Poema El Ahorcado de Alfonso Alcalde



Hoy un hombre se subió a un árbol
y el árbol bajó por el hombre.
El ascendió por los frutos,
las hojas bajaron por sus ojos.
El hombre levantó las ramas.
La sombra quedó colgando
en un atado de pájaros
esperando más cargamento,
otras identificaciones,
nuevos espejos,
más coloquio.
No ese significativo
trepar y meterse en la corteza
y luego seguir esperando el otoño
con la lengua afuera.



Poema Autoretrato No 1 de Alfonso Alcalde



Hoy no estoy
escapé de la hora mundial
y no tengo piel
me desalojé
y soy lo que voy nombrando
y voy en lo que va volando
y creo en lo que sigo mintiendo

Muro del aire y de las edades
no me detengas!
en un puñado llevo la sorpresa
de los huesos, el azar, la posibilidad
el cálculo, la suma, la puerta de una vida,
el riesgo, la sangre que más tarde
me edificará, de paso en el trigo.

Pero sigo transparente
y caigo en mi nombre
crucificado y estacionario
como una carta en el ojo
de la amada.

Soy el incongruente
el que no alcanza en su espejo
el que se evade de su racimo
y desde afuera lo ataca
y desde adentro lo niega.

¡Vámonos Alfonso -me digo-
en la mudanza sin término
con los bártulos del cielo
hasta la muerte secreta
donde mi mujer está
también naciendo
y por fin me acomodo
tomo sus pulsaciones,
incorporado al arco de sus senos
armado en la torre de sus muslos
levantado en la onda de su entrega
y cuando por fin la completo
sé que existo,
y ya no soy sino lo que ella ordena:
una mano que escribe
y otra que va borrando.



Poema Territorios (fragmento2) de Alejandro Oliveros



Caminas entre nubes de vapor
por una calle que desconoces.
El silencio es oscuro en esta ciudad.
Sus voces te confunden,
mientras el viento llega
a tu cara con el silbido
plateado de una hoja. La noche
ya no es un ángel con amplios
patios y ventanas, sino
el lomo delgado de un tronco
que cruzan tus miedos y ansiedades.
Más cerca de la nada que de la mano
que se extiende en el instante
de más húmedo vacío. La calle
treinta y cuatro de Nueva York se alargaba
como un túnel, entre tu casa
de Valencia y los muelles
de un país desconocido.



Poema Territorios (fragmento 1) de Alejandro Oliveros



Es mil novecientos sesenta y nueve, y caminas
por la avenida Bolívar de Valencia
con un libro de poemas en el bolsillo. Las aceras
angostas y los cedros ajenos
a la blanca voracidad del acero.
El viento del este sacudía, por ultima vez, las ramas
de estos árboles. Te detienes
bajo una luz y lees: Venías
desde el fondo de la noche
con flores en las manos.
Eran noches buenas, las de octubre,
para la poesía. Frescas
y con una transparencia
de estrellas. Se repetían,
una tras otra, un río inagotable
de noches, todas esperando tu visita.



Poema Menos Uno de Juan Cobos Wilkins



Tanto tiempo ha pasado y vuelvo
a ti, poema, ten piedad.

Ten piedad,
porque no puedo, no sabré
ya escribir muerte
como antes de la muerte
vivida de mi padre.

Ni amor
será la palabra que fue
y, sin metáforas, conocí
como el amor.

Apiádate, regreso
igual que el hijo pródigo,
desnudo y sin memoria, ten piedad,
poema, del que sabe
por qué todos los niños crecen
menos uno.

De «Escritura o paraíso» 1998



Poema Metamorfosis de Alejandro Oliveros



Has cambiado de apariencia tantas veces
que sólo te reconozco entre las sombras,
cuando regresan del norte las lechuzas
y el sapo extiende sus redes bajo el agua.

Hace treinta años tu perfil deslumbrante
se insinuó en la corteza del sauce
y en la llama desprendida de la acacia,
me consolaba tu recuerdo, la esperanza de tus besos.

Ahora padezco la piel de tus metamorfosis.
Verde o negro, tu rostro sin reflejos
anuncia los meses helados de melancolía,
la neblina que no aclara, el fulgor que no estremece.

Sólo entre sombras te conozco. Apariencia
temible, luz necesaria, esplendor de los días.



Poema Antaño de Alejandro Oliveros



Ya no te acercas como antaño, cuando el azulejo
ahuyentaba la muerte de las ramas del sauce
y en silencio las vegas del río nos guardaban
de la noche despoblada y el espanto.

Tu hermosura aparece cada vez más breve
y tus voces no se oyen por el verde de los montes.
Aquella mirada de caminos de tierra y calles
sin asfalto, no reconoce los temores de este cuerpo.

Vives la distancia que se desplaza hacia el olvido,
el instante en duermevela, la disolución de todo anhelo.
Donde era claridad que no perece, se estrecha
la confusión dilatada y el llanto.

Ya no te acercas y, a oscuras en la niebla,
sentimos la mudanza insensible de tu paso.



Poema El Milagro Pequeño de Alejandro Casona



Aquella pobre niña
que aún no tenía senos…

Y la niña lloraba:
?Yo quiero tener senos.
?Señor, haz un milagro:
un milagro pequeño.

Pero Dios no la oía,
allá arriba, tan lejos…

Y cogió dos palomas,
se las puso en el pecho…
Pero las dos palomas
levantaron el vuelo.

Y cogió dos estrellas,
se la puso en el pecho…
Las estrellas temblaron
y se apagaron luego.

Y cogió dos magnolias,
se las puso en el pecho…
Las dos magnolias blancas
deshojaron sus pétalos.

Y cogió dos panales,
se los puso en el pecho…
Y la miel y la cera
se helaron en el viento.

¡Un milagro, Señor,
un milagro pequeño!

Pero Dios no la oía,
allá arriba, tan lejos.

Y un día fue el amor;
se le entró pecho adentro
¡y se sintió florida!
Le nacieron dos senos
con pico de paloma,
con temblor de luceros,
como magnolias, blancos;
como panales, llenos.

¡Igual que dos milagros…
pequeños!



Poema Triste de Alejandro Aura



No se puede escribir si se está triste,
el oficio se atasca, predomina la línea pedregosa
por la que no puede fluir ni una palabra cierta,
el paisaje es escombro de nombres sin sentido
y los ojos erráticos no se pueden fijar en cosa alguna,
transcurre un coche despacio por el siglo pasado de la
ventana
y se lleva arrastrando la poca magia que la imaginación,
sirvienta remolona del deseo, estaba queriendo construir
y queda sólo un tiradero de añicos vidriosos y salados,
no hay nada tan triste como un poeta triste
tratando de escribir en su tristeza.



Poema Pera de Alejandro Aura



Estaba yo pelando una pera muy quitada de la pena,
contenta de ir a servir de desayuno,
cuando de pronto noté el poco pudor
con que se dejaba eliminar la vestimenta
y cómo soltó en humedad que me escurría por lo dedos
un jugo lúbrico que me pedía cierto pudor que en esta
materia ya he
perdido
y no por eso la sentía menos densa y dulzona
acomodarse a la temperatura de mi mano;
la nombré suavemente la reina de las frutas,
la chupé, la mordí, la hice mía
y escribo su nombre para que no se borre en la memoria
de los
siglos: pera.



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