Poema Civilización…oh, Maravilla! de Claudia Herodier
Infancia rectilínea la del hombre.
Jamás llega a reventar en su capullo.
Camina…
y va sin desgastar la suela.
Enero 26/78 S.S.
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Infancia rectilínea la del hombre.
Jamás llega a reventar en su capullo.
Camina…
y va sin desgastar la suela.
Enero 26/78 S.S.
Ésta es mi ciudad. Hay olor
de gente por todos lados.
Un olor atropellante
que galopa sobre las aceras
-y, aunque no haya aceras, galopa lo mismo-.
Olor que crece sin decrecer nunca
y va en su ascenso dejando rastro.
Olor que asume para sí mismo
un especial olfato.
Ésta es mi ciudad: un olor.
Olor que te absorbe y te ras
de mano en mano.
Como poder entonces decirnos
Como poder entonces decirnos
América, te percibo con el dedo
de los pobres,
desde tu íntimo deseo de ser mano.
Te percibo madre-padre de los que de ti
fueron arrancados.
Tu tierra ha ido puliendo
la nostalgia, día tras día,
hachazo, guaro, mujer pendiente.
Hijos del cacashte antiguo
de tus ídolos.
Hermanos de este Cristo tan hecho
a la medida de tus clavos.
Y tú, apenas hoy te levantas
para decirnos: buenos días, muchacho,
Qué haces?
Muchacha, buenos días, Duermes?
Duermen todos?
Septiembre 30/74 S.S.
Yo, la hija del extranjero
que lleva una india tras la cara,
alzo mis manos en las cumbres
y pateo firme la tierra larga.
Yo, la mujer blanca
nacida, criada y amamantada
en estas tierras americanas,
con mi pedazo de canela
creciéndome en las enaguas,
con una raíz en la distancia,
doy mi follaje, gaviota,
barco, vela, espacio, tiempo,
rayo del sol, lucero del alba,
petate, jarra;
de mi resina se alimentan
todas las aguas.
Yo, la mujer que alza su rostro
sobre las pirámides de nácar,
y lleva por vestido un monte,
y por penacho, cinco nostalgias.
Yo, la desposeída del propio
futuro,
dueña majestuosa del más alto mañana,
llevo en los pies cascabeles
y rasco y horado un pasado de obsidiana.
No. No es nacer.
Ni siquiera dormir.
Es soñar. Inquirir. Preguntar.
No llegar hacia la puerta.
Ni siquiera abrir una ventana.
No. No es nacer.
Es gemir. Llorar. apenas sonreír.
Y seguir y seguir y seguir…
Llorar. Gemir. Tragar. Callar.
Esputar la sangre.
Morir.
Enero 15/75 S.S.
Siete vientos me hablaron de las noches
…No escuché lo que decían.
Estaba sorda de pies y manos,
muda de voces,
escurriéndome entre sábanas usadas.
No escuché… o no quería.
Bien recuerdo que esos vientos
susurraban imposibles,
historias de los astros destruidos,
explosiones mudas,
rupturas del alma…
Y que sé yo cuantas más cosas,
no escuché ni una palabra
(Y no quiero que me tilden de inconsciente)
Ninguna de las voces
habló de grandes luchas,
de vencedores e invencibles.
Ninguna dijo que muriera por ver vivir a un Angel,
que batiera mis alas impulsando mis virtudes,
que hasta en un basurero se ve reír a un gato.
Cómo puedo hacerles caso,
si tanto que dicen saber
y ni una de ellas… ni una sola voz
dijo tu nombre.
Cómo podría yo escuchar entonces.
Puedes pensar de mí lo que te venga en ganas.
Que estoy podrida de cuerpos y de antojos,
que me estaciono a la fuerza en tus designios.
Puedes decir
que soy como un fantasma,
hablar sobre mis cuentos,
someterlos,
reír de mis pasajes más sedientos,
cautivar mis dominios de la carne.
Puedes pensar incluso
que muero en mis adentros,
que ahogo mi furia en soledades,
ausencias de ti,
pensar que las distancias nos masacran.
Solo hay algo que no permito,
no permito que condenes al destino,
que te vuelvas Dios para frenar las primaveras,
que cambies el amor por las razones,
transformarte en inmortal por no errar.
No permito más aun,
que me destierres sin botas,
que mandes al carajo el sentimiento
para verme morir
(Soy muy joven para morir ahora)
Así que ya sabes,
solo basta que me digas
si te entregas al mandato de pensar
lo que yo quiera.
No fue la lluvia de un día no previsto
ni tu sonrisa en el cuento de un hada?
Este día fue algo más noble que mil cuentos.
Tú caminabas por los pasos de mis horas,
te construiste de un suspiro?
y miraste con sorpresas tus designios.
No invoque al ave de paso,
ni me hiciste recordar esos inviernos,
crueles?
sedientos?
sin remedio muertos.
Por eso no habían colores en las calles,
pues estaban todos en mi alma?
Y tú?tan culpable?
solo reías,
sin que nada ahogara tus virtudes.
?Y los dioses se intoxicaban de envidia
y las musas maldijeron tu belleza…
ahora? narran la historia de aquel día,
solo les faltó el final,
nadie lo cuenta,
no hay finales para el paso de un poeta.
Ya no soy poeta
ni esto es una poesía,
es mas bien un manifiesto,
la retirada sin banderas blancas,
cuatro letras tiradas a su mala suerte,
pobres y agónicas,
confundidas,
mal interpretadas,
resignadas a su mal vivir,
preguntándose una y otra vez
por qué diablos cayeron en mis manos.
¡Pobres letras!
Escuálidas
en el esqueleto,
sin más posesión que sus propios huesos,
sin otra sonoridad que sus lamentos.
¡Pobres letras!
No saben lo que es caer en manos de una
que ya no es poeta.
Se sabe del amor por la querella
entre lo que has ganado y has perdido;
esa lucha ampulosa del sentido
contra la dependencia que lo sella.
Quizás en la tendencia a dejar huella
para que nadie más caliente el nido
o en el reír perverso, enloquecido,
tocando el centro exacto de una estrella.
Es la butaca incómoda de un cine:
la mente más curiosa y transitoria
se sienta por que el fin no se termine.
En el beso final, la vasta Historia.
Ese breve esplendor que nos define
la intemporalidad de la memoria.