Poema Páginas En Blanco-iv-hatley Red de Severo Sarduy
El sueño no:
la pérdida.
El blanco roedor,
que ciega.
Pierdo pie. Todo es compuerta.
Mira:
el muro sangra.
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El sueño no:
la pérdida.
El blanco roedor,
que ciega.
Pierdo pie. Todo es compuerta.
Mira:
el muro sangra.
Un cubo despegado.
Pegada la oreja a la pared.
Oye.
Algo va a romperse. Algo
crece.
Lo que en el muro
hierve.
No hay silencio
sino
cuando el Otro
habla
(Blanco no:
colores que se escapan
por los bordes).
Ahora
que el poema está escrito.
La página está vacía.
La pared cruje.
Grieta en lo blanco.
Allá va, desunido,
el cuarto.
Detrás del tragaluz
un rostro, otro,
mirándose,
mirándonos.
Escritos en el suelo han quedado los signos
de la muerte.
Y en los mosaicos de piedra roja
el estampido de los rostros de oro.
La humedad ha cubierto los frescos.
En la escalera
las manchas de los pies rajados.
El polvo ennegrece el resto.
La ventana está abierta.
La ciudad saqueada.
Oye, qué acordeones falsos.
La lucidez, el muro blanco,
(la voz gangosa del disco)
rayado, un leopardo arisco
preso entre los hilos rojos.
(las agujas de sus ojos
me miran). La hoja en blanco,
la mano que escribe temblando.
La razón es inútil,
no es humana.
Es la ínfima parte que nos toca
de Dios.
Y lo demás, lo nuestro,
está en los sentimientos,
la flaqueza.
Porque saberte débil es sentir que estás vivo,
porque la perfección te da la fuerza
y el poder matar.
Te da la muerte,
la muerta perfección.
Estamos vivos.
Nuestra única culpa es seguir vivos.
Todas las cosas a las que me entrego
se hacen ricas y a mi me dejan pobre.
Rainer Maria Rilke
Esa esclava que obsedió al orfebre
adorna la muñeca del guarura.
La última acuarela del suicida
se multiplica en el papel tapiz.
La sinfonía del niño prodigio
fue adaptada para un comercial.
Ese verso en el que concentré
años de experiencia y reflexión
es el eslogan de un vino corriente
o remata el discurso de un político.
Todo aquello a lo que me entregaba
ha quedado tan pobre como yo.
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
Rubén Darío
Esta mañana algo se detuvo
y muy a pesar mío
espero en un sillón,
deseoso de raíces.
Quiero sentirme árbol
no para dormir
ni para morir menos
-bastaría con echar a la basura
mi endeble filosofía de la vida-;
simplemente
me duele la cabeza.
A los árboles nunca
les duele la cabeza,
nada saben
de mis antesalas
en sillones cafés imitación cuero
mientras contemplo la miseria azul
de mis zapatos tenis.
Algún día
-sin embargo-
consumiré el pasillo.
Más vale no correr sobre su banda
sin fin. (Por un tropiezo,
el que tenía bajarse de la cama
saltó del piso diecinueve.)
Dejará de dolerme la cabeza
y volveré a sentir calor o frío
pero emociones no.
Terminará esta envidia de raíces
donde el árbol espera para darse
y yo para pedi
Dilapidó en estúpidos proyectos
el caudal de su ira
y después
miró ante sí una puerta.
Fatigado,
tuvo que recargarse
en el dintel de sus cuarenta años
antes de abrir la puerta y contemplar
sus perspectivas.
Más allá, el futuro
o el destino – el nombre es lo de menos –
le dieron a elegir
varias salidas:
el corazón que estalla,
la ventana al vacío,
el largo viaje detrás de un escritorio.
Sensatamente,
optó por lo primero.