Poema La Pasión Desvelada de Susana March



Dame tu voz antigua en cuyo acento escucho
el rumor de los bosques primitivos,
el canto misterioso de los seres selváticos,
el grito de agonía
de la primera virgen violada.
Dame tu voz antigua donde yo reconozco
mi propia voz extinguida,
aquella que cantaba hace milenios
en las frondosas selvas sin historia,
aquella que sonaba en el murmullo
de las límpidas fuentes intocadas.

Yo fui una gota de agua,
o un pájaro aturdido cruzando el aire nuevo
de la aurora del mundo;
acaso un pez de oro sobre cuyas escamas
probó el sol la dorada destreza de sus rayos.
Mas era ya la misma doliente criatura
que ahora soy, consumida de sueños y tristezas,
en el ardiente caos del Paraíso,
con los ojos abiertos al secreto de Dios.

Es tu voz el puente por donde regreso,
milenios y milenios traspasando,
a mi libre existencia de agua fresca,
de verde candidez. Mi carne gime
escuchando tu voz como si oyera
la llamada lejana y misteriosa
de las tribus sin nombre. Rituales
de sangre y fuego en el brutal nocturno,
aullidos fugitivos y, en la hierba,
mi cuerpo -¿de mujer?, ¿de reptil?, ¿de insecto?-
hollado por la bárbara dulzura
de la pasión del mundo.



Poemas de Manuel José Lavardén




Poemas de Manuel José Cortes




Poemas de Manuel José Arce Leal




Poema La Meta de Susana March



He cambiado todas mis rosas
por un lugar cerca del fuego.

Por el sosiego de mi alma,
la negra seda de mi pelo.

He vendido mis esperanzas
por un puñado de recuerdos.

Mi corazón por un reloj
que sólo cuenta el tiempo muerto.

Mi última moneda de oro
se la di de limosna al viento.

Ahora ya no me queda nada.
Desnuda estoy como el desierto.

Un oasis de mansedumbre
está brotándome en el pecho.



Poemas de Manuel Gutierrez Najera




Poemas de Manuel Gonzalez Prada




Poemas de Manuel Felipe Rugeles




Poema La Campesina de Susana March



Venías de la fuente,
en la cadera el cántaro apoyado
sembrando su líquido tesoro
sobre el mísero polvo de los campos.

Venías de la fuente,
sucia de labor y besos de muchacho.
El seno te latía
dulcemente, como un pequeño pájaro.

Venías de la fuente,
el pelo hirsuto al aire, despeinado,
llena de risa aún y desbordante
lo mismo que tu cántaro.

Allí quedaba el mozo,
amante de un minuto, bajo el álamo.
Y volvías los ojos gozadores
una vez y otra vez, a cada paso.

Te vi venir sin prisa
desde el zaguán oscuro y sosegado….
-Como un corcel de fuego
sacudía sus crines el verano-.

Cruzaste lentamente,
sin verme, por mi lado.
Dejabas un perfume
a joven gozo, a besos, a tu paso.

Te siguieron mis ojos
calle arriba -cargada con tu cántaro,
cargada con tu cuerpo jubiloso-,
con unos celos lánguidos….



Poemas de Manuel Díaz Martínez




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