Poema Distante de Giuseppe Ungaretti
Versa, 15 Febrero 1917
Distante en una tierra distante
como a un hombre ciego
ellos me han abandonado
Versión de Rafael Díaz Borbón
Amor Amistad Familia Infantiles Fechas Especiales Cristianos
Versa, 15 Febrero 1917
Distante en una tierra distante
como a un hombre ciego
ellos me han abandonado
Versión de Rafael Díaz Borbón
Como la áspera piedra del volcán,
como la piedra pulida del torrente,
como la noche sola y desnuda,
alma como honda y con terrores
¿Por qué no te recoge
la mano firme del Señor?
Este alma
que sabe las vanidades del corazón
y sabe pérfidas sus tentaciones,
y del mundo conoce la medida,
y los planes de nuestra mente
considera minucias,
¿por qué no puede soportar
más que arrebatos terrenos?
Tú no me miras ya, Señor…
Y no busco sino olvido
en la ceguedad de la carne.
Versión de Jesús López Pacheco
Bois de Courton, Julio 1918
Después de la creciente
niebla
una
por una
las estrellas
se quitan el velo
Respiro
el aire fresco
que el color del cielo
me ofrece
Sé soy
una pasajera
imagen
atrapada en un círculo
inmortal
Versión de Rafael Díaz Borbón
Versa, 20 de mayo de 1916
La ruborosa cara del cielo
despierta el oasis
para el nómada amor.
Versión de Rafael Díaz Borbón
Te han condenado.
Una oración,
como limosna insuficiente,
ha caído
sobre la tapa de tu féretro.
Te han condenado, Edith,
por no querer ser
la excepción que confirma
la regla. Porque
querías,
tú, gorrión
de la calle, ser
la regla. Porque
intentabas salirte de la calle.
Te han condenado como
si Dios no fuese amor. El dedo
ejemplar
-una uña sucia, como
si lo viera- se alzó
sobre tu frente
y mostró al mundo
que sólo esa limosna- por sí acaso…-
merecías.
De nuevo a la intemperie.
Esta vez » a la calle»
te han dicho.
A la calle amarilla
de los muertos, sin Senas,
sin flores, sin guitarras.
Pero tú, Edith, sonreirás.
Tuviste ya tu infierno
al borde de la cuna: sabes
lo que un niño criado con alcohol.
Edith, mystère Piaf, rezabas
no al morir, al cantar;
y sin saber por qué,
por quién acaso. Ahora
es cuando cantas en la inmensa calle
de Dios, alegremente,
Edith, mystére Piaf.
Cuántos lunes y martes
en el polvo, detrás, por los caminos.
Serían diferentes entre sí, pero todos
parecían el mismo.
Busco las sillas, las ventanas, los lechos
de la fiebre o el llanto, del diente dolorido,
a esos lunes o martes, y ya todos
están fuera de sitio.
Forman montón de cosas, horas,
piedras, palabras, lápices, destinos,
pero fueron cruzando la puerta de hacia adentro
con mucho frío.
A veces los despierta una canción
antigua, una esquina, un amigo,
y me hace gracia de que todos entonces
me parezcan domingos.
No pesa. No se toca, no se mueve. Nacido
del hueco, del silencio: un hoyo grave,
un monte, un abandono.
¿Se querían?
Silencio.
Vuelan hacia el oeste
lejanos se querían.
Vuelan con llanto y miedo,
con frío y desventaja.
Los labios, despoblados de verbos en desuso,
la palabra, en harapos que los aires esparcen.
No responden las sombras ni los días plegados.
No contesta el espejo ni el almario vacío.
La razón de los pasos se ha borrado en el aire.
 
Si ya soy una vela estremecida
colmada por tu viento. Si has llegado
al último escalón. Si me has tomado
por la raíz más honda y más henchida.
Si yo soy ya tu colmo y tu medida
y estás dentro de mí, secreto, hallado.
Si ya sobre la frente me has soplado
para hacerme vivir, ciega y ardida,
antes de irte rompe mis raíces.
Quiero que las arranques, que las trices
al alba con tu mano firme y fuerte.
De no hincarse en tu tierra poderosa
no quiere mi raíz ninguna cosa
si no es andar y andar hacia la muerte.
 
Perdida en un café de esta ciudad de niebla
y de soslayo, oyendo una música vieja que no sé dónde
oí, respondo a esa canción, a ese olvidado
lugar, que no envolvieron, respondo, no,
que no envolvieron las sombras a la vida. Más diré
quienes fueron llegando por la senda
de los últimos pasos: sembrador de ceniza,
pasó primero el tiempo: la ciudad de la nieve,
la del helécho ensangrentado, la de la piedra temblorosa.
(Una bombilla
cuelga de su cordón. Nunca
vestida,
es siempre la señal para salir.)
Vinieron los anuncios, las voces divergentes,
más pares de zapatos cada año,
más blusas, más abrigos: la montaña
difusa que me hizo y destruí.
Dejé mi taza a un lado,
mis sombras, mis cepillos, todo eso
que se fue amontonando a mis espaldas
y quedarme en la luz bajo la luz
-esa que cuelga del cordón desnudo-,
del sitio en que no cae la ceniza
y se reparte
lo igual, que luego iría a repetirse
y a ser gemelo en todo los reflejos:
cajas y cajas con lo mismo, dentro
una de otra hasta el color menudo
que no se puede abrir y queda en montoncito
sin misterio, del lado en que no cae ni se vierte
el agua. Besa el arco
bilabial del cristal y su sonido
lo mismo que la lluvia besa el borde
y el liquen de estas piedras en que ahora
los que vienen de paso…
Sobre estas piedras que rezuman agua,
en estos campos que rezuman
agua: agua que de ellos viene
y sube al agua
del cielo en el que el agua llueve.
Dejé mi taza a un lado:
de la casa los sitios que no usé
-sillas, ángulos, huecos
vertidos a la luz, a la ondulada
mansedumbre del verde y su cautela;
piedad de las esquinas, ausencia de los pasos
que nunca di por el paciente suelo.
La casa y su silencio con el sol de otra parte
rasgando esta penumbra; los dragones
dormidos en los signos de las páginas;
la ausencia de los ojos
que el tiempo ha desprendido de las cosas, vigilia
serena de la luna en el cristal. La casa
y su lenta ascensión- vienen en ahora,
con las blusas que fui y sus roces pretéritos
que no envolvieron, no, respondo ahora,
las sombras, sino el tiempo
y su lento capullo de certeza.
Sí, rezuman agua
las ventanas de mis dedos.
Son palabras ya ajenas
recogidas por otro aire,
y en no sé qué otro ámbito,
pero sobre este libro que ahora ojeo,
tarde, y en la noche,
es como si vivieran. Quizá vivan aún.
¿Cómo ahora será quien las vertía
sobre papel que ya no reconozco?
Se acercan por los años aunque se fueran aviejando
desde que gotearan de una pluma,
y su brillo, apagado y lejano,
sabe a hoja amarilla.
¿Quién eres? ¿Cómo fuiste?
¿Qué frío establecía la distancia
entre palabra y corazón?
Y, sobre todo, me pregunto,
qué tinta, qué papel nunca escrito,
quemado por la espera, como toda esperanza,
fue a parar al rincón de los desechos
con aquella pureza, con tantos ideales.