en su pasión de los grandes escenarios, la tramoya del mundo en que perdemos la inocencia.
Oh, mi hijo, tu eres el gran tesoro de mi vida, te aseguro, y mi madre queda de espaldas, casi tranquila, preparando como siempre el alimento sagrado para los que regresan, sin sonreír, sin preguntar por los otros, resignada. En el patio juegas con las aves de corral, desafías al gallo y descubres su arma de defensa: las espuelas. -¿Para qué mamá, y yo con qué voy a defenderme?Te muestro las matas de cilantro, respira, te digo, ese olor sirve para todo, piensa en los grandes viñedos, el oro del arroz crujiendo entre tus manos y la multitud laboriosa que lo hace posible, son nuestras armas secretas, las mejores.



Poema Estrellas Fugaces de Cira Andres



Siempre que las estrellas fugaces se desprenden
hacia esa otra noche
húmeda y lejana entre nosotros,
busco, rápido en mi memoria
aquel deseo
que sólo en su fulgor se realizara;
pero pasa en un tiempo tan veloz
que apenas alcanza para alertar los sentidos,
y maldigo luego mi pereza
y quedo pensando
cuál es,cuál será ese deseo,
el imposible,
que quisiera cumplir
por encima de todos mis deseos.



Poema Estamos de Cira Andres



Estamos en la orilla de la playa, tú me ignoras, seguro, porque estoy aquí. No veo caracoles, restos de la resaca que el mar arrastra y nos deja para convencernos de nuestra fragilidad. Estás tan feliz. Juegas. A los cinco años el mar era para mí la espalda de mi padre, sus manos fuertes sosteniendo mi estupor y la transparencia de un agua que ahora me asfixia. Agua para enloquecer, resucitar la paz de los domingos profundos, cavados como árboles o tumbas. La felicidad tiene sus leyes, su traje de fiesta y su ropaje oscuro, una risa para ganar y otra para simular las pérdidas. La arena blanca y la manía de levantar castillos, mentiras para el humo del día. La arena sin la resaca, sin el porvenir de mis recuerdos que no mienten, pálida y muda, vencida. Ignora el pozo, el aullido salvaje que me añade la tarde, en el cielo hay una fiesta de la inventiva del hombre: paracaídas, olas y viento que rompen en nuestros cuerpos la corrosividad de la miseria. Aquí está el pan, el agua, las cosas necesarias, tus ojos, y sobre todo mi amor tu infancia. Se alzarán bramando los ausentes, verás sobre la playa las gaviotas, los pelícanos rasantes, y no sentirás sobre tu cuerpo otra cosa que el vaivén suave de las olas. En mis entrañas se gestó tu vida y una mulitud duerme silenciosa. Tu felicidad es sagrada, cuido su entrada, los rincones oscuros de ese recinto misterioso, día y noche, en el verano filoso o el aturdimieno del frío, de las palabas, de la ceniza de los años, de los trapos que otras criaturas manchan y olvidan. A los cinco años la mano de mi padre me mataba o nos daba el pan humilde que tragábamos en los rincones. Esta es otra playa, un año muy lejano, hay otros personajes dispersos por la arena y el agua, ¿habrá en cada uno ese viento interior, esa lluvia tormentosa que siento caer dentro de mí, o estarán en su playa de siempre, remansados, viendo transcurir sus vidas, la historia de sus vidas, húmedos, ajenos, como una tierra que florece?



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