Poema A Enrique González Martínez de Alfonso Reyes



Muchas sendas hollé, muchos caminos
solicitaron el afán creciente,
de contrastar los usos de la gente
y confundirme con los peregrinos.

Mezclaba los sabores de los vinos
en cada clima caprichosamente,
y yo no sé si ello fue prudente
o si mis pasos fueron desatinos.

Había que buscar la ruta cierta
y ceñir el desborde con el dique.
Volví cansado, procuré la puerta…

Y déjame, poeta, que lo explique
como quien se despoja y se liberta:
tú estabas a la puerta, claro Enrique.



Poema September Eleven de Alfonso Quijada Urias



Ciudad mía, bienamada,
eres doncella sin senos,
N. Y. Ezra Pound.

Y llegó de las alturas el fuego del dios del terror,
y aquellos que aún dormían despertaron sobresaltados
ante la pesadilla de lo real.
Ante sus ojos el fuego, las llamas que se elevan hasta el cielo,
fantasmas cubiertos de polvo, seres de carne y hueso,
presas multitudes de un pavor acariciado por un autor
famoso por sus geniales libros de suspenso.
Otra vez la realidad imitando la ficción, el pánico moderno,
urdido por un genio demente de la talla de O. Wells.
-Nunca en mi vida vi algo semejante, dice la periodista estrella
de CNN haciendo esfuerzos por contener sus lágrimas.
-Yo soñé esta tragedia, confiesa Norman Mailer, la mirada
azul estancada en su asombro,
mesándose la barba recien encanecida,
en mi novela el terrorista es un muchacho tímido, infiltrado
en el Pentágono.
Después de esta tragedia ya no seremos los mismos.
En la jungla de la vida ningún poder está salvo de los peligros
existentes;
Un escorpión puede matar un elefante.
De ahora en adelante ya no seremos los mismos.
La violencia es la misma, inhumana, brutal. No cabe duda
alguna,
de todos los animales, el más rabioso es el hombre.
Se necesita más sangre en los hospitales, aún no hay un total

de la ascendente pirámide de muertos.
Papeles, papeles, documentos secretos, seguimientos de la
política exterior, libros en clave, todo Manhattan cubierto de
papeles, basura, polvo y ceniza,
ceniza los secretos, la inteligencia, la trama de la política
mundial,
los datos fidedignos de fieles e infieles, sus marcas de identidad.
Nadie sabía hasta entonces, sólo los prebostes de la hermética
informática
del silencioso profeta de la violencia y su Satán.
Nada, muy poco de la fe del infiel musulmán
para quien la muerte se
fija en el momento que venimos al mundo,
nada, muy poco de su apego al Corán que fue siempre una
espada para manchar de sangre el poniente y la aurora,
una revelación que aniquila y convierte todas las cosas en su
terrible Dios.
Nada muy poco de la prosa alcoránica y el idioma infinito
de la arena.
Nada del sufí que danza hasta ver a Dios. Nada de esa batalla
eterna que dan cuenta la montaña y el desierto.
Nada del milenario burka que cubre el rostro de las mujeres
afganas.
¿Y por qué nos odian tanto? preguntan los hijos a los padres,
y los padres amnésicos no encuentran la respuesta,
Alzheimer se llama la enfermedad de nuestro siglo.
Humo, polvo, cenizas, alambres retorcidos,
materia deleznable, sangre inocente que baja por los
acueductos
y llega subrepticia hasta las aguas del Hudson, alborotando
los grasientos patos,
sangre de las víctimas de un dios convertido en asesino por
la acción de los hombres,
su siniestra, invisible mano que ante la impávida
mirada de la reina y el rey
redujo las imponentes torres a ceniza, nada.
Adiós luz del verano, el otoño se acerca,
todo aquello que yace bajo tierra lo está sacando el tiempo
a la luz del sol.
En una semana se agotaron las profecías de Miguel de
Nostradamus,
Aquel, quien antes de su muerte, acaecida en el año del
Señor
de l536, anunció la catástrofe.

lo que vieron nuestros ojos no lo verán otros ojos.
En guerra, en guerra los átomos, las substancias y esencias,
los elementos del desastre,
en guerra todas las cosas que en aras del progreso ha
inventado el hombre.
En guerra el pensamiento contra la guerra misma y su rentable
mercado que no se sacia nunca.
No le faltan enemigos al espíritu humano.
De aquí en adelante, todos somos sospechosos de envenenar el
agua y emponzoñar el aire
pues gracias al terror el mundo es cada día
menos seguro y menos libre.
Nacimos con las guerras moriremos con ellas,
hasta allí nos arrastran la arrogancia y sevicia del empeño
humano.
Adiós luz del verano, ya se acerca el otoño,
y el hombre solo, emperador de su impotencia, recogiendo
sus huesos y sus pensamientos
indaga al cielo, la nefasta nube.



Poema Salgo A Esperarla Y No Llega de Alfonso Quijada Urias



Salgo a esperarla y no llega
La busco y no la encuentro
Regreso con la mente vacía
Duermo Despierto
Salgo de nuevo a esperar
En vano
Llega otro día
Cuando ya no la espero
La veo venir
Abro la puerta
Y la veo lanzarse como una nadadora
En la página blanca.



Poema Pretexto de Alfonso Quijada Urias



La limonada a sorbos para limpiar la mugre de la garganta en la mañanita
Con un libro que nunca entenderé, enjugando lágrimas
Deslizándose sin saber. Los vecinos bailan con música de Teodorakis.
Mañana escribiré una carta a un poeta que no conozco, luego hablaré
Sobre el posible empleo con el amigo más cercano. Mi mujer
/ me dice ?tené
paciencia, algún día cambiará tu suerte y ya llevamos
más de siete años. Celia es pequeña como un dibujo de Miró.
Uno es demasiado para este pantano en que se vive; cuando
/ me amargo pongo
a Bach, viejo panzón que más parece vendedor de salchichas y
/ me siento tranquilo.
Temo dejar esta cochina casa, mando al diablo todo esto, con tal
/ de amanecer
(de vez en cuando) espiando la mañana y dándome en el alma suavecito.



Poema Esperando A Marianne de Leonard Cohen



He perdido un teléfono
que olía a ti

Vivo junto a la radio
todas las emisoras a la vez
pero capto una nana polaca
la capto entre la estática
se desvanece yo espero mantengo el ritmo
viene de vuelta casi dormida

Acaso tomaste el teléfono
sabiendo que yo lo olfatearía inmoderadamente
tal vez hasta que calentaría el plástico
para recoger hasta la última migaja de tu respiración

y si no piensas volver
cómo ibas a telefonear para decirme
que no piensas volver
para así por lo menos Poder discutir contigo

* *



Poema Postal de Alfonso Quijada Urias



Entonces ves este país del tamaño de un raspón.
Luego un tren en los atardeceres pasa lleno de soldaditos,
que aunque parezcan de mentiras son de verdad,
y ves también los volcanes como manchitas de tinta azul
y no podés hallar una razón (aunque realmente exista)
de por qué hay tantos soldaditos en un país del tamaño de un raspón.



Poema Pecado Genial de Alfonso Quijada Urias



Te besara
recorriera y lamiera
de punta a punta a flor de piel
te habitara y mordiera
feroz humanamente loco
en la más alta sima
de tu cadera alpina
quemándome de tanta inmensidad
de insaciable lascivia
con los dientes amándote
sacándote la música del cuerpo
alaridos y llamas
reventando tus cuerda
desnudándote más
hasta dar con tu cuerpo
el más oscuro y puro
parirte un sol adentro
mi pecado genial



Poema Oscuro de Alfonso Quijada Urias



II

Nada mío sale de mi boca.
El poema nace pese a mí, Atrás, adelante.
Ajeno. Pese a mí.
Si mi alma combate con mi cuerpo hasta el amanecer
Es nada más por disipar lo que fui,
También lo que nunca seré.
Nunca es muy temprano o demasiado tarde.
Nunca es nunca sin jamás.
No es el tiempo aún. No ha llegado el tiempo.
Perros insidiosos sobre mi fracaso.
Pensamientos nocturnos, aves de rapiña
En mis despojos.
No basta dar o recibir. Hay que darse.
Quebrarse como cántaro la frente
Sin derramar la sed.
Universo por hacer: página en blanco.
Nieve sin fin. Sal del principio.
¿Por qué quemar lo que nació quemado?
Un hombre nace en las cenizas de su muerte.
Desde su nacimiento. A su muerte Sin Fin.

III

Escribo al dictado lo que dice el moscardón.
Se conoce la página con su rumor.
Un orden amoroso se prepara:
El hombre liberado del Poder,
La mujer libre de su esclavitud.
Nuevos amores rayan el alba.
La historia ya no duerme,
Habla en sueños.
Otra vez la poesía, el Primer resplandor.



Poema Nocturno de Alfonso Quijada Urias



Anoche un grillo se metió en mi cabeza y me trajeron a este hospital de Main street.
Necesito una lap, una lap para sacarme este ruido del seso.
Tengo vendada la cabeza, un pie torcido, un ojo que busca al otro ojo con obsesiva crueldad.
La enfermera me pega con sus duras tenazas en el rostro.
Necesito ocho manos para decirte todo esto. Este hospital es /un infierno y Naus /compañeros de Ulises,
atención pobres sirenas: traen de los mares lejanos la tristeza y /el Sida.
Estoy loco, con la cabeza rebanada. El trépano caló hondo en /busca de la piedra
o del grillo que allí encontró su fundamento, la base de /su dudosa, secreta identidad.
¿De dónde vienen esos gritos? ¿Ese rezo en la noche, /las lenguas y las llamas?
Víctima de la docta polilla te debates en las necias corrientes de un discurso que ya no encuentra curso entre las aguas.
Anda de caspa caída la razón, vuelta risa la ciencia espulga
/cada piojo.
Un ojo infinito te mira cuando absorto contemplas una
/hormiga y en ella al hormiguero.
Es el ojo el que duele al saber que toda la culpa se
origina en el pie.
Perdí primero mi sombra, el nombre después. He terminado en
/nada, silencio, vacío.
Sólo es real la neblina, la blanca cornea de la mirada esquiva.
Un alacrán vengativo es el mejor aliciente
/para ponerte de pie
y echarte andar sobre la nieve o el desierto y escribir con tus
huellas tu epitafio.
Gritas. En todas las celdas de este panal en llamas celebran tu
aullido,
la parábola ambigua de la eterna caída, propiciada por
/aquella noche de angustia religiosa.
Tres golpes sonaron en la puerta. Era Dios disfrazado
de celador de la luz.
Uno puede apagar la angustia metafísica ¿Pero cómo se apaga
/la otra? El caos, he visto el caos, nadie que no
haya visto una ciudad ardiendo,
puede imaginarse el caos. Lo que queda del caos en una mente enferma.
Anoche un grillo se metió en mi cabeza y me trajeron a este /hospital de Main street. Necesito una lap, una lap
para sacarme todo el ruido del seso.



Poema Me Acuerdo De Las Lágrimas De Un Día… de Alfonso Quijada Urias



Me acuerdo de las lágrimas de un día demasiado hermoso,
me acuerdo del icaco y de las nubes color de hoja de caimito,
me acuerdo de aquella agua que bebía en el cuenco de viejas
dulces manos.
Limoneros y jiotes, qué bella era mi madre limpiándome en la
frente
la picadura del mosquito,
bella como la estrella de la mañana, alta y lánguida,
adornaba su pelo de mestiza con la flor del resedo
y un olor a ricino y a sombra de almendro en torno de sus ojos.
Me acuerdo de las lágrimas de un día demasiado hermoso,
viejos rostros de antaño,
y de la vieja lora muerta en el poyetón después del terremoto,
de aquel tío delgado por el solo artificio de la mandolina.
Mi padre montaba un mulo de ojos de caimito y traía las botas enfangadas,
lo acompañaban siempre ángeles despeinados
o bien hombres cuyos bostezos descifraban sus sueños en el
alcohol prendido del domingo.
Me acuerdo de aquel pozo,
y de aquellas mujeres cabeceando en un sueño oloroso a papaya.
…Dios bajaba entonces y dejaba sin llave su vieja eternidad
olorosa a diluvio.
Mis hermanos ataban sus potros en la puerta
y la casa crecía bajo frondosos palos, más altos que el recuerdo.



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